Mostrando las entradas con la etiqueta FEDERICO ANDAHAZI. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta FEDERICO ANDAHAZI. Mostrar todas las entradas

martes, 22 de mayo de 2018

OPINA FEDERICO ANDAHAZI


“El triunfo de la razón”, por Federico Andahazi

Federico Andahazi: “Algunos medios kirchneristas (pero no solamente) jugaron con fuego: atizaron la hoguera y buscaron fomentar el miedo en la gente. Sabemos que el miedo es un mecanismo que nos preserva de peligros. Pero el miedo irracional produce respuestas desproporcionadas que nos exponen a peligros mayores”.
Ayer tuvimos la interesantísima posibilidad de reflexionar en un programa de TV  . En primero lugar, hay que destacar que no es frecuente compartir una mesa con profesionales como Martín Tetaz y Adriana Amado, y con invitados como Fernando Iglesias y Marco Lavagna. Un privilegio para mí, claro. Todos, con total naturalidad y quizás sin proponérselo, hablaron mucho más de psicología de economía. Y sucede que, en fondo, la economía depende la psicología. Y viceversa. Martín se refirió al dólar como un ansiolítico y la lógica del rumor, Adriana habló de cómo inciden las fakes news en el ánimo de la gente, Fernado Iglesias habló del “principio de realidad”, un concepto freudiano; Lavagna de confianza e inflación y vos a la importancia de la comunicación y los vínculos en la política. Todos conceptos pertenecientes al campo de la psicología.
Ya teníamos la buena noticia: el súper martes había ocurrido y no sólo se renovó el 100% de las Lebacs, sino que se amplió la demanda en 5 mil millones de pesos más. Un respaldo de confianza al gobierno que llegó en el momento más necesario. La gente no se hizo eco de los rumores incendiarios y de las premisas que corrían en las redes anunciando corralitos y remakes de antiguos desastres.
Algunos medios kirchneristas (pero no solamente) jugaron con fuego: atizaron la hoguera y buscaron fomentar el miedo en la gente. Sabemos que el miedo es un mecanismo que nos preserva de peligros. Pero el miedo irracional produce respuestas desproporcionadas que nos exponen a peligros mayores.
Vimos periodistas anunciando que la lechuga salía $180 y la noticia se multiplicaba en las redes. Martín Tetaz analizó muy bien el recorrido del rumor: debe ser un tema de interés masivo, lo suficientemente impreciso y debe ser verosímil. Y por supuesto el objetivo es producir terror para que la gente se angustie y vuelque una emocionalidad negativa al análisis de la realidad. Y de eso los argentinos sabemos. Vivimos en un permanente estado de stress post traumático.
Pero veamos cómo funcionó en esta crisis el mecanismo. Lo podemos ver con claridad. Por ejemplo, un importante medio digital, muy masivo, pronosticó en una de sus notas centrales una raquítica renovación del 55% de las Lebacs. ¿Por qué?
En las turbulencias, la gente experimenta miedo y actúa por reflejos condicionados, y claro, hay especuladores que se benefician. Cuando los argentinos nos asustamos corremos al dólar como refugio psicológico. Cuando todos hacemos lo mismo, una conducta personal se convierte en un problema económico. Afortunadamente, la población le dio una gran lección de racionalidad a las clases dirigentes y a ciertos medios. Los argentinos ya advertimos ciertas operaciones y no se nos puede tratar como si fuésemos idiotas.
Durante el kirchnerismo se distorsionaron desde el precio de las tarifas, los impuestos hasta la cultura del trabajo. Ahora, cuando se intenta ordenar las cosas, esos sectores ponen gente en la calle para incendiar el país. Lo hicieron en diciembre y lo intentan hoy con cortes, piquetes, acampes y demás formas de extorsión.
Luego tenemos la oposición “racional”: los gobernadores con responsabilidades ejecutivas acuerdan planes sensatos para sacar al país de este déficit que nos tiene en jaque. Pero sus propios legisladores votan leyes que boicotean esos mismos acyerdos y hacen inviable cualquier forma de ordenar la economía. Quieren retrotraer las tarifas, pero no dicen de donde saldrá la plata para pagar todos los subsidios del Estado.
¿Cómo se logra generar la seguridad jurídica y poner las cuentas en orden para ser un país competitivo sin cepos, sin Djais, sin mafiosos y sin corrupción?
Voy a decirlo con toda claridad: estos días fuimos testigos de una campaña de miedo, así como el año pasado se instaló también una campaña perversa alrededor del caso Santiago Maldonado. Basta un ejemplo: apareció en el canal de Cristóbal López una simple vecina de Ingeniero Bunge. Ella explicaba que gana 5 mil pesos, que no le alcanza para pagar los servicios, y acusaba al gobierno de saqueador. En las redes se descubrió que se trata de Silvia Vilta, ex funcionaria de Scioli en la provincia y empleada del Instituto Patria de Cristina. Pero, qué curioso, no es su debut en la actuación, ya había aparecido antes en los medios denunciando la “ola represiva de Macri”: contaba que a sus hijos los habrían detenido ilegalmente y que en la comisaría habrían sufrido agresiones. A esta altura ya merece un Oscar.
Se habla por estos días de pactos con la oposición. Yo quiero recordar una vez más que ya tenemos un gran pacto que nos abarca a la Constitución Nacional. La Democracia nos da las herramientas, por medio del voto, de poner a cada candidato en su lugar. Ya hemos visto muchos pactos en este país donde a espaldas del pueblo se negocian cosas a espaldas de
la voluntad popular. Todavía está fresco el Pacto de Olivos, aquél que suscribieron Alfonsín y Menem. ¿Hace falta recordar cómo terminó el radicalismo luego de ese pacto con el diablo?


martes, 15 de mayo de 2018

FEDERICO ANDAHAZI Y SU PASIÓN


"No te harás imágenes, ni te inclinarás ante ellas ni las honrarás", reza el segundo mandamiento, ese que jamás hemos podido cumplir. Vivimos en un mundo entregado a la idolatría. Me declaro pecador. La carne es débil. Sin embargo, el metal, fuerte y sólido, es mi mayor debilidad. El movimiento iconoclasta no pudo con nosotros, los que, día tras día, nos inclinamos ante el becerro de dos ruedas.
Las motos, en efecto, son un ícono sagrado que, en algún caso, sirve incluso para desplazarse. Para que un ícono sea eficaz debe ser universal, de modo tal que pueda ser adorado por la mayor cantidad de fieles. Así, la moto es el objeto de adoración del Hells Angels barbado que huye por la 66, pero también la del policía que lo persigue. Es el símbolo de la libertad que montaba Peter Fonda en Busco mi destino (Easy Rider) y la que soportaba el peso demoledor de Schwarzenegger en Terminator. El Che Guevara, cuando ignoraba que habría de transformarse él mismo en un ícono, recorrió América Latina en La Poderosa, una Norton de 1947 sin amortiguación.
Federico Andahazi: una historia de romances, matrimonios, viudas y amantes
Que la motocicleta es un ícono pagano no es para mí una hipótesis literaria; lo sé por experiencia: cada mañana me inclino ante mi fetiche y, cual Verónica ante el paso del Mesías, froto un paño sobre su irresistible anatomía, le ofrezco mi aliento al ojo impar del faro y, cual jesuita, lavo sus negros pies de caucho. No existe sensación más reconfortante que accionar el arranque y escuchar la voz profunda, sabia y pausada de un motor del año 1938, como el de la vieja Zündapp que reposa junto a mi biblioteca como testimonio de mis dos grandes pasiones: los libros y los fierros. Nada más literario que montar mi antigua Harley del 48 que, como el Quijote a Sancho, conduce a su inseparable ladero: un sidecar en el que llevo a mi familia.
De acuerdo con los estereotipos, los escritores deberíamos adorar las pipas, las lapiceras, las máquinas de escribir y las ediciones raras. Alguna vez, un crítico literario, refiriéndose a mí, dijo: "¿Dónde se ha visto un escritor arriba de una moto con una rubia abrazada?". Aclaro que la rubia es la madre de mis hijos y que me resultaría un tanto injusto obligarla a correr detrás de la moto solo para no escandalizar al reseñador de libros. Semejante comentario no hace más que poner en evidencia la ignorancia del crítico: en la casa-museo de Horacio Quiroga se puede admirar la motocicleta que lo ha sobrevivido.
Federico Andahazi: una historia de romances, matrimonios, viudas y amantes
La relación de los escritores con las motos es de larga data. Cuenta Enrique Cadícamo en sus Memorias que, para que un tanguero pudiese arrogarse tal título, debía haber manejado alguna vez una moto de más de 300 cm3. En el mismo libro se ve al autor de "Los mareados" sobre una antigua HD de válvulas laterales. Una tarde lluviosa 1987, sentado junto al ventanal del bar La Academia, Osvaldo Soriano recordaba la Tehuelche que solía manejar durante su adolescencia.
Cada vez que consigo volver a la vida a una moto siento la misma felicidad que produce devolverle la voz a aquellos personajes que han sido injustamente silenciados por el tiempo y el olvido
Mi primera moto fue una Douglas 350 de 1947. Una elegante moto inglesa, antecedente británico de las BMW de cilindros boxer, que obtuve en canje por una guitarra Gibson Les Paul. Estaba perdidamente enamorado de mi Douglas y suponía que habría de ser aquel un romance de por vida. Pero se cruzó en mi camino una pulposa Sunbeam 500 repleta de curvas. Fuimos felices: era una amante tan apasionada que cuando su motor bicilíndrico vibraba yo sentía que se me aflojaban los dientes. Fui "bigamotor" al conocer a una Triumph Tiger de la que enviudé al poco tiempo cuando se me fundió frente al Cavanagh. Confieso que he tenido encuentros ocasionales con una alemana, una BMW R 69s del 60. También, una breve aventura con una preciosa belga FN. Y admito que he estado con orientales: conocí los placeres que me prodigaran una Suzuki 650, una Honda Goldwing 1000 del 77 y hasta una Kawasaki Police como la de Poncharello.
Imagen relacionada
La búsqueda, restauración y el mantenimiento de una colección de motos es una tarea gratísima aunque nada sencilla. Rescatar de un galpón una moto dada por muerta, olvidada y convertida en una masa ininteligible es un trabajo que, a priori, se diría imposible como la resurrección. Muchas veces el grueso sudario de grasa y polvo protege las motos de la letal amenaza del óxido. Una vez exhumada y puesta en el banco de trabajo, hay que comprobar el estado de la pintura original, el estado del cuadro y, sobre todo, el del motor. Es raro que se pueda conservar la pintura de fábrica, aunque sí es posible a veces admirar los pigmentos originales antes de repintarla. Aunque nos emocionemos al comprobar que el motor gira sin dificultades y los cambios entran sin delatar obstáculo alguno, debemos saber que, para ahorrar problemas futuros, es necesario desarmar hasta la última arandela y sustituir las piezas gastadas. Cada vez que me toca presentar un libro en el exterior, aprovecho para traer algún repuesto aquí inhallable: desde pequeños accesorios cosméticos hasta pesadísimas piezas motrices. Cuando mis editores me proponen un paseo en los momentos libres, en lugar de la visita a los sitios de rigor, les pido que me lleven a los desarmaderos de los suburbios: con sorpresa, por encima de los lentes de leer, me ven revolver chatarra. En Estambul conseguí el filtro de aire de una Indian, y en Atenas, cerca del puerto del Pireo, compré un cuadrante para el velocímetro de una Moto Guzzi.
Imagen relacionada
Poner en marcha una moto luego de años de restauración es el momento más emocionante. Después de tantas jornadas de trabajo arduo, por fin llega el gran día. Recuerdo la primera vez que estuve frente al gran desafío. Tragué saliva, llené el depósito de aceite, cargué nafta cuidando no salpicar la pintura, respiré profundamente y, por fin, accioné la patada. Al tercer intento el motor carraspeó, vaciló un momento y, de inmediato, rugió con el brío de un animal salvaje. Desde entonces su voz inimitable no ha dejado de hacerse oír.
Siempre me digo que el oficio del escritor no es muy diferente del de restaurar motos antiguas. La mayor parte de mis novelas transcurren en épocas remotas y sus protagonistas son personajes que han quedado sepultados bajo el peso de la historia. Cada vez que consigo volver a la vida a una moto siento la misma felicidad que produce devolverle la voz a aquellos personajes que han sido injustamente silenciados por el tiempo y el olvido
 
