Borges y el reto de dar orden al caos
El autor de Ficciones se refirió a la acción de impartir justicia; en uno de sus textos, afirmó que para los argentinos el mundo es desorden, idea compatible con nuestra dificultad para identificarnos con el Estado
Por Leonardo Pitlevnik.
Borges ha citado en varias oportunidades la leyenda de los 36 justos que sostienen el mundo. La refiere en El libro de los seres imaginarios, donde explica que si alguno de ellos advirtiera ser uno de esos justos, inmediatamente moriría y sería suplantado por otro, ignorante de su condición. También la cita en "El hombre en el umbral". Allí un personaje dice que elegir a un juez para que dicte una sentencia justa es imposible, pues sería necesario dar con uno de esos sabios que justifican la existencia de la humanidad, los únicos capaces de llevar adelante esa labor. La racionalidad del acto de juzgar es puesta en duda en el relato: aquellos que están en condiciones de hacerlo son por definición anónimos. Para resolver el juicio se requiere de una de esas personas rectas "que secretamente apuntalan el universo y lo justifican ante el Señor: uno de esos varones hubiera sido el juez más cabal. ¿Pero dónde encontrarlos, si andan perdidos por el mundo y anónimos y no se reconocen cuando se ven y ni ellos mismos saben el alto ministerio que cumplen?"
En su ensayo "Nuestro pobre individualismo", Borges vuelve a esa leyenda. Allí escribió que la fábula no debía resultar extraña a los argentinos, un pueblo que suele pensar que el mundo es desorden, idea compatible con nuestra incapacidad para identificarnos con el Estado, esa suerte de "inconcebible abstracción". Refiere que el argentino es un individuo, no un ciudadano. Recurre a los versos de José Hernández que narran la noche en la que Cruz deja a su partida y se pasa al lado de Martín Fierro, paradigma del gaucho que confía en la astilla del mismo palo pero no en la autoridad oficial, no en el juez o la policía. Para quien descree de las circunstancias, no hay orden que funcione como marco de referencia. Para el argentino, dice Borges, el mundo es un caos.
La aparente imposibilidad de hacer justicia en un universo de estas características vuelve a leerse en "Fragmentos de un evangelio apócrifo", en un tono más universal: "Bienaventurados los que no tienen hambre de justicia, porque saben que nuestra suerte, adversa o piadosa, es obra del azar, que es inescrutable".
Es fácil colegir que desde el caos la justicia se vuelva una empresa imposible. Entender el mundo es tener la capacidad de emitir un juicio, discurrir racionalmente acerca de él. Juzgar requiere, como presupuesto, comprender aquello respecto de lo cual se toma una decisión. Un universo azaroso, ajeno a una racionalidad que pretenda conocerlo, no puede luego ser materia de juicio.
El desorden esencial aparece en varios de los textos de quien es quizás el más grande escritor que ha dado el país (aunque, como también él mismo decía con relación a Virginia Woolf, eso poco importa porque la literatura no es un certamen). En "La lotería en Babilonia" es una Compañía secreta y anónima la que determina, mediante el azar, lo que a cada uno le ocurre. La biblioteca de Babel, dice el cuento del mismo nombre, es el universo, y la componen infinitos libros cuyos textos se multiplican en significados, incluso contradictorios. Muchos hombres mataron o murieron en procura del libro que explicara los misterios de la humanidad. Y aunque continuemos buscando entre los anaqueles ilimitados y periódicos, es evidente que no sabemos qué cosa es el universo. Si una verdad existiera inscripta en uno de los libros, nadie podría identificarla: aun leyéndola, no la reconoceríamos.

