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domingo, 1 de agosto de 2021

OLIMPÍADAS, PASIÓN, LECTURAS...LO VIEJO Y LO RECIÉN SALIDO


D. G.
novedades


Pasión olímpica
Autor: Gonzalo Bonadeo Editorial: $1499

Viento
Autor: Lange con N.cassese Precio: $1449


Lectores en forma. Una biblioteca olímpica para seguir los Juegos de Tokio




Desde los Epinicios del tebano Píndaro, aristocrático poeta de la Antigüedad clásica que, con la excusa de celebrar las victorias de atletas y de cuadrigas en Olimpia, honraba a los dioses, hasta Petros Márkaris –otro griego–, que ambientó una funesta trama político-policial en la Atenas de 2004, los Juegos Olímpicos captaron la atención de narradores, poetas y cronistas. No están ausentes en una genealogía de la “literatura olímpica” escritores como Eduardo Mallea, el británico George Orwell (espantado por las nazi-olimpíadas de Berlín en 1936) y su compatriota, Arthur Conan Doyle; el uruguayo Eduardo Galeano y el español Manuel Vázquez Montalbán que, en la novela Sabotaje olímpico, sitúa al detective Pepe Carvalho en la Barcelona de 1992. Una biblioteca olímpica ofrece ficciones, testimonios y crónicas sobre los juegos que, cada cuatro años (si no sobreviene un conflicto bélico o una pandemia), convoca a atletas de cientos de países.
En la intención original del barón Pierre de Coubertin, historiador y pedagogo francés, fundador del Comité Olímpico Internacional (COI) en 1894 –del que la Argentina fue parte, junto a otros once países– y creador de los Juegos Olímpicos tal como los conocemos desde 1896, las competencias de arquitectura, escultura, literatura, pintura y música estaban incluidas en el campeonato internacional. Estas disciplinas empezaron a ponerse a prueba en Estocolmo, en 1912, y el mismo barón con el seudónimo de George Hohrod y Martin Eschbach triunfó en la categoría literaria con una oda al deporte. Como en la Grecia del siglo VIII antes de Cristo, las obras debían estar inspiradas en el deporte. Hasta 1948 los artistas de estas cinco disciplinas participaron de los Juegos, hasta que el estadounidense Avery Brundage, como presidente del COI en 1952, impuso su punto de vista, y artistas y poetas fueron desterrados.

