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viernes, 5 de junio de 2020

EL ASESINATO DE ARAMBURU, PARTE II,


A 50 años del secuestro de Aramburu. El hallazgo inesperado que reveló la trama del crimen de Montoneros
El Operativo Pindapoy, como lo denominaron sus autores, fue llevado a cabo por la organización armada Montoneros0
Hugo Alconada Mon (@halconada) | Twitter
Hugo Alconada Mo
TIMOTE.- Llovía cuando sonó el teléfono. Caía la noche del miércoles 15 de julio de 1970 y poco y nada ocurría en Carlos Tejedor. Hasta esa llamada. Una voz superior, de la Dirección de Investigaciones de la Policía bonaerense, le informó al subcomisario Rogelio Rouan que allá, en el pueblo de Timote, podían estar algunos sospechosos del secuestro de Pedro Eugenio Aramburu. Así que Rouan convocó a cinco subalternos, aprestaron las armas y, ya iniciado el jueves 16, salieron con destino prefijado: la casona "La Celma". Fueron en busca de pistas, acaso de un tiroteo; se toparon con un cuerpo que signó a la zona para siempre. Era el desenlace del misterio que tenía en vilo al país.
La Policía había llegado hasta Timote, un pueblo de 1000 habitantes, 421 kilómetros al oeste de la Capital Federal, tirando de una pista tras otra. La primera surgió tras la toma del pueblo cordobés de La Calera, donde Montoneros cometió varios errores. Entre otros, moverse con documentación sensible que, ya en manos de los investigadores, condujo el rastro hasta el conurbano bonaerense, permitió detener a otros militantes y, con el paso de los días y a fuerza de tormentos, identificar a los presuntos secuestradores del mayor ícono de la "Revolución Libertadora".
La lista de sospechosos se difundió por todo el país. Con nombres y fotografías de sus rostros; entre ellos, los de Mario Firmenich y Carlos Ramus. Fue cuestión de horas para que un banco de Vera, una ciudad del norte de la provincia de Santa Fe, llamara a la policía local para avisarle que ambos habían gestionado allí un crédito para financiar su negocio de compra y venta de ganado. Con un dato adicional: en los papeles constaba la dirección de "La Celma", en Timote.
Los restos de la casa de Timote donde fue encontrado el cuerpo de Pedro Eugenio Aramburu 
El resto fue parte del procedimiento usual: el destacamento de Vera llamó a la Central de la Policía santafesina, que envió un teletipo a la Jefatura de la Policía bonaerense en La Plata, que a su vez alertó a Carlos Tejedor. Y allí estaba Rouan, en la fría madrugada del 16, yendo con cinco agentes a Timote, bajo la lluvia.
Al llegar al pueblo, Rouan y sus agentes se tomaron una hora larga para avanzar hasta "La Celma". Sumaron a los policías asignados al destacamento de Timote, como el agente Héctor Batista, y se desplegaron con armas largas, "por temor a tiroteo", asentaron en el acta policial cuya copia se obtuvo No sabían si los protagonistas del "Operativo Pindapoy" aún estaban dentro de la casona, dispuestos a defenderse.
Ya cerca de las 3.30, interrogaron al casero de "La Celma", Blas "el Vasco" Acebal, 76 años, español de nacimiento y soltero, al que todavía medio dormido le mostraron una foto de Firmenich. Lo reconoció y les contó que solía alojarse allí junto con el "patroncito" Ramus, pero que ahora no estaban, se habían largado ya. Así que avanzaron hacia la vivienda, usando al "Vasco" como escudo humano, por las dudas.
El funebrero León Porras, convocado cuando fue hallado del cadáver de Aramburu 
Al entrar, según consta en el acta, encontraron "papeles de liquidación de hacienda" con membrete de "Carlos Gustavo Ramus - Mario Eduardo Firmenich", pero no había nadie en la casa, como les había dicho Acebal, así que aventado el peligro inminente, Rouan detuvo el operativo y mandó traer dos testigos. Fueron los lugareños Hipólito Paterno (53 años) y José Zurdo (48), cuyas casas quedaban justo enfrente de la estación local del Ferrocarril Oeste.
"Eran las cinco y media de la mañana cuando fui llamado por la policía", recordaría Zurdo a la prensa, según un trabajo de recolección que lideró la historiadora de Carlos Tejedor Zulma Álvarez. "Calculo que llegamos a 'La Celma' cerca de las seis", añadió el testigo.
Rouan también convocó a un fotógrafo de Tejedor, José Antonio Molina. Lo despertaron, rememora ahora, medio siglo después, conversando  en la vereda de su casa. Le dijeron que "debía hacer unas fotos muy importantes". Así que tomó dos de sus cámaras, cuatro rollos y salió para Timote en una estanciera de la Policía.
León Porras, en la puerta de la casa de sepelios Escudero 
Ya con dos testigos y el fotógrafo, avanzaron por la casa: pasillo central y tres habitaciones de cada lado. Todas estaban abiertas, salvo una, la del fondo a la izquierda. Al forzar la puerta, recordaría el agente Batista, encontraron algo raro: "estaba extrañamente limpia".
Debajo de la cama, dieron con una compuerta que conectaba con un sótano de entre tres y cuatro metros por lado por dos metros y medio de altura. Pero se les complicó bajar. Habían roto los peldaños de la escalera, así que debieron improvisar una suerte de pasamanos.
Armas en una caja
