Mostrando las entradas con la etiqueta TIEMPO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta TIEMPO. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de febrero de 2023

TIEMPO


Un mundo sin cementerios
Las naciones con vocación de grandeza no solo proyectan su camino a cincuenta años, sino que también preservan la memoria de aquellos a quienes deben su presente Toffler anticipó que el “creciente nivel de diversidad social”, la “acentuación de las diferencias
Carlos Manfroni
Desde hace mucho tiempo, basta con visitar fugazmente un cementerio para advertir el descuido en el que están las tumbas, las calles y los monumentos. Salvo los históricos, que lucen arreglados y hasta con guías turísticos que recorren sus callejuelas rodeados de público, los demás parecen reflejar no solo la muerte física de los hombres y mujeres allí sepultados, sino también la muerte del alma de una ciudad.
“Los muertos no votan”, podría ser la primera sentencia de una conclusión apresurada. Pero tal parece que tampoco votan los familiares. No; los familiares no van… y los funcionarios lo saben.
Hace décadas que no es feriado en la Argentina el 1º de noviembre, Día de Todos los Santos, que precedía al Día de los Fieles Difuntos, una fecha en la que algunos comercios cerraban y otros no. Por eso, quienes tenían que trabajar el “día de los muertos”, como popularmente se lo llamaba, aprovechaban la fiesta de la víspera para visitar el cementerio.
Ya pasaron 60 años desde que la Iglesia aceptó la cremación, bajo ciertas condiciones, e incluso habilitó cinerarios en las parroquias. Cada vez más personas recurren a esta práctica, la mayoría motivadas por el deseo de no dejar una carga a los descendientes. Tal vez los hijos se ocuparán de los cuidados póstumos; y después… después habrá ciudades sin vida, libradas a la voluntad de las burocracias. Se están perdiendo los lazos entre los miembros de la familia viviente sobre la Tierra. ¿Cómo podríamos pretender que se mantengan los vínculos con las generaciones pasadas?
La memoria pareció restaurarse en 2020 y 2021, con una gran afluencia de público a las necrópolis del mundo occidental, sobre todo en España, Italia y los países de América hispana. La conmoción por el deceso de cientos de miles de personas a causa de la pandemia de Covid sacudió la conciencia de la civilización, después de lo cual las costumbres volvieron a su cauce anterior a la peste. Pasado el shock, quedó en el alma una depresión que nos inhibe de mirar a esa compañera de toda la vida, que es la muerte.
Por otro lado, todos estamos demasiado apresurados. El home working obligatorio no nos regaló tiempo: nos sumió en un trabajo más intenso y por objetivos, en la tristeza de la soledad, en la pérdida de la proximidad con los compañeros que compartían una jornada de ocho o diez horas. Por eso los restaurantes y los cafés están atestados de público, en un desquite de propietarios y clientes contra tanto encierro injustificado. La gente volvió a los bares sedienta de alegría. Las cuarentenas dieron un nuevo golpe a la sociedad de masas, que hoy, vista a la distancia, parece que no era tan mala. Lo había predicho Alvin Toffler en 1980, cuando escribió que “la quiebra de la sociedad de masas, aunque ofreciendo la promesa de una autorrealización mucho mayor, está extendiendo, al menos por el momento, la angustia del aislamiento”.
Menos de 20 años después, la popularización de internet trajo consigo una libertad hasta entonces desconocida en el planeta y posibilidades de aprendizaje que incluso hoy nos asombran; facilitó el comercio internacional y dio poder a los ciudadanos contra el peso abrumador de los gobiernos. Sin embargo, como efecto colateral no deseado, acentuó la individualización en desmedro de las vivencias comunes.
En 1995, Nicholas Negroponte –a la sazón, el alma mater del Instituto Tecnológico de Massachusetts– había anunciado, entre muchos otros adelantos, que en el futuro próximo habría un diario digital hecho a la medida de cada persona, según sus preferencias. Esto ya existe y, además, en los periódicos convencionales, como este, los lectores pueden copiar el link de las noticias o columnas de opinión y enviarlas a sus contactos, al mismo tiempo que cada uno tiene la posibilidad de dejar sus comentarios al pie de una nota y otros responderle, a la vista de todos. Pero esto, todavía –y afortunadamente–, es una actividad que tiene un pie en la sociedad de masas y que fomenta la interacción de los ciudadanos en torno de un tema común.
Los más jóvenes ya no leen los diarios, sino que se informa cada uno de ellos en una fuente distinta, por medio de YouTube u otras aplicaciones, algo que habla muy bien de sus capacidades de selección y análisis, pero que centrifuga los intereses en desmedro de los ejes de discusión propios de una circunstancia histórica determinada.
Hace muy poco tiempo, el empresario y conductor Mario Pergolini demostró, en una conferencia que se difundió por las redes, que un campeonato mundial de globos –consistente en evitar que un globo toque el suelo– había tenido más audiencia que la transmisión de la ceremonia de entrega de los Oscar.
Los menores de 35 años tampoco miran televisión y los mayores, quienes sí lo hacen, se encuentran con una sobrecarga de chismes y comentarios que ponen el foco en los problemas íntimos de actores, actrices y hasta del público que concurre a los estudios a revelar su vida personal con detalles tales que resulta difícil entender por qué desean contarlos a todo el mundo. Es lo que Gilles Lipovetsky llamaba “el intimismo tiránico”. “Allí donde reina la obscenidad de la intimidad –escribió este admirable sociólogo francés en 1983–, la comunidad se hace pedazos y las relaciones humanas se vuelven ‘destructoras’”. Tempranamente descubrió que el narcisismo contemporáneo –como él mismo lo llama– conspira contra el sentimiento de pertenencia a un grupo o a una nación.
Toffler, por su lado, anticipó hace más de 40 años que el “creciente nivel de diversidad social”, la “acentuación de las diferencias” o lo que hoy podríamos denominar la “idolatría de las minorías” vuelven más difícil el contacto humano y el sentimiento de comunidad, nos hacen más exigentes en nuestras relaciones sociales y también hacen más exigentes a los otros. El resultado es una neurosis colectiva que lleva rápidamente a la cancelación del otro por cualquier causa y a la atomización de la sociedad.
Existen excepciones, pero pocas. El Mundial de Fútbol que ganó la Argentina nos unió en un festejo que debe tanto a la alegría del triunfo como a la euforia por el regreso a un interés compartido. Las marchas por la libertad y la república, si bien no con la misma extensión, significaron también un retorno al espíritu republicano y a los lazos honrosos de la civilidad.
¿Cuánto hace que en nuestros colegios no se canta diariamente “Aurora” o “Salve Argentina, bandera azul y blanca”? ¿Y cuánto tiempo desde que no se enseña la Historia en lugar de panfletos ideológicos?
Todos los días, a cada hora, en el Cementerio de Arlington, en Virginia, podemos ver la ceremonia de honores a la Tumba del Soldado Desconocido. Se trata de un cementerio militar en un país cuyos soldados están frecuentemente a punto de dar su vida por la nación.
Las naciones con vocación de grandeza no solo proyectan su camino a 50 años, sino que también preservan la memoria de aquellos a quienes deben su presente. Las sociedades con espíritu decadente únicamente viven un presente atomizado, sin futuro y sin recuerdos.
No; los cementerios no eran tristes. Eran la otra cara de la demasía de la vida. Como dice la canción mexicana: “¿Dónde enterrar tanta muerte de esto que hoy tanto vivimos?”

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

viernes, 6 de julio de 2018

NEURASTENIA ¿TIENE SEXO...TIENE TIEMPOS ?