En ocasión de las Olimpíadas de Atenas 2004, la editorial Páginas de Espuma lanzó Cuentos olímpicos, antología de relatos de hazañas deportivas (o su lado B), que incluye relatos de escritores españoles y latinoamericanos como Camilo José Cela, Virgilio Piñeira, Antonio Skármeta, Cristina Peri Rossi, Luis Sepúlveda y –del seleccionado literario nacional– Ricardo Piglia, Silvina Ocampo y Héctor Tizón, entre otros. El libro tiene un epígrafe de Píndaro: “¡Seres de un día! ¿Qué es uno? ¿Qué no es? ¡Sueño de una sombra / es el hombre! Pero si llega la gloria, regalo de los dioses, / hay luz brillante entre los hombres y amable existencia”.
Suicidio perfecto (Tusquets), del griego Petros Márkaris, tiene como protagonista al célebre inspector Kostas Jaritos, que debe investigar el suicido –en vivo y en directo y en el prime time televisivo– de un hombre de negocios. La acción está ambientada en una Grecia convulsionada por la situación socioeconómica, con el trasfondo de los Juegos de 2004.
La pequeña comunista que no sonreía nunca (Anagrama), de la escritora y cantante francesa Lola Lafon, se enfoca en la joven gimnasta rumana Nadia Comaneci, que deslumbró al mundo en Montreal 1976. A partir de ese momento consagratorio, Lafon imagina a varias Nadia en esta biografía ficticia.
Recién llegada a las librerías, la nueva edición de Pasión olímpica. La llama sigue encendida (Sudamericana), del periodista Gonzalo Bonadeo, tiene un prólogo de la judoca Paula Pareto y unas emotivas palabras preliminares que el padre del autor, el reconocido periodista Diego Bonadeo, escribió en ocasión del lanzamiento del libro. A Bonadeo hijo le tocó cubrir el día a día de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016; sin embargo, su libro es mucho más que una crónica de esa experiencia “única, irrepetible” que duró dos semanas. Intercala anécdotas de las Olimpíadas a lo largo del tiempo y en escenarios de distintos continentes y, para esta edición, reflexiona sobre los Juegos de Tokio 2020+1, que se suspendieron en 2020 por la virulencia pandémica, y se realizan desde el viernes.
Viento. La travesía de mi vida, biografía del regatista Santiago Lange hecha en colaboración con el periodista Nicolás Cassese, es mucho más que la historia del ganador de la medalla de oro en Río de Janeiro 2016. El libro cuenta la vida de Lange, y además aquello que no se sabía a la hora de su regreso glorioso a las aguas olímpicas, luego de superar un cáncer de pulmón. También es una mirada a la relación con un padre exigente (que participó como suplente en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952) y al “lado acuático” de la vida del campeón.
En la cuarta entrega de Pelota de Papel (Planeta), cuyas regalías se destinan a causas benéficas, se publican varios cuentos escritos por deportistas olímpicos. El primero es un emotivo testimonio de sus inicios en el deporte escrito por el jabalinista Braian Toledo, que murió a los 26 años en febrero de 2020. En el volumen, cada competencia olímpica en la que participan o participaron los argentinos está representada por un relato, acompañado de un prólogo y una ilustración hecha por un artista invitado. Al equipo narrativo lo forman –entre muchos otros– atletas como Gabriela Sabatini, Manu Ginóbili, Lucha Aymar, Juan Pablo Sorín, Sebastián Crismanich, Javier Mascherano, Hugo Conte, Javier Frana, Walter Pérez y los tres hermanos Simonet, que juegan juntos al handball por primera vez en Tokio 2020+1.
Escrito por el periodista Luciano Wernicke, Historias insólitas de los Juegos Olímpicos (Planeta), repasa en cientos de relatos breves las distintas ediciones de la época moderna de las Olimpíadas con la llama puesta en las curiosidades y anécdotas más sorprendentes. “Muchas de las narraciones parten de situaciones generadas por la política, la economía o los complejos reglamentos deportivos –cuenta el autor a la nacion-. Otras, de un sinnúmero de eventualidades. Como cualquier otra persona ‘normal’, los deportistas de elite sufren lesiones y enfermedades, robos, pérdidas de equipaje en los aeropuertos, se emborrachan, golpean a rivales o a los árbitros, se enamoran, se casan y divorcian, se quedan dormidos o pierden algún componente esencial de su equipo de competición”.
El autor remarca una faceta ineludible del evento deportivo: la política. “Por lo general, se recuerda que la edición de Berlín 1936 sirvió a Hitler para promocionar su régimen dentro y fuera de Alemania –recuerda–. Ese interés político no era nuevo: unos dos milenios antes, el emperador romano Nerón se encaprichó con participar en una prueba olímpica, una carrera de cuadrigas que ganó tras amenazar a sus rivales con la crucifixión. En 1908, la distancia del maratón se prolongó por antojo del rey de Inglaterra. Luego, durante casi cuarenta años, Estados Unidos y la Unión Soviética extendieron su Guerra Fría a las pistas, las canchas y los rings. Decenas de atletas de todo el mundo han saltado de los Juegos a la política: en Argentina, por ejemplo, el exitoso regatista Carlos Espínola es senador nacional por Corrientes.
En Olimpikedia. Guía para ser un experto en Juegos Olímpicos (Al Arco), el periodista y maratonista Víctor Andrés Pochat destina un capítulo a cada deporte olímpico, con su formato y reglamento, el medallero histórico, y detalles del trasfondo político y social que influyó en el desarrollo de cada edición del evento. Pochat registra a los deportistas más laureados de la historia y curiosidades varias, como la imbatibilidad de Corea del Sur en arquería femenina, la performance sorprendente de los keniatas en atletismo y la de los chinos en tenis de mesa. También se consiga que la selección de fútbol de Brasil nunca abrazó el oro. Como su autor, Olimkipedia tiene cuenta de Twitter(@olimkipedia), donde se comparten datos de este GPS en forma de libro, ideal para los lectores que hasta el domingo 8 de agosto madrugan para seguir las lides de la competencia de competencias.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