Crédito: Julián Bongiovanni

viernes, 22 de diciembre de 2017

EN "EL ESPACIO MENTE ABIERTA"; ASUNTOS DE DINERO

FEDERICO ANDAHAZI


Aunque no lo parezca, los libros y el dinero son hermanos directos. El pasado, el presente y el futuro de ambos está íntimamente relacionado. Tal vez resulte una figura revulsiva para algún escritor infatuado que se considera un habitante del platónico mundo de las ideas. Pero los hermanos no dejan de ser hermanos aunque no siempre se lleven bien. Los primeros y más famosos hermanos de los que nos habla la Biblia no fueron, precisamente, un ejemplo de convivencia fraterna.
La literatura siempre va un paso adelante del dinero. El debate en torno a la muerte del libro de papel a manos del libro digital se inició una década antes de la naciente polémica sobre la desaparición del dinero físico y su posible reemplazo por el bitcoin.
El libro se mantuvo prácticamente sin cambios desde 1445, fecha de la invención de la imprenta, hasta la reciente aparición de los formatos digitales. En el siglo XV se produjo una polémica mucho más profunda que la actual alrededor del libro. Recordemos que los libros eran cuidadosamente escritos a mano en los monasterios por monjes copistas y cada volumen llevaba meses y hasta años de trabajo. Los libros eran, literalmente, sagrados. Resultaba inconcebible que la Palabra pudiera surgir de un artefacto inanimado y no de la celosa pluma de un religioso. En mi novela El libro de los placeres prohibidos, describí la guerra que se desató entre los viejos copistas y los nuevos imprenteros a partir de la invención de Gutenberg. ¿Qué relación tiene esto con el dinero?
Pocos saben que el padre de Johannes Gutenberg era el director de la Casa de la Moneda de Maguncia, su ciudad natal. De manera que desde muy pequeño, Gutenberg aprendió de su padre el arte de la orfebrería y las técnicas de la fabricación de monedas. Los tipos móviles, de hecho, son hijos directos de la acuñación de moneda. Hizo falta que apareciera Gutenberg para que surgiera, tiempo más tarde, el inconcebible dinero de papel. No resultó fácil explicarle a un granjero que un cerdo era equivalente a un pedazo de papel sin valor alguno. Las monedas, al menos, conservaban su valor en metal. El billete nació como una suerte de "impresión" de la moneda sobre un papel. Y aquí encontramos el primer parentesco: el libro y los billetes se fabrican desde entonces y hasta hoy con la misma máquina: la imprenta.
Sin embargo, esta hermandad se remonta más lejos en el tiempo. Las primeras monedas estaban acuñadas en piedra, en metal o en arcilla. La misma arcilla en la que nació la escritura cuneiforme del Asia Menor. Las monedas y los símbolos escritos comparten las mismas herramientas e, incluso, la misma raíz lingüística. Los términos "acuñar", en relación con la moneda, y "cuneiforme", aplicado a la escritura, provienen ambos de "cuña", la herramienta con la que se escribía y con la que, más tarde, se acuñarían las monedas.
Pero el parentesco entre el dinero y la literatura es aún más antiguo: antes de que existiera el dinero, la gente intercambiaba mercancías e historias. Las tradiciones orales eran tan efímeras como el acto de un trueque. Hasta la convención de la sal como elemento de ahorro, no había manera de atesorar "valores" ni de conservar los relatos más que en la memoria.
Jamie Dimon, director del ejecutivo del JP Morgan, ha dicho recientemente que el bitcoin es un fraude. Pero no fue el único. En el extremo ideológico opuesto, Joseph Stiglitz, premio Nobel, fue más allá: "Deberían prohibirlo, el bitcoin es una estafa y está a punto de estallar". Es notable. Exactamente eso fue la imprenta. La estafa más exitosa del mundo. Gutenberg no inventó la imprenta, sino una máquina para falsificar manuscritos. En el siglo XV los libros eran inaccesibles. Estaban en poder de la Iglesia y de los hombres más poderosos de Europa. No existían las bibliotecas públicas y los libros se atesoraban bajo siete llaves. De hecho, un manuscrito iluminado con tintas de colores, encuadernado con pieles exóticas y cosido con hilo de oro podía valer lo mismo que un palacete. Muy pocos saben que Gutenberg fue encarcelado y sometido a juicio junto a sus cómplices, Johann Fust y Peter Schoeffer, por intentar vender un manuscrito falso a un poderoso coleccionista parisino. Ese "manuscrito falso" fue el primer libro impreso. Los parecidos son asombrosos: el primer "libro pirata" fue el primer e-book. La máquina de falsificar libros impresos fue la piedra basal de la poderosa industria editorial y Gutenberg pasó de villano a héroe. Seis siglos más tarde, sobre el formato del libro pirata se forjó el creciente mercado del libro digital. Debería saber el director del JP Morgan que Johann Fust, el cómplice que financió la estafa de Gutenberg, también era banquero.
Somos testigos privilegiados del cambio más importante de la historia desde 1445. Como en aquel entonces, podemos ver la incredulidad de quienes se resisten a los cambios. Los viejos financistas miran con asombro cómo muchos jóvenes que compraron bitcoins por unos centavos hoy cuentan delante de sus narices millones de dólares, mientras leen nuestras novelas en sus pequeños teléfonos celulares.
No hay forma de saber si el bitcoin es una gran estafa o el futuro del dinero. Probablemente sea ambas, tal como, en alguna medida, lo es el dinero convencional. Pero si queremos aventurar el futuro de nuestros ahorros deberíamos mirar nuestras bibliotecas. Los libros, en la forma y en el fondo, siempre predijeron el destino del dinero. Hoy como nunca, hay que saber leer los signos de los tiempos.

domingo, 22 de octubre de 2017

LAS MOTOS DE FEDERICO



Al llegar a la casa de Federico Andahazi salen a tu encuentro no los perros, sino las motos. Para atravesar el hall de entrada hay que esquivar siete u ocho piezas de colección que han sido o serán restauradas. En el living, cerca de los cómodos sillones antiguos en que nos sentamos, hay una Zündapp modelo 1938 que parece salida de una película de la Segunda Guerra Mundial. Quieta y muda, se vuelve pronto parte del paisaje, como un perro fiel que espera la orden del amo.


Las motos le enseñaron a Andahazi una versión de la libertad. Ocurrió durante sus primeros años en la Facultad de Psicología, en medio de un amor clandestino con una mujer que vivía en La Plata y viajaba hasta él a bordo de una humilde Zanella. Un día en que se hizo tarde, la dama volvió en tren y le dejó la moto. Deslizarse en dos ruedas por entre los autos en las imposibles calles del centro porteño fue para Andahazi como quitarse de encima un peso hasta entonces inadvertido. Y un amor lo llevó a otro. "Volví a ver a esta chica a las dos semanas, y al despedirnos me costó más separarme de la moto que de ella", dice.



Por entonces, su único capital era una Gibson Les Paul que había sido de Pino Marrone, el gran guitarrista de Crucis. Incapaz de tratar al instrumento como lo hacía su antiguo dueño, no dudó cuando encontró una Douglas 350 de 1947 en poder de un músico que miró su Les Paul con cariño. Fue un trueque mano a mano que le deparó tres años de felicidad y una nueva historia sentimental con todos los condimentos, incluida una traición que impuso distancia pero que acabó redimida por un azaroso reencuentro. Por esta moto, la primera, Andahazi sufrió, y quizá por eso es la que prefiere entre todas las que tiene, que son muchas.
La traición se consumó en el antiguo bar La Academia, de Callao y Corrientes. Mientras tomaba un café con un amigo, se arrimó a su mesa un español que lo había visto dejar el pingo en la vereda. Regresaba a España al día siguiente y quería llevarse la Douglas consigo. Le hizo una oferta generosa. Federico la rechazó. El hombre duplicó la suma. La respuesta fue la misma. Duplicó otra vez, y otra, hasta que Andahazi cedió. "Con lo que me pagó viví un año entero, pero me arrepentí toda mi vida de ese gesto. Me sentía moralmente mal."
Un año después, un amigo le dijo que la moto estaba en una agencia de San Juan y Boedo. Así era. El español no había podido sacarla del país y la había dejado en consignación. Pedía una fortuna que estaba fuera de su alcance y Federico se resignó.


En 2012 descubrió que en MercadoLibre había una Douglas 350 en venta. Supo que era la suya. Ahora era él quien estaba en condiciones de pagar lo que le pidieran y la recuperó. Fue como reencontrar a la novia de la adolescencia: ahí estaba el fileteado que él le había pintado, reconoció su olor, y hasta se enterneció al volver a un viejo defecto: cada tanto, el engranaje de la patada se seguía zafando.
Andahazi disfruta restaurando motos antiguas desahuciadas. Para ponerlas a rodar otra vez bucea en su historia y consulta viejos manuales, algo semejante a lo que ocurre cuando escribe y debe dotar de vida a algún personaje histórico. Es un proceso misterioso, paciente y delicado. "Una falla en la moto te puede costar un accidente. Y si al personaje no lo creás bien, matás la novela."
En las alforjas de la Douglas metía las libretas que llenaba en el bar La Academia con las notas para El anatomista, su primera novela, publicada en 1997. Esa moto, que lo acompañó en momentos cruciales de su vida, es parte de su memoria. Y le dejó, como todo primer amor, algunos tics. "Cada vez que me subo a una moto compruebo que las alforjas estén bien cerradas, para que no se me vuele lo escrito."

