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miércoles, 2 de septiembre de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA,


La obsesión por impartir lecciones desde un pedestal moral
Retrato do professor Loris Zanatta - Palazzo Blu
Loris Zanatta

Critiqué al Gobierno en relación con el Covid, y el Gobierno respondió. El canciller, para ser precisos. ¿Será porque soy extranjero? En la medida en que puede ser extranjero un italiano en la Argentina, o un argentino en Italia. Le estoy agradecido, aun si me ha maltratado. Se lo notó muy molesto. Será que le he tocado un nervio.
La polémica personal no interesa a nadie; el Covid, a todos. Al respecto, hago presente que seré aún más crítico. Pero primero una aclaración: el canciller me llama terraplanista. Es un viejo truco, el espectro de Apold flotando: desacreditar al adversario. Lástima que no soy Miguel Bosé, no marcho contra los barbijos, no niego la oportunidad de la cuarentena. Contra los negacionistas escribí palabras duras. Como todo el mundo debería, tengo dudas sobre la mejor forma de afrontar la pandemia. Pero la viví de cerca, no la subestimo en absoluto.
En mi artículo escribí que en la Argentina “algo ha salido mal” con el Covid, que “la cuarentena ha resultado ser un escudo de hojalata” y que “es difícil no deducir que no se aprovechó el tiempo ganado con el cierre anticipado”. Dada la obsesión del Gobierno por subirse a un pedestal moral desde el cual impartir lecciones, también agregué: “La lucha contra el Covid no es un concurso de premios, nadie será el ganador y todos necesitaremos a todos”. ¿Cómo me responde el canciller? Presumiendo de éxitos: “Según la Universidad Johns Hopkins, la Argentina padeció 170 muertes por cada millón de habitantes”. Se fía tan poco de las estadísticas de su gobierno que se escuda en la Universidad Hopkins. Pero la Hopkins no hace más que recoger los datos de los sistemas nacionales de salud, o sea ¡de los gobiernos! Por eso hay varios datos que son ridículos.
La idea de que alguien tome al pie de la letra esas estadísticas sobre el Covid y las use como bandera es un poco penosa. En mi país, hasta las piedras saben –y prestigiosos institutos de investigación lo han demostrado– que esos números son aproximados. Aun si fotografiaran la realidad, por otro lado, tendría cuidado: el héroe de hoy es a menudo el villano del mañana; ¿es posible que las autoridades argentinas todavía no se hayan enterado? Si los tomáramos en serio, en Rusia, la India o Bangladesh descorcharían champán: tienen tasas de mortalidad mucho más bajas que las de la Argentina. Lo cierto es que, especialmente al comienzo de la pandemia, en Europa y en Asia se infectaron y murieron de Covid muchas más personas de las que dicen las estadísticas. ¿En la Argentina?
El motivo de la subestimación es que se realizaban pocas pruebas. He tenido amigos enfermos, conocidos muertos que nadie testeó. Algunos virólogos decían que las pruebas son inútiles. Se arrepintieron. Desde entonces, entre muchas opiniones encontradas, un consenso ha madurado en el mundo: testear, testear, testear. No es suficiente, pero es necesario. Sin pruebas masivas, el virus no se identifica a tiempo y es más difícil curarlo; los contactos de los infectados, especialmente los asintomáticos, no se rastrean ni aíslan; la pandemia no se contiene. Por eso las pruebas han aumentado tanto en todas partes. Junto a los efectos de la cuarentena, esto frenó o depotenció el virus. ¿Está volviendo a levantar cabeza? ¿Habrá nuevos cierres? No lo sé. Pero gracias a las pruebas estamos mejor equipados que antes.
¿Y la Argentina? Tuvo el diario del lunes, habrá tomado las medidas necesarias. Para nada. Después de seis meses, la cantidad de pruebas es ridícula; el porcentaje de positivos, altísimo: para la OMS no debería superar el 10%, en muchos países está entre el 1% y el 5%, y en la Argentina no baja del 40%. ¿Qué significa eso? Simple: que los infectados son muchos más de los declarados. ¿Los muertos también? Es probable. El virus está fuera de control y, estando fuera de control, solo queda imponer más cuarentena, que la población soporta cada vez menos, lo que la hace ineficaz. Un círculo infernal, un túnel sin salida. Pero en lugar de hacer más pruebas hoy, el Gobierno anuncia que fabricará la vacuna mañana. Todo el mundo está trabajando en la vacuna; la misma que producirá la Argentina también se
¿Ineptitud? ¿Mala fe? Una cosa no quita la otra
Pero es inevitable preguntarse: ¿al gobierno argentino le importan más las vidas o los números?
fabricará en Europa. Pero ningún gobierno lo anunció con el estrépito con que lo hizo el gobierno argentino. Sonó un poco bananero, para mi gusto.
¿Ineptitud? ¿Mala fe? Una cosa no quita la otra. Pero es inevitable preguntarse: ¿al gobierno argentino le importan más las vidas o los números? ¿Las estadísticas para exhibir o los seres humanos de carne y hueso? ¿El relato o la realidad? ¡Si el ministro supiera cuán fuera de lugar está su ironía sobre el “populismo”! Manipular números es un antiguo arte populista; el cinismo sobre las pruebas es hijo de la misma cultura que se apoderó del Indec. ¿De qué sorprenderse? ¿Acaso no se le cambió el nombre a la cuarentena?
Si el Gobierno realmente se preocupa tanto por compararse con otros países, podría hacerlo de otra manera. Por ejemplo: todo el mundo afectado por el Covid está debatiendo cómo reabrir las escuelas y volver al trabajo; estos son los temas que más importan a los ciudadanos. ¿O no? Pero en la Argentina, la prioridad, en medio de la pandemia, es reformar la “Justicia”, es decir, someterla. ¿Será normal?
Una última cosa, más ligera (incluso las cosas más dramáticas tienen un lado cómico). El canciller enumera los extranjeros “buenos”: Potash, Rouquié, Gillespie, James, Page. A su lado, yo soy un paria. Me hizo acordar al primer canciller de Evo Morales. Al asumir, declaró no haber leído libros durante años para evitar la influencia del “pensamiento occidental”. Atado como Ulises al mástil para no sucumbir al canto de las sirenas, ¡debía de tener muy poca fe en sus creencias! Como los libros de esos distinguidos profesores tienen treinta o cuarenta años, me temo que el canciller siga los pasos de su colega boliviano. Lástima, yo estaría feliz si leyera uno de los míos. No le haría daño.
Ensayista y profesor de Historia de la Universidad de Bolonia