lunes, 11 de junio de 2018

LA PASIÓN


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Tenés que encontrar lo que te apasiona en la vida y construir tu futuro alrededor de esa pasión". En el final de mi adolescencia, ese momento crucial de la vida en que tenemos que decidir en serio qué queremos ser cuando seamos grandes, una persona cercana me dio este consejo. Estoy seguro de que cuando pasaste por esa etapa o en algún momento bisagra de la adultez en que estabas revisando tu rumbo recibiste, palabra más, palabra menos, una recomendación similar.
Cuando unos años después fundé mi primer emprendimiento, creí haber encontrado mi pasión y comencé con un entusiasmo enorme. Y a pocas semanas de lanzar mi proyecto me sentí abrumado por la enorme cantidad de tareas pesadas y rutinarias que debía llevar a cabo cada día. Frecuentemente pensaba: "¿Dónde diablos está la pasión en todo esto?". Después de mucho esfuerzo por encontrarla concluí que no había absolutamente nada de apasionante en lo que estaba haciendo. ¿Qué estaba saliendo mal? ¿Me habría equivocado de profesión? Pero pese a eso, mi entusiasmo no decaía ni un poco. Me levantaba cada la mañana lleno de energía, determinado a sobrellevar la rutina y superar los obstáculos necesarios para sacar mi emprendimiento adelante. No podía entender la aparente contradicción.
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La idea de que la pasión debiera funcionar como guía de nuestros actos está muy arraigada y por eso me tomó bastante tiempo darme cuenta de lo que estaba pasando. Finalmente concluí que aquella idea de hacer lo que te apasiona no era más que una trampa.
Por un lado, la pasión es esencialmente emocional. Como un romance adolescente de verano, por su propia intensidad, es efímera e insostenible. Una base demasiado endeble y cambiante sobre la cual construir un proyecto de vida. Pero la razón más importante es más profunda: cualquier gran meta que te propongas en la vida, sea arrancar un emprendimiento, componer una ópera o encontrar la cura para el cáncer, implica un largo proceso de subir una cuesta empinada, llena de tareas tediosas carentes de todo tipo de pasión. Thomas Edison debió intentar diez mil modelos diferentes hasta encontrar la bombilla eléctrica que funcionó. Quizás el primer intento o el décimo fueron apasionantes. Pero el tres mil setecientos dieciocho, ¿cuán apasionante puede haber sido? Si la falta total de pasión en las tareas lo hubiera desalentado, el notable inventor difícilmente habría logrado alcanzar su descubrimiento.
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En definitiva, entendí que lo que había movido a Edison a hacer semejante esfuerzo era algo mucho más noble y profundo que la pasión: el tener un propósito. El propósito tiene también un elemento emocional clave, pero se apoya sobre un basamento racional mucho más sólido. Es mucho más estable y difícilmente cambie demasiado a lo largo de una vida. Retomando la metáfora de pareja, los matrimonios que perduran no son aquellos que se sostienen del romance sino los que, en pos de un proyecto familiar, pueden lidiar con las dificultades, las frustraciones, la rutina, sin perder por eso el entusiasmo y el compromiso conjunto.
El propósito es una meta que te importa tanto como para estar dispuesto a hacer cosas muy poco apasionantes con tal de avanzar, incluso resistir fracasos parciales. La pasión, a fin de cuentas, funciona como una distracción. Cuanto más rápido la corras del medio, más rápido te enfocás en hacer lo que es realmente valioso. En otras palabras, buscar tu propósito no se trata solo de hacer lo que te excita sino de descubrir aquello que te trasciende y conecta con los demás: la huella que querés dejar en el mundo.

