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Una obra maestra de la inteligencia artificial
El Théåtre D'opéra Spatial, que obtuvo el primer puesto en la Feria de Bellas Artes del estado de Colorado, Estados Unidos, sería una obra menor incluso si la hubiera pintado un humano
Un cuadrito no del todo inspirado vuelve a encender el debate acerca del arte y los algoritmos; el arte existe y los algoritmos también, pero el debate posiblemente, no
Ariel Torres
“El artista es el origen de la obra. La obra es el origen del artista”, escribe Martin Heidegger en Arte y Poesía, un librito del Fondo de Cultura Económica que compré en 1983, por recomendación de algún profesor de la facultad, que devoré con ansia y que releí luego muchas veces. El volumen contiene dos ensayos compuestos y publicados originalmente en el orden inverso en el que aparecen en el libro, que pone primero Der Ursprung des Kunstwerkes (El origen de la obra de arte), de 1952, y segundo, Hölderlin und das Wesen der Dichtung (Hölderlin y la esencia de la poseía), de 1937.
Arte y Poesía, de Martin HeideggerEstos días, casi justo 40 años después de haber leído ese y otros ensayos sobre qué es el arte, Jason Allen, que ganó un premio de 300 dólares con una ilustración generada por algoritmos de inteligencia artificial (IA), declara, muy suelto de cuerpo: “El arte está muerto, flaco”. Se lo dijo a The New York Times y la frase resonó con ecos de Nietzsche.
Ignoro cuánto habrá de verdad en el ensayo de Heidegger. Creo que, como casi todo en filosofía, tiene el poder de hacernos pensar, darnos cuenta de cuánto damos por sentado irreflexivamente, y, en este asunto en particular, ayuda a comprender que el arte es arte porque está en los límites mismos de la consciencia humana; como la fe, se nos escapa de las manos y se ubica en un lugar donde, no las palabras, pero sí las definiciones fracasan.
Viceversa, el manifiesto de Allen, que hizo un poco de ruido y pasará rápidamente al olvido, se evita la molestia de meditar sobre el arte. Lo mata y listo. Muy artístico todo.
En el centro de la escena están dos debates importantes, por no urgentes, por los que se les presta poca atención. Por un lado, si la IA pude patentar un invento y, por el otro, si eso que genera un software como DALL-E (sí, con una obviedad que deja que desear, juega con el nombre del pintor y con el del querible robotito basurero) es o no arte. Ahora DALL-E tiene una versión 2; no así el excéntrico y rotundo catalán.
DALL-E ya tiene una versión 2Hace bien Allen en sacarse el asunto de encima. Porque es mucho más complejo que lo que lo pueden –al menos de momento– evaluar los algoritmos. No porque sean rústicos, sino porque al revés que la inteligencia humana, la artificial no es generalista. Pero sobre todo porque la máquina carece de consciencia. Es difícil refutar el hecho de que el arte es algo que opera sobre nuestra consciencia.
Así que de momento no pueden ayudarnos a debatir qué es el arte. Pueden producir, eso sí, un lindo cuadrito como el que le ganó cierta celebridad a Jason Allen y que, juzgado con un poco de malicia, carecería de todo valor artístico, si lo hubiera pintado una persona. Claro, ¿pero qué es valor artístico?
Heidegger da un paso más. Sabemos que sin el otro, sin la consciencia del otro (y ese otro, aunque no es la tesis del filósofo, puede ser el mismo artista), no habrá obra. Pero cuál es su origen. El origen de la obra es el artista y viceversa, propone Heidegger. Como las dos caras de una hoja de papel, convierte al artista y a su obra en fenómenos cuyos orígenes dependen mutuamente. Lo dice, claro, en un mundo previo a IA.
Luego se atreverá a más y asegurará, no sin sustento y no sin polémica, que arte es aquello “que expone la verdad de las cosas”. O, para decirlo con más propiedad (y con más hermetismo), “pone en operación la verdad de los entes”. Samuel Ramos, traductor al español y autor del prólogo de Arte y Poesía, plantea que esta definición funciona con las artes representativas, pero no, por ejemplo, con las más abstractas, como la música. No le falta razón, y podríamos seguir hasta mañana. Es lo bueno de filosofar. ¿Acaso la frecuencia del La central de un piano no puede ser considerada un ente cuya verdad la música de Mozart opera?
