Mostrando las entradas con la etiqueta LÍNEA DE TIEMPO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta LÍNEA DE TIEMPO. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de agosto de 2020

LÍNEA DE TIEMPO,


Las pastillas del abuelo, en versión nórdica
Cuando se apaga la luz, se enciende la música: si un viejo remate publicitario apelaba a la oscuridad para despertar el deseo masculino (era el aviso de una crema vigorizante que funcionaba por frotación), en esta época de deconstrucción se apela menos al macho y más al machomenos.

DiscosFundamentales: VIAGRA BOYS con Street Worms – Ultrabrit
 El grupo sueco Viagra Boys es el último grito de una masculinidad menguada: al ritmo del post-punk, se burla de usos, costumbres y taras del tipo congelado en la era jurásica de la hombría. Con un arsenal de humor negro, sátira aguda y depresión nórdica (en su último video se ríe de las reuniones de oficina antes del imperio del Zoom y en una de sus canciones reclama el derecho universal del hombre a ver deportes por televisión), Viagra Boys es una rareza: un grupo con un monotema, la modesta saga cotidiana del varón domado.


"BASEBALL! BASKETBALL!", grita el cantante Sebastian Murphy en el hit Sports, donde describe la obsesión masculina por mirar deportes más que practicarlos
streetworms Instagram posts - Gramho.com
. El estereotipo del macho es la narrativa principal de Viagra Boys, un grupo que a diferencia de otras bandas paródicas como, digamos, Los Sultanes, retrata con lucidez y brutalidad los tiempos que vivimos. "Es un tour de force musical revestido con las reprobaciones más aceptadas por la sociedad", definió la revista estadounidense Pitchfork: "Por su nombre y su entrega vocal, Viagra Boys parece ser una broma, pero ellos quieren controlar cuándo y cómo se devela su trama cómica". El sexteto debutó hace cinco años en Estocolmo con un puñado de canciones en inglés, publicó dos discos breves, salió de gira por Europa y finalmente editó un álbum de larga duración titulado Street Worms, en el que las nueve canciones versan sobre la virilidad presumida, las diferencias de clase y la futilidad de la vida cotidiana: "Los mismos gusanos que me comen a mí, algún día te comerán a vos también", son las últimas líneas del disco. Ahora, Viagra Boys acaba de sacar otro EP, Common Sense, donde se burla de los postulados del menos común de los sentidos. La historia oficial de la banda dice que sus músicos solo una vez tomaron Viagra.

Ahí donde la potencia amatoria sea una obsesión del hombre preocupado por el rendimiento, la solución farmacéutica infundirá ánimos. Aun a los gritos, las canciones de Viagra Boys se compadecen del amante inseguro. Entre todas las preocupaciones del macho aún no deconstruido, una de las principales es empardar destreza sexual con performance deportiva: por algo la pastillita azul se propone como un remedio para aquel que "no puede presentar el equipo".

Listamanía
Cinco canciones de Viagra Boys, el grupo post-punk de Suecia
Viagra Boys - Consistency Of Energy (2016) [EP] » DarkScene
"Sports". El hit de la banda liderada por el cantante Sebastian Murphy: una enumeración de los deportes, y algo más, que obsesionan a los hombres.
Viagra Boys - Street Worms (2019, CD) | Discogs
"Down in the Basement". La canción que abre el disco larga duración Street Worms, en la que se exige a un marido infiel que pida disculpas a la esposa engañada.

"Best in Show". Una parodia de una exhibición de perros en Texas donde los participantes compiten con sus animales mientras se recitan nombres de razas.
Street Worms: Viagra Boys, Viagra Boys: Amazon.ca: Music
"Worms". Los gusanos que dan título a su LP: una fábula oscura sobre el final de todas las cosas y la inutilidad de competir unos con otros.
Viagra Boys' 'Common Sense': Stream The New Surprise EP - Stereogum
"Common Sense" El último tema de Viagra Boys, lanzado en plena pandemia, que pregunta machacante: "¿Por qué no tenés un poquito de sentido común?".