H. M. G.

domingo, 10 de septiembre de 2017

RETRATO; FEDERICO ANDAHAZI



Federico Andahazi: “La única forma de entender la política en este país es desde el humor”
Dos décadas después de la publicación de “El anatomista”, novela que le dio prestigio internacional, dice conservar el espíritu del autor inédito. Fue dos veces vecino del barrio y actualmente vive con su familia en el límite con Belgrano. En esta extensa entrevista habla de “El equilibrista”, su nueva obra, y cuenta cómo las caminatas por Melián lo ayudaron a reencontrarse con el psicoanálisis, su antigua profesión.
Corría 1995 y Federico Andahazi acababa de terminar de escribir El anatomista. Confiado de que tenía posibilidades de ser exitosa, fue a presentar la novela a una editorial que quedaba en Pompeya. Le comentó a la recepcionista que quería entregar su material pero la mujer, lejos de interesarse, poco menos tuvo que contener la carcajada.
En ese momento salía el editor general y Andahazi lo paró para mostrarle su manuscrito. El hombre, que empezó a retroceder mientras escuchaba la propuesta, se resistió a recibir el escrito y, a modo de justificación, lanzó: “No publicamos autores inéditos”. Como si Cervantes hubiese nacido con el Quijote editado bajo el brazo.
“Después de no mucho tiempo me lo volví a cruzar, cuando El anatomista estaba primero en ventas acá y en otros países -recuerda el autor, 20 años después-. Fue en un teatro, en una presentación de no sé qué cosa. Yo iba por un pasillo y él venía en sentido contrario. No había nadie más. Cuando me vio avanzar, miró para los costados y se escondió detrás de una columna. Lo fui a buscar y lo saludé. No soy una persona rencorosa, pero no pude dejar de disfrutar un poquito el momento”.
Como nunca más se supo de este hombre, le contamos, por si no se enteró, que Andahazi este año publicó un nuevo libro: El equilibrista (Editorial Planeta). Se trata de un compilado de textos dividido en cuatro bloques en donde despunta su póquer de grandes pasiones: la historia, la literatura, el psicoanálisis -su profesión inicial- y la sátira política.
“Lo que un escritor nunca tiene que olvidar es el lugar de autor inédito -reflexiona Andahazi-. Creo que la única forma de escribir con la misma libertad e impunidad es olvidándote de que tenés una editorial -más algún que otro lector- y trabajando como si eso que estás escribiendo nunca fuera a ser publicado. Esa posición subjetiva de autor inédito es la que te permite seguir avanzando. Los escritores que se quedan en su primer o segundo libro es porque justamente se olvidaron de eso. Pensaron que ya estaba todo asegurado y que, de ahí para adelante, no había nada que construir. Sigo siendo ese mismo autor que, sin ninguna certidumbre, se fue con un manuscrito bajo el brazo a una editorial y que lo rechazaron sin siquiera tomar el material. Cada vez que entrego un libro, tengo esa misma sensación”.
Héroes olvidados
En el primer segmento de El equilibrista, Andahazi bucea en lugares recónditos de la historia y reivindica a personajes trascendentales que pasaron increíblemente inadvertidos. Uno de ellos es Remedios del Valle, a la que llama “la Madre de la Patria”, que acompañó codo a codo a Manuel Belgrano en sus batallas. De hecho, perdió a su marido y a sus dos hijos y terminó en la miseria, pidiendo limosna en la recova del Cabildo. “Nuestra Patria no tolera tener una madre negra, pobre y honrada -señala Andahazi-. Esta mujer debería tener una calle, una estatua o algún recordatorio, aunque nadie sabe siquiera qué día nació o cómo se llamaba su familia. La historia cometió el crimen de no recordarla y eso es una injusticia imperdonable. Mostrar estos personajes que no sólo no nos enseñaron en el colegio, sino que nos ocultaron, es sentir que la literatura de alguna forma puede reivindicarlos”.
-En esa parte del libro hablás de San Martín y del dolor que le significó la muerte de Cabral. También de la pobreza de Belgrano. ¿Cuál es el prócer que te genera más admiración?
-Hay muchos y por diferentes razones. Por supuesto tengo una enorme admiración por San Martín. Viniendo un poco más en el tiempo, más allá de que uno pueda estar más o menos de acuerdo con algunos aspectos políticos, Sarmiento mostró una honestidad a toda prueba. Es más, cuando liquidaba sus gastos de viaje, incluía hasta las orgías. En lugar de poner “gastos reservados”, él mostraba cómo era su vida por Europa, lo que hablaba de la transparencia con la que procedía. También destaco la figura de Illia, que siempre tuvo la estatura de un prócer.
-Con el paso del tiempo, resulta cada vez más difícil encontrar estadistas o grandes líderes que vayan a pasar a la historia. ¿Se va apagando la llama?
-Sí, pero me parece que es saludable. En los países más adelantados del planeta (Suecia, Finlandia, Noruega) no hay ningún líder que sea demasiado famoso. Pero se destacan muchísimo por los avances en materia social, de libertades públicas e igualdad. Nosotros venimos de muchos siglos de monarquía, donde el gobernante era elegido por Dios, y eso impregnó a la política del personalismo. Después de la revolución francesa, el soberano pasa a ser el ciudadano, pero todavía el gobernante sigue teniendo esa investidura especial. Cuando uno piensa en los grandes líderes mundiales del siglo XX, están cargados de rasgos más bien negativos: Hitler, Mussolini, Franco, Stalin… A medida de que van evolucionando las sociedades, las personalidades se van diluyendo y el ciudadano-soberano pasa a tener mayor preponderancia. Creo que el proceso que se abrió en la Argentina hace un año y medio es justamente eso: nadie espera un líder iluminado y mesiánico que venga a salvarnos.
Fahrenheit 451
En el segundo bloque de su obra, titulado “Escritor en primera persona”, Andahazi revela las experiencias que lo forjaron en el oficio. Entre otras, habla de su pasión por las motos (en su casa atesora unas cuantas) y describe el día en que decidió dedicarse a la literatura. Fue el 24 de marzo de 1976, cuando su abuelo, que era editor y militante comunista, descubrió que la voluminosa biblioteca que tenía era muy peligrosa para su familia. En la madrugada posterior al golpe militar decidió bajar los libros de los anaqueles, los cruzó a un terreno baldío -en Ayacucho entre Corrientes y Sarmiento- y los prendió fuego.
“Vi esa escena desde el balcón y me prometí que algo tenía que hacer. Hoy, cuando termino de escribir un libro, tengo por lo menos la ilusoria sensación de estar devolviéndole un ejemplar a esa biblioteca”, confiesa su célebre nieto. También destaca la influencia que tuvo Osvaldo Soriano y relata viajes y encuentros con otros escritores, como Gabriel García Márquez, además de anécdotas con su amigo Roberto Fontanarrosa y más vivencias que lo fueron formando primero como lector y después como autor. “Más allá del reconocimiento, lo más valioso es la relación que uno establece con los lectores”, sentencia el también autor de, entre otras novelas, Errante en la sombra, El conquistador y Los amantes bajo el Danubio, además de la célebre tríada Historia sexual de los argentinos.
La tercera parte de El equilibrista está dedicada al psicoanálisis, su primera profesión. Andahazi se graduó en la Universidad de Buenos Aires y ejerció durante poco tiempo, a la par que escribía sus primeros cuentos y relatos. En su momento trabajó en los hospitales Alvear y Tobar García, pero tras la publicación de exitosa de El anatomista, que se tradujo en lugares tan lejanos como Finlandia, China o Japón, tuvo que abandonar esa faceta.
“Hace poco me reencontré con mi profesión de una manera bastante particular -relata-. Me gusta mucho caminar por Belgrano, Villa Urquiza y Coghlan. Me sirve para pensar y acomodar las ideas antes de escribir. Venía caminando por Melián y me detuve a elongar en un árbol, porque estaba medio acalambrado. Una mujer, con la cual me cruzaba todos los días, me comentó que había leído varios de mis libros y me pidió que la analizara. Yo le respondí que no tenía tiempo pero me dijo que era mentira, porque siempre me veía caminando un par de horas por día. “¿Por qué no me analizás mientras caminamos?”, me propuso. Y acepté.



El escritor mantuvo una larga charla  en su casa de Belgrano.
-Vendrías a ser una suerte de psicólogo y preparador físico…
-Yo venía pensando en ese tema desde varios puntos de vista. Durante la mayor parte de su existencia, el ser humano fue nómade. Cuando se quedó quieto -hace muy poco tiempo- y estableció la agricultura y la ganadería, le surgieron tres problemas: se volvió obeso, codicioso y neurótico. El caminar es constitutivo del hombre y lo predispone de otra forma a hablar. Por otra parte, cuando Aristóteles funda la escuela peripatética concibe al conocimiento en el acto de caminar y conversar con sus discípulos. La caminata está completamente asociada al conocimiento. Y es lógico, porque es pensar en el mundo y no abstraerse y encerrarse. En un consultorio, vos encerrás al paciente y lo aislás de su medio. Esa privacidad tiene sentido en la medicina, porque el paciente se tiene que desvestir, pero en el psicoanálisis no. Por ahí una fobia te llevaría varios meses descubrirla, pero cuando salís a caminar con el paciente lo ves proceder, cómo cruza las calles, si se asusta con los perros y podés ver sus tendencias fóbicas. Es impresionante cómo los pacientes se pueden desembarazar de un montón de cosas con el sólo acto de caminar. Además de hacer ejercicio físico, la caminata libera una cantidad de endorfinas que facilitan muchísimo la conversación. En los días de lluvia prefiero cancelar la sesión; pierde sentido estar en el consultorio.
Es una metodología de terapia inédita que Andahazi llama “Psicódromo” y que recorre, entre otros paisajes del barrio, la avenida Melián y la Estación Coghlan. En el programa que integra en radio Mitre (Le doy mi palabra, conducido por Alfredo Leuco), los viernes desarrolla una sección en la que responde consultas de oyentes. Fobias, TOC, ataque de pánico, amor y matrimonio son algunos de los temas que más inquietan a los pacientes radiales. “Trato de reflexionar, desde la psicología, sobre cuestiones tan corrientes y extrañas a la vez. Los seres humanos somos entes bastante extraños”, dice.