S. B.

martes, 15 de mayo de 2018

FEDERICO ANDAHAZI Y SU PASIÓN


"No te harás imágenes, ni te inclinarás ante ellas ni las honrarás", reza el segundo mandamiento, ese que jamás hemos podido cumplir. Vivimos en un mundo entregado a la idolatría. Me declaro pecador. La carne es débil. Sin embargo, el metal, fuerte y sólido, es mi mayor debilidad. El movimiento iconoclasta no pudo con nosotros, los que, día tras día, nos inclinamos ante el becerro de dos ruedas.
Las motos, en efecto, son un ícono sagrado que, en algún caso, sirve incluso para desplazarse. Para que un ícono sea eficaz debe ser universal, de modo tal que pueda ser adorado por la mayor cantidad de fieles. Así, la moto es el objeto de adoración del Hells Angels barbado que huye por la 66, pero también la del policía que lo persigue. Es el símbolo de la libertad que montaba Peter Fonda en Busco mi destino (Easy Rider) y la que soportaba el peso demoledor de Schwarzenegger en Terminator. El Che Guevara, cuando ignoraba que habría de transformarse él mismo en un ícono, recorrió América Latina en La Poderosa, una Norton de 1947 sin amortiguación.
Federico Andahazi: una historia de romances, matrimonios, viudas y amantes
Que la motocicleta es un ícono pagano no es para mí una hipótesis literaria; lo sé por experiencia: cada mañana me inclino ante mi fetiche y, cual Verónica ante el paso del Mesías, froto un paño sobre su irresistible anatomía, le ofrezco mi aliento al ojo impar del faro y, cual jesuita, lavo sus negros pies de caucho. No existe sensación más reconfortante que accionar el arranque y escuchar la voz profunda, sabia y pausada de un motor del año 1938, como el de la vieja Zündapp que reposa junto a mi biblioteca como testimonio de mis dos grandes pasiones: los libros y los fierros. Nada más literario que montar mi antigua Harley del 48 que, como el Quijote a Sancho, conduce a su inseparable ladero: un sidecar en el que llevo a mi familia.
De acuerdo con los estereotipos, los escritores deberíamos adorar las pipas, las lapiceras, las máquinas de escribir y las ediciones raras. Alguna vez, un crítico literario, refiriéndose a mí, dijo: "¿Dónde se ha visto un escritor arriba de una moto con una rubia abrazada?". Aclaro que la rubia es la madre de mis hijos y que me resultaría un tanto injusto obligarla a correr detrás de la moto solo para no escandalizar al reseñador de libros. Semejante comentario no hace más que poner en evidencia la ignorancia del crítico: en la casa-museo de Horacio Quiroga se puede admirar la motocicleta que lo ha sobrevivido.
Federico Andahazi: una historia de romances, matrimonios, viudas y amantes
La relación de los escritores con las motos es de larga data. Cuenta Enrique Cadícamo en sus Memorias que, para que un tanguero pudiese arrogarse tal título, debía haber manejado alguna vez una moto de más de 300 cm3. En el mismo libro se ve al autor de "Los mareados" sobre una antigua HD de válvulas laterales. Una tarde lluviosa 1987, sentado junto al ventanal del bar La Academia, Osvaldo Soriano recordaba la Tehuelche que solía manejar durante su adolescencia.
Cada vez que consigo volver a la vida a una moto siento la misma felicidad que produce devolverle la voz a aquellos personajes que han sido injustamente silenciados por el tiempo y el olvido