Para esos personajes que perseveran en buscar una explicación, el desorden del mundo no es una condena a la inmovilidad, a la perplejidad de quien se conforma con mirar sin entender. En cambio, procuran hallar una forma de poner el caos en palabras. Borges escribe en otro texto que la imposibilidad de penetrar en el esquema divino del universo no puede disuadirnos de trazar esquemas humanos, aunque sepamos que serán provisorios. Y explicarlos no significa solo aventurar hipótesis que puedan ser verdaderas o falsas. El solo hecho de escribir es ya una manera de ordenar la realidad, de entenderla. En el Génesis, el caos inicial se desvanece cuando Dios comienza a nombrar al mundo y, nombrándolo, lo crea.
En "Sobre el Vathek, de William Beckford", Borges refiere que una biografía no se define por los múltiples hechos que componen la vida de una persona, sino por aquellos que el observador ha elegido para ser contados y de ese modo dar sentido al personaje de quien se habla. Una biografía de Miguel Ángel, por ejemplo, podría hablarnos de él y omitir la mención de sus obras. La biografía de una persona es aquello que contamos de ella. Del desorden de esos fragmentos que construyen una vida, la biografía elige aquellos que dan sentido a lo narrado. El modo en que contamos ordena lo que es materia de la historia que intentamos referir; pero hacerlo de manera arbitraria multiplica el caos.
¿Qué es, en estos términos, un juicio, sino la elección de hechos relevantes que se efectúa para, a partir de allí, fijar una responsabilidad al decidir si una persona es culpable o inocente, afirmar el valor de aquello que como comunidad procuramos defender e intentar ordenar el mundo? Un juicio penal termina en una sentencia que pretende haber entendido algo que ocurrió, comprendido los móviles y hallado o descartado a un culpable. En caso de condena, haber encontrado el reproche adecuado. De todas las posibles lecturas que se realicen de lo sucedido, aquellas que han sido destacadas por la comunidad como relevantes a través del derecho definirán el significado de una historia.
Las decisiones judiciales, a su vez, van construyendo un sentido en la medida en que pueden ser entendidas como partes de un todo en el que están inscriptas. Es conocida la metáfora de Dworkin, que piensa al derecho como una novela encadenada: las decisiones que asignan significado jurídico son como capítulos de una novela, porque responden a una racionalidad preexistente y se proyectan en decisiones futuras que hacen del conjunto un cuerpo que guarda cierta coherencia. Para eso debo leer el antecedente y agregar un capítulo que pueda ser leído como parte de un todo, y que en el futuro sea la base de quien escriba el próximo.
"Nuestro pobre individualismo" fue escrito en 1946. Terminaba entonces la Segunda Guerra Mundial, una época de activa militancia de Borges contra el nazismo. Europa había sido arrasada por el tercer Reich. Stalin gobernaba en la Unión Soviética. En ese mundo dominado por el totalitarismo, Borges vuelve su mirada hacia su entorno para cifrar una esperanza: aquella desconfianza del mundo, esa forma de descreer de un universo sin orden ni justicia, quizás sea un camino por el cual comenzar a transitar, un modo de salvarnos. Aunque hayan pasado más de 70 años de aquel escrito, es bueno pensar de qué manera queremos narrarnos, cómo pensamos nuestra biografía, de qué trata nuestra novela encadenada.
El autor es juez penal y escritor; su última novela es Los Peces(Notanpuan)

Judíos en la música-George Gershwin
(Jacob Gershvin; Brooklyn, Estados Unidos, 1898 - Beverly Hills, id., 1937) Compositor estadounidense.-Hijo de una familia de inmigrantes rusos de origen judío, su talento para la música se manifestó a temprana edad, cuando, mediante un voluntarioso aprendizaje autodidacto, aprendió a tocar el piano de oído. En un país que, hasta el final de la Primera Guerra Mundial, había dependido en el ámbito musical casi exclusivamente de modas, compositores e intérpretes llegados de Europa, George Gershwin fue el primero en hacer oír una voz inequívocamente autóctona, aunque capaz, al mismo tiempo, de conquistar el éxito fuera de las fronteras de su patria. Y lo hizo a través de unas obras en que hábilmente se sintetizaban elementos procedentes del jazz y de la tradición clásica, y que le permitieron destacar por igual en campos tan dispares como el de la música sinfónica y la popular.
