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domingo, 14 de abril de 2019

MUSEO DE LOS INMIGRANTES



Hotel de los Inmigrantes: historia del edificio que alojó a 1 millón de nuestros antepasados
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Era un proyecto que llevaba al menos dos décadas de postergaciones, hasta que, en 1905, el Estado adjudicó la obra a los constructores Udina y Mosca. El proyecto luego se demoró, en 1909 se rescindió el contrato e intervinieron entonces el arquitecto húngaro Juan Kronfuss y la empresa alemana Wayss & Freytag. Los trabajos, con modificaciones parciales, finalizaron hacia 1911 y un año después el edificio ya estaba colmado. Aún la Argentina sostenía su política de inmigración intacta y nadie calculaba que una conflagración mundial paralizaría esos planes.
El Hotel de los Inmigrantes llegaba para solucionar un problema estructural serio: alojar a las grandes oleadas inmigratorias que arribaban a la Argentina de manera creciente desde la década 1870. Sus cuatro plantas de arquitectura higienista se habían dispuesto para ese fin; completaban, además, un conjunto edilicio destinado a reflotar los sueños alberdianos y sarmientinos, que habían derivado en un error de cálculo fortuito, donde, antes que ansiados sajones del norte europeo, habían multiplicado mayoritariamente, entre fines del siglo XIX y principios del XX, italianos, españoles, otros europeos del sur y del este, más mujeres y hombres del por entonces Imperio Otomano y sus regiones vecinas.
El hotel se terminó de construir en 1911
Para 1911, esta pequeña ciudadela ya contaba, entre otros elementos clave, con el Desembarcadero -que permanece prácticamente igual-, la Oficina de Trabajo, una sucursal del Banco Nación y un hospital. Pero, independientemente del conjunto, el Hotel, desde su estreno, supo destacarse por su carácter monumental.
Con una superficie de 90 metros de largo por 26 de ancho, fue uno de los primeros edificios de hormigón armado en la Ciudad de Buenos Aires. En su interior, la blancura hospitalaria de sus azulejos, la higiene y sus horarios resultaron una prioridad. En la planta baja estaban el comedor y la cocina. En las tres plantas superiores, los dormitorios, capaces de albergar, cada uno, unas 250 personas. Las mujeres y los niños, en la última planta; los hombres, según su cantidad, en la primera y hasta en la segunda. Todos en literas con piezas de cuero en vez de colchones, fáciles de limpiar y desinfectar.
Los inmigrantes llegaban de a miles al país
Marcelo Huernos, historiador y productor de Contenidos del Muntref (Museo de la Universidad Nacional de Tres de Febrero, a cargo del Museo de la Inmigración desde 2013) explica que la disposición de los sexos en el Hotel era premeditada: dejaba expuesto al rigor de las celadoras a aquel varón que pretendiera subir las escaleras en busca de aventuras.
Sin calefacción en invierno ni desagües en los pisos, el Hotel era el último capítulo de arribo a la Argentina de los inmigrantes, antes de partir hacia los campos del interior o de emplearse como trabajadores de las grandes obras públicas. Los barcos atracaban en el Desembarcadero. Según la época y las disposiciones gubernamentales, una comisión médica subía por la planchada para registrar que no vinieran enfermos de gravedad o contagiosos, y enseguida el capitán del navío entregaba a la autoridad nacional de ocasión la lista de pasajeros. Estos comenzaban a bajar, realizaban los trámites de migraciones y aduana, y quienes así lo resolvían, se hospedaban por un máximo de cinco días en el Hotel, plazo que podía extenderse si el recién llegado no encontraba trabajo.
La disciplina era rigurosa. A las 6 de la mañana se desayunaba por turnos de 700 personas (mate cocido, café con leche, pan). Luego, los hombres salían en busca de trabajo y las mujeres se ocupaban de los hijos o partían desde la ribera hacia la ciudad propiamente dicha para conocerla, hasta regresar entre las 10 y las 11, hora de los guisos, los pucheros y los estofados. La alimentación era otra máxima del Hotel: la merienda, a las 15; la cena, hacia las 18. Más tarde se daban exposiciones sobre el país y desde las 19 todos eran invitados a regresar a los dormitorios.
Ahora, el hotel es un museo
