viernes, 2 de octubre de 2020

SIEMPRE JUNTOS..PAPÁ


Quino
Adiós al genial papá de Mafalda
Joaquín Salvador Lavado logró que su arte llegara a lectores de todos los ámbitos
Quino, murió , a los 88 años, por una descompensación, producto de una serie de problemas preexistentes que lo fueron deteriorando. No hay en este momento generación en una treintena de países que no llore la pérdida de uno de los autores argentinos más traducidos a otros idiomas (hay versiones hasta en braille), junto con Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato y Julio Cortázar. Que Mafalda se quedó desconsoladamente huérfana es hoy el lugar común más triste del mundo.
El personaje más famoso de Quino, quien entre otros premios había recibido el Príncipe de Asturias, educó la sensibilidad de varias generaciones y siguió el pulso de los acontecimientos de la Argentina y del mundo. Lloraron su pérdida personalidades de todos los ámbitos (desde el escritor español Fernando Aramburu y Manu Ginóbili hasta el presidente Alberto Fernández y su antecesor Mauricio Macri) y, sobre todo, la enorme legión de lectores que conquistó.
“Mis dibujos son políticos, pero en relación con situaciones humanas más que políticas en sí” ”Viendo las cosas que hice en todos estos años me doy cuenta de que digo siempre las mismas cosas, y siguen vigentes. Eso es lo terrible” ”Mafalda me echó a perder como dibujante”
Iba al cine solo desde los ocho años y tomaba vino con soda desde los seis. Pero no tenía televisor ni le gustaba jugar al fútbol, mucho menos escalar sus montañas mendocinas o salir con chicas. Reservado y solitario desde los días en que se acostaba de panza sobre la mesa de la cocina para llenarla de dibujos a condición de borrar luego todo con lavandina, nunca dejó que los estímulos del mundo real le quitaran demasiado tiempo a su mundo de puntos y rayas sobre papel en el que era tan feliz. En su casa de Guaymallén se hablaba únicamente el andaluz de origen de la familia. La casa era alquilada porque el sueldo de su padre, como jefe de la sección de bazar y menaje de una tienda, no alcanzaba para autos, electrodomésticos ni ningún otro lujo semejante. Pero nunca faltaron la Billiken ni las carnosas, imposibles “chicas Divito” disparando fantasías desde la tapa de la Rico Tipo.
Era en ese contexto en el que Quino se negaba a crecer. “Cada vez que me ponía los zapatos y notaba que me quedaban chicos me agarraba una desesperación enorme. Yo no queríasergrande.medabacuentade que era una porquería eso. Cuando sos chico son los otros los que piensan en uno, te cuidan”. Sospechaba ya su inminente tragedia personal: en poco tiempo murieron su abuelo, su madre –de un cáncer que la había postrado por dos años– y su padre.
Vistió luto entre los 10 y los 18, y no pudo terminar el secundario. Pero la primaria en la escuela Guillermo Cano fue su propia universidad: “Tenía que dibujarme todos los mapas, los accidentes geográficos, los ríos y hasta los huesos del cuerpo humano”, recordaba. La rigurosidad viró hacia una obsesión por los detalles que lo acompañaría toda su carrera, y llegaría a ponerlo a la par de los monstruos de la caricatura a quienes siempre había admirado: Sempé,
Jean-maurice Bosc, Harvec, Faizant, Claude Serre o Chaval.
A las puertas de sus dibujos Quino les hacía manijas, bisagras y hasta tornillos, y era capaz de irse hasta un almacén a estudiar el mecanismo de una máquina de cortar fiambre antes de sentarse a trazarla sobre un papel. “Es de una exigencia casi maniática –contó su exeditor Daniel Divinsky–. En medio de la noche se le ocurre algo y lo apunta con una lapicera de luz. Por sus problemas
Daniel Divinsky. “Era un compañero de vida”
de presión ocular empezó a dibujar con menos minuciosidad, pero cuando puede le gusta hacer esos fondos maravillosos, esos diplomas de odontólogos que hay que mirar con lupa porque de pronto ahí se lee el nombre de su dentista particular, que además es su amiga”.
Una de sus mayores fuentes de recursos fue el nazismo. Le ensombreció la infancia en ese hogar de padres republicanos y abuelos comunistas en el que había nacido, y lo atormentó cuando se vio obligado a hacer, precisamente vistiendo uniforme nazi, el servicio militar. “Pasaba el tiempo dibujando al equipo de polo de los oficiales, llamado Los Guanacos. El resto del día lo sufría tratando de entender por qué me hacían regar un campo entero con una latita de tomates”. La Biblia fue su otro semillero de inspiración. Criado con protocolo anticlerical y dudando hasta entrados sus ochenta años sobre si era agnóstico o ateo, tenía su propia colección de ejemplares santos: protestantes, judías, en miniatura y hasta un par “tomadas prestadas” de alguna mesa de luz de hotel. “Si vas a un museo y no leíste una Biblia no sabés lo que estás mirando. El 80% de los cuadros son de temas bíblicos”.
Cuando, a los 22 años, dejó Mendoza para venirse a vivir a una pensión de Buenos Aires apenas si soñaba con convertirse en ayudante de sus ídolos locales Divito y Lino Palacio. El creador de Bómbolo y Pochita Morfoni tardó en recibirlo personalmente, pero accedía a corregir los dibujos que un joven Quino le acercaba a su asistente. Los primeros los publicó la revista Esto Es en el año 54. Luego comenzó a alternar sus viñetas con las de Carlos Garaycochea en Qué. Siguieron Vea y Lea, Damas y Damitas, TV Guía, Panorama, Adán, Rico Tipo, Dr. Merengue y Tía Vicenta. En Siete Días, el 25 de junio de 1973, salió Mafalda por última vez.
La niña terrible y universal –a la que al principio tenía que calcar sobre una ventana porque nunca le salía igual– había nacido de casualidad en 1964 para publicitar un electrodoméstico. Aunque alcanzó el mérito de ser una de las dos argentinas más reconocidas a nivel internacional junto con Eva Perón, Quino mantenía con ella una declarada relación de amor-odio. Cuando dejó de hacerla respiró aliviado y recuperó el oficio perdido porque, decía, la pequeña de cabello voluminoso lo había echado a perder como dibujante. “Mafalda es el personaje que me hizo famoso. A veces le tengo cariño, otras veces le tengo rabia (…) Los días más felices los pasé cuando no tuve que dibujarla”. Aun así, sus lectores no pensaban lo mismo: ayer le dejaban flores a Mafalda en su monumento de San Telmo.