Resultado de imagen para neurastenia
En el final del siglo XIX se extendió en los Estados Unidos una epidemia silenciosa que parecía afectar especialmente a las mujeres, y que el médico Charles M. Beard bautizó como neurastenia. Sus síntomas eran tan variados como ambiguos: dolores de espalda, úlceras, problemas pulmonares, dispepsia y otros. Por entonces las principales, y casi únicas, labores de las mujeres eran las domésticas y pronto se extendió la sospecha de que ellas habían encontrado la manera de evadir susobligaciones.
Resultado de imagen para neurastenia
Catherine Beecher (1800-1878), hermana mayor de Harriet Beecher Stowe (1811-1896), autora esta última de la clásica novela La cabaña del Tío Tom, recorrió en esa época el país y escribió que había "una decadencia generalizada en la salud femenina". En su cuaderno de observaciones se leía: "No conocí ni a una mujer sana en cada pueblo". La mayor de las Beecher encabezó un movimiento para reforzar la presencia de la mujer en el hogar con dedicación exclusiva a lo doméstico. Escribió un libro que le dio fama y tuvo más de 15 ediciones. Publicado por primera vez en 1841, se titulaba Tratado de economía doméstica para uso de jóvenes mujeres en el hogar y en la escuela. Y con su hermana serían autoras de American Woman's Home ( El hogar de la mujer americana), donde insistían en que la mujer no debe salir del hogar. Curiosamente, Beecher trabajó como maestra, no se casó ni tuvo hijos (al igual que Harriet) y lamentó que, por ser mujer, no se le permitiera seguir una carrera universitaria.
Imagen relacionada
Mientras tanto, muchos médicos, como el que atendió a Mary Baker Eddy (un caso popular en aquel tiempo), describían a la neurastenia como una enfermedad típicamente femenina, "mezcla de histeria con mal carácter". Los médicos eran exclusivamente varones, su palabra era indiscutible, y determinaban sobre el cuerpo y la salud de las mujeres. La neurastenia se trataba con postración en la cama en una habitación a oscuras durante semanas, dieta líquida y prohibición de leer o charlar. La bióloga y ensayista estadounidense Bárbara Ehrenreich apunta en su libro Sonríe o muere (la trampa del pensamiento positivo), que el solo hecho de ser mujer se veía como una enfermedad que necesitaba de continuos cuidados. Y hace notar que, mientras se repetía el estribillo según el cual el trabajo es salud, solo podían trabajar los varones. A las mujeres, consideradas casi enfermas de nacimiento, se les prohibía hacerlo.
Resultado de imagen para neurastenia
Aunque esto ocurría en Estados Unidos hace casi un siglo y medio, mucho de lo esencial de esta visión está presente hoy en todo el mundo. No en una forma tan primitiva, literal y brutal, sino actualizada con argumentos que maquillan la creencia y la presentan con sofismas científicos, filosóficos, políticos o sociológicos. Eso refuerza la reivindicación de las mujeres de ser soberanas de sus cuerpos, responsables de sus elecciones y decisiones y que decidan sobre sus destinos, sus emociones y sus sentimientos quienes no viven la experiencia de lo femenino.
Son derechos básicos de todos los seres humanos, independientemente de su sexo. Pero deben recordarse explícitamente porque, más allá de los adelantos tecnológicos y de otro tipo en los siglos XX y XXI, hay grietas atávicas que permanecen abiertas. Son producto de la cultura y no de la naturaleza (igual que las diferencias de género) y cerrarlas llevará tiempo, sobre todo a la luz de un reciente debate en el país. Misión compartida para mujeres y varones, desde lugares distintos, pero con un mismo fin. El respeto por lo diverso y por la dignidad de cada persona.

S. S.

jueves, 5 de octubre de 2017

LA DECISIÓN DE VIVIR ES TUYA


Con absoluta convicción una amiga me aseguraba hace poco que los días ya no tienen 24 horas, sino alrededor de 18. Según decía, había leído un informe que lo demostraba y que adjudicaba esa abreviatura a un movimiento en el eje de la Tierra. Y si no es esa la razón, terminaba, alguna debe de haber, porque lo cierto es que cada vez las horas alcanzan para menos. Para no entrar en discusiones científicas, quedémonos con la sensación del encogimiento temporal. Es una sensación generalizada y creciente, pero acaso no tenga que ver con la física sino con una manera de vivir. Quizá nunca en la historia los seres humanos hayan tenido agendas colmadas de actividades como hoy, y quizá nunca hayan descansado menos. Está comprobado que las horas de sueño promedio necesarias para el organismo se han reducido de ocho a seis. Los ritmos circadianos, que normalizan las actividades orgánicas y las regularizan, están alterados, prácticamente no existen la oscuridad ni el silencio, el planeta permanece abierto, bullicioso e iluminado las 24 horas con una oferta incesante de actividades (se ha llegado al absurdo de convocar festivales filosóficos en la madrugada, cuando menos lúcida está la mente).
Una consecuencia lógica de esta modalidad es que el día parece más corto. Y para sostener semejante compás a menudo hay que recurrir a variados estimulantes químicos, bebibles, aspirables, físicos y psíquicos. Cuando las actividades se acumulan sin pausa y sin ilación, es posible que, abocados a la más reciente, ya no recordemos las anteriores y, mucho menos, la primera. Es como atiborrarse de alimentos por el mero hecho de que son ricos, pero sin tiempo para saborearlos ni espacio para digerirlos, hasta terminar con malestares gástricos. Las agendas completas y comprimidas no permiten detenerse, ni reflexionar ni conectar con las sensaciones y emociones de cada acto. Eliminan la pausa, la introspección, el retiro, que son momentos naturales de la vida en todas sus manifestaciones: aspirar-exhalar, actividad-reposo, día-noche, sístole-diástole, contacto-retirada, sueño-vigilia. Prevalece, en cambio, la sensación de que todo ha sido un continuado y de que el tiempo se escurrió como el agua por una alcantarilla.
En El tiempo y el alma, un sensible y reflexivo ensayo, el filósofo Jacob Needleman escribe: "Mi vida, como la de muchos hombres y mujeres, se había convertido en una existencia llena de cosas por hacer, demasiadas responsabilidades, demasiadas oportunidades, demasiados detalles que cuidar. Como nos sucede a muchos, me había convertido en una persona apurada. Y pronto comprendí que estar ocupado es estar apurado". La pregunta sería: ¿para llegar a dónde? Y luego: ¿qué valor tiene ese dónde? ¿Me lleva a entender y a valorizar para qué vivo o me aleja de esa comprensión? ¿Qué vacío busca llenar tanta ocupación? "Ser devorado por nuestra vida no es comprometerse a vivir -piensa Needelman-. Cuando nos dejamos devorar quiere decir que nuestro propio yo no se encuentra presente."



Estar presente requiere pausa, respiro, silencio. Discriminar entre lo urgente y lo importante. Cuando no lo hacemos se impone lo urgente y se posterga lo importante. No hay tiempo para incorporar las experiencias vividas, se las surfea. Nunca se las bucea. Los días con menos cosas por hacer, pero conectadas a nuestras necesidades reales y profundas, tienen otro ritmo, las mismas horas parecen más largas y la jornada entera adquiere significado, se incorpora a las sensaciones, se hace memoria. Los días no son hoy más cortos. Quizás estamos pasando demasiado rápido por ellos, sin dejar huella. Y el eje de la Tierra no tiene la culpa.

S. S.

jueves, 28 de septiembre de 2017

EL TIEMPO SE TRANSFORMA CUANDO LE VIENE BIEN

No hace mucho descubrí que en los dos minutos que tarda el microondas en calentar mi café alcanzo a revisar las actualizaciones de Twitter. Desde entonces, en lugar de esperar que transcurran esos 120 segundos observando con impaciencia el reloj luminoso del dispositivo, corro a la computadora para que no se me "escapen" esos instantes preciosos en un día atiborrado de actividades.


Nunca deja de fascinar cómo en ciertas circunstancias unos momentos se nos hacen interminables y, en otras, una hora transcurre en un pestañeo. Recuerdo una vez en que me tocó atravesar una tormenta particularmente violenta durante un vuelo. Al principio, todos pensamos "enseguida termina", pero cuando el avioncito empezó a agitarse como si estuviésemos cruzando el cráter en erupción del mítico Vesubio, se volcaron algunas bandejas con el refrigerio y la turbulencia no amainaba, el reloj pareció congelarse. Apostaría a que muchos repasamos la totalidad de nuestras vidas en un suspiro. Ahora, mientras escribo estas líneas, acabo de percatarme de que se esfumaron 50 minutos desde la última vez que despegué la vista del texto.
Además de su doble vida psicológica, no cabe duda de que también en muchos otros aspectos el tiempo es uno de los misterios más inasibles. Para los gerontólogos, es un programa genético. Según la teoría de la relatividad, de Einstein, no es lineal ni constante, sino que depende de la gravedad y de la aceleración, puede dilatarse o comprimirse. Para los cosmólogos, empezó en el Big Bang, pero desaparece en el interior de los agujeros negros.



