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viernes, 3 de mayo de 2024

PAÍS




La degradación discursiva arriba de los escenarios
Hemos entrado en una etapa de discusiones efervescentes, pero es inevitable preguntarse por la calidad y la profundidad de esos debates: ¿están a la altura de la complejidad de los temas?
Luciano Román
El país ha entrado en una etapa de discusiones efervescentes. Tras el gobierno de Alberto Fernández, que llegó a hacer alarde de la falta de planes y se replegó en una inercia conformista, sin ambición ni vocación transformadora, se ha iniciado ahora, al menos en la superficie, un ciclo de grandes debates en torno al rol del Estado, el rumbo de la economía, la normativa laboral, el orden en el espacio público, la transparencia en el presupuesto universitario y el vínculo entre la cultura y el financiamiento estatal, entre varios otros temas que reclamaban revisiones y replanteos imprescindibles.
Es inevitable, sin embargo, preguntarse por la calidad y la profundidad de esos debates. ¿La discusión está a la altura de la complejidad de los temas? ¿Hay sustancia y densidad conceptual en la conversación pública sobre cada uno de esos ejes? ¿Hay un clima propicio para estimular los aportes e intercambios que merecen asuntos de semejante calibre? Las respuestas no serían del todo alentadoras: el debate público luce contaminado por cierta vulgaridad, reducido a eslóganes y excesivas simplificaciones, teñido de agresividad y descalificaciones que, en lugar de enriquecer y promover el análisis, lo achatan y lo distorsionan, al punto de que en muchos casos resulta funcional al statu quo.
Rebobinemos un poco “la película” argentina de los últimos días para revisar cuatro escenarios que monopolizaron la atención por su voltaje discursivo:
* Los mensajes del martes pasado, en el palco que coronó la imponente marcha universitaria, atrasaban por lo menos cuarenta años. Se escucharon llamados “a la resistencia”, reivindicaciones de “las luchas” setentistas e invocaciones teñidas de sectarismo ideológico. No hubo referencias a la heterogeneidad y a la amplitud que deberían caracterizar a las universidades y que, paradójicamente, estaban representadas debajo del palco, entre la multitud que se había movilizado con un espíritu diverso. Lejos de aceptar o promover algún debate, los discursos del palco buscaron reforzar los dogmas y apelaron a los eslóganes que intentan bloquear cualquier discusión de fondo en torno al sistema universitario. Fueron discursos homogéneos, casi sin matices, en los que no sobresalió ninguna voz que hablara de la universidad del futuro, de los desafíos del presente, de promover la autocrítica ni de defender el pluralismo. El tono del palco expresó una suerte de “contraofensiva” a un discurso gubernamental que también había apelado a la simplificación y la “brocha gorda”. En el medio, parece extraviarse la oportunidad de un debate sustancial y meduloso sobre el sistema universitario, que demandaría un escenario propicio para el diálogo, un examen riguroso de datos e información y una vocación de escucha despojada de ideologismos y prejuicios
* El miércoles, los reflectores se encendieron sobre el escenario del encuentro convocado por la Fundación Libertad, que reunió a presidentes y expresidentes, empresarios e intelectuales. Se trataba de un ámbito especial, en el que las palabras del jefe del Estado tendrían una singular resonancia. Javier Milei eligió un tono provocador y altisonante, que muchos asimilaron con la estética del stand up. Hizo imitaciones grotescas para descalificar a algunos economistas que han planteado dudas o reparos sobre determinadas medidas. Apeló una decena de veces al calificativo de “imbéciles” para aludir a quienes han sostenido posiciones críticas. Y habló de economía con un lenguaje que alternó la jerga técnica con la palabra malsonante: “Va a subir como pedo de buzo”, pronosticó festejándose a sí mismo. Algunos participantes del encuentro sintieron una marcada incomodidad. Era un ámbito para llamar al diálogo constructivo y para subrayar, con palabras y con gestos, el espíritu de convivencia. Pero el Presidente optó por la agresividad. Es un juego que deteriora el clima en el que se desarrolla la conversación pública y que promueve, en el fondo, el repliegue de las voces moderadas.
* El jueves, la atención se trasladó a otro escenario tradicional, el de la Feria del Libro. El acto inaugural fue monopolizado por un discurso tribunero, que también buscó ser provocador, pero no por proponer ideas incómodas u originales, sino por bordear el exabrupto. El titular de la Fundación El Libro, Alejandro Vaccaro, en lugar de aportar una voz que reivindicara los valores culturales que representa la Feria, se regodeó en una réplica oportunista al presidente de la Nación, al que prácticamente le dijo que no era bienvenido en ese ámbito, al que Milei finalmente desistió de ir, a pesar de que tenía previsto presentar un libro. Vaccaro le facturó al Gobierno la falta de apoyo económico, como si esa fuera la ocasión para discutir los auspicios comerciales y no para destacar el espíritu más elevado de las letras por encima de las rencillas sectoriales. También se desaprovechó, así, la oportunidad de un mensaje constructivo, convocante y sereno, que en lugar de encrespar los ánimos y alimentar el juego del combate efímero se propusiera un aporte a la conversación civilizada y la jerarquización del debate.
* El sábado, las cámaras se mudaron a un escenario en Quilmes, donde hizo su reaparición pública la expresidenta Cristina Kirchner. No hubo sorpresas: otro discurso dominado por la arrogancia y la vulgaridad, sin el mínimo espacio para la autocrítica, con una colección de filminas inconexas que no buscaban aportar claridad ni información, sino apropiarse de “la verdad”, concebida como un territorio de certezas únicas e inconmovibles. También abundó el lenguaje de arrabal, bajo la creencia de que el discurso político logra cercanía y efectividad asociándose a la grosería.
La liviandad siguió después en el Congreso, donde la calidad discursiva exhibe su máxima degradación.
Debajo de los palcos se ve otra cosa. Aunque la conversación pública está muy dominada por la lógica de las redes sociales, donde la superficialidad y el insulto suelen marcar el tono, basta prestar atención para detectar en la sociedad reservas muy valiosas de moderación, de espíritu crítico, de independencia y de valoración de los matices. Muchos de los que fueron a la marcha universitaria no se sienten representados por los discursos simplistas y dogmáticos del palco. Muchos de los que van a la Feria del Libro buscan algo más complejo y sofisticado que lo que propuso el discurso oficial. Y muchos de los que apoyan el rumbo y los debates que impulsa el Gobierno se sienten definitivamente incómodos con el insulto, la generalización y la burla con los que arremete el poder para atacar a los críticos.
Con dudas, pero también con esperanza, la Argentina se ha abierto a una discusión sobre sí misma. Es, tal vez, el dato más relevante de lo que algunos observan como un rasgo de estos tiempos. El desafío, sin embargo, es dotar a esa oportunidad de un debate de calidad, que les dé consistencia a los cambios y que conduzca a una verdadera transformación sobre la base de entendimientos y de acuerdos duraderos. Quizá la clave esté en algo que no parece tan complejo: mirar, desde los escenarios y los palcos, el espíritu y la demanda de los que escuchan al ras del suelo. Ahí se verán mayores dosis de sensatez y equilibrio de las que se observan en muchos dirigentes.
El Presidente optó por la agresividad; es un juego que deteriora el clima en el que se desarrolla la conversación pública y que promueve el repliegue de las voces moderadas