Bastante arisco para entrevistas y honores, el globo de diálogo de una Mafaldita que tenía colgada en su casa terminaba de definirlo: “Lo malo de los reportajes es que uno tiene que contestarle en el momento a un periodista lo que uno no supo contestarse a sí mismo en toda su vida”.
Un severo glaucoma que lo había alejado del dibujo, problemas de ciática, dolores en las rodillas, una serie de infecciones bronquiales y otros achaques de la edad lo tenían muy cansado desde hacía unos años. “Uno va sintiendo el peso y las limitaciones físicas. 
No pasan los años, se te quedan en el cuerpo”, dijo con enojo resignado cuando cumplió los 80. Por entonces había empezado a hacer las paces con Mafalda y a ironizar con su propio epitafio: “Que no supo vivir”. Fue así, aclaraba, porque siempre se había tomado su trabajo como un ortodoxo se toma una religión. Antes de la muerte de su mujer y compañera de toda la vida, Alicia Colombo, a quien llamaba “Monito”, pasaban el año entre sus casas de Buenos Aires y Madrid. Entonces, ya muy mayor, paseaba mucho por el Parque del Retiro, pero su favorita era la Plaza de la Paja del barrio de los Austrias: “En las tardes de invierno en que hace mucho frío tiene un sol buenísimo que te entibia todo el cuerpo y el cielo está con un color limpísimo. Me gustan también los anocheceres de Madrid con su tragedia espantosa”.
En octubre de 2014, pero en Oviedo, recibió de manos del rey Felipe VI el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Quino iba en silla de ruedas y no pronunció discurso. Felipe de Borbón habló por él: “Es la primera vez que nuestros galardones reconocen a un dibujante y lo hacen premiando la obra de un hombre que trabaja, según él afirma, para que el mundo vaya del lado de los buenos”. Pocos meses antes había dejado inaugurada con su presencia la 40ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En una sala Jorge Luis Borges atestada de público que lo ovacionó de pie, cansado pero dispuesto, dijo: “A partir de hoy me voy a tener un respeto increíble”.
En los últimos años había accedido a asistir solo a un par de eventos importantes: en enero de 2015, en Santiago de Chile recibió de manos de Michelle Bachelet la Orden al Mérito Artístico y Cultural Pablo Neruda. Fue su sobrino Guillermo Lavado, músico residente en la capital chilena, quien lo trasladó en su silla de ruedas y lo acompañó durante una ceremonia que se le hizo cuesta arriba más allá de aplausos y condecoraciones. Pero ese mismo año no dudó en ir al Museo del Humor de Costanera Sur para participar junto a Carlos Garaycochea, Hermenegildo Sábat y Sendra de una manifestación y posterior conferencia en repudio al atentado a la redacción de la revista Charlie Hebdo que les costó la vida a varios de sus admirados colegas. Dos de ellos, Georges Wolinski y Jean Cabut, habían tenido la deferencia de parodiar a Mafalda cuando cumplió 40 años.
Llevaba mucho tiempo viviendo en Mendoza, casa por medio de la de uno de sus sobrinos. Ahí lo cuidaban. Solamente accedió a salir para un último homenaje, en noviembre del año pasado, cuando le Universidad de Cuyo le dio el título Doctor Honoris Causa. Lo acompañó su editora Kuki Miller. La gran paradoja del maestro de dibujantes, hombre tranquilo que fue forzado a la fama por su propio genio y por la evolución de sus entrañables personajes, se refleja en una anécdota sencilla y espontánea que alguna vez contó: “Estaba en un cine de Madrid haciendo la cola para ver una película y unas chicas españolitas decían: ‘Mira, que van a dar la Mafalda, qué bueno’. Yo les dije que no vayan a verla porque era un plomo. ‘¿Y tú qué sabes?’, me contestaron”.
Triste y consternado, Daniel Divinsky anunció primero por Twitter la muerte de Quino, su amigo de toda la vida y compañero de aventuras por el mundo. “Se murió Quino. Toda la gente buena en el país y en el mundo lo llorará”. El editor histórico del creador de Mafalda y uno de los fundadores de Ediciones De la Flor, junto con Kuki Miller, consideraba a Quino parte de su familia. Compartieron viajes por trabajo y por placer. Quino les tenía tanto confianza a los editores de De la Flor (que desde la salida de Divinsky, en 2015, quedó a cargo de Miller, su exesposa) que nunca aceptó las ofertas tentadoras de los grandes grupos editoriales para llevarse su obra completa a un sello internacional.
“Quino era mucho más que un autor de la casa, como se suele decir. Más que un amigo de esos con los que uno se cuenta intimidades, Quino era un compañero de vida. Salíamos juntos, tomábamos vacaciones en familia. Había una relación de confianza tan grande que hasta pude tener la audacia de reemplazarlo hace varios años en una entrevista pública en Tucumán: él estaba disfónico y no podía hablar y yo di las respuestas que él hubiera dado mientras lo veía asentir con la cabeza porque era exactamente lo que él pensaba. Creo que lo conocía tan bien que podía decir lo que él hubiera dicho”, contó Divinsky.
“Entre los viajes que compartimos, uno exótico fue el que hicimos a la isla de Pascua cuando todavía no era un destino muy habitual, y desde ahí viajamos a Tahití. Fue inolvidable desde todo punto de vista. También fuimos una vez de vacaciones a República Dominicana. Convivimos todo el tiempo, era una relación entrañable en todo sentido. Superaba todo lo que tenía que ver con la edición de sus libros. Mafalda lo acompañaba siempre porque la gente le pedía dibujos y autógrafos a donde fuera. Tanto que en un momento quedó prohibido hablar de Mafalda en las conversaciones amistosas. Ya estaba aburrido de ese tema. Ya en los últimos años, cuando iba a la Feria del Libro y ya no podía dibujar. Por sus problemas con la vista, solo firmaba.
“Estuve con él a fines de enero en Mendoza, donde vivía. Y estoy siempre en contacto con sus sobrinos Diego y Julieta, que es su representante. Lo internaron la semana pasada por un accidente cerebrovascular, del cual no se recuperó. Estuve pensando toda la mañana cómo despedirme y creo que lo mejor es lo que ya dije: fue un gran compañero de vida”, concluyó ayer Divinsky.