Abajo, lo primero que vieron fue una caja. De madera rústica, contenía seis rifles, cinco fusiles, dos carabinas, dos pistolas y municiones. Material robado del Tiro Federal de Córdoba. Rouan ordenó retirarla y ahí sí, llegó la sorpresa. "Continuando con la investigación e inspección en el sótano en cuestión, se observa que la tierra a [sic] sido movida recientemente, como así [también] huellas de pisadas diversas", continúa el acta.
El agente Batista lo contó más simple: "El piso de hormigón tenía un boquete de tierra removida y mal apisonada -dijo-. Eso nos dio la pista de que había algo enterrado".
José Antonio Molina, el fotógrafo al que en 1970 llamó la Policía para registrar el hallazgo del cuerpo de Aramburu 
Al cavar, las sospechas aumentaron porque, según asentaron en el acta policial, la tierra tenía "una consistencia muy débil". Así que palearon durante dos horas, hasta que el cabo Haroldo García encontró una cajita para pomadas. Todos se asustaron, recuerda Molina, hoy de 79 años. "Temían que fuera un explosivo, así que lo pusieron en un balde con agua", confió.
Al fin, cuando el pozo superaba el metro, se toparon con los residuos de cal y "género". E irrumpió un olor que jamás olvidarían. Eran ya las 8 y 10 de la mañana, según el acta, aunque Molina sostiene que fue algo más tarde. Lo cierto es que Rouan detuvo otra vez el procedimiento para, según el acta, alertar a sus superiores y pedir "elementos eficaces".
¿Elementos eficaces? "Máscaras, para poder seguir las tareas", explicaría el testigo Zurdo a la prensa en las horas que siguieron. Por esas cosas de pueblo chico, Zurdo era el dueño del único hotel de Timote, el España, donde se alojaban los padres de Ramus cuando llegaban en el tren de Buenos Aires, de madrugada. Porque los padres de "Carlitos" no querían molestar a los puesteros, recordaba la prensa local, "en horario tan inadecuado".
Mientras tanto, y con toda su experiencia a cuestas, el subcomisario Rouan ya había dado otro paso. Convocó también a León Porras, el funebrero de Tejedor.
-¡Viejo, te buscan! -recuerda Porras que le dijo su mujer.
-¿Quién es?
-La Policía. Dicen que encontraron un caminante enterrado en Timote -jura que fue la respuesta.
Timote es una pequeña localidad del partido de Carlos Tejedor, provincia de Buenos Aires
Sin embargo, cuando ya había recorrido más de la mitad de los 20 kilómetros que separan su casa de Timote, con un cajón sencillo en la caja de su Ford F100, Porras recuerda una frase que lo dejó azorado: "Me dijeron que podía ser Aramburu".
-¿Y qué atinó a decirles?- le pregunta en la sede de la funeraria que lleva su nombre.
-¡Me hubieras dicho antes y traía un féretro mejor!
¿Acaso algunos policías aún pensaban que pudiera tratarse de un "caminante" mientras que otros comenzaban a sospechar que podía ser el cuerpo de Aramburu, siete semanas después de su secuestro? Ni de los testimonios orales ni de los asientos documentales que cotejó durante semanas surge una respuesta clara. Pero sí que quienes participaron en el operativo estaban en shock. Algunos porque conocían a "Carlitos", como todos llamaban al veinteañero Ramus, que desde chico pasaba los veranos en Timote. Un buen pibe, decían, para de inmediato recordar cuando se disfrazó de indio, ganó el premio mayor junto a dos amigos "y grande fue el enojo de los otros dos cuando se enteraron de que Carlitos había donado el premio que obtuvieron", detalló la prensa local. ¿Y a Firmenich? Pues más de uno juraba haber visto, al novio de la hermana de "Carlitos", recorrer la zona junto a sacerdotes, como parte de un grupo misionero dedicado a evangelizar, mientras otros decían haberlo visto en una estación de servicio, inolvidable con sus 166 centímetros de altura y un "sombrero de vaquero".
Acaso por eso, o porque el "Vasco" Acebal les había contado que "el patroncito" le había dicho que no se preocupara si escuchaba ruidos de noche ("traemos mujeres", le confió), algunos policías tenían otra presunción: pensaron que si encontraban un cadáver, sería el de una prostituta.
El hallazgo del cuerpo
A eso de las 11, mientras tanto, apareció por "La Celma" otro de los convocados por Rouan, su superior, el jefe de la Unidad Regional X de la Policía bonaerense, proveniente de Pehuajó, con las máscaras, y un médico de Tejedor que trabajaba para la Policía, Julio Raíz. Así que retomaron el pozo, hasta que apareció un saco. "Media estación", color gris, "con pintitas blancas, comúnmente denominados ojos [de] perdiz", lo describieron en el acta policial, que en su interior tenía una etiqueta de la porteña Sastrería Scafino, de la calle Tucumán 634.
Los restos de la casa donde encontraron el cuerpo de Aramburu 
El acta detalla luego datos sobre la excavación, la extracción del cadáver, su retiro del sótano, su primera revisión por el médico, la enumeración inicial de los disparos observados y de la vestimenta y un detalle que consolidó la hipótesis ya dominante: al revisar el anillo matrimonial que el cadáver tenía en su mano izquierda, los policías vieron las iniciales del Aramburu y su esposa, Sara Herrera.