Hijo de una familia de inmigrantes rusos de origen judío, su talento para la música se manifestó a temprana edad, cuando, mediante un voluntarioso aprendizaje autodidacto, aprendió a tocar el piano de oído. Ante su entusiasmo, su padre decidió hacerle estudiar en serio con un profesor, Charles Hambitzer, quien le descubrió el mundo sonoro de compositores como Liszt, Chopin o Debussy. Sin embargo, los grandes referentes de Gershwin en aquellos primeros años fueron Irving Berlin y Jerome Kern, reyes del Broadway de la época gracias a sus canciones y sus comedias musicales. El deseo de triunfar como compositor en las salas de concierto, aunque latente entonces, no tomaría forma hasta años más tarde.
Así, abandonó en 1914 sus estudios para trabajar en unos almacenes de música en los que, sentado al piano, presentaba al público las melodías de moda. Pronto se animó él mismo a componer sus primeras canciones, algunas de las cuales consiguieron cierta popularidad y, sobre todo, le valieron la oportunidad de escribir su primer musical para Broadway, La, la, Lucille. Su inmediato éxito significó el verdadero comienzo de su carrera como compositor. A éste siguieron otros títulos como Lady Be Good, Oh Kay!, Funny Face, Girl Crazy y Of Thee I Sing, que contribuyeron a cimentar su fama y a convertirlo en un personaje aún más popular que sus admirados Kern y Berlin.
A partir de la década de 1920, inició también la composición de otros trabajos destinados a las salas de concierto. Fecha señalada en este sentido fue la del 12 de febrero de 1924, cuando estrenó en el Aeolian Hall de Nueva York su Rhapsody in blue, una pieza para piano y orquesta en la que de manera original se sintetizaban algunos elementos del jazz, como la síncopa, con otros de procedencia clásica. La obra fue polémica, sobre todo a causa de esa misma mezcla de estilos «serio» y «ligero» que constituye su esencia, pero en poco tiempo consiguió hacerse con un puesto en el repertorio de los mejores solistas y las más destacadas orquestas.
Rhapsody in blue fue la primera obra seria en que Gershwin abandonó los fáciles éxitos de las operetas, del cinematógrafo y de los teatros de variedades, e intentó revestir las características rítmicas, instrumentales y temáticas del jazz con los modos sabios de la música europea, la cual estaría representada en este caso por el poema sinfónico de Richard Strauss. Con todo, algo del énfasis y de la megalomanía instrumental del modelo ha pasado a la susodicha imitación americana, sofocando en parte la frescura y la sinceridad de los elementos del jazz.
El "blue", que es, como se sabe, típica expresión americana que indica tristeza, nostalgia o melancolía, sentimiento característico que se infiltra en la ruidosa jovialidad, dio lugar a un ritmo en el que se inspiró Gershwin cuando quiso celebrar, en su primera composición de gran acierto y serias aspiraciones, la vida intensa y tumultuosa de las metrópolis, los torbellinos de las muchedumbres atareadas, el caos de las grandes arterias bulliciosas y palpitantes bajo las moles despiadadas de los rascacielos, la insatisfacción y la tristeza reprimida del individuo perdido en medio de la muchedumbre. Fenómeno típicamente americano; la flor del sentimiento brota tenue y delicada del árido suelo de cementos y asfaltos en la geométrica rigidez de la vida moderna.