S. D. I.

AUTOR Y LECTURAS RECOMENDADAS


La larga sombra de los años 70 parece no acabar nunca
Un anticipo de Los 70. La década que siempre vuelve, libro en que el autor revisita esos tiempos violentos



Ceferino ReatoArchivoJosé Ignacio Rucci junto a Perón en Ezeiza, el 17 de noviembre de 1972
¿Por qué a los argentinos nos interesan tanto los 70? ¿Cuál es el atractivo de aquellos años de pasiones enfrentadas que despertaron sueños colectivos que aún hoy siguen provocando admiración y entusiasmo, pero que terminaron consumidos en la sangre, el fracaso y la frustración?




Hay muchas respuestas posibles; en parte, dependen del lado en el que cada uno se ubica en aquella época, ya sea por recuerdos propios o ajenos. Es historia, pero es historia viva porque sigue involucrándonos en el presente, como reflejo y aparente origen de las grietas que hoy nos atraviesan, aunque las divisiones fratricidas vienen desde hace mucho más tiempo, al menos desde nuestras luchas civiles, apenas después de la Revolución de Mayo.

Tanta vivacidad nos enciende, nos seduce. Hay, además, una razón que parece una frivolidad pero no lo es tanto. Nuestra historia no es, ciertamente, una espiral de progreso, un encadenamiento de éxitos, sin embargo, no ha sido nunca una historia gris, de gente aburrida. Aún en ese marco, los 70 se recortan como la época más atractiva, un set por el que desfilan escenas que parecen surgidas de la imaginación de libretistas geniales.



En mi opinión, los 70 nos siguen atrayendo tanto porque fueron una época en la que casi todos los argentinos se sintieron involucrados –algunos más, otros menos– en tres proyectos de país bien definidos, tres patrias como se decía entonces y se recuerda ahora: la Patria Socialista, la Patria Peronista y la Patria Militar.

Patria es la palabra precisa para definir los ideales, la entrega sin cálculos, la garra militante con la que esos proyectos fueron encarados, siempre al límite, creyendo que el cielo podía ser tomado por asalto, en una secuencia inevitable de acciones sobre las que ya no había nada para reflexionar porque la verdad había sido revelada y estaba al alcance de los elegidos.



A pesar de que estaban mortalmente enfrentadas, el 25 de mayo de 1973, dos esas tres patrias fueron vivadas en la Plaza de Mayo por centenares de miles de argentinos felices debido a la vuelta del peronismo al gobierno; terminaban casi dieciocho años de proscripción.

–¡Perón, Evita, la Patria Socialista! –cantaban los montoneros, los más barullentos y numerosos.

–¡Perón, Evita, la Patria Peronista! –replicaban las columnas de los sindicatos.

Los partidarios de la Patria Militar no cantaban nada, asistían en silencio a los insultos de la muchedumbre contra todo aquel que tuviera uniforme, pero “si uno verdaderamente tenía oído”, como decía el personaje de la novela de Mario Paoletti, podía detectar que también se gestaba otra ola social, la de los contrarrevolucionarios, opuestos tanto a los guerrilleros como a los peronistas “de Perón”.



La Patria Socialista murió antes de nacer y la Patria Peronista se hizo añicos en poco tiempo. La Patria Militar también fracasó: el sueño de los militares que dieron el golpe del 24 de marzo de 1976, encaramados por un consenso social que impresiona tanto que ahora conviene olvidarlo, era disciplinar a la sociedad como si fuera de plastilina; terminó desvaneciéndose no solo por los miles de detenidos-desaparecidos sino también por la crisis económica de principios de los 80 y por la guerra perdida por Malvinas frente a Gran Bretaña y sus aliados.

Habrán notado dos cosas, una que a algunos les provocará rechazo. La primera –la más inocente– es que no me involucro entre los que vivaron a alguna de esas patrias, pero es solo por una cuestión de edad. Agradezco el detalle y espero que contribuya a mi esfuerzo de abordar esta década tan compleja a través de la precisión en los hechos y el despojo de intereses particulares o de grupo que se espera del periodismo, al menos del periodismo no militante. Aparte de la búsqueda de la objetividad como un propósito que, aunque inalcanzable, se supone guía nuestro trabajo.



Más polémico es el supuesto de que, para mí, no solo los guerrilleros –protagonistas estelares de la época– eran jóvenes idealistas. No: idealistas también eran los militares que, en nombre de conceptos como la Patria y Dios salieron a morir y a matar; como los jóvenes de la vereda de enfrente, aunque con otros sueños, animados por otras pasiones. Y los peronistas, ¿no estaban también impulsados por nobles ideales como la comunidad organizada, el pacto entre el capital y el trabajo, la justicia social y la felicidad del pueblo?

Todos eran idealistas pero eso no puede disimular ni justificar la tragedia a la que tantos de ellos contribuyeron de una manera tan activa. Tzvetan Todorov lo explicó bien en un artículo en el diario español El

País: “No hay que olvidar que la inmensa mayoría de los crímenes colectivos fueron cometidos en nombre del bien, la justicia y la felicidad para todos. Las causas nobles no disculpan los actos innobles”.
Salgamos un poco de nuestras pendencias para comprender que la confianza ciega, militante, acrítica en los ideales, resulta muy peligrosa: entre 1975 y 1979, los revolucionarios camboyanos liderados por Pol Pot forzaron a los habitantes de las ciudades a trasladarse al campo para que allí vivieran, trabajaran y se purificaran de los vicios individualistas y capitalistas que habían adquirido durante tanto tiempo. El sueño era un socialismo agrario inspirado en la prédica de Mao Tse-tung, pero pronto derivó en un millón y medio de muertos, el 25 por ciento de la población de Camboya; uno de cada tres