El ritmo se sostuvo así hasta 1953, cuando la razón de ser del Hotel se perdió: "La Argentina, hacia la década del 50, comenzó a ser menos atractiva, y la Alemania Occidental de posguerra fue un nuevo destino para los europeos meridionales", explica Huernos. Entre ese año y hasta la caída del segundo gobierno de Perón, la planta baja del edificio sirvió con su comedor y su cocina para brindar comida a indigentes.
Tras la revolución del 55 también ese destino se acabó. Lo que luego hubo fue el abandono, con alguna ocupación militar intermedia y la fundación del lugar como museo en 1974, sin mayores consecuencias. Recién con el regreso de la democracia se intentaría recuperar el espacio. Sin embargo, e incluso con el decreto de 1990 que rotuló al Hotel como "Monumento Histórico Nacional", este se sostuvo en el olvido. Hasta que en 2013 el Estado firmó con la Untref "un convenio para la recuperación de las instalaciones y el uso del lugar como Museo de la Inmigración y espacio de arte contemporáneo", puntualiza Aníbal Jozami, rector de esa casa de estudios
Diana Wechsler, subdirectora del Muntref, agrega que cuando esa universidad se hizo cargo del viejo Hotel de los Inmigrantes "esto era lo más parecido a una casa embrujada, llena de ratas y murciélagos". En el presente, donde el edificio es museo, lucen como nuevos los materiales originales, como azulejos, paredes y pisos, más un cuantioso material fotográfico, mientras que en la planta baja se puede consultar, con relativa fortuna, el barco en el que arribó al Desembarcadero un antepasado.
Las tareas de digitalización de los arribos de extranjeros las inició el Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos y hoy las extiende la Untref. "La base de datos -indica Huernos- va de 1882 a 1960, tiene registradas todas las entradas de inmigrantes por el puerto de Buenos Aires (la ley reconocía la categoría de 'inmigrante' a cualquier persona que viajara en segunda y tercera clase) que llegaron en barcos transatlánticos, excluidos los que cruzaban vía fluvial desde Uruguay. Son 5 millones de registros".
Así está el edificio hoy 
Tras las cifras de los documentos relevados, el historiador regresa a la historia del edificio y remarca lo deseada que fue esta obra por parte del Estado. "El primer censo nacional, de 1869, arrojó un total de 1.877.490 habitantes, y el segundo, de 1895, dio 4.044.911. Ya desde mediados del siglo XIX la corriente inmigratoria crecía y así continuó hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, dos años después de entrar en funciones efectivas el Hotel. Fue entonces cuando se cortó prácticamente el flujo, que recién reinició luego de finalizada la guerra, pero en menores proporciones. Para ser más preciso: nunca se volvieron a repetir los flujos de 1880 y 1890, salvo en un pequeño periodo entre 1920 y 1927, sobre todo porque por entonces Estados Unidos puso los cupos de inmigración, lo que hizo que muchos inmigrantes terminaran en la Argentina. Más tarde, con la crisis de 1929 y 1930, y posteriormente con la Segunda Guerra, el volumen de inmigrantes declinó".
Exceptuada esa "llegada tarde" del Hotel a la historia y descontado el avatar naturalmente desconocido de lo que iría a suceder a partir del asesinato del archiduque Franz Ferdinand y su mujer en 1914, el edificio supo cumplir con su fin. "Entre 1912 y 1953, año de su cierre, alojó a aproximadamente a 1 millón de extranjeros", afirma Huernos, muchos de los cuales se asentaron definitivamente en la Argentina, donde hoy viven sus descendientes.
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El Hotel, devenido Museo de la Inmigración, cuenta con dos muestras permanentes: "Italianos y españoles en la Argentina" y "Para todos los hombres del mundo". Además, de forma continua se realizan muestras de arte contemporáneo. Ese menú articula un público variado -entre 2200 y 2500 personas por semana-, desde jóvenes interesados por una exhibición artística, hasta nostálgicos y ancianos que asisten a esta parte de la Dársena Norte para saber un poco más acerca de cómo sus padres, abuelos o bisabuelos llegaron a la América, tras cruzar el mar. DE JUEVES A DOMINGO DE  12 A 20 HRS. ...CERCA DE LA TERMINAL DE BUQUEBÚS
J. G. C.