Para entonces, Molina ya iba por su tercer rollo de fotos 35 milímetros. No le daba respiro a su Zeiss Imon Contaflex hasta que la Policía le dijo que ya era suficiente. Le pidió los carretes y le pagó 3000 pesos. "No hice ninguna diferencia con eso", le aclara , aunque poco después recibiría ofertas tentadoras.
Con el cuerpo ya reposando en la galería externa, también apareció por "La Celma" Alberto González, el referente local de Udelpa, el partido que había fundado Aramburu, con quien se había reunido un mes antes del secuestro.
La Celma, en una foto histórica de 1978
"Vi el cadáver cuando ya lo habían sacado del sótano. Lo destapé, estaba cubierto con cal y una manta. Enseguida me di cuenta de que era el general", rememoró "Teco" González, varios años después, en una entrevista que concedió a la revista La Semana.
-¿Está seguro? -dijo que le preguntó el jefe de la Policía Federal, general Jorge Cáceres Monier, quien había volado hasta allí cuando el operativo de búsqueda mutó en posible hallazgo.
-Sí. Está con la misma ropa con que me recibió el último día que lo vi.
Caía la tarde y ya no llovía. Pero escampaba el frío en Timote.
La noticia ya dominaba las redacciones, mientras que los curiosos venidos de toda la región se subían a los vagones ferroviarios yacentes, a setenta metros del frente de "La Celma". Buscaban pispear qué pasaba. Lo contarían durante dcadas. Y entre tanto alboroto, Molina vio su oportunidad.
"Levantá la tapa", le dijo el fotógrafo al funebrero, que ya había colocado el cuerpo en el ataúd previsto para el "caminante". Y Porras accedió, según admiten ambos, por separado,  medio siglo después.
Armas y equipos encontrados en La Celma 
"Cuando quedamos solos, Molina me dijo que tenía otro rollo, así que levantamos la tapa y le sacamos algunas fotos que, según él, las quemó después", cuenta Porras.
"Saqué seis o siete fotos para mí señora. Si no, no me lo iba a creer", confirma Molina.
-¿Qué hizo con esas fotos?
-Las quemé. Por la tentación -responde rápido-. Porras anduvo por ahí con el cuento de que le habíamos sacado unas fotos al cadáver y vinieron varios medios a comprármelas. Los que más me ofrecieron fueron los de Crónica.
-¿Cuánto?
-El equivalente a dos coupés Torino cero kilómetro. Yo vivía en lo de mi suegra. Si hubiera aceptado, me podría haber comprado mi casa.
-¿Pero en serio las quemó?
-Por algo no aparecieron nunca, ¿no?
El acta policial de 1970 aporta poco más. Que todas las evidencias quedaron bajo la custodia de la Delegación Regional Cuatrerismo de Bragado, mientras que a Acebal, que esperaba en la cocina, se lo llevaron arrestado e incomunicado. Porque antes de trabajar como casero, había sido pocero y la excavación en el sótano parecía hecha por un experto. Pero lo dejaron libre tras mucho interrogarlo y retornó a Timote tiempo después.
El pueblo había cambiado. "No durmió nadie por tres días", recuerda quien luego sería el primer intendente de Tejedor con el retorno de la democracia, Carlos Rivas. Fue como un terremoto, le dice. Para muchos, descubrir que "Carlitos" Ramus era un asesino, fue demasiado. ¡Si hasta habían intentado que se hiciera socio del club!
Un cartel en la ruta que lleva a Timote
Las ruinas de la casona
Indicios no faltaban. "Cuando la policía entró a la casa, detectaron que había habido gente hacía muy poco. Encontraron hasta colillas de cigarrillo y vasos usados", detalla Bruno Rodríguez, un veterinario que como parte de "Arte Comunitario Timotense" filmó la película "La Celma", con los vecinos del pueblo como actores, y hoy pugna por revalorizar -o al menos sostener- las ruinas que quedan de la casona.
No será fácil, sin embargo. Con el paso de los años, los Ramus vendieron "La Celma" a un vecino de la zona que, casi de inmediato, se la vendió al Estado bonaerense cuando faltaban meses para el décimo aniversario del secuestro de Aramburu. La dictadura la acomodó para la ocasión, pero tras los actos conmemorativos y poco más, la vivienda quedó bajo la órbita de la Dirección General de Escuelas. Y se vino abajo.
"Se robaron las puertas, las ventanas, las rejas, el alambrado, hubo ocupas.", enumera Rodríguez. Lo último fue cuando apareció una topadora, tiró abajo lo que ya amenazaba con derrumbarse y tapó el sótano. Hoy, en el predio apenas quedan tres paredes de una sola habitación en pie -por poco tiempo más-, un mástil torcido, una placa enorme y pesada, y una luminaria comunal, sin luz.
"En su momento, me pidieron un informe de la Dirección de Escuelas", explica la historiadora Álvarez "Había un proyecto para crear un museo o declarar 'La Celma' como patrimonio histórico, pero no pasó nada".
Al "Vasco" Acebal, el casero, lo encontraron muerto en diciembre de 1971. Su cuerpo estaba tan hinchado que no entraba en el cajón. También lo proveyó Porras.
"La versión fue que lo habían matado de un tiro en la nuca, pero la autopsia determinó que no, que fue una muerte natural", aclara Rodríguez, que tiene copias del expediente que se abrió en un juzgado de Trenque Lauquen. La película que filmaron los timotenses lo tiene al "Vasco" como protagonista. Nada queda de él en Timote. Tampoco se conserva un solo rastro de la casa donde vivía, en los fondos del terreno de lo que fue "La Celma".