hombres si hacemos el cálculo de las víctimas según el género.
Los 70 fueron una época de ideales grandiosos –vinculados nada menos que a la Liberación, la Revolución, Dios, la Patria– pero que, en sintonía con esa efervescencia, desembocaron en que “tanto los hombres de izquierda como de derecha eran capaces de acciones apocalípticas, que implicaban a veces el asesinato masivo”, como indicó el prestigioso periodista Jon Lee Anderson.
Quienes se refugian en los ideales para justificar los errores políticos y los crímenes apelan a una “ética de la convicción”, en la que, como indicó el sociólogo alemán Max Weber, quienes deciden qué hacer y cómo hacerlo se fijan solo en sus principios y objetivos pero no se sienten responsables de las consecuencias que impulsan sus acciones. Y eso ocurre a derecha y a izquierda, no solo con los protagonistas de la violencia del pasado reciente sino también con quienes simpatizan y militan esas causas en el presente.
Para evitar eso, para fijar en la memoria todas las acciones que realmente derivaron de esos ideales,incluyo en Los 70, la década que siempre vuelve, tres anexos: el primero, sobre cuántas fueron, de verdad, las víctimas de la dictadura según los registros elaborados por el Estado durante el kirchnerismo; el segundo, acerca de las listas de desaparecidos que elaboró la dictadura de Jorge Rafael Videla, y el tercero, referido a otro tema tabú: el número de víctimas de los grupos guerrilleros, un registro que ningún gobierno de la democracia ha querido realizar, pero que incluyo porque ningún sector debería arrogarse el monopolio del sufrimiento.
En la práctica ese monopolio sí existe, y cómo. En mi opinión, es el resultado de la superioridad moral otorgada a los revolucionarios; a las guerrillas –tanto a las víctimas como a los sobrevivientes– pero también a sus familiares, y a sus simpatizantes y patrocinadores del presente. En primer lugar, por el salvajismo del terrorismo de Estado: durante siete años, la dictadura pisoteó los derechos humanos más elementales, cometió delitos cuyo solo recuerdo aún nos estremece. Pero esa empatía natural con las víctimas fue mucho más allá y derivó en la defensa –o, al menos, la justificación– de la lucha armada en los 70 por parte de los organismos de derechos humanos y de vastos sectores de la coalición ahora gobernante, no solo del kirchnerismo.
Según esta visión, muy extendida también en el periodismo, los guerrilleros tal vez se hayan equivocado en los medios, en el uso de las armas –“era otro contexto histórico”, dicen– pero la lucha en sí era buena, los ideales eran nobles. En todo caso, deben ser imitados aunque con otros instrumentos, adaptados a estos nuevos tiempos.
Con relación a las víctimas de las guerrillas, uno podría esperar que quienes más sufrieron el terrorismo de Estado fueran los más sensibles frente al dolor de los otros. Pero no suele ser así: la lucha política –la grieta– puede más que la empatía. (…)
Los 70 son años que no parecen dispuestos a dejarnos; justifica esa tozudez el hecho de que cumplen varias funciones. Una de ellas es que nos ofrecen respuesta a la pregunta que suele atormentarnos cada tanto, cuando nos descubrimos en el medio de una de esas crisis que se nos han vuelto tan habituales: ¿Por qué estamos así? Es el famoso dilema que se plantea Zavalita, el protagonista de
Conversación en La Catedral, la novela de Mario Vargas Llosa, ya en la primera página: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.

C. R.

jueves, 1 de octubre de 2020

EL INTELIGENTE ANÁLISIS DE VARGAS LLOSA


La posibilidad de elegir entre la pobreza y la prosperidad
En el mundo globalizado, se sabe perfectamente cuáles son las políticas que crean empleo y fortalecen económicamente a un país, y las que lo empobrecen y hunden