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miércoles, 2 de agosto de 2023

PAÍS


Secuelas sociopolíticas y culturales de un trauma económico irresuelto
El contraste del entusiasmo por nuestra vertiginosa prosperidad desde fines del siglo XIX con el estupor luego de la crisis de 1930 activó la tensión entre dos “modelos”: el “ideal” de la Constitución y el “real”, tentado por reflejos autocráticos
Jorge Ossona Miembro del Club Político Argentino y de Profesores Republicanos

La Argentina padece un trauma histórico irresuelto desde hace casi cien años. Sus orígenes se remontan al contraste entre el entusiasmo por nuestra vertiginosa prosperidad económica y social desde las últimas décadas del siglo XIX y el estupor luego de la crisis de 1930.
Hacia el primer Centenario (1910), el balance de los 40 años anteriores ameritaba un consenso optimista. El “patrón oro” impuesto por Gran Bretaña en 1870 disparó los flujos de capitales, bienes y personas. La enorme maquinaria burocráticoadministrativa estatal que se fue construyendo entre 1862 y 1880 acabó con los últimos estertores de las guerras civiles posemancipatorias.
La apertura encendió, no obstante, un debate local entre librecambistas y proteccionistas. La victoria de estos últimos, plasmada en la ley de aduanas de 1876, sustentó un notable desarrollo industrial; aunque, por razones obvias, apendicular respecto de la ventaja de nuestras exportaciones agropecuarias. Al cabo, el régimen conservador no habría sido tan liberal como suponían sus críticos 80 años más tarde, y las fuerzas populares que fueron surgiendo al compás de la modernización, como el socialismo –y más difusamente el radicalismo– asumieron, embanderadas en el librecambismo, la defensa igualitaria de sus votantes de origen inmigratorio, cuestionando el proteccionismo oficial.
Muchos oficialistas, en cambio, se preguntaban perplejos en 1910 acerca del retraso de una industria análoga a las europeas. Había otras señales de alerta menos ingenuas advertidas por unos pocos: se estaba llegando aceleradamente a los límites de las tierras explotables; al tiempo que la demanda mundial de nuestras commodities alimentarias tendía a la baja. Todo un anticipo del proteccionismo europeo de posguerra cuyas incidencias locales se demoraron hasta la depresión de los años 30. La Argentina la sufrió más que cualquier otra economía de la región; exigiendo a las autoridades reforzar el aumento de las barreras cambiarias y arancelarias para evitar el agravamiento de la recesión.
En medio del desconcierto y la improvisación, fue cobrando fuerza un nuevo consenso: el autarquismo debía ser proporcional a la caída de nuestro comercio exportador mediante el desarrollo de nuevas industrias protegidas. Pero, al igual que 30 años antes, otra minoría advirtió, en 1940, sobre sus riesgos. Era cierto que los textiles y las obras púbicas con insumos nacionales en los grandes centros urbanos litoraleños –particularmente el GBA– habían aliviado la penuria de los emigrantes de las quebradas cuencas agrícolas pampeanas. Pero con un mercado que apenas superaba los 10 millones de habitantes no era difícil divisar una nueva frontera productiva.
Urgía, por lo tanto, imaginar nuevos escenarios propulsando las manufacturas capaces de suministrarse sus propias divisas y ganar escalas en los países limítrofes, para evitar un profundo conflicto distributivo. Pero la euforia transitoria del alza de los precios de nuestras exportaciones durante la segunda posguerra suscitó el nuevo espejismo de un “ciclo largo” merced a una inevitable tercera guerra mundial entre EE.UU. y la URSS. El peronismo le adosó al proteccionismo una dimensión redistributiva destinada a retornar, ahora con la garantía del Estado, a las felices décadas del 900 y de los 20. Pero la mentada guerra no se produjo, y los mercados europeos reforzaron su cierre tras el Plan Marshall.