sábado, 22 de febrero de 2020

MANUSCRITOS, ( PARTE II )


Ocampo y Tagore, almas en pugna (Parte II)

"Como bengalí, siempre supe que Victoria Ocampo fue una musa distante para nuestro gran poeta durante los últimos diecisiete años de su vida, su anfitriona argentina en 1924 y la misteriosa 'Vijaya' a quien Tagore dedicó su libro Purabi (1925)", explica la investigadora Ketaki Kushari Dyson en su gran libro Un encuentro fecundo (Sur) sobre el momento en que la argentina y el Nobel se conocieron en Buenos Aires. "De todas las mujeres inteligentes y atractivas que Tagore conoció (y fueron unas cuantas), Victoria Ocampo fue la más talentosa y, si se considera su prolongada vida y la totalidad de su obra, la más cercana a él en grandeza", completa la autora para ilustrar la importancia de aquel descubrimiento mutuo, que tuvo también algo de apasionado choque entre culturas.

Anclado como estaba el escritor en una quinta de San Isidro costeada por su devota admiradora local, impedido por cuestiones de salud de continuar su viaje a Lima, adonde había sido invitado por el gobierno de Perú, y mientras el período de convalecencia se prolongaba por prescripción medica (y por la absorbente personalidad de V.O., según empezaban a maliciar en su entorno), la relación del poeta con su anfitriona -siempre mediada por el secretario privado de Tagore,
Leonard Elmhirst- se fue tiñendo con matices cada vez más complejos, sutiles malentendidos y algunos arrebatos pasionales acaso propiciados por el carácter fogoso e impaciente de Victoria, que se desvivía porque su ídolo dejara de verla solo como una joven entusiasta (le llevaba treinta años), tal vez un poco pintoresca, y comprendiera hasta qué punto ella lo admiraba y era capaz de entender y valorar su obra.

Razones no le faltaban: había estudiado a conciencia la poesía de Tagore y escrito sobre ella; y con el tiempo lograría su cometido: la amistad entre ambos llegaría a ser profunda e inspiradora. Pero en aquellos primeros días -un tanto accidentados- en Buenos Aires, la ansiedad de V.O. taladraba el ánimo del abnegado Elmhirst, que hacía malabares para satisfacer las necesidades de reposo pero también de contacto social de su célebre jefe, tranquilizar a una Victoria en estado de zozobra permanente y manejar la delicada situación diplomática abierta con el gobierno peruano, artífice de la invitación para una visita que a todas luces iba a quedar trunca.

Para peor, Elmhirst comenzaba a caer subyugado por los encantos de V.O. Al respecto, Ketaki Kushari Dyson incorpora en su libro su propia traducción de "un pasaje del borrador en francés del cuarto volumen de la Autobiografía de Ocampo". Cita: "...regresábamos de BA donde habíamos comprado todos los libros de Hudson para Tagore. Leonard me había expresado a menudo su ternura y admiración. Estábamos conversando agradablemente. De pronto Leonard tomó mi mano en la suya. Pensé que solo quería oprimirla amigablemente, quizás un poco amorosamente. Pero la puso sobre su sexo, que dio en ese momento señales irrefutables de su existencia. Lo menos que puede decirse de mi reacción es que fue vehemente en grado sumo. Salí del auto furiosa y cerré la puerta con un golpe tan violento que debe haberse escuchado a varios kilómetros a la redonda". El atribulado secretario pidió luego y reiteradamente disculpas por el exabrupto, y la relación entre ambos se encauzó en una amistad de la que da testimonio abundante correspondencia, al punto de que Elmhirst la ayudó a ganarse el corazón de su adorado Tagore.

Según la autora de Un encuentro fecundo, esa suerte de triángulo cuasiplatónico no era algo nuevo para el secretario, que ya había experimentado una situación similar junto a Tagore. Ketaki Kushari Dyson lo señala para explicar de qué estaba hecho el sólido vínculo que Elmhirst, Ocampo y Tagore mantuvieron de por vida: "Entre los miembros del trío de San Isidro se establecería un lazo común que sobreviviría las tormentas".

V. CH.

martes, 6 de marzo de 2018

VIAJE A LOS ESCALOFRIANTES 70...PARTE II


La segunda parte de un artículo escrito por Marcelo Larraquy sobre Heriberto Kahn, el periodista que, a través de un artículo publicado en La Opinión, propició la salida del por entonces todopoderoso José López Rega.
La denuncia del jefe del Regimiento de Granaderos, teniente coronel Jorge Sosa Molina sobre la Triple A también comprometía a miembros de las Fuerzas Armadas como partícipes del terror paraestatal.