Aunque nuestro lenguaje está estructurado en torno de una gramática que da cuenta incluso de matices temporales sutiles, el conocido cosmólogo británico Paul Davies nos deja con la boca abierta cuando afirma que, desde el punto de vista de un físico, pasado, presente y futuro son apenas una ilusión.
En una edición especial de Investigación y ciencia, Davies describe algunas de las ideas absolutamente contraintuitivas que desarrolló la ciencia sobre la cuarta dimensión del universo.
Entre otras curiosidades que desafían nuestra imaginación está precisamente la "dilatación del tiempo" relativista, que tiene lugar siempre que dos sistemas de referencia se mueven uno con respecto al otro. Sí, el tiempo se estira con el movimiento y los relojes atómicos, con su pavorosa precisión, lo confirman. Y también lo hacen los grandes aceleradores que impulsan partículas subatómicas a una velocidad cercana a la de la luz. Algunas de ellas contienen un reloj intrínseco: se desintegran con una vida media determinada, explica Davies. En esas condiciones, y de acuerdo con la teoría de Einstein, se observa que [éstas] lo hacen en cámara lenta.
Einstein también predijo que la gravedad retarda el tiempo. Los relojes avanzan un poco más rápido en el altillo que en el sótano, en el espacio que en la Tierra. Aunque el efecto es minúsculo, hubo que tenerlo en cuenta en el Sistema de Posicionamiento Global (GPS) para que nuestros dispositivos no terminaran guiándonos muy lejos de nuestra ruta.



Otra "pirueta" del tiempo es la que se registra en la superficie de una estrella neutrónica, donde la gravedad adquiere tal intensidad que el tiempo se retrasa un 30 por ciento con respecto al de la Tierra. Por otro lado, sigue Davies, "si cayésemos en un agujero negro desde sus alrededores, en el breve intervalo que nos llevaría alcanzar la superficie habría transcurrido para el resto del universo una eternidad".

Incluso hay cálculos (que no pasan de ser curiosidades matemáticas) que respaldan la posibilidad del viaje en el tiempo... tanto hacia el futuro como hacia el pasado. Quién sabe: aunque por ahora está descartado, tal vez algún día las aventuras de Doc Brown en Volver al futuro serán rutina...

N. B.

EL TIEMPO SE TRANSFORMA CUANDO LE VIENE BIEN

No hace mucho descubrí que en los dos minutos que tarda el microondas en calentar mi café alcanzo a revisar las actualizaciones de Twitter. Desde entonces, en lugar de esperar que transcurran esos 120 segundos observando con impaciencia el reloj luminoso del dispositivo, corro a la computadora para que no se me "escapen" esos instantes preciosos en un día atiborrado de actividades.


Nunca deja de fascinar cómo en ciertas circunstancias unos momentos se nos hacen interminables y, en otras, una hora transcurre en un pestañeo. Recuerdo una vez en que me tocó atravesar una tormenta particularmente violenta durante un vuelo. Al principio, todos pensamos "enseguida termina", pero cuando el avioncito empezó a agitarse como si estuviésemos cruzando el cráter en erupción del mítico Vesubio, se volcaron algunas bandejas con el refrigerio y la turbulencia no amainaba, el reloj pareció congelarse. Apostaría a que muchos repasamos la totalidad de nuestras vidas en un suspiro. Ahora, mientras escribo estas líneas, acabo de percatarme de que se esfumaron 50 minutos desde la última vez que despegué la vista del texto.
Además de su doble vida psicológica, no cabe duda de que también en muchos otros aspectos el tiempo es uno de los misterios más inasibles. Para los gerontólogos, es un programa genético. Según la teoría de la relatividad, de Einstein, no es lineal ni constante, sino que depende de la gravedad y de la aceleración, puede dilatarse o comprimirse. Para los cosmólogos, empezó en el Big Bang, pero desaparece en el interior de los agujeros negros.



Aunque nuestro lenguaje está estructurado en torno de una gramática que da cuenta incluso de matices temporales sutiles, el conocido cosmólogo británico Paul Davies nos deja con la boca abierta cuando afirma que, desde el punto de vista de un físico, pasado, presente y futuro son apenas una ilusión.
En una edición especial de Investigación y ciencia, Davies describe algunas de las ideas absolutamente contraintuitivas que desarrolló la ciencia sobre la cuarta dimensión del universo.
Entre otras curiosidades que desafían nuestra imaginación está precisamente la "dilatación del tiempo" relativista, que tiene lugar siempre que dos sistemas de referencia se mueven uno con respecto al otro. Sí, el tiempo se estira con el movimiento y los relojes atómicos, con su pavorosa precisión, lo confirman. Y también lo hacen los grandes aceleradores que impulsan partículas subatómicas a una velocidad cercana a la de la luz. Algunas de ellas contienen un reloj intrínseco: se desintegran con una vida media determinada, explica Davies. En esas condiciones, y de acuerdo con la teoría de Einstein, se observa que [éstas] lo hacen en cámara lenta.
Einstein también predijo que la gravedad retarda el tiempo. Los relojes avanzan un poco más rápido en el altillo que en el sótano, en el espacio que en la Tierra. Aunque el efecto es minúsculo, hubo que tenerlo en cuenta en el Sistema de Posicionamiento Global (GPS) para que nuestros dispositivos no terminaran guiándonos muy lejos de nuestra ruta.



Otra "pirueta" del tiempo es la que se registra en la superficie de una estrella neutrónica, donde la gravedad adquiere tal intensidad que el tiempo se retrasa un 30 por ciento con respecto al de la Tierra. Por otro lado, sigue Davies, "si cayésemos en un agujero negro desde sus alrededores, en el breve intervalo que nos llevaría alcanzar la superficie habría transcurrido para el resto del universo una eternidad".

Incluso hay cálculos (que no pasan de ser curiosidades matemáticas) que respaldan la posibilidad del viaje en el tiempo... tanto hacia el futuro como hacia el pasado. Quién sabe: aunque por ahora está descartado, tal vez algún día las aventuras de Doc Brown en Volver al futuro serán rutina...

N. B.

lunes, 24 de abril de 2017

QUE PEOR CASTIGO ES NACER SABIENDO QUE VAS A MORIR


Un día, en la escuela, habiendo aprendido ya a sumar y restar, fui a la última página de mi cuaderno e hice una lista. En la columna de la izquierda anoté los años por venir; en la de la derecha, la edad que tendría en cada uno de esos años. Me detuve en 2000, cuando, deduje, cumpliría 40.
Para ese niño, 40 años era una edad exorbitante. Mi horizonte existencial estaba allí, no podía ver más allá de los 40, y ni siquiera podía ver que no podía ver más allá.
Mamá, que en esa época tendría unos 35 años, falleció prematuramente, a los 67. Entonces tenía yo 40. Recordé, por supuesto, aquella lista compuesta con letra infantil, y se me erizó la piel. No porque sospechara -tampoco lo hago hoy- algún poder profético en aquel niño ido, sino por el abismo infranqueable que existía entre mi percepción de la edad en la infancia y la que tenía ahora, de adulto.
Lejos de ser el anciano que había vislumbrado desde el pupitre en el que garrapateé aquella lista, sentía que sólo ahora, cursada la turbulenta adolescencia, atravesados los insensatos veinte, superados los desvelos de los treinta, empezaba a entender, por fin, algo de la vida.