Musicalmente, Rhapsody in blue está compuesta de varios órdenes de elementos: los gritos lacerantes y descarados de una abigarrada instrumentación de jazz, atractiva con la insignificancia de su fácil y clamorosa alegría; el angustiado replegarse en la nostalgia de los instrumentos de cuerda y de los saxofones; y por debajo de todo esto, el ritmo obstinado y frenético del jazz, ininterrumpidamente palpitante como el cuerpo gigantesco de la gran ciudad, como el pisoteo de los pies de la enorme muchedumbre atareada. Rhapsody in blue no es una obra ligera y burlesca, como podría darlo a creer su exterioridad espectacular y brillante; en ella está profundamente sentida y parcialmente expresada la trágica contradicción de la vida moderna en las grandes metrópolis apresuradas, rígidas y desecadas en sus construcciones geométricas de cemento y acero. Una especie, en suma, de Dos Passos musical, incluso por su ingenua afición a la sensacional exterioridad técnica.
El éxito de Rhapsody in blue no hizo olvidar a Gershwin sus numerosas lagunas técnicas, por lo que prosiguió sus estudios musicales con la intención de enriquecer su estilo y abordar metas más ambiciosas. En 1925 llegó otra composición concertante, el Concierto para piano en fa, a la que siguió la pieza sinfónica Un americano en París.
Estrenada el 13 de diciembre de 1928 en Nueva York, Un americano en París es una partitura colorista y brillante en la que Gershwin intentó describir las impresiones de un turista estadounidense mientras pasea por la capital gala. Y lo hizo con un envidiable sentido del humor, evidente en algunos originales recursos instrumentales, como el sorprendente uso de bocinas de automóvil o la cita de melodías de variopinta procedencia. La orquestación es del propio Gershwin, y en ella interviene destacadamente la batería, así como las cuatro bocinas de auto adquiridas por el compositor en un establecimiento situado en la avenida de la Grand'Armée. El cine, de la mano del director Vincente Minnelli y el actor y bailarín Gene Kelly, contribuirían a la celebridad de la pieza.:format(jpeg):mode_rgb():quality(90)/discogs-images/R-5916721-1406254031-2640.jpeg.jpg)
Representación de Porgy and Bess
La culminación de su carrera como compositor llegó en 1935 con la ópera Porgy and Bess, en la que el autor, fiel a su estilo, sintetizó las dos tradiciones que conocía: la estadounidense, representada por el jazz y el espiritual, y la sinfónica europea. Gershwin escogió para su primera y única ópera (su prematura muerte truncó la realización de nuevos proyectos) un argumento en el que se describe de forma vívida y poética la vida de una comunidad negra en el sur de Estados Unidos, concretamente en la localidad de Charleston.
Sus protagonistas principales son el inválido Porgy y Bess, una joven con problemas de adicción a las drogas. El conflicto estalla cuando Crown, el amante de ella, mata a un hombre durante una partida de dados y huye. Cuando Bess busca refugio al lado de Porgy, el amor nace entre ellos dos. La felicidad de ambos, sin embargo, no será posible: Crown regresa y Porgy se ve obligado a matarlo. Con Porgy en la cárcel, Bess cederá a las insinuaciones de Sporting Life, un traficante de drogas, para marchar a Nueva York con él. Cuando el inválido sale de la prisión y se entera de la noticia, decide partir en busca de su amada.
Compuesta sobre un libreto escrito por su hermano Ira, su habitual colaborador, y Du Bose Heyward, sobre una novela original del segundo, Porgy and Bess no sólo es el título de la obra fundamental del repertorio operístico estadounidense, sino que también es el de una de las más extraordinarias óperas del siglo XX. Una de las características más sorprendentes de esta ópera es el uso que su autor hace del jazz (asociado primordialmente al personaje de Sporting Life) y del espiritual afroamericano. Ya en obras anteriores Gershwin se había distinguido por su habilidad para sintetizar recursos de estos lenguajes con la tradición clásica europea, pero es en su ópera donde esta síntesis alcanza sus mejores resultados. Números como Summertime (una de las canciones más universales de todo el repertorio estadounidense), Oh, I got plenty o'nuttin o Bess, you is my woman now son absolutamente inolvidables. Ellos son los que, junto a algunas páginas corales, hacen de Porgy and Bess una obra irrepetible y fascinante.