La kryptonita de los políticos
Por último, la cuarta faceta que Andahazi despliega en El equilibrista es el sátiro político, un género literario casi en extinción que tuvo su apogeo con Caras y Caretas, Satiricón y Humor, entre otros clásicos editoriales. “Cleptopatra”, la arquitecta egipcia, y “Kirchnerstein” son algunos de los personajes creados entre la realidad y la fantasía. “La única forma de entender y afrontar la política en este país es desde el humor -sentencia-. Los políticos pueden soportar juicios, difamaciones y escraches, pero no toleran la sátira. Se perciben a sí mismos como próceres, creen que su destino es la gloria y la posteridad, pero cuando les mostrás lo que realmente son no lo soportan. Podés decirles que son corruptos, pero si te reís de ellos se descolocan. La kryptonita verde de los políticos es el humor y la sátira. Es una forma saludable de perderles el respeto”.

-En el libro planteas que el político argentino comparte la esencia del conquistador: el saqueo. ¿Estamos condenados a una dirigencia corrupta?
-Los primeros conquistadores que llegaron a América vinieron a saquear los templos con oro para llevarlo a España y creo que lamentablemente quedó instalada esa matriz. Los políticos, en vez de llevársela a España, se la llevan a su casa o a las Islas Seychelles. Afanan todo lo que pueden en cuatro años. Cuando ves que tiran bolsos por los muros de los conventos o la cantidad increíble de guita que están contando en La Rosadita, te das cuenta de que los tipos vienen a saquear. Dejan el campo completamente yermo.
-Cuando Macri asumió la presidencia prometió más transparencia, pero en su Gobierno también hay funcionarios con sospechas de corrupción. ¿Cómo lo evaluás?
-Yo veo que los grandes bolsones de corrupción que se instalaron en los últimos años están estallando por el aire. Todos los días vemos cómo están desguazando camiones con toneladas de droga. En este gobierno yo no conozco ningún acto de corrupción. No veo que haya un afán de corrupción, sino de terminar con las grandes mafias.
-¿Cómo analizás el escenario de cara a las elecciones legislativas? ¿Son tan trascendentes para el futuro del Gobierno y la ex presidenta?
-Son elecciones de medio término que no van a definir las presidenciales de 2019. Cuando perdió Scioli, Cristina estaba políticamente muerta. Pero el gran error del Gobierno fue dejar crecer al kirchnerismo para seguir polarizando. Me parece una puesta carente de sentido político a largo plazo, porque no se puede terminar con el peronismo. Está muy acendrado y tiene muchos años de construcción. Uno debería aspirar a un peronismo más democrático e institucional, alejado del chavismo y la efervescencia de Hebe de Bonafini. En vez de construir una oposición valiosa, el Gobierno apostó a jugar con fuego. En el libro planteo el afán de Durán Barba (asesor de Macri) por resucitar al monstruo. Y ahí lo tenés…
-¿Le ves posibilidades Cristina?
-La primera resistencia la tiene en el propio peronismo: es una presencia muy nociva.
-Hace unas semanas sufriste una amenaza en la puerta de tu casa, lo que te obligó a ponerle rejas por protección. La grieta a veces llega a límites extremos…
-Uno puede discutir y tener diferencias, pero esto va más allá. No hay que tomarlo con naturalidad. En los 70 ya viví la grieta en mi familia. Mi abuelo, militante comunista, padeció horrores el peronismo y mi abuela estuvo presa porque participaba de grupos de lectura.

-Para finalizar, hablemos un poco del barrio. Estás viviendo en Belgrano, una zona que te trae buenos recuerdos porque cerca de acá concebiste “El anatomista”.
-Me considero una persona bastante nómade. Nací y me crié en el Centro, era un chico de departamento. La primera vez que vine a vivir a Villa Urquiza fue a principios de los 90, en la calle Bucarelli, después de separarme de una novia que había tenido durante muchísimos años. Fui a la casa de un amigo y de verdad que esa sensación de libertad, de barrio bajo y de verde, para mí fue una revelación. Era un PH que tenía un patio propio y podía ver un poco de cielo. Sólo concebía la vida en el Centro, no sabía cómo era vivir en un barrio. Y me enamoré muy rápidamente de Villa Urquiza. Después volví a mis pagos, Callao y Corrientes, pero al tiempo me mudé a Olazábal y Cambatientes de Malvinas. Creo que es el único PH que quedó en la cuadra, porque antes eran todas casas bajas y ahora hay edificios tremendos. En Olazábal y Pacheco tenía el bar donde todas las mañanas desayunaba y escribí la mayor parte de El anatomista. Hace poco se representó Errante en la sombra en el Teatro 25 de Mayo, que queda a una cuadra y media de donde yo vivía. Ver mi obra en Villa Urquiza fue la consagración.
-Hasta hace un tiempo vivías en Villa Crespo y luego decidiste venir a Belgrano con tu mujer y tus dos hijos. ¿Qué te atrajo del barrio?
-Está muy protegido, no se puede construir en altura. Es como estar en Villa Urquiza. Estoy muy contento de haber vuelto y ahora sí ya es definitivo.
T. L

miércoles, 6 de septiembre de 2017

DE "EL EQUILIBRISTA" DE FEDERICO ANDAHAZI


Quiero compartir con vos un fragmento de “El equilibrista”, mi último libro, sobre la amistad.
Recuerdo a mi abuelo sentado en su sillón de lectura mirando en silencio su biblioteca vacía, semejante a los restos óseos de un animal entrañable que lo había acompañado toda la vida. Desde aquel triste 24 de marzo de 1976, cuando mi abuelo se vio obligado a quemar sus libros, decidió exiliarse en un mundo hecho de recuerdos y silencio a esperar la muerte.


Tengo todavía la memoria sensitiva de sus manos sarmentosas y sus brazos flacos cuando me alzaba y, mientras canturreaba un tango, me hacía girar abrazado contra su pecho lleno de huesos. Mis padres se habían separado cuando yo tenía unos pocos meses. Me crió mi madre, Juana, una mujer bella de ojos color turquesa y voz dulce. Mi madre me enseñó a amar a los libros antes de que yo aprendiera a leer. La recuerdo leyéndome sentada al borde de mi cama, mientras luchaba contra el sueño después de haber trabajado ocho horas tecleando una máquina de escribir en una oficina oscura en el Banco Industrial. Quería estirar lo máximo posible el breve tiempo que teníamos para estar juntos desde que ella llegaba del trabajo hasta la hora de dormir.
Mi madre era empleada bancaria porque no llegó a ser psicóloga. Había empezado la carrera con un promedio de 9, pero no pudo terminarla porque, sola como estaba para criarme, tuvo que dedicarse a trabajar. Jamás me hizo sentir remordimiento. Pero yo nunca lo pude evitar. Crecí sin conocer a mi padre. Era para mí un enigma.
Después de la desaparición de la biblioteca de mi abuelo nada volvió a ser igual. Una tarde me senté junto a él en el sillón para acompañarlo sin interrumpir su silencio. Me pasó una mano sobre el hombro mientras me hacía una caricia apenas perceptible en el brazo. Y así nos quedamos, el viejo y el niño, mirando la biblioteca sin hablar.
En los estantes inferiores habían quedado unos pocos fascículos, libros de arte y algunos volúmenes de poesía.
De pronto, ante ese vacío inconmensurable, se hizo visible un libro raquítico de lomo rojo. Fue el primer libro que me atreví a tocar después de aquel apocalipsis literario. Mi abuelo, al ver la escena, se levantó del sillón y se fue del living como si así me dijera: «los dejo solos».
Tomé el libro y me encontré con el nombre de un autor al que no conocía, pero cuyo apellido me era, literalmente, familiar. Era un pequeño volumen de poesía, cuyo autor era un tal Béla Andahazi-Kasnya. En la solapa había una foto en blanco y negro, muy difusa, en la que podía ver la frente alta y una expresión muy semejante a la mía. A partir de entonces, el enigma que me acompañó desde siempre tuvo una cara. Pero seguía siendo un misterio en el que no me atrevía a indagar. Pasaron muchos años. La adolescencia me llevó a transitar las librerías de la avenida Corrientes, los cines, los teatros y los cafés en los que se reunían los artistas sin obra.
Una noche, durante una de esas caminatas, descubrí un hombre parado en la esquina de Corrientes y Montevideo, en la puerta del Bar La Paz. Tenía una barba blanca y larga y sostenía una pipa entre los labios. No podría afirmar que se parecía al hombre de la foto en la solapa del libro. Habían pasado muchos años. Sin embargo, como si un elemento ancestral de la especie hablara a través de la sangre, supe que era él. Me detuve, tragué saliva, me planté frente a él y le pregunté:
—Perdón, ¿usted es Béla?
—Sí —me contestó con naturalidad.
—Mucho gusto…, soy Federico —le dije mientras le extendía la mano.


El hombre me miró por encima del marco de los anteojos y sin perder la calma, me preguntó: ¿Qué Federico?
Es muy difícil explicar quién es uno. Y mucho más, cuando quien está delante es el responsable, por no decir el culpable, de que uno sea uno.
—Su hijo …—le dije sin atreverme a tutearlo.
Entonces me dejó con la mano en el aire y me estrechó en un abrazo apretado. Sentí un sollozo ahogado. Me separó para examinarme de arriba abajo como si estuviera frente a un recién nacido. Y en algún sentido, así era.
Se enjugó los ojos, se llevó la mano al bolsillo interior del saco, extrajo una tarjeta y me la dio: Béla Andahazi-Kasnya, psicólogo.
—Te espero el lunes a las ocho de la noche en mi consultorio —me dijo. Luego se despidió rápidamente, entró en el bar y me dejó más solo que nunca. Fue el comienzo de una relación que, aún hoy, después de la muerte de mi padre, me cuesta definir. Nunca le pude decir papá. Ese hombre extraño, perdido en el mundo, extranjero en todas partes, no ha sido el mejor padre. Pero tal vez haya sido mi mejor amigo. Feliz día, querido amigo.

miércoles, 28 de junio de 2017

EN "EL ESPACIO MENTE ABIERTA"; FEDERICO ANDAHAZI


Con el poder, los escritores deben ser críticos
Más que adherir a una facción, conviene que los intelectuales se comprometan con la democracia y las instituciones
Federico Andahazi