La partida inesperada de mamá ocurrió, pues, en ese umbral decisivo. No sabía cómo, pero iba a tener que aceptar que su amor desmedido, su pasión, su desparpajo y su rebeldía perpetua habían desaparecido. Han pasado más de 15 años, y sigo echándola de menos. Muchas veces me encuentro pensando con qué siniestra frialdad el destino me privó de llamarla por teléfono a cualquier hora (salvo por las mañanas, porque mamá nunca se levantó antes del mediodía) para pedirle un consejo o preguntarle en cuánto tiempo se hervía un choclo. Es raro. Extraño esos momentos insignificantes, que al final parecen ser los que se resisten al olvido con mayor tenacidad.
Pero su ausencia me dejaba desorientado por otro motivo. Crítica feroz de mi decisión de dedicarme a la escritura (y no a algo serio), pero admirando en secreto un coraje que ella no había logrado reunir, su opinión era siempre la que más me importaba. Ahora que se había ido, ahora que ya no tenía que demostrarle nada a nadie, caí en la cuenta, la mañana atroz del sepelio, de que tendría que trazar mi propio mapa.


Recordé así la lista en el cuaderno y me puse a reflexionar sobre eso que llamamos edad y que no es nada, que es una entelequia forjada de prejuicios y malentendidos. Ahora tenía la edad que a los 7 u 8 años no había podido siquiera concebir, ¿acaso podía figurarme, hombre ya maduro, cómo sería tener 80?
Descubrí que no existía la sensación de tener cierta edad. Nadie se siente de 40, de 60 o de 80. Si no invirtiéramos ni un segundo en esta contabilidad nefasta, si desaparecieran de una vez los espejos, advertiríamos que el espíritu carece de edad, que el mundo sigue brillante y lozano, y que a partir de los 40 la edad se convierte en una profecía autocumplida.
Concedido, los años traen algunos achaques y la decrepitud es ineludible. Pero ¿cómo llegamos a sentirnos viejos? ¿Qué significa sentirse viejo? No estamos hechos sino de tiempo, y el tiempo es inmarcesible. La obsesión fáustica por preservar la juventud del cuerpo nos impide ver una verdad universal: el alma no envejece. 

Por eso, como escribió Cicerón, "ningún hombre es tan viejo como para no sentirse capaz de vivir otro año".
En la adolescencia leí su extraordinario diálogo De la vejez, en el que un Cicerón de 62 años -que sería asesinado a los 63 por los sicarios de Marco Antonio- encarna a Catón el Viejo, de 84. Entendí la mayoría de los conceptos, pero se me escapó su sentido último. Cuarenta años después siento que la edad es un fantasma, otro fantasma de los muchos que atormentan nuestros días, y que sentirse viejo no es sino una decisión. Una mala decisión.
Me gusta pensar estas cosas cuando se acerca la Pascua. Porque el alma no sólo no envejece, sino que es eterna e inmortal.

miércoles, 25 de enero de 2017

EL TIEMPO Y NOSOTROS; LOS CRONOTIPOS



Un estudio reciente de científicos argentinos revela cómo funciona nuestro ritmo biológico y por qué, según la hora del día, pueden cambiar tanto nuestras acciones y maneras de pensar
Mariana Juliana Leone, una de las neurocientíficas que realizaron el estudio sobre la "cronobiología de las decisiones"En una escena de la película Hechizo de tiempo (1993), el meteorólogo Phil Connors (que personifica el actor Bill Murray) se pregunta por qué el destino no quiso que el día que se repite en su vida una y otra vez no sea aquel en el que conoció a una chica que le encantaba, con quien compartió horas apasionadas en una playa. Seguramente el tiempo así discurriría en forma más amable que en el día que le tocaba arrancar de cero, según el argumento de la película, casi eternamente: el 2 de febrero en Punxsurawney, desde donde tenía que transmitir para la TV el comportamiento de una marmota que predecía, según la tradición, cuánto más iba a durar el invierno.
La relación y la percepción de las personas con el paso del tiempo es tema de infinidad de películas. En una escena famosa de Matrix, Neo ve pasar las balas como si estuvieran en cámara lenta. La imagen fue mencionada en un estudio reciente sobre un fenómeno psicológico que se conoce como "dilatación subjetiva del tiempo", que hace alusión a la percepción de que en determinadas circunstancias los segundos pasan más rápido o más lento. El trabajo de investigadores de Baylor y de la Universidad de Texas estudió las sensaciones y la memoria de cientos de personas que se tiraron al vacío (atadas con un arnés) en el parque de diversiones de Dallas Zero Gravity. En el momento de miedo extremo, los recuerdos, los colores y las percepciones en general se vuelven "extra vívidas". Como Neo, en esas instancias somos capaces de recordar muchos más detalles, y esto tiene una explicación desde la psicología evolucionista: si uno sobrevive a una situación de vida o muerte, es útil recordar luego, lo mejor posible, cómo se hizo para lograrlo.



En materia de "cronobiología de las decisiones", uno de los estudios recientes más interesantes fue realizado por los científicos argentinos María Juliana Leone, Diego Fernández Slezak, Diego Golombek y Mariano Sigman, titulado "Hora de decidir: variaciones diurnas en la velocidad y calidad de las decisiones de las personas", y que fue publicado en el journal Cognition. Lo que hicieron los cuatro especialistas argentinos en biología y neurociencias fue evaluar más de 40 millones de decisiones tomadas por 99 jugadores de ajedrez en partidas online, que quedaron registradas en el sitio Free Internet Chess Server, de acceso gratuito, con la hora exacta de cada movimiento. "Encontramos que la manera de tomar decisiones cambia a lo largo del día. A la mañana las decisiones son más precisas y lentas, mientras que por la tarde y noche son más rápidas, pero menos precisas", explica Leone, investigadora de la UNQ, de la UTDT y ex campeona argentina de ajedrez en la categorías sub 18 y sub 20.
"Diversas tareas cognitivas son especialmente sensibles al horario y al reloj biológico", dice Golombek. Las implicancias, en términos de seguridad y eficiencia laboral, por caso, son enormes. "Imaginemos a un cirujano que debe decidir sobre la marcha en una operación que realiza durante el día o, de urgencia, de madrugada; una acción de seguridad en una empresa, con la importante salvedad de que muchas veces los accidentes laborales graves ocurren durante la noche o la madrugada (cuando nosotros, bichos diurnos, estamos preparados para el dulce sueño); decisiones bélicas que no saben de horarios; tareas que necesariamente demanden horarios laborales extendidos (pilotos de aviación, camioneros, choferes en general) o atípicos (turnos de trabajo rotativos)", agrega Golombek.


Hay varias hipótesis de por qué ocurre este fenómeno. Una posibilidad es que nuestro reloj biológico module en forma directa o indirecta los niveles de actividad neuronal en una región del cerebro (los ganglios basales) que regula el umbral de decisión. Hay muy pocos estudios que relacionen el momento del día de la toma de decisiones con su calidad y rapidez. En 2014 se descubrió un "efecto moral matutino", por el cual las personas tendemos a actuar más éticamente por la mañana que por la tarde y noche. "Esto podría estar relacionado con lo que nosotros encontramos", marca Leone, "que por la mañana se tiende a tomar una estrategia más preventiva, utilizando más tiempo y tomando determinaciones de mayor calidad".
Para Golombek, "está claro que nuestro comportamiento está marcado por nuestro reloj biológico. En términos muy generales, la actividad cognitiva (la atención, la concentración, la memoria) sigue el ritmo interno de la temperatura corporal, con un máximo hacia la tarde y un mínimo de madrugada".
En su libro Rituales creativos: cómo trabajan los artistas, el escritor inglés Mason Currey relevó los disparadores creativos de 161 escritores, músicos, filósofos, matemáticos, inventores, pintores, actores y directores de cine. Los rituales de comportamiento diario son muy diversos, y el autor advierte que de ellos es muy difícil extraer "fórmulas promedio". Sin embargo, Currey observa que hay "patrones" comunes de comportamiento en la mayor parte de las vidas relevadas. Entre ellos, que suelen ser "alondras", en términos de cronotipo: se despiertan temprano y desarrollan su proceso creativo, mayormente, durante la mañana. 