La nueva frontera, con sus concomitantes secuelas inflacionarias, llegó durante la crisis de 1949-52. Un balance preliminar indicaba que el primer gobierno peronista no había representado sino la transferencia de ingresos de un “campo” anémico hacia un complejo metalmecánico protegido de matrices obsoletas –las únicas accesibles en la posguerra–, pero que, merced a una amplia gama de bienes –cocinas y calefones a gas, heladeras y planchas eléctricas–, revolucionó la vida cotidiana con sus concomitantes implicancias culturales.
Acorralado por la escasez de reservas para importar sus insumos, Perón no dudó en apostar a la recapitalización del agro y al desarrollo petrolero merced a un nuevo flujo de inversiones extranjeras. Pero ya era tarde: el primero habría de requerir de no menos de una década, y el segundo se topó con las resistencias en el interior del “movimiento” que denunciaron la contradicción con sus sobreactuaciones nacionalistas primigenias, y de una oposición que le devolvió redoblada la acusación de “vendepatria”.
Ya entonces eran perceptibles las coordenadas del gran trauma nacional gestado durante entreguerras y agravado en la segunda posguerra: nuestra tradición igualitaria, reforzada por la ciudadanía social peronista, habría de resistir cualquier redistribución del pico consumista de 1946-1948. Un fenómeno cultural atizado por la revolución política que supuso respecto de la organización de los intereses. Su vertiginosa caída en 1955 le ahorró pagar los costos del cortocircuito. Ya en el llano, explotó el recuerdo sesgado de su arranque eufórico contrastante con los ulteriores programas de estabilización que intentaron corregirlo.
El resto fue el epílogo de aquella desazón. Durante los 60 se abrió el debate sobre el “desarrollo”. Casi por unanimidad, se coligió que el origen de nuestro “atraso” radicaba en el “modelo agroexportador” como “neocolonial”, “dependiente” y antiindustrial. La novedad incubaba una paradoja: promediada esa década, el sector agroexportador resucitó luego de treinta años de postración. Y, sigilosamente, contribuyó a paliar los costos sociales del ingreso en la etapa industrial compleja.
Pero los esforzados aprendizajes macroeconómicos antiinflacionarios fueron dinamitados por una conflictividad política y socioeconómica endémica. Hacia fines de la década, cuando nuevas señales internacionales auguraban en fin del ciclo largo comenzado en 1959, se yuxtapusieron dos nuevas fronteras: la tecnológica y la fiscal. Ambas detonaron con el Rodrigazo en 1975. Lo que siguió fue una deriva negada por las pomposas denominaciones de los sucesivos experimentos políticos autoritarios o democráticos que, a poco de comenzar, se vieron sumergidos en las urgencias de un cortoplacismo exasperante. Así se sucedieron la Reorganización Nacional, el “ingreso en el Primer Mundo”, el “modelo de matriz productiva diversificada con inclusión social” y el “gobierno de científicos”.
La falacia de los “modelos económicos” se revela en que ninguna etapa de crecimiento industrial fue posible sin transferirle recursos del agro, que la industria fue anterior y más pujante antes de la inflexión sustitutiva de importaciones de 1930, y que esta la redujo durante 50 años a una función más de contención social que de desarrollo económico. El largo conflicto distributivo inaugurado en 1950 no fue, entonces, sino el resultado del error estratégico procedente de la última ilusión de retornar al orden anterior a 1914, aunque redoblando el costo fiscal de industrias protegidas.
Luego, una modernización espasmódica fue conduciendo por etapas a la realidad contemporánea de una sociedad partida y la disputa interminable entre dos “modelos” cuya enunciación económica encubre a otra política: la del “ideal” de la Constitución 1853 y la “real” siempre tentada por reflejos autocráticos. Tensión que resquebraja los marcos institucionales, alimenta la inflación, incuba privilegios corporativos y reitera repertorios nacionalistas arcaicos. Y un vivir a destiempo sintomático de este trauma irresuelto.
Casi por unanimidad, se coligió que el origen de nuestro “atraso” radicaba en el “modelo agroexportador” como “neocolonial”, “dependiente” y antiindustrial