N. A. 

jueves, 4 de junio de 2020

LÍNEA DE TIEMPO,


Yo te digo todo va a estar bien
"Todo va a estar bien", dice Kevin Bacon, mientras mira fijo a cámara y, sea por lo indiscutible de su calidad como actor o por sugestión pura, uno respira más aliviado. "Todo va a estar bien", dice Angelina Jolie; "todo va a estar bien", dice John Cusack; y hasta el mismísimo Barack Obama se cuela en el reparto de estrellas con un parlamento invariable: "Todo va a estar bien". Es la inspiradora obra del artista californiano Allan McCollum: con el título Everything Will Be O.K. , una cinta sin fin de mil doscientas escenas de series o películas, desde Lost hasta El irlandés , donde los actores dicen la misma frase. Parece una idea muy simple (lo es), pero el efecto de acumulación termina convenciendo al pesimista de que, sí, todo va a estar bien: en una época plagada de malas noticias, es un manifiesto a favor del optimismo.

A los 75 años, McCollum es uno de los popes del arte conceptual estadounidense: solo hay que escribir su nombre en Google junto con la frase everything will be o.k. para acceder a la obra que se anuncia como "una colección continua de capturas de pantalla con subtítulos tranquilizantes" . Sobre un fondo negro desfilan las escenas donde la frase se les dice a niños con terrores nocturnos o a víctimas de episodios sobrenaturales: la repetición delata la falta de originalidad de los guionistas o cómo la producción audiovisual no es distinta a las otras industrias que fabrican artículos en serie. Si McCollum lleva medio siglo experimentando con las tensiones entre los objetos únicos y las cosas que surgen de una línea de montaje, acá pega una frase junto a otra y en las variaciones mínimas ("vas a estar bien" o "todo irá bien", a veces se dice) remarca las fallas inevitables de la producción fabril: cada vez que se adulteran las palabras, el resultado final tiene la marca de lo fallido, como el ojo mal pintado de una muñeca de plástico que salió virola. A continuación, "todo va a estar bien" repite otro actor y el planeta regresa a su órbita: aun en la ironía, es un desafío a la persistencia de la negatividad.

¿Todo va a estar bien? Espero que sí. Un viejo chiste dice que "un pesimista es un optimista mejor informado", y en general se cree que el optimista tiene algo de tonto y el pesimista, mucho de cínico. Soy de los que piensan que el mundo siempre está mejorando y que de esta crisis vamos a salir mejores (o, por lo menos: no peores). Llámeme ingenuo o directamente idiota, si quiere: en esas noches en que la incertidumbre congela el alma, si Tom Hanks me mira fijo y me dice que todo va a estar bien, yo duermo sin frazada.


Listamanía
Allan McCollum - 20 obras de arte - escultura
Cinco obras de Allan McCollum, un pope del arte conceptual

The Shapes Project. Un proyecto de ambición universal: una colección de siluetas dibujadas con formas únicas. una por cada habitante del planeta.
Your Fate Allan Mccollum and Matt Mullican 25 dice | Gallery ...
Your Fate. En español, tu destino: un sistema de adivinación con fichas que representan la salud, el dinero o el amor, como un tarot para el siglo XXI.

The Visible Markers Project. Una colección de objetos de formas y colores múltiples grabados con la palabra thanks para que la gente pueda expresar su gratitud.
Allan McCollum: Each and Every One of You | Krakow Witkin Gallery
Each and Every One of You. Un desafío a la idea de originalidad en una gigantesca instalación donde aparecen enmarcados los 1200 nombres más comunes en EE.UU.
Allan McCollum: In Charge of His Own Destiny | Art21 Magazine
Everything Will Be O.K. En Internet, una sucesión sin pausa de escenas de series o películas donde los personajes dicen la misma frase: "Todo va a estar bien".