El estreno de Porgy and Bess tuvo lugar el 30 de setiembre de 1935 en Boston, provocando el desconcierto de algunos críticos por su innovador uso de fórmulas procedentes del jazz y del espiritual africano, dos estilos alejados de la ópera convencional. A pesar de esa inicial resistencia por parte de la crítica especializada, Porgy and Bess se impuso rápidamente en los escenarios de todo el mundo, hasta el punto de que hoy es la ópera estadounidense por antonomasia. George Gershwin, sin embargo, no pudo disfrutar durante mucho tiempo de su éxito: un tumor cerebral truncó prematuramente su vida, privando a la música estadounidense de uno de sus compositores más representativos y universales.
Pocas veces me he dedicado a dar los detalles de un viaje. Este es uno de mis preferidos por la variedad de paisajes remotos que se visitan y por tener como destino la isla de Chiloé.
Lejos, muy lejos en el horizonte, con el sol del mediodía comencé a vislumbrar la cordillera. Hacía dos horas que había comenzado el viaje por la provincia de Chubut. El jeep parecía avanzar despacio en la inmensidad de la meseta patagónica. Salir de la costa atlántica y llegar al Pacífico en Chile es un viaje de dos días, si lo hacemos tranquilos con ánimo de disfrutar sus lugares, pueblos y parajes. Desde Comodoro Rivadavia hasta Puerto Aysén, pasando por Coyhiaque, son algo más de 500 kilómetros en línea recta, hay rutas asfaltadas y de tierra. Yo recomiendo un camino más largo, de 780 kilómetros, que muestra el verdadero abrazo de la Patagonia argentina con la chilena.
Desde Puerto Aysén se puede tomar un transbordador que nos lleva a la mágica isla de Chiloé, donde está enraizada la más bella cultura nativa: chonos, huilliche y cuncos que vivían allí hace siete mil años, sorprendiendo a los españoles con la maestría con la que navegaban sus dalcas, unas canoas que utilizaban para juntar moluscos.
Había llegado a Comodoro Rivadavia en el primer vuelo de la mañana, a las siete y cuarto, y luego de comprar algunas provisiones. Me dirigí hacia el lago Musters pasando por Pampa del Castillo y Cerro Dragón, que es una de las zonas petroleras más importantes del país. La ruta, luego de pasar Sarmiento, circunda una parte del lago para subir por Las Pulgas y Puerta de la Virgen hasta lo alto de la meseta, lugar que en invierno con mal tiempo puede acumular bastante nieve. Desde allí, con un día claro, comienzan a verse en la distancia Los Andes, especialmente en invierno cuando están nevados. El camino más corto es por Río Mayo, pero a mí me gusta seguir por la ruta 40 hacia Facundo y Los Tamariscos donde hay un museo regional. Un poco más adelante se dobla hacia Alto Río Senguer, donde se puede almorzar milanesas en el hotel Bety Jay. Atravesar el pueblo con dirección a la estancia Arroyo Verde, ya por caminos de tierra en la ruta 38. Al cruzar el Río Verde se toma la ruta 51 -que más tarde se convierte en la 445- con dirección al paso Pampa Alta, que tiene aduana de ambos países (Puesto Viejo, en Chile), y funciona entre las 9 y las 21. En invierno puede haber bastante nieve y se requieren cadenas y doble tracción. Antes de salir se puede verificar online si el paso está abierto.
Poco después, ya en Chile, sobre mano derecha hay un tambo Estancia Boladero, que asoma al Río Ñirehuao y produce un delicioso queso de oveja que vale la pena probar.
Tener en cuenta que los 155 kilómetros desde Senguer hasta Coyhaique toman casi cuatro horas, pues es camino de montaña. De esta manera, si se sale de Comodoro Rivadavia a las 9 de la mañana, se llegará a Coyhaique a las 7 de la tarde.