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sábado, 24 de diciembre de 2022

PAÍS


¿El modelo de la selección o la ideología del feriado?
Laten dos ideas de la Argentina: la que representa la selección, basada en la excelencia, y la que no concibe el trabajo como una prioridad; en ese contraste tal vez resida el gran debate sobre el futuro
Luciano Román
La Cámara de Comercio de Santiago del Estero fue de las primeras en salir al cruce del feriado.
Detrás de la alegría y el festejo ciudadano latieron esta semana dos ideas sobre la Argentina. Una es la que representa y simboliza la selección, basada en el modelo del profesionalismo, la superación y la excelencia. La otra es la Argentina del feriado, que apuesta a la imposición del Estado, que no concibe al trabajo como una prioridad y que cree que la realidad puede moldearse por decreto. En ese contraste tal vez resida el gran debate sobre el futuro.
El Gobierno ha vuelto a mostrar una pasmosa ineficacia para resolver cuestiones elementales. Ese Estado que presume de su omnipotencia no pudo organizar hace dos años un velorio, y no pudo organizar ahora un festejo. El martes no ocurrió una tragedia en las calles solo por casualidad. Todo quedó en manos de la providencia y del buen tino que pudiera tener la multitud. No hubo operativo ni coordinación que pudiera garantizar una celebración segura y ordenada. Si no se registraron más heridos ni mayores daños fue porque suspendieron el festejo y evacuaron a los jugadores. Quedó en evidencia la inoperancia de un Estado que no puede ni administrar la alegría.
El festejo trunco remite, en realidad, a la política de encubrir la ineficacia con prohibiciones e inacción: como el Estado no pudo garantizar la seguridad sanitaria en las aulas (sería “un despelote”, dijo Kicillof), cerró por dos años las escuelas. Como no puede controlar la violencia en los estadios, impide que asista el público visitante. Como no puede garantizar el equilibrio y el profesionalismo policial, no actúa frente al bloqueo de rutas y autopistas. Y como no puede armar un cordón para un festejo seguro, corta la caravana triunfal de la selección a poco de haber comenzado. Todo un canto a la impotencia de un Estado cada vez menos confiable.
El feriado fue mucho más que una medida desafortunada y dictada a los apurones. Exhibió, una vez más, las profundas dificultades del Gobierno para comprender a la sociedad. El comercio optó por ignorar la medida gubernamental, aunque le costará más caro. Es el síntoma de una rebelión silenciosa y espontánea que se produce frente a normas irrazonables y arbitrarias. Pero en muchas otras actividades el decreto presidencial provocó perjuicios en días especialmente complicados por la proximidad del fin de año. ¿Cuántos pacientes perdieron un turno médico que habían sacado con meses de anticipación? ¿Cuántos estudiantes se vieron impedidos de rendir el final con el que se recibían o terminaban el año? ¿Cuántos ciudadanos vieron súbitamente cancelada una audiencia judicial de la que dependía su negocio o su familia? Son cifras y situaciones que el Gobierno ni siquiera parece computar.
El asueto forzoso responde a una idea de imposición, como si el festejo debiera ser de algún modo “estatizado” y no pudiera depender de la libre decisión ciudadana. En el plano simbólico, es una medida que contrasta con el modelo que propone la selección. “Ahora tenemos que seguir trabajando y analizar lo que hicimos bien, pero también lo que hicimos mal”, dijo el técnico Scaloni en sus primeras declaraciones después de ganar la copa. El trabajo ocupa un lugar vertebral en el sistema de ideas que, combinado con el juego, llevó a alcanzar el triunfo. Con el decreto del feriado, el Gobierno dice lo contrario: el trabajo y el estudio pueden esperar, hay cosas más importantes. El mensaje que transmite la selección es contrarrestado por el que transmite el poder, convertido –así– en una mala influencia para los más jóvenes.
El feriado simboliza la concepción de un gobierno que cree más en el decreto y en el cepo que en la administración y la gestión. El comerciante, el pequeño empresario y las propias familias se levantan todos los días con un decretazo nuevo: un día los obligan a pagar un bono, al día siguiente los obligan a bajar las persianas. Pero, al mismo tiempo, descubren que el Estado no aparece a la hora de proteger sus bienes ni su vida, su salud ni su educación. Curiosa idea la de un “Estado presente” al que nadie encuentra, sin embargo, cuando más lo necesita.