N. A.

jueves, 23 de enero de 2020

LÍNEA DE TIEMPO,


Ausencia de sueño de una noche de verano
Haga memoria: ¿cuántas publicidades de colchones vio o escuchó hoy? Parece mentira pero hace pocos años el estudio sobre el sueño de la Universidad de Edimburgo, el más célebre realizado, había demostrado que no hay diferencias en cuanto a la cantidad de horas dormidas sobre una tabla de madera o un sofisticado colchón de látex. 
La del colchón es una industria que mueve 76.700 millones de dólares anuales solo en los Estados Unidos y que responde a un imperativo de la época: hay que dormir bien. ¿Pero cómo hacerlo en plena epidemia de insomnio? Es lo que se pregunta el psicoanalista británico Darian Leader en ¿Por qué no podemos dormir?, un ensayo fascinante que acaba de publicarse acá y que devela qué pasa por nuestra mente durante el sueño y su negación.

Una actividad en principio tan natural como dormir se vuelve una pesadilla de frustración frente a los estímulos múltiples del ultracapitalismo. Es paradójico: nunca en la historia hubo tantas distracciones para evitar que durmamos las rigurosas ocho horas, pero se nos indica que debemos dormirlas sí o sí para rendir al día siguiente. Ese es el cebo perfecto para la industria del sueño, una oferta infinita de colchones, almohadas, pastillas, gotas, clínicas y recomendaciones que prometen lo que a mitad de la noche parece imposible: dormir. "Si antaño se consideraba un estado natural, hoy el sueño se ha convertido en un producto de consumo, algo que debemos pugnar por adquirir y que nunca estamos totalmente seguros de poseer", escribe Leader. 
En estos años, uno de cada tres adultos manifiesta problemas para dormir y los trastornos del sueño diagnosticados ya son más de setenta. Ahí donde la luz azul de la pantalla nos obligue a mantener los ojos abiertos, el sueño se nos escurre en el devenir de las horas nocturnas: aunque el teléfono incluya el modo sueño, nos tienta desde la mesa de luz con una cantidad de cosas que nos estamos perdiendo al tener los ojos cerrados. "Por si no sufriéramos bastante por el hecho de no poder detener tan incansable cadena de demandas, el sueño no ha hecho sino añadirse a esa lista", concluye Leader.

No hay cosa peor para un insomne que decirle "tenés que dormir". El imperativo refuerza la impotencia, como la del ansioso al que le exigen que se calme. 
Ante el insomnio, en ¿Por qué no podemos dormir? se busca una respuesta: porque somos humanos y nuestra mente no trae la función "apagar". 
Y si esta noche no puede dormir, más que ovejitas cuente las publicidades de colchones que recuerde, de ésas que tienen jingles tan pegadizos que nos quitan el sueño.
N. A. 