Al arribar a Coyhaique, que es una hermosa ciudad, con gran carácter de arquitectura, es posible luego del largo viaje dormir en Raíces Bed & Breakfast. Almorzar o cenar un sándwich caliente con palta o el plato del día en el antiguo Café Oriente, en el centro, lleno de carácter y tradición.
Al día siguiente, lo ideal es continuar hacia Aysen, ya sobre el océano Pacífico, donde se toma el transbordador desde Puerto Chacabuco hasta Quellón, en la isla de Chiloé.
El viaje es de 32 horas, y a veces tiene paradas en lugares remotos. Hay, además, dos frecuencias semanales a las que se denomina ruta cordillera corta. Recuerdo que hace como treinta años nos cruzamos con un entierro en el mar, al que habían arribado decenas de barquitos.
Finalmente, recomiendo recorrer la enorme isla de Chiloé, y luego dirigirnos hasta Puerto Mont con dirección a Bariloche por Villa La Angostura. Sin dudas, un periplo mágico.
F. M.
COMIENZA HOY EN LA RED SOCIAL
Comienza la segunda "tuiterlectura" del año: asoma Don Quijote

Después del éxito de #Dante2018, la lectura masiva de La Divina Comedia en Twitter ideada por el profesor y ensayista Pablo Maurette, que comenzó con el año nuevo, asoma en el horizonte de la red social de los 280 caracteres el perfil de Don Quijote de la Mancha. Luego de una votación por Twitter, en la que los lectores debieron elegir entre varios clásicos de la literatura universal, se decidió que el Quijote, obra cumbre de Miguel de Cervantes publicada en 1605 y completada por el autor en 1615, sería material de lectura durante el segundo semestre de 2018. De esa votación participaron trece mil personas.
El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es considerada la obra fundadora de la novela moderna. Lectores prestigiosos del mundo entero dedicaron ensayos a la obra de Cervantes, entre otros, Harold Bloom, Gérard Genette, Miguel de Unamuno y Francisco Rico. El escritor (y lector) argentino por antonomasia, Jorge Luis Borges, le dedicó ensayos, conferencias y el magistral relato metaliterario "Pierre Menard, autor del Quijote". "Siempre pienso que una de las cosas felices que me han ocurrido en la vida es haber conocido a don Quijote", declaró el autor de Ficciones.
A partir del viernes, #Cervantes2018 comenzará a competir por un puesto en eltrending topic. ¿Vencerá el caballero de la triste figura? "Será un capítulo por día y 128 días en total. Termina el 6 de octubre", detalla Maurette (@maurette79), que recomienda la edición del Quijote que publicó la Real Academia Española cuando se cumplieron cuatrocientos años de la publicación de la segunda parte de la novela, en 2015. No obstante, aclara que cualquier edición que tenga el texto entero y que no esté adaptada (¡horror!) al español moderno servirá. El profesor argentino residente en Chicago, además, sugiere seguir los tuits de @kgalperin, @leyendo_quijote, @fusonegro, @JSantibanez00, @bbonifatt y @JotaDO. También se sumó al elenco quijotesco el especialista Frederick de Armas.
"#Dante2018 fue muy sorprendente -dice Maurette . Es casi imposible saber cuánta gente participó, pero en un momento había unas cinco mil personas de más de veinte países, leyendo y participando en Twitter y Facebook". El autor de El sentido olvidado: ensayos sobre el tacto (Mardulce) rescata el entusiasmo que generó la iniciativa y el tono variopinto de la conversación. "Había desde expertos hasta gente que jamás había leído a Dante, todos conversando de manera perfectamente horizontal", comenta.
Cúspide de la novela moderna, el Quijote parodia las novelas de caballería y crea una figura de narrador autoconsciente, crítica y audaz. "Sin Cervantes, autores como Joyce, Kafka, Borges y muchos más son impensables", aventura el promotor de #Cervantes2018. Hoy se leerá el prólogo y los poemas dedicatorios de la primera parte; mañana, el capítulo primero de la novela se comentará vía tuits.