En su libro póstumo Doy fe, Kahn aclara: “Aunque sin especificar si se trataba de militares en actividad o en situación de retiro”.
Pero la denuncia sería aprovechada por la cúpula militar para descargarla sobre el ministro de Bienestar Social.
Cinco días después del artículo de Kahn, López Rega renunció al Ministerio. Y sobre la base de la información publicada le iniciaron la primera causa por “asociación ilícita” contra él y sus custodios, los policías Juan Ramón Morales y Rodolfo Almirón.
Fue un festejo por partida doble. De los gremios, que suponían que partir de la renuncia tendrían mayor influencia sobre la Presidenta. Y de Massera, por las mismas razones.
Pero López Rega mantendría el bloqueo presidencial un tiempo más. Luego de su renuncia, se encerró en la residencia de Olivos junto a su custodia: alrededor de cincuenta hombres.
Desde entonces, Isabel decidió no recibir a nadie. Se argumentó que tenía un estado gripal. La Opinión especuló que tomaría licencia por sesenta días por agotamiento físico. López Rega anunció a los ministros que la Presidenta no recibiría a nadie. “Yo me tengo que ocupar de su salud”, argumentaba.
En pocas horas, el vacío político se había transformado en riesgo institucional.
El primero en la línea sucesoria era el nuevo presidente provisional del Senado, Ítalo Luder. Cuando fue a presentar sus saludos, Isabel no lo recibió.
A una semana y un día de su renuncia López Rega continuaba en Olivos.
La Presidenta aparecía como “rehén” de su ex ministro, que mantenía su cargo de secretario privado.
El jefe del Cuerpo de Granaderos Sosa Molina propuso detenerlo en Olivos. Los comandantes militares aceptaron su petición.
En el amanecer del sábado 19 de julio de 1975 los escuadrones de granaderos rodearon la custodia y la desarmaron. Las armas –escopetas, pistolas automáticas, ametralladoras, granadas- conformaron una montaña en el jardín de la residencia presidencial.
Isabel supuso que se trataba de un golpe de Estado. Pero la legalidad se mantuvo. Los ministros pudieron entrar a la residencia y, apoyados por los tres comandantes, le dieron un ultimátum a la Presidenta: no había más margen para que López Rega permaneciera en Olivos ni en el país.
Isabel aceptó.
Esa misma noche, desde la base militar de Aeroparque, López Rega se fue del país. Un decreto redactado con urgencia lo acreditaba como embajador plenipotenciario. Se lo alcanzaron al pie del avión.
A partir de entonces, la Presidenta se quedó más sola.
Y a las Fuerzas Armadas se le fue despejando el camino.
“Heriberto no creía que Videla pudiera liderar un golpe, pero sí que el golpe era inevitable. Él, que había investigado vida y milagros de López Rega -el poder detrás del trono- creía que esa Argentina, donde el caos era acompañado por el terrorismo de estado, no podía continuar”, recuerda Rodolfo Terragno, embajador ante la Unesco.
“Heriberto Kahn podía traducir el pensamiento de las Fuerzas Armadas frente al gobierno peronista, pero no era un mercenario. Había una táctica coyuntural con Massera porque había un enemigo común: López Rega. Pero él era un demócrata, siempre cercano al radicalismo, y muy amigo de Enrique Vanoli, la mano derecha de Balbín. Decía que era necesario un golpe de estado, pero en la línea de Lanusse, o de Viola, que lo veía como un aperturista, pero no en la línea de Videla. Yo me sentaba en un escritorio en diagonal al suyo. Lo veía consultar hasta el último dato por teléfono, aunque sabía que estaban ‘chupados’. Cuando la redacción de La Opinión estaba en el centro, nos juntábamos en el bar “El Pulpito”. Era un gran lector de clásicos en materia política y de Derecho. Incluso de los griegos. Era un placer tomar un café con él. Pero en un momento me dijo que no quería bajar más por seguridad. Hasta que le llegó la amenaza. La vivió muy mal. Ramiro de Casasbellas (el subdirector) le dijo que se quedara en la casa, porque era más fácil que lo mataran como ‘blanco móvil’ que como ‘blanco fijo’. Pero Heriberto siguió viniendo, incluso algunos sábados. Le pusieron una custodia militar y también la rechazó”, recuerda Horacio Finoli, periodista de La Opinión entre 1973 y 1977.
La amenaza de El Caudillo: “¡Oíme, chupatintas!”
En noviembre de 1975, a partir de una internación de Isabel Perón por un cuadro vesicular agudo, Kahn publicó que, según coincidían sus fuentes políticas, militares y gremiales, a la Presidenta “ya no le resta ningún otro camino que hacer inmediato abandono del poder”
Su salida sería una solución a la crisis “en el marco de la institucionalidad”, analizó
De acuerdo a la Ley de Acefalía, una asamblea legislativa elegiría a un legislador, mandatario o funcionario público para completar su mandato presidencial.
Al día siguiente, Isabel desmintió a Kahn: anunció que no renunciaría ni solicitaría licencia.