Una cosa es segura: no podemos matar el arte, como asegura con desparpajo el señor Allen, porque no sabemos qué es. Y como estamos haciéndonos esta pregunta al menos desde los tiempos de Aristóteles, es poco probable que tengamos una respuesta para esta tarde.
Así que, Jason, muchacho, lo lamento, pero el arte sigue gozando de buena salud. Pero como no sabemos qué es, tampoco podemos responder a la pregunta de si la IA es capaz de crearlo o no. ¿Además, cómo se crea el arte? ¿Es solo un output de datos o es la comunión compleja entre los asistentes y ese Donatello entre les fauves?
Hagamos números
Lo que salta a la vista es que entre el Portrait of Edmond de Belamy, que se vendió por más de 430.000 dólares en 2018, y el cuadro de Jason Allen, que le reportó escasos 300, el precio del arte algorítmico se devaluó 1440 veces. Por contraste, el de la obra de Van Gogh aumentó más de 170 millones de veces en 130 años.
Retrato de Edmond de BelamyAsí que, aunque tal vez el señor Allen consiga vender este tan mediático cuadrito por un poco más de dinero, quizá incluso una fortuna, y de ese modo vuelva a los titulares (y así sucesivamente), está claro que el precio o el lugar en un concurso no significan, desde el punto de vista artístico, nada. Gigantes como Juan José Saer o Edgar Alan Poe dejaron este mundo sin haber gozado de lo que con escalofriante banalidad calificamos de éxito. Entre tanto, escritores de mucha menor talla, pero más hábiles para fabricar best sellers y más activos en la promoción de sus ventas, obtienen un éxito inmenso, pero el arte les esquivo. Cualquier cosa que sea.
Vincent van Gogh a los 19 años de edad...CORTESÍA DEL MUSEO VAN GOGH AMSTERDAMPero los récords de ventas y los premios son la razón por la que el arte creado por computadoras llega a los titulares. Así que en los hechos seguimos sin plantearnos si algo creado por código es arte o no. Por eso Allen despacha el asunto con brutalidad. Sin embargo, la respuesta es bastante simple, en el fondo, incluso cuando la definición misma del arte nos siga eludiendo.
La inteligencia artificial no es inteligencia en un sentido humano. Ni su creatividad, que existe, lo es en el sentido en que lo es la de un músico o un fotógrafo. Su consciencia, hasta donde sabemos, no existe. Pero podrían estar ocurriendo otros fenómenos psíquicos en la mente sintética (si tal mente existe; también tenemos algunos problemitas para definir este concepto). Ahora, incluso con todas estas salvedades, tambaleándonos sobre un entarimado así de frágil, hay algo que podemos asegurar también con bastante certeza. La IA es una herramienta creada por los humanos. No funciona igual que un pincel o un piano, pero eso es lo de menos. La IA puede ser empleada para crear arte. Vamos, el software asiste hace rato a los músicos. Y no hablo de Auto-Tune que, a todo esto, es de 1996. Hablo de algoritmos que incorporan a la ejecución precisa y perfecta de la máquina imperfecciones que la vuelven más humana.
Auto-Tune hoy; la primera versión salió en 1996Así que quizás estamos debatiendo algo que no existe en absoluto. Es equivalente a preguntarnos qué tan responsables son los pinceles que usó Miguel Ángel en el milagro de la Capilla Sixtina. El error, uno que las etiquetas equívocas fomentan, es creer que DALL-E o cualquier otro software de IA son conscientes de que están pintando un cuadrito con un gran contraluz de un escenario visto desde la posición de los actores.
El inmortal y sobrecogedor fresco de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina...Museo Victoria & AlbertViceversa, Van Gogh era consciente de que estaba pintando ese par de botas de labriego, para usar el ejemplo de Heidegger. Las máquinas, no. Les da lo mismo. No les importa. No expresan nada porque están vacías de emociones. O, para no caerles mal y que dentro de 25 años me vengan a buscar de lo más enojadas, están vacías de toda emoción que a los humanos nos afecte. Quizás haya emociones artificiales, y tendrán todo el derecho del mundo de existir. Lem lo dijo primero, y hace mucho.
Todavía más, si las máquinas ya están haciendo arte, todavía no nos hemos enterado. Y si algún día nos enteramos, será semejante a advertir que los árboles hacen arte cuando el viento pasa entre las hojas. OK, es arte, pero nos es por completo ajeno. Es cosa de los árboles. O de máquinas.
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