Varios de los escritores que estudió, por ejemplo, se despertaban al alba y frenaban su trabajo al mediodía, para dejar para la tarde tareas más mecánicas y menos demandantes a nivel cognitivo. Aunque la experiencia de personas creativas y algunos estudios científicos recientes marcan a la primera hora del día como una instancia en las que las habilidades cognitivas relacionadas con la creatividad tocan uno de sus picos diarios, tal como lo reveló el trabajo de los cuatro científicos argentinos publicado en Cognition, la mayoría de nosotros ocupamos este tiempo viajando al trabajo, chequeando mails, revisando Facebook, hasta que empezamos la "rutina fuerte" de trabajo a media mañana. "Es una forma terrible de desperdiciar un lapso precioso para la generación de ideas", dice ahora Yoav Sholam, un ingeniero en computación de Stanford que lanzó al mercado la aplicación Timeful, que aprovecha la economía del comportamiento para generar consejos que permitan aprovechar mejor el día.
¿Qué se puede hacer para mejorar nuestras decisiones en el trabajo y en nuestra vida cotidiana? Lo primero, recomiendan Leone y Golombek, es conocernos mejor en términos de cronotipo: hay tests que definen cuál es nuestro nivel de "vespertinidad", para luego ajustar nuestra rutina a esta evidencia. "Aquellos que son cronotipos extremos, suelen saberlo", cuenta Golombek, "y les cuesta ajustar su tiempo interno a las demandas externas (esto se conoce como "jetlag social"). A veces un búho extremo conoce a un alondra extrema y, es más, en ocasiones hasta se casan. En esos casos, los hijos son claramente un milagro.

S. C. 

martes, 6 de diciembre de 2016

EL TIEMPO QUE NOS MATA.....SIEMPRE



Si uno presta fina atención verá que todos pronunciamos sin darnos cuenta alguna palabra singular que se nos pega y nos define.
La dejamos caer o la utilizamos inconscientemente en el correr de cualquier conversación acerca de nuestros propósitos o sentimientos; también cuando trazamos breves balances sobre nuestro trabajo y nuestra vida.
Conozco una mujer que hace malabarismos entre su oficio y la crianza de sus cinco pequeños vástagos: tiene la muletilla desborde pegada en los labios. Un compañero que anda habitualmente prendado de damas esquivas mezcla en sus soliloquios, aun en aquellos que en nada se relacionan con el mal de amores, el vocablo sufriente.



Y hay un ingeniero que hace abuso irreflexivo y automático del sustantivo cansancio, en sus múltiples variantes y sinónimos. El ingeniero siempre está cansado.
Es bastante conocido, así que recurro una vez más a cambiarle el nombre (Santiago) y a borronearle un poco los contornos para que sus vecinos y socios no puedan identificar sus desventuras y por lo tanto compadecerlo; también para evitarme una querella por daño moral e invasión de la privacidad.
Santiago, que tiene sus necesidades básicas más que cumplidas, forma parte de esa legión de hombres y mujeres cuyo mayor drama es la falta de tiempo.
Se levanta a las 6 de la mañana para leer los diarios y escuchar la radio; sabe que estar informado es un imperativo de la época.
También para participar de la dulce ceremonia de despertar, vestir y prepararles el desayuno a sus dos hijos, a quienes lleva al colegio mientras les sonsaca información, les levanta el espíritu y les otorga promesas y consejos.
Ya solo, camino a su oficina o a un edificio en plena construcción, habla mediante el manos libres con sus jefes, subordinados, proveedores y clientes. Son diálogos frenéticos que buscan suplir extenuantes reuniones.
Después vienen los encuentros inevitables, hasta que cerca del mediodía sale al gimnasio y se exige a fondo con un personal trainer que parece no estar en sus cabales.



Exhausto y recién duchado, el ingeniero devora una ensalada y un yogur en diez minutos, mientras chatea amorosamente con su esposa y consuela por celular a sus padres. Luego retorna al yugo.

Tres veces por semana hace de gustoso chofer de los chicos, que tras la doble escolaridad tienen cursos diversos y meriendas con compañeros.

Los otros dos días Santiago destina esas horas anteriores a la cena para jugar un partido de fútbol con sus amigos de la secundaria y para asistir a un seminario sobre nuevas tecnologías.
La cena familiar es un rito afectuoso y didáctico, pero los jueves se interrumpe para una salida romántica y los sábados, para el cine o el teatro con amigos de su mujer, que son cultos y entusiastas de los libros y la ficción.
El propio Santiago lucha con el sueño nocturno para saborear alguna novela recomendada e intenta combinar esas pocas lecturas con su capacitación profesional permanente.
Los fines de semana no hay tiempo ni para la siesta: cunden las maratones infantiles y, domingo por medio, los largos asados con padres, hermanos y sobrinos, o con suegros y cuñados.
A esta peripecia semanal, el ingeniero agrega lapsos para la medicina, puesto que se somete a chequeos y estudios profundos y continuos, y también para cumplir su ambicioso objetivo mental: hacerle el amor al menos tres noches a su mujer. Ya se sabe que la salud y la sexualidad forman una sola religión.
Comienza a preocuparse, sin embargo, justo a raíz de esas áreas vitales. Al notar que en ocasiones se queda sin energía por la tarde (le baja la palma y su médico le receta vitaminas) y al descubrir que la exigencia de ser un gran amante no le permite gozar, sino en perspectiva, cuando ya todo terminó y su esposa le ha confirmado sin frases, pero con la cara transpirada y rozagante, que todo salió extraordinariamente bien.



Detecta que algo similar ocurre con los partidos de cancha rápida y con las veladas culturales sabatinas. Para que el duelo futbolero salga redondo, el ingeniero se preocupa anticipadamente por la reserva, por la pelota y las camisetas, por la puntualidad de los jugadores, por la estrategia, y durante el cotejo, porque el equipo no pase vergüenza.

Sólo disfruta mucho más tarde, en la cama, a punto de quedarse dormido, cuando decreta con alivio que la misión fue cumplida. Hace exactamente lo mismo con el cine y el teatro: Santiago se encarga de las entradas y de conseguir lugar en un restaurante de la zona con estacionamiento incluido, y durante la función se esfuerza en mirar los detalles y en comprender todo en un nivel profundo para no hacer un mal papel frente a sus exigentes camaradas, que convierten las sobremesas en un campeonato de críticas e interpretaciones.
Siente un enorme regocijo cuando se da cuenta, ya en el baño de casa, que la movida resultó perfecta. Aunque percibe, a su vez, algo alarmante: para él, mejor que comer es haber comido.
Y ese concepto, como un traje a medida, les cabe a sus obras y proyectos, a sus relaciones filiales, paternales y amistosas, al estudio y al entrenamiento físico. En el colmo de los colmos, mejor que leer una novela es haberla leído.
Resulta tan monstruosa su autoexigencia, está siempre tan tenso para que los desafíos cotidianos puedan alcanzarse, que nada le parece verdaderamente placentero, salvo satisfacer las demandas.
Que son irreprochables y sanadoras, pero también infinitas. Y como necesita ser siempre el mejor alumno, no porque se lo exijan los demás, sino porque se lo impone su propio fantasma, todo se desliza bajo un temperamento nervioso y contenido.
Los nervios cansan más que las carreras de veinte kilómetros. “Te lo tomás muy a pecho, capitán -bromea su arquero, que lo conoce desde el jardín de infantes-. Pará un poco, porque de tanto pecho te va a dar un bobazo.”
El ingeniero se ha hecho exámenes cardíacos de alta complejidad y sabe que el infarto o la muerte súbita son improbables. Pero todas estas señales lo hacen pensar.
Tampoco mucho, porque conectarse con uno mismo lleva tiempo y esfuerzo, y no encaja en la bicicleta de la vida feliz y apurada.
“Reconozco el placer sólo a posteriori porque estoy muy ocupado tratando de que el tren marche sobre rieles -dice a modo de autoexculpación frente a su clínico de cabecera-. Es raro, pero soy así y tengo que aceptarlo.”