Mi primera moto fue una Douglas 350 de 1947. Una elegante moto inglesa, antecedente británico de las BMW de cilindros boxer, que obtuve en canje por una guitarra Gibson Les Paul. Estaba perdidamente enamorado de mi Douglas y suponía que habría de ser aquel un romance de por vida. Pero se cruzó en mi camino una pulposa Sunbeam 500 repleta de curvas. Fuimos felices: era una amante tan apasionada que cuando su motor bicilíndrico vibraba yo sentía que se me aflojaban los dientes. Fui "bigamotor" al conocer a una Triumph Tiger de la que enviudé al poco tiempo cuando se me fundió frente al Cavanagh. Confieso que he tenido encuentros ocasionales con una alemana, una BMW R 69s del 60. También, una breve aventura con una preciosa belga FN. Y admito que he estado con orientales: conocí los placeres que me prodigaran una Suzuki 650, una Honda Goldwing 1000 del 77 y hasta una Kawasaki Police como la de Poncharello.
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La búsqueda, restauración y el mantenimiento de una colección de motos es una tarea gratísima aunque nada sencilla. Rescatar de un galpón una moto dada por muerta, olvidada y convertida en una masa ininteligible es un trabajo que, a priori, se diría imposible como la resurrección. Muchas veces el grueso sudario de grasa y polvo protege las motos de la letal amenaza del óxido. Una vez exhumada y puesta en el banco de trabajo, hay que comprobar el estado de la pintura original, el estado del cuadro y, sobre todo, el del motor. Es raro que se pueda conservar la pintura de fábrica, aunque sí es posible a veces admirar los pigmentos originales antes de repintarla. Aunque nos emocionemos al comprobar que el motor gira sin dificultades y los cambios entran sin delatar obstáculo alguno, debemos saber que, para ahorrar problemas futuros, es necesario desarmar hasta la última arandela y sustituir las piezas gastadas. Cada vez que me toca presentar un libro en el exterior, aprovecho para traer algún repuesto aquí inhallable: desde pequeños accesorios cosméticos hasta pesadísimas piezas motrices. Cuando mis editores me proponen un paseo en los momentos libres, en lugar de la visita a los sitios de rigor, les pido que me lleven a los desarmaderos de los suburbios: con sorpresa, por encima de los lentes de leer, me ven revolver chatarra. En Estambul conseguí el filtro de aire de una Indian, y en Atenas, cerca del puerto del Pireo, compré un cuadrante para el velocímetro de una Moto Guzzi.
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Poner en marcha una moto luego de años de restauración es el momento más emocionante. Después de tantas jornadas de trabajo arduo, por fin llega el gran día. Recuerdo la primera vez que estuve frente al gran desafío. Tragué saliva, llené el depósito de aceite, cargué nafta cuidando no salpicar la pintura, respiré profundamente y, por fin, accioné la patada. Al tercer intento el motor carraspeó, vaciló un momento y, de inmediato, rugió con el brío de un animal salvaje. Desde entonces su voz inimitable no ha dejado de hacerse oír.
Siempre me digo que el oficio del escritor no es muy diferente del de restaurar motos antiguas. La mayor parte de mis novelas transcurren en épocas remotas y sus protagonistas son personajes que han quedado sepultados bajo el peso de la historia. Cada vez que consigo volver a la vida a una moto siento la misma felicidad que produce devolverle la voz a aquellos personajes que han sido injustamente silenciados por el tiempo y el olvido
 