Mario Vargas Llosa


Una de las tesis más controvertidas del liberalismo hoy es que, por primera vez en la historia de la humanidad, los países pueden elegir ser pobres o prósperos. Nunca antes aquello fue posible, porque la prosperidad dependía siempre de la cantidad de recursos con que contaba una nación, de su situación geográfica y de su fuerza militar. Pero en el mundo globalizado de nuestro tiempo, se sabe perfectamente cuáles son las políticas que crean empleo y fortalecen económicamente a un país, y las que lo empobrecen y hunden. Los casos antinómicos de Venezuela y Alemania podrían servirnos de ejemplo.
El caso de Venezuela es sabido por todo el mundo. Era uno de los países más ricos del planeta, porque, resumiendo, se trata de un inmenso lago de petróleo y otros minerales, que no hace muchos años atraía una inmigración gigantesca, para la que sobraba trabajo, y el país progresaba a pasos de gigante, pese a la corrupción y a los desafueros de sus gobiernos, lo que permitió al comandante Chávez y su “socialismo del siglo XXI” conquistar el poder en elecciones que probablemente fueron libres. Nunca más lo serían, por supuesto. En la actualidad, Venezuela se muere de hambre, se ahoga en la corrupción, y por lo menos cinco millones de venezolanos han huido del país, a pie, con sus bolsas y sus hijos, para sobrevivir. Es obvio que el socialismo, del pasado o del presente, no garantiza la prosperidad, sino la miseria, a corto o largo plazo. Por eso Rusia y China han dejado de ser socialistas y practican, más bien, un capitalismo de amiguetes, con amplio margen en la vida económica para la empresa privada y la competencia, pero una muy estricta rigidez en la esfera política, donde el viejo sistema autoritario persiste casi intacto.
Alemania, en cambio, es un país que prospera cada día, y en todos los sentidos. Acabo de estar allá, luego de siete meses, y he vuelto a quedarme sorprendido con el espectáculo de una antigua Alemania oriental en plena efervescencia, donde resucitan los viejos palacios y se construyen rascacielos por doquier, donde nadie parece morirse de hambre, donde funciona la democracia a todos los niveles y donde la mayoría de los ciudadanos parece contenta con su suerte. El gobierno de coalición, que preside todavía Merkel, aunque haya discrepancias y querellas en su seno, parece firme y las próximas elecciones no deberían cambiar, en su conjunto y pese al coronavirus, que parece allí perfectamente controlado, este período de estabilidad y progreso que vive el país.
¿Qué ha hecho Alemania para estar como está? Eligió ser próspera, es decir, estimuló la empresa privada, la competencia y el ahorro, integró su economía en los mercados mundiales, y el desarrollo económico que viene experimentando por largos años le ha permitido ser bastante independiente –el país más rico de la Unión Europea, por cierto– aunque, en materia de energía, dependa todavía de Rusia, con quien la une un tratado preocupante. Pero, en lo que concierne a su europeísmo, a sus políticas de inmigración y a su respeto por la legalidad, no hay nada que criticar y sí mucho que imitar.
¿Es fácil seguir el modelo alemán? No lo es y, por eso, muchos países que quisieran ser prósperos no pueden continuar sus pasos. ¿Cuál es el problema? Básicamente, la corrupción. Es el caso de América Latina, sin duda. La corrupción está tan profundamente arraigada en sus gobiernos, roban tanto sus ministros y funcionarios y el robar es una práctica tan extendida en casi todos los Estados que es del todo imposible establecer una economía de mercado que funcione de verdad y haya una competencia seria y genuina en su seno. Para que el modelo del progreso funcione hay que acabar con la corrupción, o reducirla a su mínima expresión, y eso, para multitud de Estados, es simplemente imposible. Los que
Se necesitan un apoyo popular y periodístico incesante, un Poder Judicial que actúe de acuerdo con las leyes, y gobernantes convencidos y valientes lo consiguieron, como Hong Kong, antes de volver a ser parte de China, o Singapur, Corea del Sur y Taiwán, progresaron sin medida y acabaron con el hambre y el desempleo. Y la democracia comenzó a funcionar en ellos (en el caso de Singapur, de manera más limitada).
Del otro lado, la transición de una economía secuestrada por las corruptelas, donde los ministros, los jefes militares y los meros funcionarios se llenan los bolsillos de manera ilegal, no es nada fácil. Se necesita un apoyo popular y periodístico incesante, un Poder Judicial que actúe de acuerdo con las leyes, y gobernantes convencidos y valientes que crean en el modelo y lo pongan en práctica sin vacilaciones ni temores. Y, sobre todo, una opinión pública que crea en él y lo respalde. No todo se desarrolla en el campo económico. Por el contrario; una economía próspera no basta para crear mágicamente una sociedad donde la mayoría de los ciudadanos se sienta cómoda. Hace falta al mismo tiempo una verdadera igualdad de oportunidades que solo puede ofrecer una educación pública de altísimo nivel, que garantice, en cada generación, un punto de partida uniforme. Eso fue una realidad en Francia antes que en ninguna otra parte y lo fue también –sorpréndanse– en la Argentina, desde el siglo pasado, cuando el modelo educativo creado a orillas del Río de la Plata por los herederos de Sarmiento concitaba la admiración de todo el mundo.
Lo curioso es que, pese a lo evidente, los ataques a lo que el modelo exitoso representa son cada día más intensos y proceden sobre todo de países que han tratado de aplicarlo y no lo han conseguido por múltiples razones, en especial, debido a un sector político populista y demagógico que cuestiona aquel sistema por motivos supuestamente morales. Allí, la dificultad mayor para que los países sigan el modelo que trae progreso es semántica: un problema de palabras. Asumir el “capitalismo”, requisito esencial, es sencillamente imposible para la mayor parte de los países, pues la izquierda en general, y la izquierda comunista en particular, hoy minúscula, ha conseguido crear en torno a esta palabra –capitalismo– una sensación de injusticia y desigualdad, de bribonería y egoísmo, que la hace impronunciable, o, mejor dicho, la asocia a un complejo de inferioridad que impide a quienes, secretamente, creen en ella, pronunciarla y menos promoverla. A menudo, es el caso de los propios empresarios, que se avergüenzan de lo que son y representan. He ahí una de las grandes paradojas de nuestro tiempo: el sistema que ha traído modernidad, prosperidad y sobre todo libertad a los países más adelantados del mundo suele ser impronunciable y ningún líder político que se respete se atrevería en el tercer mundo a promover una fórmula “capitalista” –palabra maldita– a sus electores, pues lo más probable es que tendría muy pocos. La izquierda ha conseguido esa confusiónmentalqueimpidehoy,sobre todo en los países subdesarrollados, aprovechar esa extraordinaria posibilidad de sacar de la pobreza y el subdesarrollo a decenas, o centenares, de países de la Tierra, que, paralizados por el supuesto socialismo que traería por fin la igualdad, la solidaridad y los buenos ingresos a sus ciudadanos, se hunden cada vez más, como Venezuela, en la corrupción y la miseria.
La posibilidad de elegir entre la pobreza o la riqueza está siempre allí, como posibilidad teórica. Pero, en la práctica, el socialismo sigue triunfando sobre el capitalismo, por lo menos en el papel y en los discursos. A este no le importa, porque tiene la sensación –la seguridad– de que el futuro le pertenece. Los otros se contentan, mientras se siguen empobreciendo, no con adquirir el progreso, sino con el triunfo de una sola palabra.