viernes, 28 de agosto de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA


El mundo necesita con urgencia una nueva clase dirigente
Alberto va a tratar de robarle las banderas a Cristina. Él va a ...
Loris Zanatta
Ensayista y profesor de Historia de la Universidad de Bolonia
Primero fueron las filminas, ahora la vacuna. ¿Mañana? Durante meses, armado con su varita, el Presidente sermoneó que la Argentina era la mejor, que los chilenos eran un desastre, que los suecos, peor; que todos fueran a la escuela. “¡No pasará!”, pareció gritarle al virus. Tenía el viento a favor: gracias a la experiencia asiática, dada la tragedia europea, había cerrado las fronteras y decretado una cuarentena preventiva. Aplausos. Contener la pandemia, aislar el virus, parecía menos imposible que en otros lugares. Aunque muy concentrada alrededor de la capital, la densidad de la población argentina es muy baja, la distancia entre las principales ciudades, enorme; el flujo humano y comercial, limitado en comparación con China, o Europa, la costa este de Estados Unidos o las metrópolis indias. ¿Un éxito anunciado? Así lo esperamos muchos.
Pero algo ha salido mal, es evidente: la cuarentena ha resultado ser un escudo de hojalata y la Argentina sube en el ranking de víctimas, contagios, recesión. Las provincias han sido alcanzadas, a su vez. Es difícil no deducir que no se aprovechó el tiempo ganado con el cierre anticipado, que se falló en el objetivo de frenar la pandemia, que la Argentina está como muchos otros: algunos lo han hecho peor, otros mejor. ¿Tendrá sentido hacer cuentas y asignar notas de calificación? Mejor no dar cátedra, ¿verdad?
¡Qué va! Ahora le toca a la vacuna: la Argentina la producirá pronto, anunció el Presidente. Tiene científicos de primera clase, esto es notorio, así que en “seis meses”, tal vez “un año”, estará disponible. Ojalá. Más aplausos. Falta mucho, sin embargo, y lo mismo prometen en todos lados. Un poco de prudencia no estaría de más. Pero prometer no cuesta nada, y cuanto más oscura es la noche, más anhelado el amanecer: de “el virus no pasará” a “el virus se irá”.
En cambio, uno esperaría explicaciones sobre lo que no funcionó, sobre errores y deficiencias, propuestas y plazos, diagnósticos y planes. Pero no: se viene la “solución final”, un nuevo capítulo en la eterna batalla contra el dragón, otra promesa de salvación, el espejismo de un nuevo primado argentino, de la tierra prometida para el “pueblo elegido”. Espero que no sea el espectro de Ronald Richter, que, medalla peronista al cuello, revolotea sobre la isla de Huemul; o del presidente Perón, que anuncia al mundo que la Argentina “produce energía atómica”.
No hay nada de qué reírse, dadas las circunstancias, pero la tentación es fuerte. ¿Por qué esta ansiedad para primar? ¿Por qué tanta viril exhibición? ¿Qué falencia debe compensar? ¿No será un reflejo cultural? Porque el caso argentino es uno entre muchos, un caso ordinario: medio mundo presume de éxitos contra el Covid, decenas de gobiernos anuncian milagros inminentes. ¡Trump y Bolsonaro incluso creen en las virtudes taumatúrgicas de la cloroquina! ¡López Obrador e Iván Duarte, en el de los amuletos y los íconos religiosos! Hasta el gobierno italiano está convencido de haber hecho maravillas, y se infla el pecho si The New York Times se lo reconoce. ¿Y Putin? Llueven alabanzas sobre su Sputnik: la Santa Madre Rusia nos salvará. La historia es siempre la misma: ¿acaso Fidel Castro no prometió la vacuna contra el sida? Bueno, un poco de paciencia.
Así funciona el populismo, no me cansaré de repetirlo, tal es la esencia de la mentalidad populista: a la prosa del buen gobierno prefiere la lírica de la redención, a la imperfección de la historia la ilusión de la providencia, a la competencia la fe, a la crítica la lealtad, a la realidad el relato. ¿Tendrá esta “cultura” algo que ver con sus fracasos? El régimen cubano nunca derrotó al sida, pero acaba de crear “brigadas” contra los “coleros” y un nuevo sistema de apartheid económico; prometía el cielo, creó un orden primitivo. Es lo que pasó con el primer Sputnik, el de 1957: todos aplaudieron la superioridad tecnológica soviética; luego se descubrió que ocultaba un sistema opresivo y estancado, que había sido la flor de un día. Sospecho que volverá a suceder lo mismo, aunque Putin se burle de los protocolos científicos acatados por los demás. Por otro lado, no me parece que la cloroquina haya beneficiado a Estados Unidos y Brasil, que la Virgen haya protegido a México y Colombia, que el eslogan “cuarentena o
La vía sueca contra el coronavirus no es ningún triunfo; ha sido objeto de críticas y autocríticas
Pero Suecia no invocó la abstracta “salud del pueblo”, sino la concreta “responsabilidad” de los ciudadanos  haya impermeabilizado a la Argentina.
Ante este panorama desalentador, resuena más que nunca la respuesta del embajador sueco a Alberto Fernández cuando este, en mayo pasado, comparó con desdén los “éxitos” argentinos con los “fracasos” suecos. Es un pequeño pero precioso manual de cultura antipopulista. No tanto por el contenido: la vía sueca contra el coronavirus no es ningún triunfo, ha sido objeto de críticas y autocríticas. Sino por el método, el espíritu, el tono. Por el método porque el diplomático no pretendió dar lecciones a nadie. En Suecia, escribió, “estamos aprendiendo”; en lugar del dogma populista, el criterio científico: experimentación, error, aprendizaje, corrección. Por el espíritu porque no invocó la abstracta “salud del pueblo”, sino la concreta “responsabilidad” de los ciudadanos, su “confianza” en las instituciones, fruto de una larga historia de relaciones horizontales y transparentes, no verticales y clientelistas. ¡Qué gran diferencia! La diferencia entre una sociedad jerárquica y paternalista y otra abierta y democrática. Por el tono, finalmente: “Siempre estamos abiertos a dialogar con otros países para que podamos aprender unos de otros”; un pinchazo de elegancia e ironía que desinfló la pedantería del presidente argentino: no es “forma”, sino “estilo”, una manera de concebir la vida y de vivir la historia.
¿Entonces? Tarde o temprano el tiempo pasa factura. Al pretender sobresalir, no se ganan amistades, estima ni respeto. Más bien se siembran rencores de los que otros pagarán un día la cuenta. La lucha contra el Covid no es un concurso de premios, nadie será el ganador y todos necesitaremos a todos. Ojalá se convierta para algunos en escuela de civismo, realismo, sobriedad, humildad, virtudes a las que el populismo es inmune. El mundo necesita con urgencia una nueva clase dirigente.