Crédito: Julián Bongiovanni

domingo, 26 de noviembre de 2017

CARTAS DE AMOR Y PASIÓN....LECTURA RECOMENDADA



Es una caída. Fall in Love; tomber amoureux. Aunque los hispanos y los italianos, acaso más indulgentes con la carne débil, nos metemos en él, nos enamoramos, en el amor se cae y con algo de caída bíblica; con el desdén por la paradisíaca saciedad que inmoviliza, con el hambre de ese otro que nos falta.
Las cartas de amor son el testimonio de esa caída y suelen alimentar sabrosas recopilaciones cuando las firman personalidades del arte, la política o la ciencia. Uno de esos libros acaba de aparecer -Grandes cartas de amor, precisamente- para mostrar a creadores y conquistadores a corazón abierto, desde Benjamin Franklin y Jack London hasta Beethoven y Marx.



Al igual que cualquier mortal sin atributos, ellos también sufren la ausencia de la amada, besan su retrato, suspiran por el fuego o la ternura compartidos. Pero si todos los hombres enamorados se parecen, ¿los genios se enamoran cada uno a su manera? Veamos.
En la primera carta que Freud le escribe a Martha Bernays, la mujer con la que compartirá cinco décadas de matrimonio y seis hijos, el padre del psicoanálisis se muestra inseguro y posesivo. Revela el propósito de superar la timidez que entorpeció el cortejo, se alegra de que Martha sea "suya" y confiesa sin rubor: "Mi adorada y pequeña novia, si en algún momento titubeé sobre atarte a mí de por vida, ahora ya no pienso dejarte marchar incluso si la más terrible desgracia se abatiera sobre mí y tuviera que arrastrarte conmigo".
Irreverente e iconoclasta, James Joyce solía intercambiar con su esposa, Nora Barnacle, correspondencia en la que ambos jugaban desprejuiciadamente con sus fantasías y deseos, prolongación de la gozosa carnalidad que los unía y en la que nada debía interferir. Así se lo hace saber el autor de Ulises a su mujer: "Nuestros hijos (por grande que sea mi amor por ellos) no deben interponerse entre nosotros. Si son buenos y de naturaleza noble es gracias a nosotros, querida mía. Nos hemos encontrado y hemos unido nuestros cuerpos y nuestras almas libre y noblemente y nuestros hijos son el fruto de nuestros cuerpos".
A los tiros terminó la borrascosa relación entre Rimbaud y Verlaine. En un pedido de disculpas después de una violenta discusión, Rimbaud, con rabioso despecho, no se priva de enrostrarle sus defectos a su amante, tironeado entre la obsesión por el joven poeta y el ansia de restaurar la normalidad de su matrimonio: "En cuanto a acabar con tu vida, te conozco bien. Lo que harás, mientras esperas a tu mujer y tu muerte, será agitarte, errar, molestar a la gente. ¿Aún no has comprendido que los arrebatos de cólera eran tan falsos de un lado como del otro? [...] ¿Acaso crees que tu vida será más agradable con otros que conmigo? ¡Ciertamente no! Sólo conmigo puedes ser libre [...] Reflexiona lo que eras antes de mí".
Más introspectivo es el tono de las misivas firmadas por mujeres. Allí está la desoladora despedida de Virginia Woolf dirigida a su marido antes del suicidio ("Has sido para mí lo que ninguna otra persona hubiera podido ser"); el dolor de Charlotte Brontë por un amor no correspondido ("Uno sufre en silencio mientras le quedan fuerzas y cuando esas fuerzas faltan se habla sin medir demasiado las palabras").
Pero tal vez la carta que mejor desnude el alma femenina sea la que George Sand dedicó al médico italiano Pietro Pagello, en cuyos brazo ardió. Arrasada y vulnerable, la escritora se inquieta ("¿me amas o me deseas?") y vive con excitación y miedo la imposibilidad de dialogar con su amante. Pero en la barrera del idioma encuentra también una metáfora maravillosa de la ilusión romántica: "Quedémonos así, no aprendas mi lengua, que yo no quiero buscar en la tuya las palabras que te revelarían mis temores. Prefiero ignorar lo que haces con tu vida. Desearía que me ocultaras tu alma para que siempre pudiera creerla hermosa".

V. CH.

lunes, 13 de junio de 2016

MÚSICA CLÁSICA, ÓPERA....PASIÓN DE MUCHOS


"Es como un dinosaurio que sobrevive a la extinción." Frank Marmorek sonríe. A sus espaldas, tras un generoso ventanal, se extiende la plaza Lavalle: una deslumbrante sucesión de copas de árboles, en su mayoría añosos. Magníficos.



Me sorprendo pensando que parece otra plaza vista desde aquí, el sexto piso de la oficina del director de Buenos Aires Lírica. Me digo que la vengo atravesando demasiado rápido en el último tiempo; demasiado ensimismada, sólo pendiente de la asfixiante agenda diaria, apurada y ciega frente a las maravillas verdes que ahora me inundan la vista.
"Sí, como un dinosaurio", insiste Marmorek, que todos los días contempla la plaza que acabo de redescubrir. Y que, del mismo modo en que valora el cotidiano tesoro que vibra tras los vidrios de su oficina, desde hace años insufla vida a esa entidad supuestamente jurásica: la ópera.