viernes, 29 de junio de 2018

TECNOLOGÍA Y EL TIEMPO QUE PASA


Internet ya no es lo que era en 1983 (pero debería volver a serlo)
Una de las pocas limitaciones del lenguaje humano es que, inevitablemente, emplea una misma palabra durante mucho tiempo para referirse a una cierta entidad. Buenos Aires o Londres siguen llamándose así, muy a pesar de que son muy diferentes, en todo sentido, a como eran 200 años atrás. Llamamos rosa a un número de flores cuyas variaciones son bien conocidas; pero todas son rosas.
Resultado de imagen para burbuja puntocom
Pasa lo mismo con Internet. La seguimos llamando así, aunque tiene poco que ver con la red que se puso en marcha el 1° de enero de 1983. Aparte del análisis que sigue más abajo, hay un dato duro, incontrastable, que demuestra el abismo que hay entre aquella Internet recién nacida y la actual, con más de 35 años.
Todo dispositivo conectado a la Red debe tener una identificación, equivalente a la dirección de tu casa. Esa identificación se llama número IP o dirección IP. Cada paquete de datos que viaja por Internet viene de una dirección IP y se dirige hacia una dirección IP, grosso modo.
El protocolo IP versión 4, descripto en la RTF 791, de 1981, y estrenado en enero de 1983, tenía un campo para las direcciones de 32 bits. Si elevamos 2 a la potencia 32 da un número enorme. Redondeando, 4200 millones; o sea, un 4 seguido de 9 dígitos (por eso, puede expresárselo también como 4,2 x 10 a la 9). Traducido, cuando nació, Internet contemplaba una red que podría llegar a tener como máximo 4200 millones de dispositivos conectados. De hecho, y como me dijeron algunas de las personas involucradas en la gestación de la Red, el número 4200 millones les parecía ridículamente grande. Por eso lo eligieron. Era tan disparatado que se sintieron más que cubiertos.
Resultado de imagen para IPv6.
Pero tan pronto Internet se abrió al público en general, entre 1989 y 1990, y se empezaron a sumar países y usuarios, algo se hizo evidente. No pasaría mucho tiempo antes de que ese pool de 4200 millones de direcciones únicas se agotara.
Casi 30 años después, un campo de direcciones de 32 bits parece de una miopía incomprensible. Tenemos 3800 millones de personas conectadas, casi 2000 millones de sitios Web, 5000 millones de smartphones, unas 3000 millones de computadoras y decenas de miles de millones de dispositivos de la Internet de las Cosas. Esto, para empezar.
Pero no fue miopía. Vamos a ponerlo simple y claro: Internet no fue diseñada para el público en general. Para un uso académico, corporativo y gubernamental, 4200 millones de direcciones IP alcanzaban y sobraban. Por fortuna, estas tecnologías se escaparon del laboratorio y, como ha venido ocurriendo de forma sistemática con las invenciones humanas, florecieron cuando llegaron a un número cada vez mayor de personas. Pero en 1983 una Internet para todo público sonaba tan extravagante como un reloj atómico en el living para saber la hora con suficiente precisión.
Debido a que IPv4 terminó quedando más que corto, ahora estamos migrando a la versión sexta del protocolo IP o  Aunque IPv4 sigue y seguirá en uso, y aunque el objetivo de IPv6 no es sólo el de multiplicar el número de direcciones únicas, la nueva versión pasa de 32 a 128 bits. La diferencia es absimal. Dos elevado a la potencia 128 da 3,4 seguido de 38 ceros o 340 sextillones. En la práctica serán menos, pero el aumento es lo bastante explícito respecto del plan de 1983 y la realidad actual.
Otro ecosistema
Resultado de imagen para TCP/IP
Pero la escala no es lo único que ha cambiado. Ni siquiera es lo más importante. Una de las genialidades de TCP/IP es su versatilidad, su capacidad de adaptarse. La base de la crisis actual de la Red -que destrozó la privacidad, amenaza la libertad de expresión y maniata la innovación- es más bien conceptual. La Internet original se pensó para conectar a pares sobre la base de la confianza mutua. Esa Internet estaba subvencionada por el Estado. Y aunque se hacían negocios, porque había que diseñar y fabricar infraestructura, no fue sino hasta que la Red saltó de la etapa académica a la comercial que hubo una explosión económica como pocas veces antes se había visto en la historia.