viernes, 13 de mayo de 2016

BUENOS AIRES PLETÓRICA DE ARTE...NO LO PIERDAS


El ilusionismo como arte tiene dos referentes y una sola sede
En Muntref, los barcos de Leandro Erlich flotan en un tercer piso a metros de los hombres fantasmales de Bernardí Roig
La instalación Puerto de Memorias ya se mostró en Corea. Foto: Daniel
Una ilusión. Por un instante la realidad cambia sus códigos, y lo real y lo irreal se confunden. Así transcurren las dos muestras que inauguran hoy en el Centro de Arte Contemporáneo de Muntref, sede Hotel de los Inmigrantes, donde los artistas Leandro Erlich y Bernardí Roig despliegan sus poéticas de la imaginación en profundo diálogo con un edificio lleno de historias.
Hay que disfrutar los instantes que dura la fantasía, esos en los que lo imposible sucede ante nuestros ojos y sobreviene una íntima alegría. Un principio de optimismo. Los barcos de Erlich flotan en una sala del tercer piso, igual que esos que se ven desde los ventanales, en el río. Y en el momento en que se adivina el artificio, ya no es posible volver al estado de mágica inocencia. "Todo se explica, todo se entiende y, sin embargo, o justamente por eso, la unidad de sentido de la obra es más fuerte. El truco no es el tema", dice Erlich.
Tampoco lo es en el caso de Roig, que dispuso estratégicamente en el edificio figuras humanas algo fantasmales. El primero de sus hombres blancos produce otro tipo de efecto: sorpresa o estupor; algún grito ahogado retumba en el habitáculo en el que el espectador está encerrado. No se sabe si el hombre baja o nosotros subimos en el ascensor que le pasa a tres centímetros de su cuerpo.
Por estos mismos pasillos, inmensos y algo fríos, pasaron miles de inmigrantes a comienzos de siglo XX. Como los abuelos de Erlich, artista argentino que, a los 43 años, ya cruzó los siete mares llevando sus dispositivos de artificios ópticos. "Hay situaciones de fantasía interesantes. Ésta es una ilusión conceptual", propone. A esta sala trajo la misma instalación que en 2014 mostró en el Museo de Arte Moderno de Seúl, con un cambio de título: pasó de llamarse Puerto de Reflejos a Puerto de Memorias. Es difícil no escuchar las miles de voces que retumbaron entre estas paredes.
Primero se ve la maqueta que dio origen a la instalación. "Siempre estoy atraído por el potencial simbólico de los reflejos. Hay algo en lo efímero de su movimiento que es imposible de atrapar", confiesa el artista. Después, una baranda asoma a un estanque en el que se mueven en un agua inquieta cinco botes. ¿Hay agua? ¿Qué produce esos reflejos perfectos? Hay que verlo y disfrutarlo. La obra no termina ahí, sino que recomienza de otra manera.
La instalación se realizó gracias a un aporte tecnológico desarrollado por profesores y estudiantes del área de robótica de la Universidad de Tres de Febrero. "Todo esto forma parte de una poética que traté de construir en relación con mis emociones y a este sitio. Los archivos de mis abuelos deben estar acá abajo. Ésta es una obra muy contemplativa, en la que nada pasa y pasa todo". Para otros, la imagen de los botes puede remitir a dramas de inmigrantes mucho más actuales. "Las obras se resignifican en el tiempo y en el espacio. El arte se termina de construir en el otro, que vuelca sus propias asociaciones", dice Erlich, que estará en arteBA con la obra Ascensores, otra ocasión para el extrañamiento.
Fantasmas de Mallorca
"Suena a Pirandello. Seis personajes en busca de un autor. Son como dobles nuestros, fantasmales, que hablan de lo reprimido", desliza Roig. Esta es la primera vez que llegan al país sus proyecciones de video, cerca de 160 dibujos inéditos de los últimos 30 años y... las seis esculturas en cuestión, instaladas en espacios inesperados del Muntref. Se trata de calcos de personas reales, tamaño natural. Una figura asoma detrás de una columna algo inútil, otra se muestra abatida detrás de una especie de trinchera levantada con banquetas y maderas; blancas, híper iluminadas con la luz pálida y hospitalaria de los tubos fluorescentes. "Son ausencias, no presencias. El blanco les quita la condición de estatuas y la cualidad volumétrica, las hace ligeras. Las hace flotar", observa el mallorquín.
Calcos tamaño natural sorprenden en sitios inesperados del museo. Foto: Daniel Jayo
Hay una proyección muy poética en el suelo, que registra un dibujo que alguien grabó hace un siglo en el mármol de la mesa de la antigua lavandería. "Es una imagen temblorosa, el mismo temblor del barco del inmigrante y del oleaje. Mis imágenes vienen de atrás: las trae la espuma del inconsciente", explica. En la muestra intenta crear dos líneas de trabajo, el lugar y su memoria, y las intenta cruzar. "El lugar se impone y está impregnado de lo que fue. Me he negado a hacer una exposición: no quería exhibir mis trabajos sino ocultarlos, para que se vea el sitio. La escultura son los visitantes, que con su presencia activan las imágenes que van a ver. La imagen es fugaz, tanto como nosotros. Una chispa", compara.
Los dibujos de Roig resultan, en verdad, un hallazgo de Diana Weschler, curadora de ambas muestras y directora del espacio. "Son el mapa sísmico de los temblores de mi muñeca. Diana los organizó como los restos de un naufragio. Si ella no hubiese osado hurgar en mis entrañas, no hubiesen salido nunca. Son dibujos negados", considera el artista. Hay bocetos, grabados, acuarelas y piezas de técnicas mixtas.
"Leandro trabaja sobre el engaño óptico y yo sobre el engaño místico. En el territorio del arte construimos ficciones". El extranjero observa la diferencia, y Weschler los auna en un punto: "Los dos invitan al espectador a involucrarse. Reclaman que se tomen tiempo para observar y descubrir, y le piden complicidad". Crean fricción: un relato imprevisto.