La política y la literatura han mantenido a lo largo de la historia una relación cambiante que fluctuó entre la indiferencia y la pasión desesperada. La última vez que los argentinos asistimos a esa súbita mutación coincidió con el cambio de siglo. Durante los años 90, los escritores miraban la política con un aire de superioridad rayano en el desprecio. Pese a las diferencias latentes, estaban, en su gran mayoría, en la vereda de enfrente del menemismo y consideraban a De la Rúa no sin cierto cinismo. El contrato de los escritores era un acuerdo tácito con la academia o con los lectores, no con la política.
La crisis de 2001 no sólo detonó en las calles: el pequeño mundo literario se vio sacudido por el estallido social. La torre de marfil tembló hasta derrumbarse. Catorce años después, aquellos escritores infatuados que miraban el mundo desde arriba terminaron forcejeando torpemente en el barro, abrazados a personajes como Aníbal Fernández, Sergio Schoklender y, aunque desgarrados, a un indescifrable Daniel Scioli. Pero para comprender la cabal dimensión de esta relación entre las letras y la política hay que remontarse a sendos orígenes.
La literatura se inició como una actividad sagrada. Las escrituras cuneiformes de Asia Menor, los jeroglíficos egipcios, los papiros y los antiguos pergaminos son los más viejos testimonios de la relación que el hombre intentaba establecer con los dioses. Eran las modestas cartas que enviaban nuestros antepasados para obtener su atención, conseguir sus favores y rendirles pleitesía. El lector estaba cifrado en una de las tantas deidades.
La mitología griega nos presenta dioses más semejantes a los hombres, dioses con sentimientos ruines y pasiones humanas. Los griegos entendieron que si les bajaban el precio a los dioses podían discutir con ellos de igual a igual. No se trataba de elevar los escritos al cielo, sino de bajar los dioses al suelo.
El Antiguo Testamento encumbra el monoteísmo y condensa todos los dioses de la antigüedad en uno solo. El autor ya no es el hombre: es Dios quien le habla al pueblo elegido por boca de Moisés.
El cristianismo encarna a Dios en un hombre y, por primera vez, pone en la cima de las acciones y el pensamiento el amor. San Pablo universaliza el Verbo. El lector ahora es el hombre sin distinciones. Pero las grandes mayorías son ágrafas. Son los sacerdotes, entonces, quienes leen durante las liturgias.
En la Edad Media, los libros continúan siendo sagrados. La Biblia es "el" Libro, las Escrituras son manuscritos confeccionados en abadías. Los libros y la lectura están en manos de la Iglesia.
La invención de Gutenberg trastocó no sólo la naturaleza del libro, sino la del autor y el lector. Pese a que el primer libro impreso fue la Biblia, a partir de entonces la Iglesia perdió el patrimonio de la escritura, el libro se masificó, dejó de ser sagrado y se inauguró la literatura profana: en las famosas novelas de caballería, los grandes héroes son hombres excepcionales, pero hombres al fin. La lectura pasó a ser un elevado entretenimiento, un juego de ingenio, inventiva y desafío intelectual. Eran pocos quienes sabían leer. Esto le confirió a la literatura un halo de distinción y prestigio. Pasó de ser sagrada a ser exclusiva.
A partir del siglo XVII, con la Revolución Francesa primero y la Revolución Industrial más tarde, el héroe ya no será el ser excepcional, sino, al contrario, el hombre común puesto en un mundo regido por jueces y abogados tan comunes y pequeños como él. Pero con poder. La novela que mejor condensa esa pesadilla de intrascendencia tal vez sea El proceso, de Franz Kafka. El héroe, el autor y el lector por primera vez son la misma persona.
La democracia, en términos ideales, no es ni más ni menos que eso: el ascenso del hombre común que intenta crear su propia justicia, sus propias instituciones, sin la ayuda de los dioses, sin reyes ni hombres excepcionales que lo guíen en ese laberinto jurídico.
Pero, a poco de andar, el hombre común se hartó de sí mismo y renunció a sus conquistas. Resurgieron así las viejas ideas monárquicas en las tenebrosas figuras mesiánicas de Hitler, Mussolini, Franco y Stalin. Gran parte de los escritores se treparon al carro victorioso del autoritarismo en sus diversas caras.
La Argentina no fue diferente. Nuestros escritores fueron y volvieron de la sacralización al barro una y otra vez. Tuvimos escritores presidentes y escritores presidiarios. Nos fue mejor o peor, con independencia de la formación intelectual de tal o cual mandatario.
Más recientemente, en la senda del populismo resucitado por Ernesto Laclau y Sra., el kirchnerismo supo cómo cautivar a un sector de la cultura, pequeño pero ruidoso. Ese trabajo de seducción comenzó el mismo día que Néstor Kirchner abandonó el poder y declaró que iba a poner un bar literario. Ese bar, financiado con fondos públicos, se llamó Carta Abierta y funcionó en la histórica Biblioteca Nacional.
Existen tres tipos de escritores. Hay excelentes autores que gozan de prestigio y tienen una gran cantidad de lectores. Hay escritores mediocres seguidos por millones de lectores, y existe una tercera categoría en la que ningún escritor quisiera estar: los mediocres sin lectores. Las filas de Carta Abierta estaban integradas, mayormente, por esta tercera especie. Fervientes impulsores del populismo, eran capaces de defender a Carl Schmitt, jurista e intelectual al servicio de Hitler. Ricardo Forster no pasará a la historia por ninguno de sus escritos, sino por haber comandado la perversa Secretaría de Coordinación del Pensamiento Nacional. Promotores del fanatismo acrítico, impulsores del personalismo más genuflexo, llegaron a otorgarle a la letra K un significado cabalístico. Se daba, además, una paradoja: dueños de un barroquismo vacío, defendían con figuras pretendidamente poéticas a alguien que desconocía la metáfora y llamaba "pelotudo" a su más fiel servidor, lo mandada a buscar azúcar a las tierras de un curioso mono hermafrodita o aconsejaba al propio presidente de su partido que se suturara el centro mismo de las posaderas.
Hacia el fin de la última campaña presidencial, un grupo de intelectuales decidió acompañar la candidatura de Mauricio Macri. Cada uno tuvo sus propias y diversas razones. No se trata de un grupo de "militantes". Ni siquiera de un "grupo". Son escritores de muy diferentes extracciones políticas, sociales e intelectuales. Personas que no son fanáticas ni incondicionales; al contrario, son críticas y ponen condiciones: la transparencia y el derecho a disentir. No están dispuestas a escuchar y obedecer como vasallos, ni justificarían jamás la corrupción ni el autoritarismo del poder. Un grupo de intelectuales comprometidos no con una facción, sino con una utopía: la de fortalecer las instituciones sin esperar la aparición del líder excepcional. Ya bastante hemos padecido los mesianismos que, en nombre de un destino de grandeza, nos han llevado, una y otra vez, al mismo fracaso.
Escritor. Su último libro es El equilibrista

sábado, 20 de mayo de 2017

CUENTO DE "EL OFICIO DE LOS SANTOS"


EL DOLMEN
(Por Federico Andahazi)





Mientras los ingleses protestantes y los irlandeses católicos se mataban sin tregua ni piedad en el Reino Unido, cinco mil millas al sur la Real Armada hacía del buque Manuel Belgrano una brasa crepitante que hervía las aguas heladas al hundirse de culo hacia el fondo del Atlántico.

Aquel mismo año, Segundo Manuel Rattaghan se presentó como voluntario a las reservas del ejército con un único y secreto propósito. Dos días después, Rattaghan era un recluta rapado, aturdido y metido en un uniforme de soldado raso dos números mayor que su exiguo talle. Le colgaron una mochila a los hombros, y, junto con otros diez y nueve hombres, lo arriaron hasta un Unimog desvencijado, lo bajaron en la base aérea del Palomar, lo hicieron subir por el trasero abierto en flor de un Hércules y, al día siguiente, lo bajaron en el flamante Puerto Argentino.

La división de voluntarios que integraba Segundo Rattaghan estaba a cargo del teniente Severino Sosa, un correntino semianalfabeto y aterrado que, hasta entonces, suponía que la guerra consistía en torturar y matar prisioneros maniatados y quebrados, secuestrar mujeres y saquear casas de civiles desarmados. Pero ahora, en aquel compás de espera, bajo la amenaza lenta pero segura del arribo de un enemigo que habría de llegar desde el cielo y el mar, no podía evitar un terror que le vaciaba las tripas. Su tropa tenía la misión de llegar por tierra hasta Ganso Verde y a su paso minar toda la franja de playa de punta a punta. En Ganso Verde se unirían a otra división y avanzarían hasta la orilla de la Gran Malvina, dónde tenían que cavar las trincheras para resistir el desembarco enemigo.

El soldado Rattaghan no hablaba con nadie. No parecía mostrar ninguna preocupación ante la llegada del enemigo. Se diría que la inminencia de la guerra lo tenía sin el menor cuidado. No mostraba signos de frío ni de hambre ni de miedo, ni siquiera de tedio durante aquellas eternas horas muertas de la espera. Podía adivinarse que su propósito era otro. Que había llegado a Malvinas para librar su propia guerra.

El teniente Severino Sosa había encontrado que, para morigerar el miedo propio e infundirse ánimos, tenía que mantener a la tropa permanentemente aterrada con gritos, amenazas y humillaciones. El teniente no podía tolerar la pasmosa tranquilidad del soldado Segundo Rattaghan. Miraba a su subordinado con una mezcla de aprensión, recelo y cierto temor que se resumía en un desprecio que pronto habría de desaguar en odio. No hubiese habido forma de hacerle entender al teniente que aquel apellido no era inglés, sino irlandés y que un irlandés -o su descendencia- era una entidad completamente diferente la de un inglés. Por añadidura, a último momento, el teniente había sido notificado por la comandancia de que el voluntario Rattaghan tenía un hermano mayor cuyo paradero aquella misma comandancia decía desconocer, aunque se presumía -según un parte del ministerio- que su denunciada desaparición había sido voluntaria y ahora, quizá, se hallara en el exterior o, quién sabe, tal vez hubiera sido muerto por sus propios camaradas de armas marxistas-leninistas. Lo cierto es que el soldado Rattaghan había presenciado, siete años antes, cómo su hermano había sido sacado de su cuarto, arrastrado por los pelos escaleras abajo hasta la calle y molido a patadas por incontables borceguíes iguales a los que él mismo ahora llevaba puestos y así, medio muerto y a la rastra, lo habían tirado sobre la caja de un Unimog idéntico al que había transportado al soldado Rattaghan a la base aérea. Desde entonces, jamás volvió a ver a su hermano mayor.

El segundo día de espera y para ilustrar a la tropa de cómo se procedía con aquellos que contravinieran órdenes, el teniente hizo formar a la tropa delante de las trincheras y, hecho una hiena, furioso y vociferante, a ver manga de putas, pedazos de mierda, decía, pronto vamos a tener visitas, decía, vamos a ver, imbéciles, cómo se trata a un inglés y entonces, con una rama que usaba como bastón, señaló al soldado Rattaghan y ladró, a ver, Rata, rata inglesa hija de puta, al frente. El soldado Rattaghan avanzó un paso. Entonces Severino Sosa ordenó que lo estaquearan. Crucificado el soldado contra la nieve, el teniente se encargó de sujetar los nudos atados a sus muñecas hasta que la soga se metió en la carne. Rattaghan no despegaba la vista de los ojos de su superior y aun cuando el sisal había empezado a teñirse de rojo, el soldado no había siquiera lanzado un gemido. Permaneció crucificado por el término de doce horas.