Pasada la euforia inicial de la primera década (menos de cinco años, en el caso de la Argentina), se hizo evidente que una de las reglas de juego de la Red había cambiado por completo. Ahora, Internet ya no conectaba pares sobre la base de la confianza mutua. En el nuevo y vasto ecosistema de negocios, por el contrario, los actores desconfiaban unos de otros. Es más, pronto se hizo evidente que Internet estaba alterando todos los negocios preexistentes y que hasta podía usarse para el delito y la guerra.
Sin embargo, y esto es de lo más paradójico, muchísimos inversores confiaron ciegamente en esta nueva fiebre del oro. Sobrevino así la primera gran extinción de la Red: el colapso de la burbuja puntocom, que arrasó no sólo con cientos de emprendimientos online que eran sólo una cáscara vacía, sino también con otros que aportaban mucho valor; el incendio se devoró, incluso, a compañías como Sun Microsystems, que se había inflado al ritmo de la burbuja puntocom.
Cuando la tormenta pasó, otro síntoma se hizo evidente. El grueso de los negocios online se concentraban en un puñado de compañías. ¿Quiénes sobrevivieron a la explosión de la burbuja puntocom? Amazon, eBay, Google, Netflix (que había nacido en 1997, aunque no hacía lo que hace hoy) y Yahoo! (la mayoría de cuyos restos fueron adquiridos el año último por Verizon).
Aprendida la lección, los inversores fueron más cautos al poner toneladas de dólares sobre la mesa de un emprendimiento online. Pero, por desgracia, el pecado original de esta industria siguió allí. Con idas y vueltas, un poco a merced de la inteligencia de sus CEO y directores y otro poco sometidos a imponderables, sigue siendo un hecho que los negocios en la Red se concentran en un puñado de empresas. Son más que en 2001, sencillamente porque hay más usuarios y mejores tecnologías, pero búsquedas, comercio electrónico, música, películas, series, turismo, redes sociales y casi cualquier otro rubro en el que se pueda pensar se concentra en una docena de colosos.
Al revés que 35 años atrás, es un directorio o la Bolsa de valores los que toman buena parte de las decisiones que, en otra época, se habrían dejado en manos de los ingenieros. Esto no es del todo malo, en el caso de la industria digital, porque la innovación siempre paga bien. Pero la concentración supone el riesgo de que las innovaciones se vuelvan endogámicas, obra de un conjunto demasiado pequeño de cerebros y de visiones del mundo. Hasta donde sabemos, los inventos disruptivos suelen originarse en el circuito off, en las afueras o en laboratorios de grandes empresas que, adrede, dejan a sus científicos más o menos en paz. Aunque no siempre les prestan atención. La hoy difunta Xerox tenía entre manos, en su Palo Alto Research Center (PARC), uno de los desarrollos más revolucionarios de la informática, el mouse y la interfaz gráfica de usuario. Pero no les prestó atención, y el invento terminó en manos de Apple, y, a la larga, rigió (y rige) toda la industria.
Dos fotogramas
Resultado de imagen para Palo Alto Research Center (PARC)
Seguimos usando la misma palabra, Internet. Sus protocolos funcionan, a grandes rasgos, de la misma forma que hace 35 años. Pero el mapa mental detrás de aquella primera red de redes era diferente del actual en casi todos sus aspectos. El problema está en que hoy la economía global depende de que Internet siga siendo más parecida a la de 1983 que a la de 2018. En otras palabras, el debate sobre la neutralidad (o, para ser exacto, sobre las neutralidades), la privacidad, la transparencia y la concentración son asunto muy serio. Hay dos fotogramas de esta película que lo demuestran de manera brutal.
Resultado de imagen para google maps
El primero muestra a Google Maps. Hace 35 años (o más), un Estado necesitaba invertir enormes sumas de dinero y poner en riesgo muchas vidas humanas para averiguar más o menos cómo era el territorio del enemigo, en el caso de un conflicto armado. Hoy es posible pararse en casi cualquier esquina de casi cualquier ciudad del planeta usando el celular. Es fuerte.
Resultado de imagen para Facebook (y, para el caso, también a Google, Apple, Twitter, Microsoft y Amazon,
El segundo fotograma muestra a Facebook (y, para el caso, también a Google, Apple, Twitter, Microsoft y Amazon, entre otras). No sólo sabe más de nosotros que cualquier agencia de inteligencia, sino que, en una escena por completo distópica, hace poco más de un mes vimos a un empresario de 33 años explicándole al Senado de la mayor potencia económica y nuclear del planeta que tal vez les habían hackeado las elecciones presidenciales mediante noticias falsas en su red social. Y eso también es fuerte.