Para agendar
Museo de los Inmigrantes
Av. Antártida Argentina 1355 entre la Dirección Nacional de Migraciones y Buquebus). Muestras de Leandro Erlich y Bernardí Roig. Hasta el 15 de septiembre, de martes a domingos, de 12 a 20
Perspectivas alucinadas


Hay más ilusionismo por la ciudad: la muestra antológica Perspectivas, que Jorge Macchi presenta en el Malba, propone más situaciones alucinadas. Tiene dos obras más: una alfombra en el Museo de Bellas Artes, donde cayeron los aparatos de iluminación y alumbraron un dibujo escondido. Y otra en la Universidad Di Tella. Para más magia hay que ir a Fundación Proa, y ver la muestra Arte en escena.


Bernardí Roig

Artista visual
Edad: 50 años
Origen: Palma de Mallorca, España. Vive y trabaja en Madrid y Binisalem (Islas Baleares)
Trabaja escultura, video, dibujo, pintura y textos
"Trabajo un engaño místico. En el territorio del arte, construyo ficciones"
Su muestra Glasstress se presentó en el Palazzo Franchetti y la exposición TRA, en el Palazzo Fortuny, ambas incluidas en el programa de la 54» Bienal de Venecia
Recibió el Premio de Arte Contemporáneo Fundación Princesa Grace, Mónaco (2003); el Premio Oficial XXI Bienal de Alejandría, Egipto (2002); el Premio Especial Pilar Juncosa y Sotheby's
Leandro Erlich
Artista visual
Edad: 43 años
Origen: Argentina. Vive y trabaja entre Montevideo y Buenos Aires
"Trabajo un engaño místico. En el territorio del arte, construyo ficciones"
En 2000 intervino en la Bienal del Whitney Museum, y en 2001 representó a la Argentina en la 49» Bienal de Venecia. Expuso en el Museo del Barrio de Nueva York y en Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, entre otros espacios destacados
En septiembre pasado, su obra La democracia del símbolo dejó el Obelisco de Buenos Aires sin punta. Una réplica apareció en la explanada del Malba, y se podía ver desde sus ventanas lo mismo que si se estuviera en su lugar original

M. P. Z.