"Cada ópera es un monstruo, una Cleopatra con Elizabeth Taylor y Richard Burton, una producción que puede llevar un año y medio de trabajo -explica, efusivo-. Es una expresión clásica gigante, que fue reemplazada por los grandes espectáculos deportivos o por el rock."
Marmorek es ingeniero. Durante mucho tiempo se dedicó a su profesión, la tecnología, los negocios. Pero, cuenta, la música clásica siempre estuvo con él; se escuchaba en la casa de su infancia y lo acompañó a lo largo de la adultez. "Toda la vida", asegura.
Entonces llegó 2001, el año bisagra. Como tantos otros argentinos, vio cómo la crisis arrasaba con lo que había sido su existencia hasta ese momento. Pero también, como les ocurrió a muchos durante ese año terrible, la ferocidad del cimbronazo convirtió en valor lo que podría haber sido desesperación. "Me reinventé", dice, mientras cuenta cómo nació Buenos Aires Lírica, entidad que el año que viene cumplirá 15 años y que por estos días presenta en el teatro Avenida I Capuleti e i Montecchi, de Vincenzo Bellini.




Marmorek se transporta mientras describe el intenso detrás de escena que implica cada apuesta lírica. Ese artefacto eminentemente complejo que es la ópera implica el conocimiento de cierto repertorio, la elección de determinadas partituras (algunas a mano, otras difíciles de conseguir), la búsqueda de director musical y director de la puesta en escena, la planificación de la escenografía, el diseño del vestuario, la organización de los ensayos, la articulación de piano, orquesta, coro, actores.
"¿Te imaginás lo que es coordinar 120 agendas?", pregunta, más retóricamente que otra cosa. Y se lo ve feliz, exultante ante la enormidad que, unas cuatro o cinco veces al año, su institución pone en escena. Podría haber sido agobio, pero lo que exuda es orgullo. O, más sutilmente, amor. Por eso pienso en El fanático de la ópera, ensayo donde el sociólogo Claudio E. Benzecry justamente -y a conciencia de lo poco ortodoxo del término en el marco de las ciencias sociales-habla del "amor por" como clave para entender el universo de los aficionados a la ópera. 

"Un apego que arranca a la persona de lo mundano -escribe Benzecry-, la lleva fuera de las fronteras del sí mismo, la entrega a la renuncia de sí y la prepara para los sacrificios." Un apego que, sí, se parece mucho al enamoramiento. Benzecry insiste: rescata la "sensualidad de la experiencia"; habla de "idealización del objeto de apego", de "compromiso", incluso de "comunión de almas". En el mundo apasionado de la ópera existe un componente cercano al de los principios del amor romántico, nos dice el sociólogo. Pero también -continúa- la habitan dos aspectos que mucho tienen que ver con la modernidad: "estados de autotrascendencia y autoformación". Demasiada intensidad para pensar que apenas se trata de un blando pasatiempo de melómanos.


"Somos los últimos mohicanos", afirma Marmorek, convencido de que la lírica alberga "el último bastión de la música clásica."
Inevitablemente extranjera para este mundo, más cercana a esa continuación de lo operístico que a veces pueden terminar siendo el cine o los grandes recitales de rock, creí entender parte del entusiasmo de Marmorek. O algo del "enamoramiento a primera vista" del que habla Benzecry. Fue hace unos meses, un domingo por la tarde, en el teatro Avenida. Asistí a la presentación de la ópera Faust, de Charles Gounod, y de repente todo -apatía dominguera, cielo gris, cansancio acumulado- se hizo a un lado: me descubrí inmersa en una fiesta.

 Pura belleza sonora, visual, emotiva; el discreto placer de las charlas en el entreacto, el tintineo de alguna copa de champagne. Supe que, más que de un fósil vivo, estaba siendo parte de una celebración.
D. F. I.