A. T.

miércoles, 11 de octubre de 2017

CUESTIONES DE TIEMPO

Con frecuencia me encuentro pensando qué habrá dentro de medio siglo aquí, donde estoy sentado en este momento. O bien: ¿qué habrá dentro de un siglo en la cuadra donde me crié?
Si lo pienso un poco, ya tengo al menos la mitad de la respuesta. Cincuenta años después, el negocio de mi abuelo sigue allí, en la mano impar de las veredas en las que aprendí a andar en bicicleta. Lo mismo que la puerta con mirilla que daba al pasillo que llevaba hasta el pequeño departamento que habitamos cuando regresamos a la ciudad. La puerta con mirilla sigue pintada del mismo celeste plastilina de hace 50 años. Lo sé porque mis ojos no toleraban ese color y cuando le pregunté a mi abuelo por qué lo había elegido, me respondió:
"Precisamente por eso, Arielito. Porque a nadie le gusta."



A la izquierda del bazar todavía se erige el enorme almacén detrás de cuyo mostrador mi hermano solía esconderse para rehuir las tareas domésticas. Sigue casi tan decrépito como entonces, pero sus puertas ya no han vuelto a abrirse. También tiene una puertita en el costado y un largo pasillo que, imagino, todavía conduce a otra propiedad, en los fondos. A ese pasillo se despeñó una vez el perro de mi madre, belicoso a pesar de su talla, de tanto ladrarle a un gato de azotea. Desde ese día renqueó un poco de la pata trasera derecha.
En la esquina de esa cuadra vivía la profesora de inglés del barrio. Se rumoraba que también sabía japonés, y, estoy seguro, su gabinete sombrío y atiborrado de libros fue el primer lugar que conocí en la hostil Buenos Aires que me cautivó tanto como los cielos y los árboles que había dejado atrás.



Se llamaba Eve y mi madre solía confesarle sus inquietudes cotidianas, mientras yo recorría los anaqueles henchidos. Ignoro si ciertas páginas estaban en japonés, pero definitivamente no eran las letras que estaban enseñándome en la escuela. Había tomos que parecían extraordinariamente viejos y creo que también en ese reducto nació mi pasión por los libros antiguos.
Contaba mi madre que un día le transmitió a Eve su preocupación por mi hermano, cuyo inagotable ingenio para las travesuras contrastaba con mi conducta apacible y disciplinada. Aquella mujer de pelo gris y belleza tibia le anticipó:
-Cuando lleguen a la adolescencia eso se va a invertir.
Mi madre quiso saber por qué lo decía. Eve señaló al callado chiquilín de seis años hurgando entre los estantes atestados de tomos impresos en idiomas extraños y sentenció:
-Demasiada curiosidad.
Los años le dieron la razón y desde mis 14 años mi conducta fue una suerte de Manual de la Rebeldía Adolescente.



La casa de Eve, que olía a cuero y a páginas centenarias, ya no existe. En cambio, todavía está allí, a pocos metros, una morada que, medio siglo atrás, ya era mucho más antigua que sus vecinas. Vivía en esa casa una niña de la que me había enamorado sin saberlo y con la que me pasaba horas hablando. No puedo recordar su nombre, pero nunca olvidaré lo que me contaba que ocurría en la casa que estaba detrás de esa muralla amarillenta que daba a un jardincito mustio. Tenía un padre alcohólico y violento y con frecuencia me mostraba los moretones que le dejaba en los brazos. Añadía, con angustia inocente, que todavía más le pegaba a su madre. Conocí de esta forma qué es sentir odio.


Durante mucho tiempo hice planes para escaparnos juntos. Luego se mudaron. Pero cuando vuelvo a ver ese frente, al que no parecen haberle pasado los años, siento el mismo pavor que cuando la veía desaparecer cada tarde detrás de la puertita que daba al jardín mustio.
No había en esa cuadra ni un solo árbol y las veredas de baldosas color té con leche lucían anchas como avenidas. Poco después plantaron unos retoños raquíticos de fresnos y paraísos. Y un ficus. Todos ellos son hoy testigos gigantescos y silenciosos del paso del tiempo.

A. T.