El médico le receta un ansiolítico y le recomienda el yoga. No entra un alfiler más en su apretada existencia. A la semana vuelca con su camioneta en el Acceso Oeste. Tres vueltas completas; politraumatismo de cráneo y rotura de tibia y peroné.
No le quedan secuelas neurológicas, pero la situación naturalmente lo aísla, lo saca de circulación, le baja la velocidad y lo sumerge en el desconcierto.
Durante un mes entero no puede trabajar, ni llevar a sus hijos a la escuela, ni asistir al gimnasio, ni a la Universidad, ni al teatro, ni al cine, ni al fútbol. Tampoco puede lucirse como un amante maratónico.
Está por primera vez desprovisto de las presiones. Duerme mucho y llora bastante, aunque para adentro. Y llega a esta simple conclusión: tiene que aprender a renunciar.
Un hombre debería ser juzgado no sólo por las cosas que encara, sino por las veces que dice no, por las tentaciones que deja pasar de largo, y por el oficio que desarrolla para elegir, desistir y abdicar. Toda opción implica una pérdida.


Son incontables las chances, pero son limitados el tiempo y la energía humana. Santiago debe ejercitar estas reglas de juego si no quiere seguir volcando, y entonces acepta la sugerencia de su esposa: “Vos solo no vas a poder, no seas omnipotente”.
El ingeniero siempre fue remiso al diván, pero las circunstancias lo empujan. A los seis meses recupera totalmente la movilidad y la pesada rutina; sólo ha bajado un poco la frecuencia del personal trainer para encajar dos sesiones semanales con un psicoanalista.
Al año ya logró que el profesional pase de ser un abogado del diablo y un agente de cambio a ser un mero y simpático asesor.
Cada vez que se levanta del diván y le paga, siente una suerte de júbilo interno: mejor que hablar es haber hablado. Aprieta el acelerador y pone el manos libres. La vida es una larga sucesión de cansancios.

J. F. D. 

sábado, 19 de noviembre de 2016

EL DINERO, EL TIEMPO Y LA FELICIDAD


Para ser feliz, el tiempo es más importante que el dinero 


De acuerdo al último ranking mundial de felicidad confeccionado por Economistas de Naciones Unidas, Argentina ocupa el puesto 26; por delante de España, Italia y Francia. Estados Unidos, el país más rico del mundo apenas llega al decimotercer lugar, mientras que Japón tiene 51 países por delante. En el idioma de Cervantes; el dinero no permite comprar la felicidad.
Pero ¿se puede medir la felicidad? ¿acaso no se trata de un estado psicológico absolutamente subjetivo? Para ambas preguntas la respuesta es sí. Hace más de 60 años que encuestadoras internacionales como Gallup incluyen en sus relevamientos preguntas del tipo “Teniendo todos los factores en cuenta y hablando en términos generales, Usted diría que es muy feliz, algo feliz, poco feliz o para nada feliz”. Alternativamente, en esos mismos cuestionarios, emergen preguntas sobre bienestar subjetivo como “Teniendo todos los factores en cuenta y en términos generales, cuan satisfecho esta con su vida en una escala de 1 a 10”.
Si la gente no parece tener problemas para ponerle una nota al boletín de su vida, menos dificultad tenemos los economistas para cruzar luego esas respuestas con otros indicadores socioeconómicos. Y aquí es donde las cosas se ponen interesantes, porque hace 42 años un economista llamado Richard Easterlin descubrió lo que el último ranking mundial confirma; simplemente no es cierto que en los países con mayor ingreso per cápita la gente sea más feliz que en las regiones con ingresos medios. Por supuesto, como demostró la investigadora Carol Graham un tiempo después, el dinero sí importa cuando se pasan necesidades, pero más allá de un umbral de ingresos básicos, más plata ya no hace diferencias en materia de bienestar subjetivo.
Tres sospechosos
En el afán por entender un poco más el problema, los investigadores Eduardo Lora y Juan Chaparro descubrieron que en muchos casos a la gente le importa más su posición relativa en la distribución de los ingresos, que el monto absoluto de los mismos. Eso explicaría por qué si se duplican todos los ingresos, aunque todos estaríamos mejor, los indicadores de felicidad no se moverían, en tanto y en cuanto no se modifica el estatus social de cada uno. 


La importancia de compararse con otros puede deberse a que necesitamos un punto de referencia para definir nuestras expectativas, pero también es posible que exista una razón innata que no nos deje tan bien parados como especie. En efecto, los animales sociales tienden a ordenarse jerárquicamente para determinar el orden de acceso a los recursos reproductivos y de supervivencia en épocas de escasez. En ese sentido, el sociólogo Thorsten Veblen planteó hace casi un siglo la idea de que buena parte de los consumos que hacemos tienen como objeto no ya la satisfacción de una necesidad de obtener placer individual, sino que se hacen para conseguir estatus y mejorar la posición social relativa.
Un segundo sospechoso es un fenómeno psicológico llamado “efecto habituación”, que da cuenta de que nos acostumbremos rápidamente a las nuevas condiciones, en las buenas y en las malas. Soy de una generación para la que el máximo aspiracional, en plena década del 80, era tener un televisor color de 20 pulgadas. Treinta años después esos dispositivos duplicaron su tamaño y la verdad que la experiencia de ver un partido o una película hoy no nos hace más felices que cuando hace muchos años lo hacíamos en una tele más chica.
La tercera razón que permite entender por qué a pesar de tener más ingresos no somos más felices es que como descubrió el Psicólogo de Harvard Dan Gilbert, tenemos una suerte de mecanismo de supervivencia cognitivo por el que fabricamos felicidad sintética, cuando fracasamos en la obtención de satisfacciones genuinas. Así, cuando no conseguimos ese ascenso que veníamos buscando nos amargamos primero, pero en enseguida empezamos a buscar excusas para justificar nuestro fracaso. Aparecen entonces expresiones como: “bueno, al final mejor que no me dieron el puesto porque iba a tener que viajar mucho”, o “después de todo la paga no justificaba las mayores responsabilidades que habría tenido que asumir”.
¿Qué es lo que nos hace felices?
Con su típico tono pausado, humilde y algo campechano, el ex Presidente uruguayo Pepe Mujica lo puso más claro que el agua, cuando en una entrevista que luego se viralizó en las redes sociales dijo que ““inventamos una montaña de consumo superfluo y hay que tirar y vivir comprando y tirando, y lo que estamos gastando es tiempo de vida, porque cuando yo compro algo, o tú, no lo compras con plata, lo compras con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener esa plata, pero con esta diferencia; la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta y es miserable gastar la vida para perder libertad”.
Con Pablo Schiaffino de la Universidad Di Tella, quisimos chequear la hipótesis Mujica, metiendo preguntas sobre el uso del tiempo en un cuestionario de Gallup Argentina. Cuando cruzamos las respuestas de esas preguntas con las variables socioeconómicas y las declaraciones subjetivas de bienestar, descubrimos que lo más importante no era el ingreso, ni los hijos, ni el estado civil, ni el género, sino que la clave era justamente el tiempo. Más aún; tampoco importaba la cantidad de horas dedicadas al trabajo, ni movían la aguja de la felicidad el tener una vida laboral muy intensa o una dedicación grande a las actividades físicas. El determinante fundamental de satisfacción subjetiva era el tiempo que la gente pasaba con su familia, con sus amigos y en actividades sociales.
¿Qué pueden hacer los gobiernos? 


Lo que muestran todas las investigaciones internacionales y confirman nuestros propios estudios con datos de Argentina, es que, si bien los ingresos importan en el tramo bajo de la distribución, pasado un nivel de clase media de poco sirve obsesionarse con que sigan creciendo.
Eso quiere decir que el foco de las políticas públicas tiene que estar primero en pasar del eslogan, a la realidad de una apuesta concreta y contundente por la baja de la pobreza. Luego si la clave de la felicidad es recuperar tiempo para dedicarlo a la familia, los amigos y las actividades sociales, quizás haya llegado la hora de copiar el modelo francés de reducción de jornada laboral, buscando converger a semanas de 35 horas de trabajo primero y 30 horas más adelante. Alternativamente podemos estudiar un modelo como el sugerido por el empresario Carlos Slim que planteaba una semana de tres días de esfuerzo y cuatro de descanso.
Tampoco necesitamos que este cambio sea instantáneo. Se trata más bien de elegir que en lo sucesivo y pasado un nivel de ingresos mínimo, las mejoras de productividad que se logren en la economía se traduzcan en menos cantidad de horas trabajadas, en vez de reflejarse en mayores salarios.
La propuesta puede parecer a primera vista demagógica o impracticable, pero si las estimaciones de los tecnólogos laborales son correctas y estamos yendo de manera acelerada a un mundo donde no será necesario trabajar porque la mayoría de las tareas podrán ser automatizadas y llevadas adelante por un robot, pues lo que estoy planteando ocurrirá de todos modos y el debate es en todo caso si el Estado regula y administra esa transición o se da de bruces contra una realidad de alto desempleo estructural que no puede evitar.