Esa misma semana la revista “El Caudillo”, que saludaba los crímenes de la Triple A, volvió a los kioscos.
Le dedicó un editorial a Heriberto Kahn.
Lo firmaba su director, Felipe Romeo.
El texto cerraba con un mensaje.
“… corrés el riesgo de que ese nombre tuyo –chupatintas-, tenga alguna alteración y se cambie tinta por plomo. ¿Me entendiste bien, chupatintas?”.
En respuesta, Kahn publicó en La Opinión.
“Cuando se recibe una amenaza de muerte quedan como alternativas abandonar el país o mantener el ritmo de vida cotidiano trabajando como siempre. Naturalmente, he optado por este último camino pero, tal como lo manifesté en una declaración que entregué anoche a los periodistas parlamentarios ‘hago directamente responsables de mi integridad física y la de mi familia al señor Felipe Romeo, director de la publicación que me alude, a las organizaciones del justicialismo que la financian y al gobierno nacional, que tiene la obligación de asegurar la vida y los bienes de todos los ciudadanos y el ejercicio de la libertad de prensa'”.
También dejó unas líneas para Isabel: “…la Presidenta habló de ‘terrorismo periodístico’. Me pregunto si la jefa del Estado se habrá referido, entre otros a El Caudillo, para quien ‘el mejor enemigo es el enemigo muerto'”.
Al número siguiente, Felipe Romeo se molestó con Kahn por haberlo denunciado a la Justicia, además de recurrir al senador radical Carlos Perette y al jefe de la Policía Federal para enterarlos de la gravedad de la amenaza.
Romeo le dedicó otra página.
La tituló: “Yo no te amenacé Heriberto (porque no vale la pena)”.
“…. Vos creíste ver una cruel y mortal amenaza en lo que no pretendió ser más que un pronóstico. Yo te estaba hablando, casi paternalmente, de lo que podría llegar a ocurrir el día en que la gente se aburra de tus canalladas. (…) ¿Desde cuándo prevenir sobre determinada contingencia es sinónimo de amenazar?”.
Finalmente, Kahn se fue a Uruguay por dos semanas. Suponía que durante ese tiempo en blanco atenuaría la tensión. A esa altura, ya estaba casado con Mónica y tenían una hija, Alejandra, de pocos meses.
El golpe militar: la decepción.
A inicios de 1976, el país estaba cada vez más sumergido en el vacío de poder.
López Rega no suponía la totalidad del problema. Su partida no había significado un freno a la Triple A. Las fuerzas del terror paraestatal continuaron su acción clandestina, y la profundizaron.
Los muertos aparecían quemados en las zanjas o en los bosques.
Kahn creía que si las Fuerzas Armadas intervenían en ese cuadro de emergencia, no suprimirían el sistema, sino que lo reordenarían y lo regenerarían, y a partir de allí surgirían nuevos canales de expresión partidaria, nuevos dirigentes para discutir las leyes, y los sindicatos serían impolutos.
Pero apenas iniciada la dictadura militar, el 24 de marzo de 1976, según se revela en el libro Timerman, de Graciela Mochkovsky, Kahn mostró su desasosiego frente a de Casasbellas. Le contó que habían entrado al departamento de una amiga, que le reventaron la puerta, saquearon todo lo que había adentro y se la habían llevado. Kahn había pedido ayuda a sus contactos militares. Y no obtuvo nada. “Olvidate del tema”, le respondieron. Quedó desolado.
“Mi hermano, de alguna manera, con sus artículos, ayudó al derrocamiento del gobierno de Isabel. Él vivió con mucha angustia esa época. Me acuerdo su desazón cuando mataron (al ex ministro del Interior, Arturo) Mor Roig. Fue antes de casarse, todavía vivía en casa, en el barrio de Florida. Lloraba. No quería más tanta violencia, tanta arbitrariedad. Pero de ninguna manera hubiera querido lo que pasó después. No imaginaba que se recurriría a semejante grado de violencia. Creo que, después del golpe militar, no hubiera sobrevivido. Hubiera querido publicar todo lo que iba enterando y se hubiera enfrentado con los que eran sus propias fuentes. Pero para esa época Heriberto ya no estaba activo”, recuerda Gerardo “Jerry” Kahn, su hermano cuatro años menor.
En enero de 1976 Kahn se operó de meniscos después de un partido de fútbol, aunque no solía hacer deporte. A partir de entonces, fue un ir y venir del hospital.
Kahn se enfermó.
El periodista Daniel Muchnik, su compañero en La Opinión, recuerda que la enfermedad fue con la rapidez de un rayo. Intuye que fue producto del estado de tensión, una somatización por todo lo que había vivido.
Su hermano recuerda que había ganado una beca en la Universidad de Harvard, pero ya no tenía salud para viajar a Estados Unidos.
Se recluyó en su departamento de tres ambientes de La Pampa 1959, barrio de Belgrano, junto a su esposa y su hija.
Aprovechó ese tiempo muerto para escribir un libro en el que plasmara toda la información política que había recabado en los últimos años.
En la primera hoja del texto, Kahn describe un almuerzo en el departamento del canciller Alberto Vignes, junto a otros siete ministros del gabinete, en enero de 1974. En el almuerzo, el médico de Perón, Jorge Taiana, diagnosticó el cuadro de salud del Presidente: “en el mejor de los casos, no pasará de mediados de año”.
Escribe Kahn: “Mientras los demás ministros se recuperaban del plato fuerte que Taiana les acababa de servir, López Rega tomó la palabra: ‘El general se encuentra perfectamente bien. Los informes médicos son exagerados. Yo puedo decirlo mejor que nadie, porque cuando el general está mal yo también me enfermo. Y puedo asegurarles que me siento perfectamente bien'”.
“Mire López –respondió con su sonrisa irónica Angel Robledo, entonces ministro de Defensa-, déjese de pavadas porque cuando el general se muera allí va a estar usted, totalmente sano, llevando el féretro”.
Mientras Kahn escribía, Perón estaba muerto y López Rega, prófugo. “Escribía en una Olivetti Lettera 22 –recuerda Finoli-. Era gracioso verlo escribir, porque era petiso y esmirriado. Tenía un Peugeot 404 blanco y le colocaba un almohadón grande en el respaldo de la butaca para llegar a los pedales. Jodíamos mucho con eso. Cuando lo visitaba en su casa, me decía, ‘apenas salga de esta volvemos a la redacción'”. “Pero los médicos no acertaban el diagnóstico, y tampoco le daban esperanza a la familia”, indica Finoli.
Fue un tiempo de estudios y análisis constantes. Al principio se movía por el departamento, luego pasó a escribir en la cama.
“Se fue deteriorando rápido. No sé si tenía clara conciencia de lo que ocurría. Los médicos en un momento diagnosticaron una meningitis tuberculosa, pero no acertaban con un tratamiento adecuado”, afirma su hermano “Jerry”.
En sus últimos meses, dejó de escribir. Finoli tiene la imagen Kahn dictándole el libro a su esposa en su habitación. “De a ratos se le perdía la memoria. ‘Descansá, después seguimos’, le decía ella. Era impresionante. Los últimos días estaba consumido adentro de la cama”, recuerda.
“En esa época dijeron que mi papá tenía cáncer de páncreas, meningitis tuberculosa, las cosas más variadas –indica Alejandra Kahn, su hija, que ahora vive en Estados Unidos-. Hasta sospecharon que podría ser producto de las amenazas. Pero que hace cinco años yo perdí un hijo de dos, y cuando se hicieron las investigaciones después de su muerte descubrimos que tenía una enfermedad llamada Chronic Granulomatousus Desease. Eso era lo que tenía mi papá y nadie lo supo hasta que murió mi hijo. Una enfermedad genética”, afirma.
Kahn murió el 23 de septiembre de 1976 en su departamento, a los 30 años. El diario publicó:
“Es difícil decir qué le debe el país a un periodista. Es más sencillo recordar qué le debe La Opinión a Heriberto Kahn. Durante varios años fue uno de los responsables de la información en las áreas más delicadas de la política, las Fuerzas Armadas, las relaciones exteriores. Y le debemos el que nos haya enseñado –sin palabras altisonantes, sólo con su ejemplo, nada menos- que valía la pena correr todos los riesgos en nombre de la libertad de información, de las libertades individuales de sus conciudadanos, de la construcción de una sociedad argentina democrática, de la búsqueda de una Argentina entroncada en su identidad histórica”.