GOBIERNO REPUBLICANO


Construir los cimientos de una democracia real



Dante Giadone
“Al pasar junto al monte Thai, Confucio avanzó hacia una mujer que lloraba amargamente junto a una tumba. El Maestro se apresuró y llegó rápidamente a ella. ‘Tus lamentos –le dijo– son de quien ha sufrido un dolor tras otro’. Ella replicó: ‘Así es. Una vez el padre de mi marido fue muerto aquí por un tigre. Mi marido fue también muerto y ahora ha muerto mi hijo del mismo modo’. El Maestro dijo: ‘¿Por qué no dejas este lugar?’. La respuesta fue: ‘Aquí no hay un gobierno opresor’. El Maestro dijo entonces: ‘Recordad esto, hijos míos: el gobierno opresor es más terrible que los tigres’” .
Los argentinos, que anhelamos una república democrática, estamos oprimidos por el Gobierno, que nos violenta moral y físicamente. En medio de una dramática encrucijada, muchos argentinos están esperanzados en que la Corte Suprema, intérprete final de la Constitución, declare inconstitucional el decreto del Poder Ejecutivo que hizo efectiva la resolución del Senado que dispuso el traslado de tres jueces federales que procesaron a la vicepresidenta; y también, que haga lo mismo con el proyecto de reforma judicial, cuya única finalidad es que la vicepresidenta no sea juzgada por los jueces naturales, sino por jueces que la exoneren de los delitos que se le imputan. Está bien que tengamos esperanza, pero debemos ser precavidos, para que ocurran los milagros hay que creer en ellos.
La Corte Suprema tiene una tradición política antirrepublicana por su falta de independencia respecto del Ejecutivo y del Congreso. Su moral, como institución, ha convertido al Poder Judicial en una corporaciónllenadeprivilegios.ha justificado los golpes de Estado, las dictaduras militares y las políticas del Estado que han provocado la destrucción de la moral pública, base del progreso de los países, y su ruina económica. La Corte Suprema sigue la tradición borbónica porque, al igual que los virreyes, no tiene plazo para dictar sus sentencias, lo que es claramente antirrepublicano. Se argumenta que la falta de plazo es por el gran número de casos que debe resolver. El argumento es inadmisible porque viola un principio esencial de la república. El problema del gran número de causas que debe resolver la Corte básicamente es un problema de organización y eficiencia en la administración de justicia por parte de las autoridades judiciales.
El problema más grave que tiene la Justicia es la intromisión de la política en la decisión de las causas. La absolución del expresidente Menem es un ejemplo de la interferencia de la política en la Justicia. En octubre de 2018, después de 23 años de trámite, la Cámara de Casación absolvió a Menem en la causa por contrabando de armas. En esa causa Menem había sido condenado a siete años y medio de prisión e inhabilitación por 14 años para ejercer funciones públicas. La Cámara de Casación lo absolvió, argumentando que con el prolongado trámite del proceso se había quebrado el plazo razonable para que un acusado tenga sentencia firme, exigencia que imponen tratados internacionales con jerarquía constitucional. Este argumento, de los jueces de la Cámara que votaron por la absolución ignora las interferencias de la política en la causa, interferencias que los jueces conocían y que beneficiaban a los procesados. Actuaron como si ellos no hubieran sido parte del Poder Judicial, cuyos integrantes fueron los responsables de admitir las interferencias políticas. Fue más importante para los jueces el derecho humano de los procesados que el grave delito imputado a funcionarios públicos, uno de ellos nada menos que un expresidente de la Nación. Mientas tanto, durante el largo tiempo del trámite del proceso el expresidente siguió siendo senador y, según lo informado por la nacion, cobrando una jubilación de más de $600.000 pesos mensuales limpios. Se ha escrito que, en el Senado, Menem se limita a levantar la mano para votar de acuerdo con el gobierno de turno. De ser cierto, existiría una complicidad del Gobierno y de la oposición. Cabe recordar que Menem, siendo presidente, para tener una Corte Suprema adicta, hizo aprobar una ley por el Congreso que elevó de 5 a 9 los jueces de la Corte, lo que le permitió designar 4 nuevos jueces. Luego, después del pacto de olivos, se reformó la Constitución para que pudiera ser reelegido presidente.
El procurador general de la Nación, Eduardo Casal, por la vía extraordinaria, recurrió la sentencia absolutoria de la Cámara de Casación a la Corte Suprema y, mediante un memorial que refleja una probidad admirable, pidió la nulidad de la sentencia de la Casación. El expediente se encuentra en la absolución de Menem podría ser un antecedente para la resolución de las causas penales contra la vicepresidenta
El alto tribunal tiene una oportunidad histórica
La Corte desde diciembre de 2018, y lo más probable es que la votación esté dividida por razones políticas más que jurídicas. Importa señalar que la remoción del procurador Casal que intenta el Senado no sería ajena al recurso extraordinario que interpuso contra la sentencia absolutoria de Menem. Se ha escrito que la absolución de Menen podría ser un antecedente para la resolución de las causas penales contra la vicepresidenta.
El golpe que denunció Duhalde sería un autogolpe de sectores del movimiento gobernante, que de concretarse postergaría las próximas elecciones con cualquier pretexto. El expresidente Duhalde fue muy activo en los golpes inciviles del movimiento contra los expresidentes Rodríguez Saá y De la Rúa. El último, con la colaboración de dirigentes de la UCR. Esto sería un golpe de Estado y la oposición no debería mezclarse en una componenda violatoria de la Constitución que defendemos. La solución de la causa está en manos de la Corte Suprema, y la votación parecería estar dividida por razones políticas. El alto tribunal tiene una oportunidad histórica de comenzar a revertir su tradición.
La esperanza más concreta que podemos tener es que el movimiento populista gobernante, después de instalar durante 70 años un sistema corporativo antidemocrático, esté en un estado de total de descomposición irreversible. Se percibe que el Gobierno no sabe qué hacer y que los funcionarios en general son incompetentes. La vicepresidenta es quien conduce y su preocupación primordial es reformar la Justicia para evitar que la condenen en los juicios en que ha sido procesada. La oposición, que también está contagiada por el virus del corporativismo, como no podía ser de otra manera, tiene también la oportunidad de renunciar a sus privilegios y organizarse democráticamente para que la Argentina comience a transitar el largo y difícil camino hacia la democracia. Como ha dicho sabiamente Pepe Nun en un artículo publicado en la nacion: “No estamos en tiempo de cosecha, sino de siembra”. Los políticos de la oposición deben sembrar con el ejemplo y renunciar a los privilegios corporativos, ser servidores del pueblo y no servirse de él. Quienes fracasaron en el anterior gobierno deben, honorablemente, dar un paso al costado. Así, seremos creíbles y ganaremos las próximas elecciones para comenzar a construir los cimientos de una democracia real y no de palabras.

QUINO PUSO ALEGRÍA EN DIOS Y NOS DEJÓ A LA ETERNA MAFALDA


Mafalda: la nena de mirada crítica que saltó los límites de la historieta argentina y conquistó el mundo



DANIEL GIGENA
Las dos primeras tiras de "Mafalda", que comenzó a publicarse en 1964, en la revista Primera Plana 

Se opuso a las guerras, al rearme nuclear y a la injusticia. Como a muchos niños, no le gustaba la sopa y amaba los panqueques. Fue fan de los Beatles y su sueño, tan idealista visto hoy a la distancia, era trabajar como intérprete en las Naciones Unidas para contribuir a la paz mundial. "Mi periodo de mayor optimismo fue en los años sesenta, cuando parecía que el mundo iba a cambiar para bien", decía Quino, el padre de la criatura, que murió en Mendoza a los 88 años.
Un día antes de la muerte de su creador se cumplió un nuevo aniversario de la publicación, en 1964, de la primera historieta protagonizada por la niña más famosa de la Argentina: Mafalda. El 29 de septiembre de ese año, en la revista Primera Plana, el dibujante y humorista gráfico Joaquín Salvador Lavado Tejón, "Quino", presentó en sociedad a su personaje más famoso. La historieta se publicó luego en el diario El Mundo y en la revista Siete Días Ilustrados hasta el 25 de junio de 1973 y se convirtió en un éxito internacional que se tradujo a más de treinta idiomas. Según el prólogo de Toda Mafalda, de Ediciones de la Flor, el personaje tomó su nombre de un bebé que aparecía en el film Dar la cara, de José Martínez Suárez, basado en la novela homónima de David Viñas.
Mafalda, como indicó la escritora Patricia Suárez, nació hablando. "Fue un encargo de una agencia de publicidad -reveló Quino en una entrevista-. Me la encargaron para una línea que iba a sacar la empresa Siam con el nombre Mansfield, por eso busqué nombres que se le parecieran, como Mafalda. Después, no sé por qué la campaña no se hizo, ni salieron esos productos, ni nada. Yo me quedé con doce tiras que había hecho, con esa familia tipo que era una mezcla de Blondie con Peanuts". Aunque Quino dejó de dibujar a Mafalda en pleno éxito, su personaje trascendió esa circunstancia y alcanzó notoriedad internacional. "Después de leer a Mafalda me di cuenta de que lo que te aproxima más a la felicidad es la quinoterapia", dijo el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez.