lunes, 10 de agosto de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA,


Lo que está en la mira es el Estado de Derecho
Loris Zanatta brindará una conferencia sobre Populismo en la FCJS
Loris Zanatta
La Justicia es un bandoneón para ciertos gobiernos: se expande y se estrecha siguiendo su partitura. Las Cortes Supremas son orquestas maleables: a cinco, a nueve, a veintiún instrumentistas cambian según el capricho del director, según este ame más las trompetas, los violines o las percusiones. Algunos son músicos de cámara única e intentan tocar al unísono, otros tienen más cámaras y sucede que los jueces se pelean por la primacía, se disputan las funciones. Lo que importa es que se escuche la sinfonía requerida.
Huelga decir que toda “profunda reforma de la Justicia” tiene excelentes razones de ser: jueces politizados, juicios lentos, corrupción, privilegios corporativos. ¡Ya basta! ¡Es tiempo de cambiar! De ahí la necesidad de insertar el bisturí en los órganos más delicados del Estado y de redefinir los límites sagrados entre los poderes. Tal es la emergencia que ¡ay de hacer objeciones, ay de recordar el fracaso de la última e igualmente profunda reforma, también urgente, también necesaria, también salvadora! No querrán pasar por enemigos del “pueblo”.
Sin embargo, el frenético ir y venir de reformas judiciales que acompaña a los cambios de gobierno, último en el tiempo el de Alberto Fernández, es sospechoso. Para no dar vueltas: ¿buscan la eficiencia o el control político de la magistratura? ¿La transparencia o la impunidad? ¿Más y mejor Justicia o libertad para el arbitrio? Por las dudas, refresquemos la memoria; hagamos un breve recorrido histórico por las reformas implementadas por los gobiernos afines al gobierno peronista, aquellos de los cuales el presidente argentino dice tener “nostalgia”. Solo para responder una simple pregunta: ¿surge su urgencia de una necesidad real o sigue una pauta?
Uno de los últimos en intervenir la Justicia fue Rafael Correa. ¿Cómo culparlo? La credibilidad de los jueces ecuatorianos estaba por el piso. En 2011 organizó una consulta popular. “Dirán que queremos meter mano en las cortes”, se adelantó. Pues sí, explicó, “queremos meter las manos”. Claro, “por el bien del pueblo”: populismo de 36 quilates. Correa se hizo entonces un Poder Judicial a medida y lo arrojó contra sus enemigos. Human Rights Watch mostró las evidencias. Hasta que el tiro le salió por la culata: la Justicia se politizó, la política se judicializó, y ahora le toca a él gritar contra el lawfare que en su tiempo desencadenó. ¿Y el “pueblo”? Su confianza en la Justicia cayó en picada.
Diferentes las circunstancias, igual el guion en Bolivia. La Justicia, anunció Evo Morales en 2010, requiere un “proceso de descolonización”, adecuado a la “interculturalidad” y el “pluralismo legal” del nuevo “Estado plurinacional”. ¡Qué jerga, qué pompa! Fue así como aplicó su terapia “revolucionaria”. Obtenidos poderes especiales por el Congreso, nombró a 18 magistrados claves. ¿Será coincidencia que siete años después el Tribunal Constitucional lo haya autorizado, a contrapelo de un referéndum, a postularse para otro mandato? Le pasó lo mismo que a Correa: el garrote que en su momento usó contra sus enemigos golpea ahora su cabeza. ¡Lawfare!, grita escandalizado. Lágrimas de cocodrilo.
Venezuela había hecho escuela: con la reforma del Tribunal Supremo en mayo de 2004, Chávez incorporó 12 jueces chavistas. Se hizo así con la mayoría y lo convirtió en un apéndice del gobierno. Así lo explicó el nuevo presidente de la corte, anunciando una “transformación revolucionaria del sistema judicial” y profesando lealtad absoluta al “motor de la revolución”, el comandante Chávez. Fue ese Tribunal, usurpando los poderes de la Asamblea Nacional, el destinado a nombrar a los jueces del Consejo Electoral Nacional. Siguió una purga masiva en todos los niveles de la Justicia: la lealtad al chavismo se convirtió en el requisito de cualquier carrera legal.
Padre e ídolo de todos ellos fue Fidel Castro. Incluso él prometió “justicia”: “Cuando venzamos –dijo en la Sierra–, castigaremos a los criminales con la ley en la mano”. ¿Cumplió? Ni pregunten: aplicó la “pedagogía del paredón”. “Los juzgamos y los fusilamos”, comentaba divertido; la sentencia ya estaba escrita. Los procesos revolucionarios eran farsas, se realizaban entre la muchedumbre que gritaba. ¿El tribunal quiere liberar a un esbirro, preguntó una vez? Fusilaré a los jueces. Así fue: un juez absolvió ciertos pilotos acusados de bombardeos: era un juez castrista, pero no había pruebas. Fidel hizo revocar la sentencia, el juez fue encontrado muerto. “La famosa separación de los poderes del famoso Montesquieu nunca entrará en Cuba”, juró. Dicho y hecho.
Pero ¿por qué buscar tan lejos? Si la “Justicia” pertenece al “pueblo”, pensaba ya Perón, y el “pueblo” lo había elegido a él, a él y a su gobierno debía responder, ¿qué duda cabía? Así fue como en 1947, temiendo que la Corte Suprema pusiera palos en las ruedas de la “revolución”, encargó la destitución de sus ministros. Todos menos uno, el único que le obedecía. ¿La justificación? Grotesca pero eficaz: haber faltado a sus obligaciones al reconocer la legitimidad de los gobiernos surgidos de los golpes, incluso el de 1943, el mismo que había encumbrado a Perón. ¡Una histórica tomada de pelo! Los magistrados removidos fueron sustituidos por togados de incuestionable lealtad.
Gerinda Bai: UNA JUSTICIA VERGONZOSA Y VERGONZANTE
Es bien sabido que al pensar mal se comete pecado, pero a menudo se adivina. Que en medio de una pandemia, con las escuelas cerradas y los hospitales al borde del colapso, mientras la economía se derrumba, el desempleo crece de manera desmesurada, la miseria se extiende, la violencia avanza, el gobierno argentino no tenga otra prioridad que reformar la Corte, es asombroso: ¿será otra tomada de pelo? Dicen que es para “salvar” a Cristina Kirchner, para garantizarle la impunidad. Puede ser. Pero dados los antecedentes de la familia política a la que el peronismo pertenece, dada su extrañeza a la división de poderes, dados sus conceptos de “Justicia” y de “pueblo”, temo que sea algo más que eso: lo que está en la mira es el Estado de Derecho, la “democracia burguesa”, siempre ella.