M. T. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

IMPOSIBLE DE APRESAR....CREADO PARA SUFRIR...


Shakespeare dijo que estamos hechos de la misma materia que los sueños. La semana pasada, el neurólogo Marcelo Berthier, especialista en afasia (pérdida del lenguaje), dijo que estamos hechos de palabras.
Sin embargo, ellos y muchos otros coincidirán en que, sobre todo, estamos hechos de tiempo.


Como afirma David Ewing Duncan en Historia del calendario (Emecé, 1999), después de la conciencia, nuestra obsesión por medir el tiempo debe ser el rasgo que nos caracteriza como especie y debe haber surgido de la constatación de que vamos a morirnos. Ya se sabe: todo lo que empieza tiene que terminar.
Esa antipática certeza (sumada, sin duda, a necesidades menos idealistas y más prácticas, como saber cuántos días faltaban para la siguiente cosecha, calcular cuándo había que pagar los impuestos o determinar el momento exacto de realizar un sacrificio para calmar a un dios colérico, escribe Duncan), impulsaron un esfuerzo milenario para medir su transcurrir.



Probablemente, el primer dispositivo que se conoce para “enjaularlo”, se fabricó hace 13.000 años, cuando en las colinas del valle del Dordoña, en el centro de Francia, había manadas de renos, bisontes, tigres dientes de sable y rinocerontes lanudos.
Allí se encontró un hueso de águila del tamaño de un cuchillo en el que un hombre o mujer de Cromagnon inscribió grupos de siete muescas que podrían haber servido para registrar las fases de la Luna.
Aunque los arqueólogos no se ponen de acuerdo, más tarde se encontraron dispositivos semejantes en otras partes de Europa y África.
Robert Levine, autor de Una geografía del tiempo (Siglo XXI, 2006) y muchos estudiosos de la tecnología cuentan que los humanos quizá empezamos a encasillar las horas con una simple vara clavada en la tierra que arrojaba una sombra: los gnomones o relojes de sol, que empleaban egipcios y babilonios.



Otros relojes primitivos fueron los de arena (se cuenta que Carlomagno recibió de regalo uno tan grande que podía funcionar durante 12 horas sin necesidad de que lo dieran vuelta) y los de sol, que se adaptaron para ser utilizados en todas las latitudes, ¡incluso en modelos portátiles!

Después llegaron las clepsidras, que medían ciclos por el fluir del agua hacia el interior o el exterior de una vasija.
(Era lo que se usaba en el Senado romano para regular la duración de los debates, hasta que algunos, tan locuaces como pícaros, empezaron a mezclar barro con el agua para que fuera más espesa y tardara más en atravesar la perforación.)



Galileo se las arreglaba para medir la velocidad de caída de cuerpos que rodaban sobre un plano inclinado pesando la cantidad de agua que se vertía desde un recipiente.

Pero en 1656, gracias a su descubrimiento de que las oscilaciones del péndulo tiene períodos uniformes, el holandés Christiaan Huygens construyó un reloj que reducía el margen diario de error de horas a minutos.

Se presume que el primer reloj mecánico fue público y se montó en Milán en 1335. En 1920 se inventó el reloj de cuarzo (cuyo corazón vibra alrededor de 30.000 veces por segundo) con el que se redujo tanto el error en la medición que podría considerarse inexistente.



Y en 1948, el reloj atómico, cuyas versiones más avanzadas alcanzan una precisión inimaginable. Los actuales tardarían 52 millones de años para desfasarse un segundo; el que está diseñando el National Institute of Standards and Technology, NIST-F2, no ganará ni perderá un segundo en alrededor de 300 millones de años.
Como suele suceder, este impulso poético de apresar lo inasible tuvo efectos imprevistos. En 1905, las disquisiciones sobre simultaneidad en la coordinación de relojes inspiraron las bases de la teoría de la relatividad especial (lo cuenta Peter Galison en Einstein’s clocks, Poincaré’s maps, Hodder and Stoughton, 2004).
Los GPS, las comunicaciones vía satélite y la exploración planetaria fueron todos subproductos increíbles de las nuevas teorías de la física y los dispositivos que hicieron posibles.


Pero a pesar de estos logros pasmosos, el tiempo pone en tela de juicio toda visión objetiva. Más allá de los relojes, todavía se arrastra en la infancia, cuando tenemos toda la vida por delante, y corre veloz como una gacela cuando se advierte que nos acercamos al final de la retícula de pequeñas casillas del calendario.
Esa que usamos para medir nuestros días y con la que, ilusos, queremos “pescarlo”.

N. B. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

EL TIEMPO ES MULTIVARIABLE Y CASI ANTOJADIZO


Percepción del tiempo: depende del punto de vista del observador, de su historia, sus genes y su aprendizaje




Un toque por si las moscas van. Y otro toque por si vas detrás. Pero la letra de los Redondos esconde una pequeña falsedad: siempre vamos detrás, al menos en la percepción del tiempo. Todos hemos realizado alguna vez el experimento: nos acercamos, sigilosos, con la revista enrollada, el matamoscas, la ojota o, en el peor de los casos, la mano abierta. En puntas de pie y silenciosos como monje zen detenemos el espacio y el tiempo hasta dar la estocada en el momento adecuado y zás, pegamos el batacazo para descubrir que el maldito insecto se avivó y ya vuela alegremente por el cuarto. El asunto obvio es cómo lo hacen, cómo se transforman en el Neo de Matrix, capaz de ver las balas en cámara lenta y esquivarlas.



Pues bien: resulta que la percepción del tiempo depende del punto de vista del observador, de su historia, de sus genes y de su aprendizaje. Y sí, las moscas tienen la capacidad de "ver" la velocidad en escalas más finas -algo así como en cámara lenta- y así escapar de nuestros ataques una y otra vez. ¿Habrá alguna regla para generalizar este comportamiento? ¿Podremos predecir cuán rápido o lento ven los animales el mundo que los rodea?

Parece ser que sí. Hay trabajos que demuestran que la percepción del tiempo varía con la tasa metabólica (velocidad de las reacciones bioquímicas del organismo). Los animales más pequeños tienen tasas metabólicas más altas -en relación con su tamaño - que los más grandes. Así, los pajaritos parecen percibir más información por unidad de tiempo que las tortugas o los elefantes. Claro, la posibilidad de que los bichos más chicos puedan prever algo con mayor discriminación temporal puede ser la diferencia entre sobrevivir o ser puré de mosca o de pajarito. Lo interesante es también cómo se puede medir esto. Una de las técnicas es mostrar una rápida serie de flashes de luz, tan rápida que se perciba como luz constante o sin interrupciones (como ocurre en el cine o la tele). Así se descubrió que los animalejos perciben flashes individuales que se presentan de manera más rápida que los animalotes. (Es más: los perros ven la televisión de manera muy diferente a nosotros, percibiendo una veloz sucesión de imágenes más o menos fijas).



Pero a veces esta percepción del tiempo puede ser un problema, por ejemplo cuando uno es un bicho muy, muy rápido, como el llamado escarabajo tigre que en relación con su tamaño es una de las criaturas más rápidas del planeta (unos 8 km/h. no parece mucho, pero para es un gran paso para un escarabajo). El asunto es que yendo tan rápido (en relación con su tamaño corporal), la visión pasa a ser una serie de manchas borrosas. Aun así, se las arreglan para perseguir y manducar a sus pequeñas presas: corren, paran para ver y siguen corriendo.
¿Y por casa cómo andamos? Como en todo animal, aquí entran otras variables en juego, como la práctica, el aprendizaje o el contexto. Veamos qué sucede con los deportistas profesionales, por ejemplo. Los desafío a entrar en la cancha de tenis y recibir un saque de un profesional: para decirlo en términos estrictamente técnicos, no la van a ver ni cuadrada. Pero con la práctica los mejores jugadores afirman que pueden ver la pelotita en cámara lenta, para así poder devolver un zapallazo. con otro.