Pacifista y de mirada critica, Mafalda se opuso también, en el plano local, al ciclo de dictaduras iniciado luego del golpe de Estado de Juan Carlos Onganía, en junio de 1966. "Tenemos hombres de principios, lástima que nunca los dejen pasar del principio", dijo.
Para Umberto Eco, no era un personaje más del universo del cómic sino "el" personaje de historieta de la década de 1970. "Charlie Brown es norteamericano; Mafalda es sudamericana -escribió el autor de El nombre de la rosa en el prefacio de la primera edición italiana de una recopilación de las aventuras intelectuales de Mafalda-. Charlie Brown pertenece a un país próspero, a una sociedad opulenta a la que busca desesperadamente integrarse mendigando bienestar y solidaridad. Mafalda pertenece a un país lleno de contrastes sociales que, sin embargo, quiere integrarla y hacerla feliz. Pero Mafalda resiste y rechaza todas las tentativas". Víctima de los clichés de su época, esta "heroína rebelde" fue calificada de esnob y pequeñoburguesa. "No tiene importancia lo que yo pienso de Mafalda -destacó Julio Cortázar-. Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí".
En una investigación para su libro Mafalda inédita, la periodista Sylvina Walger enumeró algunas de las cuestiones primordiales de esa tira gráfica. Además de la situación política de la Argentina y el mundo, con el ascenso del autoritarismo y las reivindicaciones sociales, Mafalda, sus padres y el grupo de amigos debatían sobre las ansias de figuración y otras manías de los argentinos, la situación de las mujeres y el feminismo, la educación, la influencia de la televisión (que Mafalda condenaba) y el amor a los libros (excepto los manuales de lectura escolares, a los que describía como vacíos de imaginación). "Vivir sin leer es peligroso, te obliga a creer en lo que te digan", le advertía a su amigo Felipe.



A partir de 1965, empezaron a aparecer otros personajes en la tira. Felipe, Susanita, Manolito, Guille y la pequeña y punzante Libertad, además de los padres de la nena, ayudaron a la creación de un mundo propio. "Padecí de niña mi pelo inflado, hasta que conocí a Mafalda y su pelo inflado -dice la dibujante y periodista Maia Debowicz-. Mafalda y sus amigos fueron ese puente para que nos conozcamos de otra manera". Así caracterizó al elenco de la tira cómica el escritor y periodista Tomás Eloy Martínez:"Son personajes argentinos por sus cualidades visibles: escépticos, quejosos, disconformes. Pero tienen una manera de ver que trasciende esos límites. Tal vez el mejor modo de entender tal paradoja sea la tira en la que Miguelito pregunta: '¿Antes de nosotros existía realmente el mundo? ¿Y para qué?'".
Los escenarios de veredas, plazas y calles plácidas de Mafalda evocan una ciudad que casi no existe. "Cuando yo hice Mafalda vivía en San Telmo, en Buenos Aires, y más o menos copié la geografía del barrio en que yo vivía. Las empalizadas de los baldíos, con las plantitas que crecen en las cornisas, los adoquines", respondió Quino cuando le preguntaron por qué no se veía el paisaje mendocino en su tira. "No podía poner una acequia".

Cuando en 2014 obtuvo el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades,Quino reveló que tenía que calcar el personaje de la niña contestataria y ávida lectora de diarios. En una conversación que mantuvo en Rosario con el periodista y escritor Reynaldo Sietecase, estimó que, por sus opiniones y actitud rebelde, Mafalda hubiera sido una desaparecida más durante la última dictadura militar. También en 2014, la Biblioteca Nacional Mariano Moreno (BNMM) inauguró la muestra Mafalda en su sopa, al cuidado de Judith Gociol, donde además de libros y viñetas, se expusieron cartas de los lectores a Quino y afiches con campañas públicas de salud, promoción de la lectura y derechos humanos con la imagen y la palabra de Mafalda. Para esta investigadora del Archivo de Historieta y Humor Gráfico Argentinos de la BNMM, el relato humanista del personaje infantil es lo que explica su vigencia.
Libros e historietas de Mafalda, publicados en el país por Ediciones de la Flor, son, año a año, best sellers en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En 2014, cuando Mafalda hubiera cumplido cincuenta años, Quino fue elegido para inaugurar la 40ª edición de la Feria y mantuvo una conversación los periodistas Cristina Mucci y Carlos Ulanovsky que se puede ver en este enlace.