Si faltaba una lata de conservas, el ladrón había sido el soldado Rattaghan; si se oía un murmullo cuando el teniente había ordenado silencio, el soldado Rattaghan había sido el contraventor y si llovía o, peor, nevaba, la culpa era, desde luego, de Rattaghan. En una ocasión desapareció una barra de chocolate que el teniente se tenía reservada para sí. Severino Sosa hizo formar a la tropa y se encaminó derecho al soldado Rattaghan.

-Rata inmunda -le dijo-, abra la boca.

Entonces toda la tropa pudo ver cómo Severino Sosa le arrancaba los dos incisivos superiores con una tenaza de sacar clavos y los guardaba, a guisa de trofeo, en un bolsillo de la chaqueta. El soldado Segundo Manuel Rattaghan, sangrante, tembloroso pero erguido, no emitió siquiera una queja. De no haber tenido un único, secreto e inquebrantable propósito, se hubiese desmayado del dolor. En otra oportunidad, el teniente notó que faltaba un atado de los habanitos que acostumbraba a fumar. Entonces decidió usar como cenicero al soldado Rattaghan: uno por uno, apagó los trece cigarros que se fumó en el día, en los huevos de su subordinado.

Al quinto día, desde el fondo del horizonte, se escuchó un tronar creciente, apocalíptico. Una formación de Harriers, poco menos, afeitó las nucas de los soldados. Inmediatamente después sobrevino un destello cadmio que encegueció al soldado Rattaghan. Fue una explosión cuyo estruendo fue tal que ni siquiera la oyó; el soldado Rattaghan voló, literalmente, a una distancia de sesenta metros. Intentó ponerse de pie pero no pudo. Estaba sordo y completamente ciego. Conforme fue recuperando la visión, pudo descubrir el panorama más aterrador que jamás hubiera visto: desparramados alrededor de un cráter todavía incandescente, yacían, desmembrados y humeantes, los restos de sus compañeros. A pesar de que había perdido toda noción de tiempo y espacio -la conmoción fue tal que tuvo que hacer esfuerzos para recordar su propio nombre- no olvidó cuál era su propósito, en ese lugar que ahora ni siquiera reconocía. Rattaghan se arrastró apoyado sobre los codos, buscando quién sabe qué. Se acercó hasta un obús retorcido que brillaba como una brasa y ahí, al calor de aquella hoguera metálica, intentó recuperar aliento. Tenía una necesidad de dormir como nunca antes había experimentado. Entonces tuvo la certeza de que aquello no era sueño, sino el dulce arrullo que precede a la muerte. De no haber tenido un único y secreto propósito hubiese cedido a la tentación del sueño fatal.

El soldado Rattaghan no hubiera podido precisar con cuántos cadáveres se topó en su marcha reptil hacia ninguna parte. Se había arrastrado en círculos. De pronto supo qué era, en verdad, lo que buscaba. Buscó en las caras desfiguradas y en los miembros desperdigados, buscó en los uniformes, reptando, siempre reptando, buscó en las formas de las mochilas y de los pertrechos, entre la nieve y revolviendo la chatarra de los restos de los armamentos; como un perro, elevó la nariz hacia el cielo y buscó en el olor del aire. Fue un ruido sutilísimo. Un suspiro. Entonces giró la cabeza y pudo ver un temblor finísimo en la nieve. Como un lagarto, corrió hacia aquel promontorio palpitante y hurgó en la escarcha con la yema -ya insensible- de los dedos; tocó un borceguí; giró sobre su eje ventral y cavó con ambas manos hasta tocar una barbilla pétrea. Entonces pudo descubrir que aquello era su teniente, Severino Sosa. Por primera vez desde su llegada a Malvinas, rió. Rió como jamás se había reído. Enterrado como estaba su teniente, le cacheteó las mejillas y, cegado por la fiebre y el dolor, le dijo sin dejar de reírse, miráme hijo de puta y entonces, el soldado Rattaghan se levantó el labio y le mostró las cuencas vacías de los dientes que le había arrancado el día anterior y miráme hijo de puta, le gritó y le enseñaba las muñecas llagadas por el sisal de la cuerda con la que lo había estaqueado la tarde anterior y miráme hijo de puta, le decía sin dejar de reírse, a la vez que le abría los párpados yermos para que le viera los huevos escaldados. De no haber tenido un único y secreto propósito, lo habría matado ahí mismo. El soldado raso Rattaghan tomó a Severino por las axilas y arrastrándose con los codos y las rodillas, lo desenterró por completo. Lo sentó sobre un peñasco y, sosteniéndole la cabeza por los pelos, le dijo, no te vas a morir ahora hijo de puta, ahora no. El teniente se desplomó sobre sus propias rodillas. Severino Sosa se moría. Lo volvió a recostar, se llenó los pulmones con aquel aire filoso, le tapó las nariz y, labio contra labio, le dio de su propio aire para que respirara.

El soldado Rattaghan llenó una mochila con los víveres diseminados, improvisó una camilla hecha de trapos y madera sobre la cual recostó a Severino Sosa, se cruzó el FAL sobre el pecho y, como un perro de tiro, emprendió el descenso de aquel monte. Había caminado desde que el sol era una mancha difusa sobre el horizonte hasta que se clavó en medio de la bóveda plomiza del cielo. Caminaba entre las montañas sin saber adónde. Estaba completamente perdido.

En el límite de sus fuerzas y cuando suponía que no podía dar un paso más, el soldado Rattaghan pudo ver una delgada columna de humo blanco en la ladera de una montaña; no era -se dijo- el vestigio de un bombardeo. Se acercó cautelosamente y entonces distinguió una breve chimenea de caño. Volvió a levantar el precario palanquín sobre el cual yacía el teniente y emprendió nuevamente la marcha. Cuando faltaban no más de diez pasos para llegar a la casa, exhausto, desfalleciente y casi congelado, el soldado Rattaghan se desmoronó.



Cuando abrió los ojos tuvo la alucinatoria certeza de que se encontraba en su casa. El soldado Rattaghan miró en derredor. Sobre la mesa de luz junto a la cama, pudo ver una imagen de Santa Brígida igual a la que tenía su madre en el dormitorio. Más allá, sobre una repisa hecha de listones, descansaba una Biblia en inglés y, en otro estante, pudo leer los lomos de otros libros ordenados sin demasiado criterio. Había obras de Joyce y de Yeats, de Synge y de Burke, de Goldsmith, de Swift y unos volúmenes de lomos marrones e ilegibles. Hubiera jurado que era la biblioteca de su hermano. Desde su perspectiva, sobre su cabeza, el soldado Rattaghan pudo ver la cruz invertida de un rosario celta. Era cierto -se dijo- que aquel techo de listones de madera tibia y hospitalaria no era el de su casa. Pero lo que le hacía suponer que todo aquello no era más que un desvarío, era el hecho de que estaba escuchando una vieja canción irlandesa en idioma gaélico que únicamente le había escuchado cantar a su abuelo. Se incorporó sobre los codos y entonces comprobó que estaba sobre una cama. Más allá, un hombre alimentaba una salamandra sobre cuyo crisol se cocinaba un guiso. Era un viejo que presentaba el porte de un dolmen: gigante, erguido y de una indiferencia que se diría pétrea. Tenía el pelo blanco recogido en una cola de caballo y unos ojos azules enmarcados en unas lentes montadas al aire sobre el puente y las patillas de oro. Llevaba un inadecuado sobretodo negro y bastante raído, largo hasta los tobillos, que le confería una apariencia cuáquera. Siguió los movimientos de aquel hombre enorme. Adonde iba, llevaba consigo un vaso repleto de whisky. Sin quitar la vista del fuego que ardía en la salamandra, el viejo musitó en un español sinuoso pero decidido:

-Puede llamarse afortunado. Apenas tiene una luxación en los hombros y las rodillas, dos falanges quebradas, una costilla fisurada, el tabique de la nariz roto y unos cuantos raspones. Mi nombre es Sean Flanaghan.

El soldado Rattaghan se contempló cuán largo era y, sólo entonces, pudo comprobar que estaba casi por completo entablillado.

-En cuanto a su compañero, soy menos optimista -dijo el viejo señalando a la derecha de Rattaghan.

El soldado giró la cabeza y, por sobre el promontorio de la almohada, pudo ver otra cama paralela donde yacía moribundo Severino Sosa. Tenía vendada la cabeza hasta las cejas, ambos brazos entablillados y la pierna derecha afirmada oblicua sobre la piecera de la cama. Estaba destrozado.

-Lo que ve no es nada, el problema son las hemorragias internas.

El viejo se puso de pie y caminó hasta el soldado Rattaghan. Se sentó en el borde de la cama y le abrió la boca, examinando el lugar vacante de los incisivos superiores.

-Éstas no son heridas de guerra -musitó como para sí mientras le mojaba las encías con whisky -. Tampoco éstas -dijo a la vez que le examinaba las quemaduras de los testículos -esto parece más bien un cenicero.

El soldado Rattaghan bajó la vista. El viejo se levantó y caminó hasta la cama improvisada donde yacía el teniente. Lo señaló con la botella y preguntó:

-¿Fue él?

El soldado negó sin mirar a su interlocutor. El viejo se rascó la cabeza y musitó en inglés un "no comprendo". Fue hasta la salamandra y volvió frotándose el mentón.

- Fue él -afirmó, mirando por primera vez a los ojos del soldado. Rattaghan volvió a negar con la cabeza. El viejo se bebió el vaso de whisky de un solo sorbo, caminó hasta la mesa de luz, tomó algo del interior del cajón, exhibió su puño cerrado frente a las rotas narices del soldado y abrió suavemente la mano. Entonces Rattaghan pudo ver sus dos dientes.

-Estaban en el bolsillo de la chaqueta de su amigo y creo que le pertenecen a usted.

Luego le mostró uno de los habanitos que había encontrado en las ropas del teniente, cuyo diámetro coincidía exactamente con las quemaduras que el soldado presentaba en la piel.

Sean Flanaghan fue hasta el fondo del cuarto hasta donde no llegaba la luz que brotaba del crisol abierto de la salamandra y regresó de la penumbra con un rifle de doble caño. Lo cargó con sendas balas, se acercó al teniente, apoyó los caños en la frente de Severino Sosa, amartilló y, en el mismo momento que estaba por disparar, escuchó el alarido del soldado Rattaghan.

-¡No! Por favor, le suplico que no lo haga.

El viejo miró al soldado con una mezcla de asombro y fastidio.

-¿Por qué no? -preguntó con la mayor naturalidad.

