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domingo, 9 de julio de 2017

HISTORIA DE VIDA.....MI AMOR A TUS PIES



El cuerpo, ese traidor, a veces se encabrita, se vuelve otro, nos abandona. Cuando el cuerpo se encabrita -con sus células desorientadas, sus respuestas equívocas, sus manchas, heridas y quiebres-, es como si anduviera enamorado de la muerte. Y sólo cabe, ante ese desierto inesperadamente ajeno, sentir miedo. Mucho miedo.
Alejandra lo sabe. También sabe que se puede aprender a conjurarlo. La miro, radiante en la tapa de Locas de atar, compilación de poemas y textos que, junto a otras cinco mujeres, publicó hace dos años. Para todas ellas la palabra se había convertido en un talismán. Y el taller literario que las reunía (de donde surgió el contenido del libro), el espacio donde compartir la tormenta que a cada una, con mayor o menor gravedad, le hacía padecer el propio cuerpo retobado.
Pero para Alejandra -que de chica soñaba con ser maestra y enseñar en el Sur, y desde muy joven dio clases a chicos de todas las edades y condiciones, en la Capital y la provincia-, el camino para conjurar el miedo no pasó sólo por la palabra.
Porque tiene -doy fe- manos mágicas. Y posee una vocación de servicio que ella adjudica al arraigado gesto docente: "Uno es maestro porque quiere dar y porque necesita eso mismo que está dando", asegura. Entonces ocurrió que la antigua docente, la tallerista entusiasta, la mujer de las manos mágicas, un día en que andaba procesando el miedo tras una cirugía complicada, descubrió la reflexología. Para su bien y para el de quienes nos dejamos llevar por el sortilegio que sólo ella sabe lograr.
"No me alcanzaba con que el médico me dijera que yo ya estaba bien", asegura y, para mi asombro, cuenta que en el inicio de su historia con los masajes de pies está el Hospital de Clínicas. Porque allí, en el marco de la Cuarta Cátedra de Medicina Interna, se realizan sesiones de reflexología, además de actividades de pintura terapéutica, música y escritura, orientadas a disminuir el estrés inevitablemente asociado a algunas dolencias y su terapéutica.
Alejandra, que había atravesado el sufrimiento físico, había aprendido a ponerlo en palabras y se había permitido paliarlo con una técnica de origen oriental en la que hasta ese momento nunca hubiera pensado, quiso devolver algo de todo eso. "Servicio", dice sonriendo. Y me relata cómo, tras formarse ella misma como reflexóloga, trabajó durante un año en el Clínicas. Con pacientes oncológicos, pediátricos, trasplantados, de clínica médica. En medio de la precariedad material y la enormidad humana con que cada día se trabaja en el hospital público. "Como es una terapia complementaria, no tiene contraindicaciones -explica-. Ni siquiera das fármacos; sólo usás tus manos."



Caricias curativas, podría decirse. El calor de unas manos aplicado sobre los pies de alguien cuyo cuerpo se quiebra de dolor y de miedo.
Cuenta que había, allí, en el hospital escuela, mucha gente sola. Gente que, rodeada del trajín de ese edificio inabordable, entre médicos, intervenciones, estudiantes y visitas de cátedra, la aguardaba a ella, la reflexóloga. "Esperan una caricia. Alguien con quien hablar." Y había otras personas que quizás no la esperaban, pero con las que ella se encontraba. Como la nena de once años con el cuerpo torturado de prótesis y la familia lejos, en una ciudad de la costa, que un día la miró y le dijo: "Me duele tanto". Y allí fue Alejandra, la de las manos mágicas, mano sobre piecito infantil, caricia tras caricia, punto sensible sobre punto sensible, masaje amoroso y constante, hasta que sólo hubo lugar para el sueño. "Le hice reflexología hasta que se quedó dormida -recuerda-. Después le enseñé a la mamá cómo hacerlo."
Me presta libros. "El viaje de mil lenguas comienza donde se posan tus pies", dice uno de ellos, citando el Tao Te Ching. O, pensaría Alejandra, cuando el bienestar propio se enlaza, suave y benévolo, con el de los demás.
D. F. I.

jueves, 26 de mayo de 2016

¿TE DISTE CUENTA LO FEOS QUE SON LOS PIES?,, SALVO UNOS POCOS

El 21 de agosto de 1986 nació el hombre más rápido del mundo; pero, entonces, nadie lo sabía. Veintiún años después, también en agosto, ese hombre ganaba las tres competencias de velocidad de los Juegos Olímpicos de Pekín 2008: Usain Bolt fue el más rápido en los 100 metros, fue el más rápido en los 200 y, junto a otros tres atletas jamaiquinos, fue el más rápido en la posta 4x100.