lunes, 27 de julio de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA,


Pueblo o antipueblo, el eterno chantaje de la política latinoamericana
Es inútil tratar de convertir al otro al credo propio; hay que aprender a vivir con los diferentes y aceptarlos como son
INDEC QUE TRABAJA II : OPINA LORIS ZANATTA
Loris Zanatta
La noticia de que Alberto Fernández y Andrés Manuel López Obrador están a punto de “cambiar el mundo” es decididamente exagerada. Un poco como la que una vez anunció la muerte de Mark Twain. Sin duda, el mundo no se enteró. Mejor así: daría aliento a ciertas viejas bromas sobre el ego de los argentinos; cosas desagradables.
Sin embargo, levanta un velo sobre la política exterior del Gobierno. ¿Por qué insiste en mimar a un país remoto, México, y provocar a los países vecinos? ¿Por qué prefiere el mundo imaginario al real, los gobiernos de ayer a los que están en ejercicio, la afinidad ideológica a la geografía y el comercio? Nos pasa a todos eso de tener vecinos indeseados. Pero pocos como Fernández pensamos en desalojarlos y reemplazarlos con amigos y familiares: invoca el regreso de Correa y Lula, lo hospeda a Morales, extraña a Chávez e incluso a Lugo (sic). Si los demás lo hicieran con él, clamaría por la soberanía violada, la interferencia en los asuntos internos, el complot imperialista. Es una política desestabilizadora, conflictiva, sin ganancia aparente. ¿Cómo explicarlo?
Aunque a menudo ignorada o tergiversada, la historia ayuda a comprender. No porque Fernández se inspire en ella, sino porque es el surco en el que creció, la vía que le impide considerar otros horizontes. ¿Qué historia? Bien mirado, su política exterior es la misma del peronismo temprano: refleja el sueño eterno de unir a los latinos contra los anglosajones, de salvar la “cultura” de los “pueblos” del liberalismo que los corrompe. Así lo quiere, en los saecula saeculorum, el destino manifiesto argentino.
Sé que es un lenguaje desusado, anacrónico, pero no me culpen a mí: no es mi culpa si el peronismo toca siempre el mismo disco. Comparen los diagnósticos, lean las propuestas, oigan los lemas, busquen las raíces: el Grupo de Puebla es el heredero del ALBA, que a su vez lo era del OLAS, nieto espurio de Cusla, Atlas y de las muchas siglas acuñadas en su momento para exportar la “tercera posición”. Diferentes nombre y contexto, diferentes estrategia y envoltura, idéntico en lo esencial: no es un proyecto de integración entre diferentes, de cooperación basada en intereses compartidos, instituciones comunes, respeto mutuo. No. Es una misión redentora, un sueño de fusión, de expulsión del vecino desagradable de “mi” casa.
La América Latina a la que aspira Fernández es, por lo tanto, la misma a la que aspiró Perón: una comunidad de fe poblada por gobiernos de un solo color, el paraíso de la reconquista nacional popular, la Patria Grande. Lula derribará a Bolsonaro, Correa volverá al poder y Morales con él; Chile, Perú y Colombia purgarán los pecados y regresarán al redil. Paraguay los seguirá. ¿Venezuela? ¿Nicaragua? ¿Cuba? Bien así: un pequeño Purgatorio y ya están de vuelta, puras como vírgenes. Allá arriba en el norte, lo que queda de la cuarta T mexicana cierra el círculo. Aislado, Uruguay bajará la cresta.
Como a principios de la década de 1950, cuando el sueño de la Patria Grande parecía realizado. Con tal de lograrlo Perón, como Fernández, no era muy delicado: no desdeñaba a ladrones y matasanos, estafadores y caudillos. Prefería los militares a los políticos, los cuarteles a los parlamentos; no lo digo yo, lo decía él. Se complacía con Vargas en el poder en Río; con la admiración del general Odría en Perú y la devoción del general Pérez Jiménez en Venezuela. El general Rojas Pinilla, fugaz dictador en Bogotá, trata de emularlo. Velazco Ibarra reinaba en Quito, Paz Estenssoro en La Paz, sus amigos Colorados en Asunción, Ibáñez en Santiago: todos habían llegado al poder con su ayuda, todos eran de su palo. Somoza y Trujillo lo adoraban y él los adoraba a ellos. Este es el álbum familiar peronista, para aquellos que no lo recuerdan. Allá en el norte, entonces como hoy, el nacionalismo mexicano era la otra trinchera panlatina. ¿Uruguay? Siempre solo.
Desde entonces todo ha cambiado, excepto el sueño. Donde Perón olía la gloria, Fernández busca apenas un salvavidas: de la “Argentina potencia” no quedan sino las migas. Pero tiene una baza que aquel no tenía; una baza preciosa. Cuando Eva llegó al Vaticano para abogar por la causa de la “tercera posición”, encontró un muro. Solo Estados Unidos, pensaba Pío XII, podía defender la cristiandad del comunismo: ¿por qué unir a América Latina contra ellos? Hoy es todo lo contrario. El comunismo es un recuerdo, Washington jadea, en San Pedro gobierna Bergoglio. Palabras, gestos, hechos: él es el faro de la reconquista. Ayuda a Lula y reúne al peronismo, les hace guiños a Morales y Correa, envía señales a López Obrador, amonesta a Chile y Colombia, compra tiempo para Maduro y Ortega. Hasta se juega por los gobiernos de Italia y España, para la “conversión” del Fondo Monetario. Acaba de nombrar a un madurista de hierro en un cargo vaticano: causó desconcierto, pero no debería sorprender.
No es que el Papa trame o “conspire”, para nada. Es que así lo requiere su idea de pueblo “mítico”, de “cultura” expresada por los movimientos “nacionales y populares”. ¿Que se equivocan? ¿Que son corruptos y autoritarios, ineptos e ineficientes? ¿Que matan y torturan, manipulan las elecciones y violan las constituciones? Sucede, sucede. Pero en ellos late el “pueblo”, para ellos el camino de la redención siempre está abierto. Camino, en cambio, cerrado a sus enemigos, “oligarcas” de por vida, demonios expulsados del paraíso, desfigurados por el virus secular. Entre uno y otro, nada: ninguna senda reformista, democrática, secular o progresista; o nosotros o ellos, o el pueblo o el antipueblo, el eterno chantaje de la política latinoamericana, incapaz de superar las guerras de religión. Este fue y sigue siendo el mito de la Patria Grande.
¿Cómo terminará? ¿Tendrá éxito Fernández donde Perón falló? ¿El Grupo de Puebla triunfará donde fracasó el ALBA? En ambos casos la Patria Grande duró lo que dura un merengue en la puerta de un colegio. ¿Por qué? Porque el principio de realidad se impuso sobre el dogma de fe, la geopolítica sobre la ideología, la economía sobre la moral, la pluralidad sobre la unanimidad. Apuesto a que terminará así de nuevo y por las mismas razones. El abrazo de López Obrador a Trump es solo uno de los muchos indicios. Es inútil pretender expulsar a los vecinos molestos o convertirlos a nuestro credo; debemos aprender a vivir con los diferentes, aceptarlos como son. ¿Cuánto más tiempo se perderá antes de entenderlo?
Todo ha cambiado menos el sueño; donde Perón olía la gloria, Fernández busca apenas un salvavidas: de la “Argentina potencia” no quedan sino las migas
Ensayista y profesor de Historia de la Universidad de Bolonia