La inoperancia tal vez se explique por el ideologismo. Quizá no debería sorprender la impotencia de un gobierno que no cree en la calidad, en el esfuerzo ni en el profesionalismo, y que se distrae en la retórica hueca del lenguaje inclusivo mientras lo carcomen las mezquindades de su internismo feroz. En ese sentido, el contraste con los valores de la selección es tan nítido como profundo. ¿Alguien escuchó a Scaloni dedicarles el triunfo a todos, todas y “todes”? ¿Alguien se sintió excluido por la ausencia de esa semántica militante?
La ideología del feriado reniega del propio concepto de “selección”. Así como minimiza el valor del trabajo, cree que los lugares no se conquistan por mérito y sacrificio individual sino por cupos o sorteos. Es una idea alineada con la cultura del subsidio, que no cree en la educación como mecanismo de ascenso social, sino en el asistencialismo del Estado y en la igualación hacia abajo: las cosas no las conquista el ciudadano, sino que las otorga el gobierno.
La histórica victoria del equipo de Messi y Scaloni en Qatar pone en valor un modelo que supo ser el modelo de la Argentina. Fue un triunfo del profesionalismo, de la excelencia, de la planificación, de la constancia. Es el triunfo de jóvenes que, en su gran mayoría, provienen de hogares humildes y contextos desafiantes. Y que, sin embargo, apostaron a superarse y formar parte de una “elite”, la del deporte, sin creer que hubiera en eso un pecado ni mucho menos una “traición de clase”, como han dicho desde la partidizada TV Pública argentina. En la selección subyace la idea virtuosa del progreso a través de la disciplina y el esfuerzo. Son deportistas que representan el orgullo de no conformarse y de vencer sus propios límites.
Desde el poder, sin embargo, en lugar de rescatar esos valores se ha exaltado algún gesto aislado para ensalzar un supuesto espíritu confrontativo y revanchista que no es –ni remotamente– el que caracteriza a esta selección. El tono lo marcó la vicepresidenta al felicitar a Messi no por su genialidad y su talento, sino por un exabrupto “maradoniano” que sería preferible olvidar. En lugar de llamar al abrazo fraterno y a la alegría compartida, se exacerban antagonismos y confrontaciones. No se elogia la excelencia, sino la “guapeza” mal entendida.
La selección simboliza, de algún modo, los valores que caracterizaron a la educación pública argentina, donde también supo regir la idea de “selección” hasta que se decidió descolgar los “cuadros de honor”, elegir a los abanderados por aclamación y suprimir las calificaciones para “no estigmatizar”.
¿Alguien imagina que el “Dibu” Martínez podría haber llegado por sorteo al arco de la selección? ¿O que le hubiera correspondido ese puesto por el “cupo justo” para jóvenes marplatenses? El deporte tal vez nos ofrezca hoy la oportunidad de revalorizar un modelo que la Argentina ha demolido en muchos ámbitos. Si se aplicaran a la selección los principios que ha impuesto el populismo, el director técnico estaría obligado a hacer jugar a todos (para no establecer una “brecha de desigualdad” entre los que juegan y los que no). Y el Mundial debería suprimir la copa, así como las categorías de campeones, subcampeones y terceros. La misma medalla se les debería entregar a todos para no estigmatizar ni caer en discriminaciones. “¿O qué injusticia mayor puede haber que decir que el que no ganó perdió?”, se ha preguntado en estas horas, con filosa ironía, una brillante y sagaz editora.
Scaloni no eligió a sus amigos ni familiares para integrar “la selección”. Si lo hubiera hecho, el fracaso habría estado asegurado y no se le hubiera perdonado. Naturalizamos, sin embargo, que un presidente elija a un canciller por cercanía o afinidad militante, y que el amiguismo o los parentescos definan listas de diputados, embajadas y ministerios.
Con la decisión de no politizar el festejo, la selección también rinde un secreto homenaje a aquella escuela pública que no confundía educación con militancia y que se ubicaba por encima de los intereses de facción.
La selección –ha dicho Jorge Fernández Díaz– representa “la Argentina aspiracional”, mientras que la desorganización y la irresponsabilidad que sobrevolaron el feriado nos enfrentan a “la Argentina real”. ¿Seremos capaces de achicar la distancia entre esas dos Argentinas? La respuesta está en la propia ciudadanía. Y de ella dependerá, en definitiva, nuestro futuro, pero sobre todo el de nuestros hijos.