Y, como todo el mundo sabe, bajo una situación muy estresante o traumática el tiempo parece detenerse, ralentizarse. Algo así fue demostrado cuando se le pidió a un grupete de estudiantes que estimaran el tiempo durante sesiones del simpático deporte (¿deporte?) del bungee jumping, ese que nos deja colgados de un precipicio atados de una soga elástica a uno de los tobillos. Convengamos en que si algo es, es estresante. Pues bien: los estudiantillos de Indias percibieron el paso del tiempo más lentamente que en otras situaciones, como si la vida se detuviera durante unos instantes. En fin, que hay tiempos para los gustos y todos los tamaños. Y esa maldita mosca se me sigue escapando. Cuando la agarre.

D. G.

martes, 16 de febrero de 2016

APPS: PARAGUAS O SOMBRILLAS


Una colección de programas para conocer y anticipar el estado del tiempo, alertar sobre granizo y tormentas fuertes, y conocer las causas y síntomas del calentamiento global
Hubo un tiempo en que el clima no planteaba mayor desafío que abrigarse un poco o llevar paraguas. Ya no es así. El cambio climático es un hecho y la mayoría de los ciudadanos lo experimentamos bajo la forma de fenómenos meteorológicos extremos. El estado del tiempo ha dejado de ser un dato trivial de la realidad: granizo devastador, lluvias bíblicas, inviernos inexistentes y veranos para el olvido a los que, esta temporada, se les suma un Niño particularmente colérico.


Vienen en nuestra ayuda una serie de apps móviles ingeniosas y excelentes que sirven para pronosticar el tiempo con notable exactitud, avisar cuando la lluvia ya está sobre nosotros o si podría caer granizo. La selección que sigue se basa en Android (por un motivo que explicaremos enseguida), pero hay varias que también tienen versión para iOS. Todas las apps que mencionamos aquí son gratis, aunque unas pocas ofrecen también una versión comercial.
Quedan avisados

Cualquier aplicación móvil de clima debe ser capaz de advertir sobre clima extremo, pero hay un par en esta colección que se dedican sólo a esto.

Alarma de Lluvia, de Michael Diener. La misión de este programa es avisar mediante un ringtone que se aproximan precipitaciones. Ofrece un widget que, en Android, muestra la proximidad, área de cobertura e intensidad de la lluvia. Al hacer clic sobre ese widget, se abre un mapa de la región con información visual. Muy útil para cuando tenemos que salir a la calle y sabemos que está por largarse. Está también para iOS.



Granizo Alertas. Creada por el argentino Guido de Caso, tuvo su última actualización en noviembre de 2013, pero sigue funcionando sin problemas. Esta app toma datos del Servicio Meteorológico Nacional, radares climáticos en 350 ciudades del mundo y hasta lo que se dice en Twitter para calcular la posibilidad de que caiga granizo en el lugar donde nos encontramos. Si las chances de granizo superan cierto umbral (50 sobre 100, de forma predeterminada), dispara una alerta. También puede consultarse el umbral desde un navegador Web (http://granizo-alertas.com.ar).


Estado del tiempo

Éste es el rubro en el que la abundancia de apps confunde al más experto. Aunque la elección aquí tiene que ver con gustos personales, nos hemos limitado a dos apps que, durante los últimos 12 meses, ofrecieron el pronóstico más acertado y fácil de leer.


1Weather, de OneLouder Apps. Comparada con las coloridas aplicaciones móviles que pueblan este rubro, la de 1Weather podría no llamar la atención, excepto por que su claridad es inigualable. Ofrece el estado del tiempo, pronósticos por hora, detallado y extendido, mapa de lluvias, salida y puesta del sol y la luna y las fases lunares. Su widget es, por lejos, el más claro que hemos visto. El mapa de lluvias puede configurarse para que muestre el índice UV, un dato que no es menor para los que hacen muchas actividades al aire libre. Está también para iOS.


Weather Underground. El clásico servicio meteorológico vía Internet -fundado por Jeff Masters en Estados Unidos en 1995- fue adquirido en 2012 por The Weather Channel, y los negocios digitales de The Weather Channel fueron a su vez adquiridos por IBM en enero. Su app es una de las mejores, a la par con la de 1Weather (suma el dato del punto de rocío, por ejemplo), aunque tarda un poco más en cargar. También está para iOS.
Radares
Una de las razones por las que Android es particularmente apto para las apps del tiempo es que permite tener widgets activos en pantalla. Por lo tanto es posible poner una imagen de radar de la región en la que vivimos que se actualice prácticamente en tiempo real.


Imagen Satelital Argentina (ISA). Pues bien, ésta es la misión de la app creada por el argentino Germán Herrera. ISA toma los datos del Servicio Meteorológico Nacional y los muestra directamente en la pantalla del teléfono mediante un widget que se actualiza automáticamente o cuando le damos un toque. Se trata de una de las herramientas más efectivas para seguir el curso de una tormenta y predecir fenómenos extremos en nuestro lugar de residencia o en una ruta que debamos transitar. Nota importante: la hora de cada imagen está en tiempo UTC.

RadAR, de SocialEx. Aunque todavía no ofrece un widget, esta app toma las lecturas públicas de los radares meteorológicos de Ezeiza, Pergamino, Córdoba, Paraná, Bariloche, Anguil, Mendoza, Asunción y Santiago (Brasil). Ofrece alertas automáticas, pero no nos fue posible activarlas en nuestras pruebas. Aun así, es una de las herramientas más potentes de esta colección.
El dúo dinámico

Hay dos apps relacionadas con el estado del tiempo que no sólo dan la información del momento y el pronóstico, sino que lo hacen por medio de mapas dinámicos e interactivos que brindan un cuadro de situación muy preciso, actualizado en tiempo real.



Weather Bomb, de Enzure Digital. Esta aplicación es tan buena que por sí misma constituye una razón para pasarse a Android, si el clima y el tiempo tienen una influencia significativa en nuestra vida cotidiana. Moviendo el dedo por su mapa, los datos de cobertura nubosa, lluvia, temperatura, vientos, presión y altura de las olas se desplazan por una línea temporal en un pronóstico de 10 días. Su widget es de lo más útil que hemos visto para saber cómo estará el tiempo en los próximos días.

MeteoEarth, de MeteoGroup. Esta app hace lo mismo que la anterior, aunque con gráficos más impresionantes y, hay que decirlo, también más exigentes en hardware. MeteoEarth limita el pronóstico al día siguiente, en su versión gratis, y el widget no resulta particularmente útil, es sólo una botonera con atajos a la app. En su favor se anota que está también disponible para iOS y que las capas de información pueden combinarse.


La visión global

Por último, una verdadera maravilla entre las apps, disponible para Android y iOS, por cortesía del Jet Propulsion Laboratory. Se llama EarthNow y muestra la información de los satélites climáticos del proyecto Earth Science de la NASA.

Mediante un globo terráqueo en 3D que puede ampliarse y rotarse se grafican la temperatura del aire, los niveles de dióxido y monóxido de carbono, la capa de ozono, la cantidad de vapor de agua, las variaciones en el campo gravitatorio del planeta y el nivel del mar, así como la posición de los satélites del proyecto. Promocionado como una app para conocer "los signos vitales de la Tierra", es una de las formas más contundentes de mostrar los factores y síntomas del cambio climático.



Otra buena idea es Weather History Explorer, de Vladimir Savtchenzo, que permite comparar las condiciones climáticas en el lugar donde estamos con las de años anteriores. No es casualidad que 2015 y lo que va de 2016 aparezcan sistemáticamente como más cálidos que el promedio, según los registros del programa, que se remontan hasta 1973 en el caso de la ciudad de Buenos Aires y alrededores.

A. T.