Entonces el soldado Rattaghan habló. Le contó lo que jamás había dicho a nadie. Le habló en un inglés clarísimo. Le explicó por qué no podía matarlo y cuál era su propósito en aquella guerra. Primero le contó que su abuelo había nacido en Belfast, que muy joven llegó a la Argentina, que su padre había sido casero de la estancia de los Anchorena, que la abuela había sido institutriz; le habló acerca de su madre y de la imagen de Santa Brígida, igual a la que ahora descansaba sobre su mesa de luz. Y le dijo, también, que había tenido un hermano. Entonces volvió a tomar aliento y habló. Le habló de su hermano mayor, le dijo que se llamaba Patricio, Patricio Rattaghan, que también leía a Joyce y Yeats, a Synge y a Burke, a Goldsmith, a Swift y a otro irlandés que era en realidad argentino, Rodolfo Walsh, que también su hermano escribía y entonces le recitó una poesía, podía recitar todo el libro, le contó que una noche de julio de 1976 un camión del ejército se estacionó en la puerta de su casa, que se bajaron diez hombres armados y se lo llevaron a la rastra, que lo molieron a patadas, que él, Segundo Manuel Rattaghan, escondido tras la puerta, tuvo pánico, que no entendía nada, que, literalmente se cagó de miedo, que, a través de sus ojos infantiles, había visto todo y que jamás se perdonó no haber hecho nada, que nunca más lo volvió a ver. Le dijo que lo torturaba el hecho de que, con el paso de los años, se iba borrando de su memoria la cara de su hermano, pero que había un rostro que jamás había olvidado, que desde aquel día se le aparecía todos los días como un mal pensamiento, como una mosca pertinaz, le dijo que nunca había olvidado el rostro de aquel que daba las órdenes cuando se llevaron a su hermano. Le contó que, desde entonces, no había hecho más que buscar esa cara. En los subtes, en lo colectivos, entre los transeúntes, en todas partes, hasta que un buen día vio aquel rostro en la televisión, en una nota que les hacían a los heroicos soldados del batallón 63.3 que habían sido los primeros en pisar las islas recuperadas, entonces aquel rostro no pudo sustraerse al hambre de gloria y dijo su nombre mirando a cámara: Teniente Severino Sosa. Fue cuando él, Segundo Manuel Rattaghan, decidió presentarse como voluntario al batallón 63.3. Entonces, señalando al hombre que yacía a su lado, le dijo al viejo:

-Él secuestró a mi hermano.

Cuando el soldado Rattaghan hubo terminado de hablar, el viejo lo miró a los ojos y se quedó en silencio. Asintió, se bebió el contenido del vaso de un solo sorbo, se puso de pie. Fue y vino y, finalmente, habló:

-Entiendo su punto de vista, pero si le interesa saber lo que pienso, opino que hay que matarlo ahora.

Antes de que Rattaghan pudiese responder, Sean Flanaghan se sentó en la cama junto al soldado y le contó qué hacía un irlandés en el fin del mundo. Desde el mar llegaban las explosiones remotas de los bombardeos y los vuelos de los Harriers. Por primera vez el viejo pudo comprobar que no estaba contemplando a un soldado, sino a un niño. Le acercó un vaso, sirvió whisky -primero en su vaso, después en el de su huésped- y con el fusil sobre el regazo, se lo bebió de un solo sorbo, interpuso un interminable eructo y empezó a hablar. Fue escueto. Era como si hablara con su vaso, o más bien con el contenido, porque cada vez que se vaciaba, guardaba silencio y retomaba su soliloquio solo cuando volvía a llenarlo. Contó que había nacido en Belfast, que a los veintiséis años se casó con una enfermera, la dueña del culo más espléndido de Irlanda y que al año siguiente nació su hijo, James; que eran católicos militantes, que integró distintos grupos políticos, que se había opuesto a la radicalización de la lucha, que había estado preso durante cinco años, que una noche volvió a su casa y se encontró con que ya no tenía casa, que una bomba del LVF había volado el edificio. Que la dueña del culo más espléndido de Belfast era una entidad calcinada a la que ni siquiera pudo reconocer, que su pequeño hijo, James... el viejo iba a seguir hablando pero no pudo. Aquel gigante de ojos transparentes, aquel dolmen enorme e inexpresivo, se incorporó y se refugió en el ángulo del cuarto adonde no llegaba la luz de la salamandra. El soldado Rattaghan pudo escuchar un llanto apagado por el pudor y el desconsuelo. Eso fue todo lo que dijo.

Luego comieron en silencio. Antes de irse a dormir, Sean Flanaghan repitió:

-Si quiere saber mi opinión, pienso que hay matarlo. Eso no es un semejante.

A la medianoche, el soldado Rattaghan se despertó sobresaltado. Hubiera jurado que percibió un ruido, un movimiento brusco proveniente de la cama donde yacía Severino Sosa. Se incorporó un poco y vio que el teniente permanecía en la misma, exacta e idéntica posición que antes. Sin embargo, en la semi penumbra, creyó ver un levísimo cambio en el rictus del teniente. Con enormes dificultades, el soldado Rattaghan se puso de pie. Le dolía hasta el pelo. Caminó hasta la cama vecina. Había algo diferente, aunque no podía precisar qué. De pronto lo sobrecogió la idea de que Severino Sosa hubiese muerto. Posó su índice sobre la carótida de su superior y entonces respiró tranquilo: su corazón latía sereno, acompasado. Rattaghan volvió a acostarse no sin cierta inexplicable desazón. Se le cruzó la absurda ocurrencia de que el teniente no sólo se había movido, sino que, en algún momento se había levantado. No, hubiese sido imposible, pensó. Se disuadió de la idea y se dispuso a dormir. Estaba por conciliar el sueño cuando escuchó que decían su nombre. Era la voz inconfundible del Teniente Severino Sosa. Se le congeló la sangre.

-Soldado Rattaghan -repitió la voz.

Segundo Manuel Rattaghan se levantó como un resorte y corrió a despertar al viejo. Sean Flanaghan fue por la botella de whisky, se calzó los lentes y una manta por encima de los hombros, caminó hasta el camastro del teniente y lo examinó. Por detrás de su hombro, Rattaghan asomaba su pánico.

-Este hombre se está muriendo -fue el veredicto del viejo.

-Agua, por favor, agua -suplicó Severino Sosa.

Sean Flanaghan trajo un cucharón con agua y, en el mismo momento en que estaba por apoyarlo sobre los labios del teniente, el soldado Rattaghan, tomó la mano del viejo y la alejó de la boca reseca de Severino Sosa. Se acercó a su oído y le susurró: ahora, hijo de puta, me vas a decir qué hiciste con mi hermano. El teniente no hacía más que implorar por agua. Rattaghan exhibía ahora el cucharón frente a los ojos del teniente y le repetía, decime, hijo de puta, qué hiciste con mi hermano. La proximidad del cucharón parecía devolverlo a la realidad. Por fin dijo:

-No sé de qué me habla, soldado.

Había dicho esto último con un sino de sarcasmo que se traslució en una sonrisa imperceptible, involuntaria. El soldado Rattaghan tuvo la inmediata certeza de que el teniente no sólo sabía de qué le hablaba, sino que sabía de quién le hablaba. Siempre lo supo. Ese era el motivo del odio que le prodigaba desde el día en que lo vio, desde el momento en que escuchó el apellido Rattaghan. Siempre supo que era el hermano de su víctima. Entonces, Segundo Manuel Rattaghan tomó una resolución: lo iba a torturar hasta que hablara. Se acercó a la salamandra y puso a calentar en el crisol el fierro del atizador. El viejo se había sentado en la mecedora y bebía indiferente. El hierro pasó de negro a rojo y de rojo a blanco. Rattaghan lo retiró y lo acerco a la cara del teniente, me vas decir, hijo de puta, qué hicieron con mi hermano. Severino Sosa no hacía más que negar todos los cargos y pedir agua. Conforme se encolerizaba, el soldado Rattaghan, en la misma proporción, descubría que era incapaz de torturar. Ni sabía cómo se hacía ni podría hacerlo aunque supiera. Lloró de impotencia.

-Yo podría hacerlo por usted -dijo el viejo sin mirarlo- pero esta es su guerra.

Derrotado por su misma ineptitud, Rattaghan dejó el atizador en su lugar. Entonces Severino Sosa, con una voz inédita, afable y calma, empezó a hablar. Voy a decirle, soldado qué fue de su hermano, pero antes quiero agradecerle que me haya salvado la vida. El corazón de Rattaghan se sobresaltó primero y luego latió con ansiedad. El viejo se incorporó sobresaltado por una inquietud indecible. Le voy a decir qué pasó con su hermano, siguió diciendo el teniente, pero quiero que sepa que jamás voy a olvidar que si no hubiera sido por usted, soldado, ahora yo estaría muerto. El viejo buscaba algo desesperadamente. Soldado, voy a decirle de una vez qué fue de su hermano, pero antes quiero que sepa que estoy en deuda con usted; sucede, dijo, que odio tener deudas, entonces sacó el brazo por debajo de las cobijas y extrajo el rifle de doble caño del viejo, levantó el arma y apuntando al pecho de Segundo Manuel Rattaghan dijo: esto fue lo que pasó con su hermano, entonces disparó. En el mismo momento en que Sean Flanaghan corría hacia el soldado, Severino Sosa volvió a disparar al centro de los ojos del viejo. Cayó como lo hiciera un dolmen, sin quebrarse, sin emitir una sola queja.



martes, 16 de mayo de 2017

LECTURA RECOMENDADA PARA NO PERDER LA MEMORIA


Farándula y Poder. Un capítuo de "Pecadores y pecadoras" para compartir:






SEXO Y HUMO
Durante la década del noventa, la frivolidad, el desfile de vanidades y la farandulización de la política no surgieron sólo como meros rasgos de personalidad de los protagonistas de aquella época; en realidad, todo era parte del guión, el decorado y la puesta en escena montada para esconder la tragedia que tenía lugar fuera de aquel teatro ilusorio que mostraban las revistas y la televisión. Pero los actores terminaron creyéndose los papeles que interpretaban. Uno de los más fervientes apólogos del gobierno de Carlos Menem, Bernardo Neustadt, sin ocultar su xenofobia elemental, llegó a decir del Presidente: “Lo veo alto, rubio y de ojos celestes”.
Más allá de dejar en evidencia su gustos personales, Neustadt supo poner en palabras aquella inexplicable atracción que ejercía Menem en las clases altas, tradicionalmente alérgicas a todo lo que proviniera del peronismo. Aquel personaje patilludo, de tez morisca, ascendencia sirio-libanesa, estatura insignificante, carente del encanto de la “gente como uno” al que tanto había fustigado Neustadt antes de su asunción, interpretaba de pronto el papel del galán. Por supuesto, los distinguidos miembros de la Sociedad Rural, la Unión Industrial y las demás corporaciones nacionales y multinacionales estaban dispuestos a creer en su patética actuación mientras no dejara de regalarles el patrimonio público a manos llenas. Aplaudían a rabiar cada paso de comedia, festejaban con carcajadas la trama de enredos que se representaba día y noche. Igual que Charles Chaplin, Menem podía interpretar distintos personajes: Carlitos aviador, Carlitos futbolista, Carlitos jugador de golf, Carlitos corredor, Carlitos amante latino e incluso, Carlitos presidente.
Detrás de aquella cortina de humo de cigarros y burbujas de champagne, mientras las revistas del corazón hablaban del romance del presidente con tal o cual funcionaria, en ese exacto momento se cerraba una fábrica. A la vez que los programas de chimentos revelaban un nuevo affaire, Menem ejecutaba la máxima "ramal que para, ramal que cierra" hasta dejar la red ferroviaria virtualmente desmantelada. Mientras se mentaban las proezas sexuales del dueño del harén, se rifaba cada día una empresa pública. Al mismo tiempo que se rumoreaba sobre las dimensiones del aparato reproductivo del presidente, se reducía cada vez más del aparato productivo de la Nación.
Prostitutas de diferente pelaje se hacían pasar por damas honorables que caían muertas de amor a los pies del primer mandatario. Por supuesto, todas cobraban formidables honorarios a cuenta del erario público. Fiel a su ascendente musulmán, de acuerdo con las crónicas de la época, al presidente no le alcanzaba con una sola mujer para sus lances sexuales y solía reprender a su secretario personal, Ramón Hernández, cuando éste no le llevaba a los aposentos presidenciales al menos dos mujeres.
En este punto se impone hacer un repaso sumario sobre las relaciones permanentes entre la farándula y el poder. Hemos examinado ampliamente estos vínculos durante las dos primeras presidencias de Juan Domingo Perón, señalando que la propia Evita pertenecía al mundo del cine, el teatro y la radionovela. En todas las épocas el mundo artístico se ha dividido, poniéndose en una u otra vereda. Ya para abrigarse al calor del poder, ya por auténtica convicción, actores, cantantes, deportistas, periodistas o escritores gozaron de la protección de los distintos gobiernos o, al contrario, padecieron la indiferencia cuando no la persecución y la censura. Muchos se las han compuesto para ensayar complejas piruetas y caer parados ante todos lo gobiernos de turno. Lo cierto es que, desde siempre, ha existido una relación de conveniencia mutua entre la farándula y el poder. Mientras Niní Marshall y Libertad Lamarque, opuestas al peronismo, tuvieron que exiliarse durante la época del primer justicialismo, Fanny Navarro y Hugo del Carril vivieron su momento de esplendor bajo el ala del gobierno. En las épocas oscuras y nefastas de la peor dictadura militar, a la vez que centenares de artistas eran desaparecidos, asesinados o expulsados al exilio, otras y otros mantenían “relaciones carnales” con los usurpadores del poder. Documentos desclasificados de los servicios secretos chilenos en el año 2000, pusieron al descubierto las relaciones entre Massera y cierta actriz de dilatada trayectoria. Un fragmento del informe redactado en 1978, decía:
Sobre más antecedentes de Graciela Alfano, actual amante de Massera, puedo informar que ésta es actriz y modelo. Está con Massera aproximadamente desde hace 6 meses. Últimamente se ha sabido de costosos regalos que fueron hechos (departamento, pieles, joyas, etc.). (...) Anteriormente Massera tenía como amante a una modelo publicitaria, que hacía la propaganda de los cigarrillos Jockey Club. Más antecedentes sobre la Alfano enviaré oportunamente.
En su defensa, la actriz desmintió el informe y en un programa de televisión declaró:
Fui parte de la Resistencia Peronista en los setenta. Una vez, militando, tuvimos que escaparnos, yo tuve que dormir en un baño de mujeres. En ese entonces mi libreta se perdió y la encontró un policía. Un profesor mío, hoy desaparecido, me salvó jurando y rejurando que yo había estado en su clase, sino hubiese sido una desaparecida.
Acaso la actriz haya confundido la Resistencia Peronista, creada en realidad en el segundo lustro de los años cincuenta, con los Comandos Azules, película de 1979, que era una burda propaganda de la dictadura militar en la que sus compañeros de “militancia” llevaban los alias de Tiburón, Delfín y Mojarrita.
Sin embargo, la actriz tuvo oportunidad de reivindicarse finalmente con el peronismo en la década del noventa. Por entonces, en 1993, se dejó fotografiar con el presidente Menem en un palco del teatro Colón y, en otra oportunidad, fueron capturados por la cámara tomados de la mano. Ambas fotos, según ella misma declaró, le causaron un gran problema ya que debió darle explicaciones a su marido de entones, el empresario Enrique Cappozzolo, y a sus hijos: “Con Quique vivimos momentos muy violentos, violentísimos… fue muy duro y triste para nuestros hijos presenciar esas escenas”.
Sin embargo, el pesar le duró menos que su improbable paso por la Resistencia Peronista. En otras declaraciones, dijo a propósito de las críticas que despertaron sus fotos con Menem: “Muchas me criticaron pero de envidia, porque más de una señora respetuosa o de imagen se moriría por estar en esa foto, más de una de esas mujeres empujó a cuanta persona estaba delante para salir al lado del presidente”.
Más allá del honor que para ella significó su foto con Menem, muchos pagarían por tener una fotografía de Graciela Alfano junto a los combativos Gustavo Rearte, Felipe Vallese o el mismo John William Cooke en el novelesco paso de la diva por la Resistencia Peronista ejerciendo la lucha armada urbana. Aunque tal vez Graciela Alfano también confundió a los célebres fundadores de la Juventud Peronista con sus compañeros de Los superagentes contra los fantasmas, película que filmó junto a Julio De Grazia y Víctor Bó.
A propósito de los vínculos de diversas actrices y vedettes con los funestos personajes que ocuparon el poder durante el último gobierno militar, la presidente de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, en medio de una polémica sobre la inseguridad, declaró:
¿Cuál es nuestra seguridad con estas vedettes, que son más putas que vedettes, que se atreven a hablar de derechos humanos cuando bailaron y se acostaron con todos los represores? (…) En vez de cabeza tienen un maní, lo único que tienen son tetas y no son de ellas.
La respuesta de una las aludidas, Moria Casán, no tardó en llegar:
A mi me divierte cuando llaman putas… (…)… yo no tuve ninguna relación con militares, sólo con mi padre que era militar. (…) A mí me hubiese gustado tener un hijo que sea militar. Militar y puto, porque si tenía un hijo, de esta madre no puede salir otra cosa. (…) Yo no tuve amantes militares.
Igual que Graciela Alfano, Moria Casán tuvo su época de esplendor durante la dictadura militar; la mayor parte de las películas en las que trabajó –doce de veinte- se filmó durante aquel período. Sin embargo, la llegada de la democracia la encontró cerca del flamante presidente Raúl Alfonsín. De la noche a la mañana, la diva que jamás disimuló su simpatía por los militares, se convirtió en la imagen voluptuosa de la República. Por entonces conducía un programa televisivo nocturno, A la cama con Moria, en el que entrevistaba a encumbrados políticos bajo las cobijas de un barroco lecho escenográfico, mientras con voz de impostada sensualidad, acercaba su siliconado escote a la cara trémula del invitado. Así como admitió haberse sacado varias fotos con los militares, en épocas de Alfonsín posaba frente a las cámaras con una bandera radical y declaraba su admiración por el presidente. Tras el triunfo de la UCR el 30 de octubre de 1983, la vedette se mostró en los festejos populares con una banda roja y blanca que le cruzaba el prominente busto. Cuando el ex mandatario falleció, Moria Casán se deshizo en palabras de halago:
Alfonsín era un gran amigo de mi primer marido, el papá de Sofía, Mario Castiglione. Era el padrino de uno de sus hijos, estuvo en el bautismo y Mario hasta le puso Raúl Ricardo en su honor. Sus hijos han venido a casa… Sentí que se iba alguien de la familia, un hombre que nos había dado una alegría enorme.
Sin embargo, la lealtad al radicalismo habría de durar lo mismo que el mandato de Alfonsín. Al asumir Carlos Menem, se reveló como una ferviente simpatizante y amiga del riojano. A punto tal que hizo renacer su dormida pasión por la política y, años más tarde, decidió postularse como candidata a diputada por una lista que acompañaba el relanzamiento nacional de Menem. Para justificar su incursión, sacó a relucir una vieja nota de la revista Gente de 1987 en la que aparecía posando en la Cámara Baja proclamando:
Señores diputados: ¿Qué tiene la Cicciolina que no tenga yo? (…) Que la Cicciolina, que es una actriz de películas pornográficas e hizo su campaña desnuda, sacó 10.000 votos me parece diviiiino… A mí me encanta todo lo que sea romper moldes. Los italianos tuvieron humor, y eso es lo que nos falta a los argentinos. Yo tengo mi paquete de leyes a proponer para dar vuelta el bocho a todos…
En otra entrevista, Moria Casán exhibió su sólida amistad con Menem y sostuvo que nada ni nadie impediría su ingreso a la política: “Carlos es una persona a quien quiero y aprecio, pero la decisión es mía. Él es amigo, y vio con buenos ojos mi determinación, pero no incidió…”. También aseguró: “Ya puse primera, y ahora que me paren. La verdad estará en las urnas”.
Pero Moria Casán chocó contra el sólido muro de la indiferencia del electorado. La mujer que alguna vez había confesado que el poder ejercía sobre ella una gran seducción, tal vez dolida por este fracaso, declaró: “Los políticos están tan bastardeados y devaluados que no se me ocurriría nunca calentarme con uno (al menos que sea extranjero, claro). Con un político argentino es como que te asexuás”. Seguramente lo dijo con conocimiento de causa.
Podrían llenarse páginas y hasta volúmenes enteros con anécdotas de la noche menemista, de la fiesta neoliberal, del despilfarro y la juerga farandulesca en la que se había convertido la política argentina. Podrían hacerse listas interminables con los nombres de los invitados a la enorme “sala VIP” en que se transformaron los tres poderes del Estado, pero resultaría no sólo redundante, sino de una frivolidad ajena a la intención de este libro. La década de los noventa, en fin, no sólo puso en evidencia los vínculos siempre existentes entre sexualidad y poder: en aquel despliegue de exhibición por momentos obscena, demostró, además, que no siempre el desprejuicio sexual está vinculado con las ideas progresistas. Al contrario, muchos de estos personajes que se mostraban orgullosamente libertinos podían ser, paradójicamente, dueños de un conservadurismo clerical.