MITOS Y LEYENDAS DE LA ARGENTINA


La historia y algunos relatos que se apartaron de la pura y dura realidad



Luciana Sabina
Ciertos sucesos evocados por canciones patrias y viejos libros de texto no se ajustan con precisión a lo que en realidad aconteció en nuestro pasado
Nuestro pasado encierra una serie de creencias edificadas sobre bases poco sólidas e incluso erróneas, así como deformaciones históricas que construyeron algunas generaciones y legaron a otras. Muchos de estos ejemplos rondan sobre Mayo, comenzando por la afirmación de que se buscó abiertamente la libertad, algo así como un grito inequívoco emancipatorio. La realidad distó bastante de eso.
Si viajamos a 1810, vemos que tras la Batalla de Tolosa España cayó bajo el total dominio francés, quedando focos reducidos de resistencia. Esta noticia llegó a Buenos Aires el jueves 17 de mayo y al día siguiente la "banda revolucionaria" -formada entre otros por Rodríguez Peña, Vieytes, Castelli, Belgrano, Paso y Beruti- acudió a Cornelio Saavedra para asegurarse el apoyo de las tropas criollas que comandaba. Cinco días más tarde lograron concretar un Cabildo Abierto.
Gauchos y caudillos. Se les suele adjudicar un origen humilde, pero los caudillos fueron, en su mayoría, miembros de la élite
Durante el debate Castelli planteó la idea más relevante, ganando su lugar en la historia. Señaló que estas tierras habían jurado fidelidad y obediencia al monarca, no a España. Los americanos no le debían sumisión a nadie más que a él. Sin monarca -pues estaba en manos de Napoleón y había abdicado-, el poder volvía al pueblo y por lo tanto aquí también se debían elegir nuevas autoridades. En verdad, el planteo no era nada revolucionario y resultaba conocido para todos: se enmarcaba dentro del Derecho español e inspiraba en ideas del filósofo Francisco Suárez, que habían dado base a las Juntas españolas contra Bonaparte.
De lo épico a lo prosaico
Pronto los partidarios de no realizar cambios señalaron que el poder no volvía solamente a Buenos Aires, sino al total de las regiones que integraban el virreinato y para conformar un nuevo gobierno legítimo estas debían ser consultadas. Juan José Paso retrucó que aún así se necesitaba con mucha urgencia ponerse a cubierto, dado que también podríamos terminar siendo invadidos por los franceses. Para ello, una de las primeras medidas debía ser la inmediata formación de una junta provisoria de gobierno a nombre del rey, y que desde la misma se invitara al resto de las poblaciones a enviar representantes. Efectivamente, así ocurrió y aunque nos referimos al primer gobierno patrio como Primera Junta, su nombre real fue "Junta Provisional Gubernativa de las Provincias del Río de la Plata a nombre del Señor Don Fernando VII".
A esto debemos sumar que durante dicha semana los revolucionarios llevaron el retrato del rey español Fernando VII en el sombrero, junto a una cinta blanca. Esta última -señal de la unión entre americanos y españoles- fue el distintivo repartido por French y Beruti. Las cintas celestes y blancas llegarían tiempo más tarde.
Mayo estuvo lejos de ser la gesta popular nacionalista presente en las aulas de la escuela primaria
Es importante aclarar que muchos de estos hombres aspiraron a la separación desde un principio -incluso antes de 1810, como por ejemplo Pueyrredón-, pero no era aún una ambición multitudinaria. Mayo estuvo lejos de ser la gesta popular nacionalista presente en las aulas de la escuela primaria. Fue más bien la obra de un grupo burgués que contó con el apoyo de las milicias y la beneficiosa indiferencia del pueblo en general.
Sin abandonar esta época, existe un mito bastante popular que nos hace relacionar a aquel glorioso 25 con gente agolpada en la actual Plaza de Mayo, luciendo paraguas mientras esperaba resultados. La realidad es que el grupo no pasó de 600 personas y dichos elementos -aunque ya existían- no eran para nada comunes. Probablemente debido a que las crónicas de entonces señalan que fue un día lluvioso e inestable, décadas más tarde los artistas incluyeron el paraguas en sus pinturas patrias. Entre ellos destacó Ceferino Carnacini, cuya obra sobre la Revolución ilustró los billetes argentinos que fueron utilizados por varias generaciones. Las canciones infantiles hicieron el resto.
Otra historia actualmente muy cuestionada ronda sobre la confección de la Bandera de los Andes. Según la leyenda, fue fruto del trabajo arduo de un grupo de jóvenes conocidas como "Patricias Mendocinas", cuasi adolescentes damas de la élite local que se involucraron junto a sus familias en la preparación del cruce y fueron amigas de Remedios de Escalada. Una supuesta carta de Laureana Ferrari a su marido, el coronel Manuel Olazábal, fechada en noviembre de 1856, dio base a la creencia. Dicha misiva fue adquirida en mayo de 1929 por el Museo Histórico Nacional y utilizada por cientos de historiadores desde entonces, entre ellos Ricardo Rojas en su famoso libro El santo de la espada, de 1940. Los especialistas Adolfo Mario Golman y Francisco Gregoric indagan al respecto en su obra La Bandera del Ejército de Los Andes, Reflexiones sobre la carta que explica su confección, dudando sobre la autenticidad y veracidad del documento supuestamente escrito por Ferrari. En 1966, el primero en discutir con esta versión fue el historiador mendocino Esteban Fontana, quien aportó datos que apuntan a que las autoras de dicha confección serían las religiosas del Monasterio de la Buena Enseñanza. Algo que suena sumamente lógico, pues estas hermanas eran vecinas de San Martín en Mendoza y se dedicaban a esas labores de manera profesional. La perfección con la que fue bordada la bandera coincide más con sus manos expertas que con las de un grupo de muchachitas.
Aquella jornada lluviosa. A contramano de tanta viñeta escolar, en el 25 de Mayo no hubo paraguas ni escarapelas... y no todos pensaban en una revolución
Dando un salto hacia adelante en el tiempo, hallamos a los caudillos, cuyas figuras han sido verdaderamente romantizadas. La creencia de que eran de origen humilde responde a dicho análisis erróneo. En los años setenta del siglo pasado el historiador Rubén H. Zorrilla dio por tierra semejante consideración, realizando un minucioso estudio sobre el linaje de estos personajes. Concluyó que en su mayoría fueron exponentes del "populismo oligárquico". Es decir, miembros de la élite que lograron imponerse a sus pares utilizando a los gauchos. Pongamos la lupa, por ejemplo, sobre Francisco Ramírez. Este entrerriano aguerrido fue pariente del marqués de Salinas y descendiente del conquistador español Juan Ramírez de Velasco por línea paterna. Además, uno de sus bisabuelos maternos fue hermano del virrey Juan José de Vértiz. Si hablamos de caudillos, es ineludible mencionar a Facundo, quien, aunque muchos no lo imaginen, era unitario. En 1945 el benemérito historiador Enrique Barba publicó en Correspondencia de Rosas y Quiroga en torno a la organización nacional la siguiente carta del Tigre de Los Llanos: "Ud. sabe -le señaló al Restaurador-porque se lo he dicho muchas veces, que no soy federal, soy unitario por convencimiento; pero sí con la diferencia de que mi opinión es muy humilde y yo respeto demasiado la voluntad de los pueblos, constantemente pronunciada por el sistema de Gobierno Federal, por cuya causa he combatido con constancia (...)".
Inevitablemente, Facundo nos lleva a evocar a Sarmiento y viceversa. Alrededor del sanjuanino se han tejido una gran cantidad de posiciones contrapuestas, fruto de las contradicciones que él mismo protagonizó en vida. Sin embargo, hay un mito particular que suele pasar desapercibido, y tiene que ver con su estatura. Dado que en los años cuarenta del siglo pasado Sarmiento fue interpretado en el cine por un actor de baja estatura y robusto (Enrique Muiño), el concepto general que se tuvo sobre su físico fue aquél. Pero don Domingo Faustino medía casi un metro noventa; de hecho, la enorme longitud de sus piernas puede apreciarse en algunos registros fotográficos.

La autora es historiadora.

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