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viernes, 28 de octubre de 2016

TEMA DE DISCUSIÓN......ECONOMÍA Y CONOCIMIENTO


Cómo se mide cuánto vale el conocimiento para un país?
En la Argentina, se estima que la economía vinculada a ese bien intangible involucra el 22% del PBI, una participación que subiría a 26% en 2025; en Estados Unidos llega al 38%



Durante la campaña electoral de 1983 para las elecciones presidenciales que ganó Raúl Alfonsín, circularon infinidad de chistes sobre el dirigente del PJ Herminio Iglesias, por entonces candidato a la gobernación de la provincia de Buenos Aires. Uno de ellos contaba la historia de una persona que visitaba un "mercado de cerebros" y consultaba por precios. El de Albert Einstein costaba US$ 100.000, el de Marie Curie lo mismo, pero el de Herminio Iglesias salía un millón de dólares. Cuando preguntaba por qué era tan caro, el dueño del negocio le respondía: "Porque está sin uso".
Medir el verdadero valor del conocimiento es una tarea complejísima para los economistas. Una sociedad en la que los "intangibles" empiezan a superar en valor a los productos tangibles conlleva desafíos de medición para los que las cuentas nacionales convencionales parecen no estar preparadas. "Los fenómenos disruptivos asociados a Internet y a la economía del conocimiento en general: redes sociales, comercio por Internet, buscadores, etcétera, genera nuevos fenómenos económicos que no se estarían captando en la medición tradicional del PBI en su completa magnitud. Parafraseando a (Robert) Solow, estos nuevos fenómenos disruptivos están en todos lados menos en las estadísticas", explica Ariel Coremberg en Progresos en medición de la Economía, un libro editado en 2015 por la AAEP. Las operaciones de las "economías por compartir", por poner un caso -Airbnb, Uber, etcétera- no se contabilizan en las cuentas nacionales en toda su dimensión. Lo mismo sucede con otras avenidas de tecnologías exponenciales cuyo verdadero aporte al crecimiento parece estar subestimado, lo que da lugar a que los optimistas del debate de la singularidad sostengan que el verdadero crecimiento de la economía mundial hoy es mayor al que reflejan las estadísticas oficiales.