domingo, 12 de julio de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA,


El fetichismo peronista en torno al concepto de soberanía
Ser soberano es una forma de ser libre y autodeterminarse, pero el nacionalismo lo confunde con autarquía: la obsesión de no “depender” de nadie, como si el vecino fuera un enemigo
Loris Zanatta sobre las declaraciones del Papa: "Son una especie ...
Loris Zanatta Ensayista y profesor de Historia de la Universidad de Bolonia
La infinita cuarentena argentina no es solo un monumento a la ineptitud del Gobierno, incapaz de usar el tiempo ganado para organizar la convivencia con el virus
Soberanía alimentaria, soberanía monetaria, soberanía aeronáutica, soberanía energética: el gobierno peronista está obsesionado con la soberanía. ¡Ay de aquellos que no se doblegan ante el tótem de la soberanía!: “¡Vendepatria!”, gruñeron algunos, desempolvando el amenazador bagaje lexical de antaño, prometiendo la horca a los “enemigos de la patria”. ¿Oiremos pronto evocar la cruzada contra los “ácratas” y los “cipayos”? ¿Volverá a revolotear el “ser nacional”? ¿Está a punto de resucitar la parafernalia fascista de que está empapada la historia del nacionalismo argentino? No hay mucho que hacer: para aquellos que entienden la historia como historia de la salvación, como la epopeya del pueblo elegido en perpetua guerra contra los infieles, el pasado es un eterno presente, y el presente, un eterno pasado.
No hay nada de malo con la soberanía. Ser soberano es una forma de ser libre, de autodeterminarse. Larga vida a la soberanía. Pero ¿qué soberanía? ¿Es más soberana, más dueña de sí misma y de su destino, una persona llena de relaciones, que disfruta de la estima de sus vecinos, de la confianza de su prójimo, abierta a cooperar con los demás, o una persona tosca y desconfiada, egocéntrica y resentida, cerrada sobre sí misma y siempre en guerra con el mundo? Tanto en la rutina diaria como en caso de necesidad, la primera podrá contar con un jugoso capital de benevolencia y una densa red de solidaridad; la segunda, en cambio, con nadie, excepto ella misma. ¿Cuál de las dos cultiva mejor su “soberanía” entonces ? Lo que es válido para las personas se aplica también para las naciones. Así fue antes, así lo es, aun más hoy, en nuestro mundo tan interdependiente.
El problema es que la idea de “soberanía” de todos los nacionalismos –y del argentino más que nunca– es una idea de “autarquía”. No es una forma de relacionarse con el mundo, sino la obsesión de no “depender” de nadie, como si el vecino fuera un enemigo, el extranjero, un invasor potencial; como si no fuéramos todos “dependientes” de alguien o de algo: de los afectos y de las necesidades, del comercio y de la tecnología, de la circulación de las ideas y de la curiosidad por los demás.
Vista así, la infinita cuarentena argentina no es solo un monumento a la ineptitud del Gobierno, incapaz de usar el tiempo ganado con la clausura precoz para organizar la inevitable convivencia con el virus. Es algo más. La cuarentena es la apoteosis de la soberanía, la digna meta de la autarquía argentina: el cierre al mundo, la retirada en las trincheras, la resistencia a un enemigo imaginario, el sufrimiento que exalta, el sacrificio que purifica.
El mito de la soberanía nacional entendida como autarquía, la misma autarquía proclamada por Mussolini en los años 30, era la marca registrada del peronismo de los orígenes. Ya entonces estaba equivocada y era contraproducente. Lo está –y lo es– más aún hoy. Sin embargo, su ruidoso fiasco sigue siendo un triunfo épico en la imaginación de sus aedos. Para ellos, la filosofía de la historia es mejor que la historia misma. No serán las derrotas las que harán dudar de la fe, así funciona siempre el fideísmo.