Otra vez en agosto, pero en Moscú y en 2013, Bolt alcanzó -otro- récord al ganar tres medallas de oro en un mundial y superar en el medallero a Carl Lewis. Al finalizar la tercera carrera, festejó como suele hacerlo: un tanto showman, un tanto arrogante y un tanto genial porque puede ser showman, puede ser arrogante y porque es el hombre más veloz del mundo; qué va. Con su andar ya cansino, varios metros después de haber cruzado la meta, alguien lo cubrió con una bandera de Jamaica. Antes de asirla, Bolt se sacó las zapatillas blancas, tomó ambas con la mano derecha y caminó por la pista azul, descalzo.



Las venas del grueso de un hilo a la altura del tobillo se ensanchaban en el empeine, como una víbora indigestada, para luego volver a angostarse al llegar a los dedos. El gordo, del pie izquierdo, tenía un juanete tan pronunciado que parecía una fractura expuesta y las uñas como mármoles, todas. Sólo se diferenciaban las de los dedos chiquitos: eran como dos pequeños cristales incrustados, dos esquirlas de copas que se estrellaron en la piel.
Los pies del hombre más rápido del mundo son muy horribles. Pero no son sólo los suyos. Comienza en diciembre, pero es mayormente en enero y febrero cuando, durante las vacaciones de verano, sucede, en Facebook, la mayor incoherencia fotográfica. Esto es: los pies del autor y, de fondo, el mar. Error. El mar es de un diseño exquisito, hasta en sus ruidos, mientras que los pies son un boceto abandonado. Pocos son bellos.

 De esos pocos, a todos los han cuidado mucho. Por una razón sumamente primitiva, dada la cantidad de pruebas, pero que no se explica, dada la sinrazón, los muros de la red social se llenan de epígrafes de fotos que dicen cosas tales como "Acá, descansando en el mejor lugar del mundo". Quien lee, deberá sortear el primer plano de los pies, para poder llegar al mar, a las olas, a un morro, es decir, para poder ver el paisaje, que ha caído en tremenda desgracia por esta moda inexplicablemente narcisista de extremidades que lo relega a un segundo plano en todo aspecto. 
¿Qué persona, con un mínimo de coherencia estética, le da al mar de Koh Lipe (Tailandia) un rol secundario? ¿Cuántas preguntas nos hacemos hasta que concluimos que el dedo martillo en primer plano es tanto o más interesante que las aguas de Fernando de Noronha? ¡¿Cómo es que decidimos fotografiar de manera tal que un acantilado apenas asome sobre el margen izquierdo, un pie lo tape y el horizonte esté inclinado?! Si Wes Anderson lo viera.
En esta práctica de narcisismo contemporáneo hay algo sumamente llamativo y es que el autor da por sentado un vínculo tan íntimo: supone que conocemos sus pies ("acá estamos..."). Semejante arrojo tiene, como precedente, otro: ha preferido exhibir sus pies a su cara.

 ¿Cuántas veces cree aquel compañero de la primaria que he visto sus pies de adulto? De haberlos visto alguna vez, ¿debería reconocerlos? Maldita la hora en que se decidió innovar en la selfie: preferibles las caras a esta invasión bípeda.

¿Y por qué se eligen los pies como muestra inequívoca de relax? Los pies no se relajan. Jamás. Aun en reposo, a diferencia de otras partes del cuerpo, en los pies las venas son obreras: su estética es la del esfuerzo a destajo. Ahí están, llevando sangre, todo el tiempo, hasta el último rincón, soportando el peso de esqueleto y bártulos. Quizá los juanetes son consecuencia, o el dedo martillo y los hacinados, esos que se suben a cococho, como un repulgo.




La desnudez del pie en verano es una expresión de libertad porque llega luego de meses de encierro en medias y zapatos, en esas cavernas de nylon y cuero, donde han sudado a oscuras y sin ventilación (la casa soñada de los microorganismos); que subyugados por la belleza del paisaje perdamos cierto pudor, vaya y pase. Pero qué peligro, a ojos propios y de terceros, aquel que decide no sólo no esconder sino ostentar uñas marrones, grises, amarillas. Pues lo que usted tiene allí es un hongo, mi amigo. "Miren mi fungosa vacación", se me ocurre como el epígrafe más preciso para esa foto.
Los pies descalzos son mucho más que desnudez.

E. P.