El homenaje llegaba en un momento en que todas las libertades que Kahn aspiraba habían sido quebradas. Quizá fuese el modo en que el diario de Jacobo Timerman encontraba para decirlo, en un contexto de represión ilegal y secuestros, que ya se publicaban en sus páginas, pese a la censura castrense.
“Timerman publicó algunas cartas de madres de desaparecidos. No quiso quedarse atrás del Buenos Aires Herald. Él era omnipotente. Yo presencié reuniones en la que le decían “rájate, que te van a agarrar”. “Nadie me va a tocar –decía-, yo soy amigo de generales. Finalmente (Ibérico) Saint-Jean (gobernador de Buenos Aires) se cagó en sus amigos y en todos, y lo torturó”, indica Muchnik.
En marzo 1979, a instancias de su hermano Gerardo, editorial Losada publicó el manuscrito que no pudo terminar. Su esposa lo había guardado en un sobre.
Doy fe llegó a la lista de best seller. Se hicieron dos reimpresiones.
En el prólogo, Roberto Cox, entonces director del Buenos Aires Herald, afirma:
“Cuando se escriba la historia definitiva de los años tumultuosos de la década del setenta, los historiadores futuros reconocerán sin duda su deuda con un hombre, sobre todos los demás, que dio testimonio de la época que le tocó vivir. Heriberto Kahn, fue más que un testigo, por supuesto. Ganó para sí un lugar en la historia por su coraje para hacer público el grotesco atentado de José López Rega para adueñarse del poder en la Argentina”.

sábado, 20 de agosto de 2016

LA BATALLA QUE SALVÓ A LA PATRIA (PARTE II)