Como pocos lo recordarán, especialmente entre los más jóvenes, mejor hacer un rápido repaso. El sueño peronista de la “Argentina potencia”, el afán de soberanía autárquica, descansaba en una apuesta, un azar, un diagnóstico cínico: estallará la tercera guerra mundial, repetía el general, y el mundo necesitará de la Argentina si quiere comer. El tiro le salió por la culata: la guerra no estalló y las extorsiones del IAPI hundieron la producción agrícola; en 1952, al producirse una sequía, la Argentina comió pan negro. Vaya soberanía. ¿Por qué sorprenderse si Venezuela importa gasolina o si Cuba importó azúcar?
Para defender la “soberanía”, Perón se mantuvo al margen de las instituciones creadas en Bretton Woods en 1944, ajeno al nuevo orden internacional liberal. Sucedió así que, mientras el mundo se abría al comercio, la Argentina se encerraba en la autarquía; mientras se estaba produciendo la más espectacular apertura política y económica de la historia, la Argentina cultivaba el proteccionismo y el nacionalismo. El tren pasó: la “soberanía” le impidió subirse. Para colmo, las revoluciones agrícolas de las décadas siguientes desinflaron la fatua arrogancia alimentaria peronista: ¿quién hubiera esperado que sería posible alimentar a 7000 millones de personas? Hace mucho tiempo que el mundo necesita menos a la Argentina de lo que la Argentina necesita al mundo. ¿Lo entendieron los fetichistas de la “soberanía”?
¡Cuántas fiestas para la “soberanía ferroviaria” en 1947! Parecía Aerolíneas hoy: gloria moral, plomo para las finanzas públicas. ¿Se benefició la soberanía? En absoluto: en 1949, los emisarios de Perón golpeaban a las puertas de Washington; “que no los llamen créditos”, suplicaban mientras pedían créditos. Prisionero de la jaula soberanista que había creado, esclavo del mito nacionalista que había predicado, ¿cómo abrir las puertas del país a los capitales extranjeros que la economía reclamaba? Cuando intentó hacerlo, lo crucificaron con sus propias armas: ¡hasta Perón pasó por vendepatria! Al caer, en 1955, la soberanía argentina era un simulacro, una cáscara vacía: el máximo de la retórica soberanista había logrado el mínimo de soberanía efectiva.
Sin embargo, por increíble que parezca, setenta años después estamos en el mismo punto y la soberanía entendida como autarquía sigue siendo el fetiche que era. En lugar de preocuparse por el daño infligido a la soberanía por la desconfianza de los acreedores, el recelo de los socios comerciales, la sospecha de los países vecinos, el aislamiento político y diplomático, el Gobierno la invoca como un mantra. Desde YPF hasta Vicentin, desde Latam hasta la negociación de la deuda, cada oportunidad es buena para sacar la soberanía a colación. ¿Cómo explicarlo?
Tal vez la menciona mucho porque sabe que no la tiene. Quizás arroje el anzuelo de la soberanía con la esperanza de que el pez llamado “pueblo” lo pique. O no, o en el retorno de la soberanía hay algo más profundo e inconsciente, un antiguo reflejo cultural, la atávica visión del mundo del nacionalismo argentino. Se diría que el Gobierno esté apostando hoy a lo mismo a que apostó Perón en su momento, que realmente cree que la pandemia matará a la globalización, que el virus terminará con el capitalismo y la democracia liberal, que se abrirá un ciclo de nacionalismos autosuficientes. Todo lo que hace lleva a creerlo. Pero toma por realidad sus deseos, ve gigantes donde hay molinos, insiste en un amor no correspondido. Si en nombre de la soberanía hace los mismos diagnósticos del pasado y adopta las mismas terapias, cosechará los mismos frutos, perderá otro tren. Soberanía, adiós.