En el Auditorio David Viñas del Museo del Libro y de la Lengua, se celebrará un acto oficial de lanzamiento de la "tuiterlectura". Participarán de una mesa redonda sobre el Qujiote Federico Jeanmaire, Karina Galperín, Marina Tabaso, Sebastián Noejovich y Clea Gerber. Con entrada libre y gratuita, los asistentes podrán conocer nuevas y mejores razones para leer o releer la novela. programados para el 27 de julio y el 31 de agosto, a la misma hora y en el mismo museo.
A diferencia de #Dante2018, que fue un proyecto de la comunidad virtual hispano-parlante, para esta nueva proeza digital se prevé que habrá grupos de personas que leerán y participarán en inglés, portugués, italiano, polaco y checo. "Esperamos que se sumen otras comunidades lingüísticas y de este modo generar una lectura no solo global sino también políglota", concluye Maurette. Una insólita aventura del lector apasionado que enloqueció leyendo novelas de caballería del siglo XVI recién comienza.
D. G.

Hay que. Ahora hay que. Esta frase es un ladrón despreciable. Un timador inescrupuloso. Esta sencilla combinación de palabras nos está hurtando la felicidad con tanta constancia, nos está agriando la existencia desde hace tanto tiempo, que ya ni lo notamos.
No me refiero a nuestros deberes como ciudadanos. Tampoco a lo que es menester y urgente. Me refiero a ese día en el que lográs algo, cualquier cosa, pequeña o grande, y entonces, de la nada, surgida de tu propia mente o de la boca de otra persona, se presenta el Gran Ladrón del Presente. Ahora, además de ese logro, hay que hacer alguna cosa más.
Por ejemplo, te graduás. En lugar de concentrarte en la celebración, porque es el resultado de muchos años de esfuerzo y porque, vamos, estás muy feliz, rumiás: "Bueno, y ahora tengo que conseguirme un buen trabajo, eso sí". Ya está. La celebración quedó en el pasado y tenés una nueva obligación. Otro presente por alcanzar.
Algo más sencillo. Compraste esa mesa hermosa para tu casa. Y entonces te dicen: "Bueno, y ahora solo faltarían los dos silloncitos para aquel rincón, ¿no?". Listo. Ya no estás regocijándote de lo linda que es la mesa. Ahora hacen falta dos silloncitos, y el momento se echó a perder.
Así nos roban lo único que en realidad poseemos: el presente. Cierto, nos parece inasible. ¿Cuándo ocurre exactamente el presente, si tan siquiera pronunciamos su nombre y ya es pasado? Se trata de una hermosa paradoja. Porque el presente no es un cuándo. Es un cómo.
El presente se nos escabulle toda vez que pensamos en el futuro. No, no está mal pensar en el futuro, siempre y cuando pensar en el futuro sea lo que queremos hacer en este presente. Tampoco está mal rememorar el pasado. Pero cuando el futuro llega se convierte en presente. Y el pasado solo tiene valor porque alguna vez fue un ahora.
No es un cuándo. Es un cómo. Como una bebida espirituosa, el presente se evapora enseguida, se disfruta en dosis pequeñas y embriaga con presteza. Requiere, por lo tanto, de una ceremonia. Pero nunca nos enseñan ese ritual.
Por el contrario, nos enseñan a rehuir de los momentos dichosos con nuevas obligaciones. Tal vez sea nada más que miedo.
Es muy raro, porque solo avinagramos con el deber los presentes dichosos, no sé si lo notaron. Ante un problema grave no usamos el hay que. Actuamos o, en el peor de los casos, nos quedamos paralizados. Es como si fuéramos más capaces de capturar el momento cuando sufrimos que cuando somos felices.