Laura Converso y Tomás Castagnino, dos economistas que desde Accenture Argentina lideran equipos de investigación globales, se propusieron medir la economía del conocimiento a nivel local, y compararla con el tamaño en otros países. "Pese a la frecuente utilización del término Economía del Conocimiento, no existe una métrica que la cuantifique con precisión. Más aún, algunas formas de medición se tornan obsoletas. Por ejemplo, los benchmarks sobre número de patentes por país deja de tener sentido en la era digital, donde abunda el software libre y las organizaciones colaboran y cocrean bienes y servicios que contienen propiedad intelectual", comentaron Converso y Castagnino. Como se optó por abordar una definición amplia, que incluye la proporción de conocimiento que hay en cualquier producto o servicio, los economistas optaron por atacar la estimación desde la matriz insumo-producto. El modelo asume que el conocimiento agrega valor en todos los sectores de la economía y, al mismo tiempo, en cada etapa de la cadena de valor. Es decir que los factores productivos contribuyen en forma directa e indirecta a crear conocimiento.
La estimación se está terminando de afinar por estos días y se presentará en el Coloquio de IDEA pero ya hay un adelanto:
En la Argentina, la economía del conocimiento ya involucra el 22% del PBI. Es un valor bajo cuando se lo compara con otros países. En los Estados Unidos llega al 38%, en España y Japón al 32% y en Holanda al 30%.

Con la actual inercia, como los sectores intensivos en conocimiento crecen más que el promedio de la economía, el porcentaje subiría al 26% en 2025. Pero podría llegar a ser del 30% si hay un plus de políticas focalizadas en esta área. En números, este objetivo se lograría si se invierten US$ 5000 millones adicionales por año en ciencia y tecnología, y si se agregan 9900 trabajadores por año provenientes de las carreras "duras" (ciencias, programación, ingeniería, etcétera), sostiene Sergio Kaufman, presidente de Accenture y coordinador del trabajo.
El sector servicios es el más intensivo en el uso de conocimiento. Los sectores de educación y servicios empresariales e informáticos son los que más contribuyen a la economía del conocimiento.
En EE.UU. las industrias de mayor tamaño son las que más contribuyen directamente a la economía del conocimiento, mientras que en la Argentina la relación no es tan directa.
La proporción actual de capital tecnológico en el capital total argentino es de 2,9%, mientras que EE.UU. alcanzó ese porcentaje en 1999.
La mayor inversión en los sectores "conocimiento intensivos" no solo ayudaría a cerrar la brecha tecnológica con los países más desarrollados, sino que al mismo tiempo acelera la tasa de crecimiento del país un 0,5%.
La medición de la economía del conocimiento llega en un momento clave en el debate por la productividad local. Coremberg presentó semanas atrás una nueva estimación de serie de productividad en el largo plazo que muestra que los niveles de productividad para la Argentina hoy están por debajo de 1998 y muy lejos de 1974. "La productividad es la variable fundamental que nos permite ganar competitividad sin recurrir a devaluaciones o a esperar un auge de precios internacionales", explica el profesor de la UBA y director del capítulo argentino de Arklems, una iniciativa global con origen en la Universidad de Harvard.

La serie de largo plazo de Arklems muestra que la productividad de la economía argentina presentó un importante dinamismo entre 1952 y 1974. Sin embargo, a partir del Rodrigazo (1975), la eficiencia de la productividad de la economía entra en un tobogán de decadencia.
Para Coremberg, el desarrollo de capital humano en el área de conocimiento es una condición necesaria pero no suficiente para aumentar la productividad. "Todo depende del matching entre la demanda de calificaciones su oferta en el mercado de trabajo", dice. Uno de sus ejemplos favoritos es el del colapso de la Unión Soviética, cuando miles de ingenieros quedaron manejando taxis por la crisis macroeconómica. Con cerebros seguramente caros en el mercado del chiste de Herminio Iglesias, pero lejos de estar operando a su máxima capacidad.