martes, 23 de junio de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA,


Capitalismo peronista: el oro para los amigos, la ley para los demás
Loris Zanatta sobre las declaraciones del Papa: "Son una especie ...
Loris Zanatta
Ensayista y profesor de Historia de la Universidad de Bolonia
Cómo ha cambiado la Argentina desde la última vez que la visité! Recuerdo que todos los días se medía la pobreza: la Iglesia tronaba, los sindicatos marchaban, los “movimientos populares” bloqueaban puentes y carreteras. Ahora nada, silencio, paz social, “todos en casa”. ¿Será la pandemia? ¿O que ha cambiado el gobierno?
Leí que ahora “el peronismo es capitalista”, además de “democrático”, y el “pensamiento único” de Hayek domina la prensa argentina. Sorprendente: hace meses estaban de moda Žižek y Chomsky; Laclau valía dos Aron, Negri tres Popper, Jauretche ninguneaba a Locke. ¡Veo que un juez evocó al espectro de Hitler! Caramba: ¿tengo que preocuparme? Entonces recordé sus palabras: “Cada sentencia es un acto político”, dijo hace poco, “no podemos ser apartidarios ni aideológicos”, porque “el derecho es lucha”: la lucha, el Mein Kampf. Ahora entiendo lo de Hitler.
La cuestión del “capitalismo” peronista me intriga. ¿Es el que va de Perón a Menem? ¿O de Eva a Cristina? ¡Quizás de Miranda a Guzmán, del IAPI a Stiglitz! ¿Quién no es “capitalista” hoy en día? ¿Quién no es “democrático”? ¿Quién no es al menos un poco “liberal”, a lo mejor de “izquierda”? Después de todo, Marx celebró el efecto virtuoso del capitalismo británico sobre el brutal sistema castal de la India. ¿Era el soviético un “socialismo real”? En absoluto: capitalismo de Estado. Muchos fascistas italianos lo admiraban. ¿Será esto el “capitalismo” peronista?
Por suerte, la UTEP antes y la expropiación de Vicentin después vinieron a enderezar el timón. ¡Qué demonios! ¿Quizás Evita no “combatía el capital”? ¿Cooke no exaltaba a Cuba? ¿Los “mártires” Montoneros no murieron por el “socialismo nacional”? ¿Quién le explicaría al padre Mugica que “el peronismo es capitalista”? La UTEP tiene por lo menos el don de la coherencia que brilla por su ausencia en el Presidente: quiere asistencia estatal, pobrismo distributivo, nacionalismo autárquico, una economía sin mercado con precios administrados, un país sin burguesía que marcha gozoso hacia la “santa pobreza”. ¿Será este el “capitalismo” peronista?
Suena desconcertante: ¿en la casa peronista rompieron todos los espejos?¿ya no saben quiénes son, de dónde vienen, adónde van? No, es lo de siempre: el peronismo juega todos los roles en la película, es gobierno pero también oposición, derecha pero también izquierda, capitalista pero también anticapitalista, democrático pero también despótico; el todo, nunca la parte. El “capitalismo” peronista es como siempre fue; el oro para los amigos, la ley para los demás, rentas y clientelas, complicidad o leña. ¿Los resultados? Juzguen ustedes.
Pero nada está escrito, la historia es un libro abierto, la sociedad argentina podría dar un brinco. Ella también es castal. ¿Cómo llamar a una sociedad donde el ministro de salud “nacional y popular” se interna en una clínica privada? ¿Donde el Presidente viola en vivo las reglas que los ciudadanos deben respetar? ¿Donde las estrellas de televisión van y vienen a pesar de la cuarentena, la cuarentena en cuyo nombre la policía mata a mansalva a un pobre tipo? ¿No es castal una cuarentena tan larga y rígida, donde unos hacen smart working en departamentos calefaccionados y otros tienen por techo una chapa? Un poco de “capitalismo”, del verdadero, ayudaría a sacudir sus cimientos: ¡Marx lo aprobaría!
Un poco de “capitalismo” y mucha democracia. ¡Miren a los Estados Unidos! Ningún virus inhibió la rebelión contra el horrible crimen de Minneapolis; la cuarentena no paró la indignación contra el racismo sobre el que lucra sin vergüenza Donald Trump: el abuso del Estado desencadenó la reacción de la sociedad. ¿En la Argentina? Ninguna protesta para Luis Espinoza, solo para George Floyd. Aterradora en su cinismo, a la protesta no le importan las víctimas, su humanidad, sino el uso que pueda hacer de ellas.
Un temor agita la opinión pública argentina: ¿está en peligro la democracia? Es un temor bien fundado dadas las circunstancias, los precedentes, la naturalidad con la que el peronismo confunde Estado con gobierno, con que expropia empresas pasando por encima de la división de poderes. Pero más que el Parlamento a tiempo parcial y la feria judicial, preocupa la pasividad social. Temo que se repita en la Argentina lo que me sorprendió en mi país: la docilidad con la que la mayoría se traga lo que las autoridades dicen y la “ciencia” certifica, la sumisión con la que se deja guiar sin siquiera exigir seriedad y eficiencia, transparencia y coherencia. ¿Cuánto nos importa la democracia?
Contando con esta pasividad, el Gobierno canta victoria: nadie mejor que nosotros lucha contra el virus, somos los primeros en el mundo, “derechos y humanos”, repite comparándose altanero con esto y aquello. El que se conforma con menos es el más rico de todos. El mundo está lleno de gobiernos “modelo”, muchos gallos para un gallinero. Pero si una cosa aprendí en estos meses de pesadilla, es que no conviene subirse al podio antes de tiempo: la paz de hoy será tormenta mañana; los héroes, villanos; la gloria, un búmeran.
Las cuentas se harán al final, cuando, además de los muertos, se contarán los desempleados y las empresas quebradas, los enfermos no tratados y los niños traumatizados, los padres alcohólicos y las familias estalladas; cuando la protesta y la desesperación rompan el escenario de cartón de la propaganda triunfalista. ¿Alguien preguntará entonces por los pocos testeos realizados, la falta de ayuda a los ciudadanos y las empresas, el lastre de los impuestos y de la deuda acumulada, la ineficiencia de un Estado grande y bobo? ¿Se preguntará si los sacrificios han servido, si el Gobierno ha utilizado la cuarentena para organizar el futuro o concentrar el poder? A juzgar por la reacción al repentino abuso expropiador del Gobierno, hay anticuerpos. O la sociedad sabrá recuperar la democracia suspendida, o el peronismo “capitalista” y el peronismo “anticapitalista” se disputarán y partirán el país entre ellos. Ya no es cuestión de Alberto o Cristina, sino de Alberto y Cristina, de Perón y Eva: un déjà-vu.