JORGE FERNANDEZ DIAZ
 
La batalla que salvó a la Patria (Parte II)
El capitán Bermúdez, que estaba dispuesto a morir, reagrupó a los gritos el regimiento y encabezó en medio minuto la segunda carga. Tenía el pálpito de que había fallado. Que había dado un rodeo demasiado largo con su columna y que el ataque sincronizado que había planeado su jefe no se había cumplido acabadamente.
Si las dos divisiones hubieran caído al mismo tiempo sobre los godos el aniquilamiento hubiera sido inmediato y total. Esa demora, en cambio, permitía que Zabala tuviera tiempo de hacer retroceder a sus hombres para intentar volver a cohesionarlos en medio de la desbandada. Se había generalizado la lucha cuerpo a cuerpo, y uno de los oficiales del Regimiento de Granaderos les había pasado literalmente por encima a los muertos y a los fusileros que protegían la bandera española, había partido al medio de un sablazo al portaestandarte de los realistas y se la había arrancado de las manos. El granadero volvió grupas y al galope corrió mostrando a todos el trofeo más preciado: la bandera roja y gualda que los militares españoles usaban desde fines del siglo XVIII y que San Martín había defendido durante tantos años y en tantas batallas.
La infantería realista había sido herida de muerte con el ataque frontal. Los soldados de Zabala habían abandonado en el campo su artillería y sus muertos, pero estaban formando cuadro a ciento cincuenta metros del primer choque. Bermúdez no se lo permitió. Enloquecido de culpa y de ira lanzó la carga a fondo y se los llevó por delante.
Los alaridos de dolor y los gritos de guerra tapaban las órdenes, y el tañido de los aceros, el crujir de los huesos y el horripilante rasguido de la carne sonaban más que los ocasionales disparos. El vigor de los granaderos era tan grande que los godos que quedaban vivos ya se dispersaban en desorden, o retrocedían hacia la bajada oponiendo bayonetas.
Zabala había recibido unalanzada en un muslo y rengueando seguía dando voces desesperadas para que sus soldados ganaran la senda delgada y bajaran hasta la costa. «¡Viva Fernando VII y la invicta nación española!»,gritaba a cada rato. «¡Y viva la madre puta que te parió!», le respondía Bermúdez.
La fuerza de la carga de Bermúdez era tan ciega que su segundo atropello a varios enemigos hasta el borde de la barranca, recibió un disparo en la cabeza, pero no le dio gran importancia y siguió cabalgando hacia el vacío. En la playa y en los botes, la retaguardia española vio cómo un jinete y su caballo galopaban en el aire, volaban y volaban,y caían metros y metros hasta las piedras y la arena dura.
Como si creyeran que aquel jinete del infierno tenía poderes sobrenaturales, se le acercaron para rematarlo a cuchilladas. Entonces los buques españoles abrieron fuego a discreción. Y varios granaderos recibieron la andanada y murieron en el acto. Un obús alcanzó a Bermúdez y lo derribó. El capitán se revolvió de dolor y rabia, y quiso seguir pero cayó asombrado: tenía completamente dislocada una pierna.
El proyectil le había quebrado la rótula y la sangre manaba de manera incontenible. «¡A degüello, a degüello! ¡No dejen escapar a esos malparidos!», gritó todavía, a punto de desmayarse. Zabala había logrado que varios de sus infantes recularan por la senda que daba al arroyo, pero otros en medio del pánico huían hacia el borde mismo del barranco perseguidos por los granaderos a caballo.
Estaban tan aterrorizados que se lanzaban por el precipicio y se hacían pedazos contra las rocas. Un oficial del regimiento les dijo que se entregaran, pero los españoles parecían haber perdido la razón. Y se seguían arrojando
al abismo, pensando ilusamente que podían salvarse y ganar los botes.
Sus cuerpos rebotaban y se desmembraban barranca abajo, y en los días que siguieron sus restos diseminados sirvieron de plato para las aves de rapiña. Apuntalado por su ayudante, San Martín montó un caballo criollo, avanzó por la planicie, en medio de los destrozos del campo de batalla, y dispuso un frente para evitar que los infantes intentaran volver a subir y también una línea de francotiradores para que les hicieran difícil el reembarco.
El cañoneo de los buques no cesaba, y Zabala y sus hombres se protegían recostándose contra las barrancas, sitiados a la sombra, sin poder avanzar ni tampoco retroceder. El coronel vio a Bermúdez caído y ordenó que lo llevaran rápidamente al convento. El capitán no podía mirarlo a los ojos. «Riera», dijo en voz baja San Martín y tiró levemente de las bridas. Había regueros de sangre, cadáveres, moribundos, heridos, contusos, devastación y humo, y un fuerte e inconfundible olor a muerte.
El coronel contó más de cincuenta muertos diseminados a lo largo y a lo ancho de doscientos metros de planicie, y verificó que su regimiento había tomado a catorce prisioneros. El aplastamiento de la pierna y el golpe del hombro y del brazo no le impedían moverse por ese jardín infernal. Sus soldados lo miraban como a un ánima bendita, con el tajo en la mejilla y el vómito de sangre de Cabral que le manchaba el uniforme.
A las ocho de la mañana se había montado un hospital de campaña en el comedor de los frailes, las apaleadas
tropas realistas habían logrado subir a los botes y los cañones habían dejado de disparar.
Un médico le realizó las primeras curaciones al coronel, pero éste se lo sacó de encima. Había un granadero
riojano con un pie destrozado, un puntano que había perdido el brazo izquierdo, varios tenían fracturas expuestas y mutilaciones, y algunos se debatían entre la vida y la muerte.
Un oficial le mostró el cadáver de Cabral. El correntino dormía en un gesto ceñudo, como si aún estuviera contrariado. San Martín le tomó el único botón de la chaqueta que no estaba viciado por la sangre reseca. Ese botón relucía. Por algunos años, al pasar lista, se llamaba a Juan Bautista Cabral, y el sargento más antiguo respondía: «Murió en el campo del honor, pero existe en nuestros corazones.»
Y en el código militar, el santo y seña que significaba regimiento alerta y vigilante, era:«Cabral, mártir de San Lorenzo.»También rengueando y a paso lento, el coronel salió al huerto sin visitar a Bermúdez. Estaba magullado y muy enojado con su capitán, que no había sabido cortar a tiempo la retirada del enemigo. Un joven teniente lo ayudó a sacarse la chaqueta y un asistente le trajo una silla. Se ubicó bajo un pino piñonero, cuya semilla los franciscanos habían traído de las costas del Mediterráneo, y dictó el parte de batalla.
Era un árbol añoso y se estaba haciendo eterno. En Waterloo, el duque de Wellington se había refugiado bajo un
olmo durante los principales tramos de la jornada gloriosa. Cuando todo terminó, un inglés lo hizo serrar y se lo llevó a Inglaterra de recuerdo. Wellington se había mantenido allí con tozudo heroísmo mientras le llovían las balas de cañón. Su ayudante de campo acababa de morir a su lado, y un oficial le señaló al duque una granada caída y a punto de reventar. «Milord, ¿cuáles son las instrucciones que nos deja si se hace matar?», le preguntó con ironía inglesa. «Que hagan lo mismo que yo», le respondió Wellington con idéntica flema. San Martín no tenía aquel mismo temperamento, pero fue mejorando el
humor negro a medida que avanzaba el dictado de los hechos. Se imaginaba lo que fue: cuando el mensajero llevó la
noticia a Buenos Aires hubo una salva de artillería y un repiquetear interminable de campanas.
«Y qué dirán ahora los porteños —se preguntó—. ¿Seguirán diciendo que soy un espía español, eso hijos de la gran puta?»Eran casi las mismas palabras que había mascullado después de Arjonilla. Habían cambiado los nombres, los lugares y las razones políticas, pero no habían cambiado ni las calumnias, ni el resentimiento ni su sed de revancha. Así como La Gaceta Ministerial de Sevilla lo había hecho célebre luego de Arjonilla, La Gaceta de Buenos Aires lo cubriría de elogios.
Pese a que jamás dos acontecimientos se repiten de manera exacta, comprobaba ahora el coronel, los hechos venían de dos en dos o de tres en tres, y efectivamente no había más que quince o veinte personalidades combinables en la raza humana. Solano era Aguado y Coupigny, y el malogrado subteniente Riera y el húsar Juan de Dios habían vuelto para combatir aquella madrugada en los alrededores del convento de San Carlos. Así como Arjonilla fue una reyerta pequeña pero decisiva que determinó el ánimo con que se vencería en Bailén, San Lorenzo era la génesis de una fuerza profesional que cambiaría la historia de América del Sur.
Distanciados por cuatro años, los dos encontronazos estaban íntima y secretamente ligados. Sólo que el capitán San Martín había luchado bajo la bandera roja y gualda, y el coronel San Martín había guerreado contra ella. Y lo más extraño era que siempre había peleado por la misma causa.
Hacía un calor sofocante a media mañana, cuando vino de sus oficiales le avisó de que el capitán Zabala había vuelto a desembarcar y que solicitaba permiso para parlamentar con los vencedores. San Martín mandó un emisario y a su regreso se enteró de que el comandante no tenía víveres ni forma de alimentar a los heridos: ofrecía pagar por un poco de carne. El coronel ordenó que le entregaran media res y que lo aprovisionaran. Fue entonces cuando el emisario trajo una última propuesta: «Dice el señor comandante que a título personal le gustaría conocer a los granaderos y estrechar la mano de su jefe.» Parish Roberston, que se había acercado al pino, lanzó una carcajada. San Martín no reía. Se tocó la mejilla lacerada, pensativo. Luego levantó la vista y le dijo a su portavoz: «Dígale al señor comandante que tendré mucho gusto en que nos acompañe a desayunar.»