Sabemos lo que es atravesar un duelo. Pero no tenemos un antónimo para la palabra duelo. Cuando algo nos sale bien, cuando obtenemos un logro, cuando salimos airosos, cuando triunfamos, enseguida, cosa extrañísima, nos ponemos a buscar algo más para hacer.
Hacemos demasiadas cosas, esa es mi opinión. Hacemos, hacemos, hacemos. Hacemos de todo, menos dejar por un rato de hacer y deleitarnos con un trago de buen presente. Un presente añejado por años de búsqueda y trabajo, o fruto de una corazonada o del azar. Acodarnos en la barra de la existencia y disfrutar morosamente de esa medida de presente, esa medida de felicidad. Acaso, un brindis con la persona amada. Tal vez recordar cuánto nos costó, y sentirnos orgullosos, porque el presente marida bien con una pizca de evocación, pero nada más.
No se lo apura, no vale el fondo blanco. Son unos instantes en los que, serenos o exultantes, saboreamos lo que está ocurriendo precisamente ahora, sin nuevos desafíos o mandatos, sin proyectar, sin que falte ningún detallecito.
Notaremos entonces algo único en esta criatura huidiza a la que llamamos presente. Es perfecto. Se evaporará en breve para convertirse en pretérito perfecto. Pero mientras podemos vislumbrarlo, durante esos sorbos de tiempo dentro del tiempo, es imperfectible y es eterno.
A. T.

MIGUEL ESPECHE
Los humanos, habitantes de ciudades forjadas de aceros y cementos, y asfaltadas al punto de que el agua de la lluvia rara vez toca la tierra dentro de su perímetro, tienen, sin embargo, su contacto con el mundo natural. Ese contacto son las mascotas.
Sí, es verdad, las mascotas existen también en zonas rurales, barrios suburbanos, pueblos de siesta y árboles, pero allá quizás la palabra "mascota" no resuenea tanto como en la gran urbe.
Facebook se llena de imágenes de perros y gatos, háamsteres y loros, iguanas y pájaros exóticos, entre otros animales cuyas fotos son compartidas mientras hacen de las suyas. Cuando hace frío, por ejemplo, se les tejen tricotas a los perros o a los gatos, mientras se duerme con ellos, a veces a costa de algunas trifulcas conyugales. El universo mascota toca hondo, genera afectos, permite proyectar mundos de relación que se hacen significativos para muchos que, por diversas causas, vuelcan en ese vínculo su propia interioridad.
Es real que muchos chicos aprenden de la vida (sobre todo afectiva) gracias a las mascotas. A su vez, se usa a los caballos para ayudar a quienes desde el autismo requieren de contacto con lo "real" del mundo animal y, en otro orden, muchas soledades dejan de ser tan duras cuando un perro o un gato andan por ahí, generando contacto y siendo un "otro" al que cuidar y con quien compartir los días.
Para muchos ese afecto que les cuesta compartir con otros humanos es más fácil vivirlo con las mascotas. Bueno. es verdad, no siempre se viven de esa manera a las mascotas, pero es innegable que es habitual ver personas que demuestran cariños efusivos con sus mascotas, siendo chúcaraos y hasta mezquinaos con el prójimo, el humano de al lado.
Un fenómeno ligado a esto último es que a veces a los pobres animales, anhelantes quizás de libertad, barro, olores propios y horizonte, se los humaniza y no se les permite vivir en paz su propia animalidad.
Se los quiere para depositar en ellos rasgos humanos que no tienen, y así las cosas se pueden complicar. De hecho, y como ejemplo de lo antedicho, es común ver, vencidos y resignados, a perros gordos de azúcares, abrigados por las antes mencionadas tricotas y anhelantes de ese pedacito de plaza que hoy les toca, mientras sus dueños los llaman con un cariño meloso que quizás ellos, los pobres cánidos, preferirían recibir en idioma perro de parte de un par.