viernes, 5 de junio de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA,


Simpatía por el fascismo

Loris Zanatta
Aquí vamos de nuevo. Puntual como un tren suizo, predecible como una lluvia otoñal, vuelve como en todos los gobiernos peronistas a levantarse el coro: ¡el peronismo es la cosa más democrática jamás vista en la Argentina! Entrevistas, artículos, editoriales: el viejo estribillo siempre encuentra nuevos cantores. El peronismo es "democrático y popular", claro. No tiene nada que ver con el fascismo, obvio. Pero qué raro, porque nadie les preguntó, es un tema viejo y podrido. ¿Mala conciencia acaso? ¿Una sombra molesta? Al igual que Emilio Gentile, quien del fascismo es el mejor estudioso, yo también estoy harto: el fascismo es cosa antigua y cosa italiana, que descanse en paz. Pero no nos lleven por la nariz.
Eso es lo que pretenden algunos. La del peronismo hacia el fascismo, cuentan, fue una leve "simpatía" inicial. Tal cual: una "simpatía", como la mía por Paulo Dybala. Vaya simpatía: "fascista" era la comunidad organizada, "fascista" el sindicato único, "fascista" el partido-Estado, "fascista" la liturgia política, "fascistas" las veinte verdades y el adoctrinamiento en las escuelas, "fascista" el monopolio de los medios, "fascista" el destino manifiesto argentino. ¿Continúo? "Fascista" era, sobre todo, la idea peronista de "pueblo", de un cuerpo homogéneo basado en la identidad más que en la legalidad, en la fe más que en la Constitución. No era imitación, sino afinidad electiva, álbum familiar. ¿Se lo enseñan a los jóvenes argentinos?
Lo dudo. Algunos les cuentan que los "fascistas" son Donald Trump y Jair Bolsonaro. Así leí y no paro de reír. "Pobre" Mussolini: se revolverá en su tumba. "Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado", decía. Planeaba, ordenaba, quería que los italianos fueran un puñado de guerreros. Todo inútil. Ante la pandemia, invocaría Dios y patria, impondría cuarentenas y encerraría los infectados: ¡nada más lejos de la indiferencia cínica de Bolsonaro, de la obtusa incompetencia de Trump! Me parecen detestables y sería ideal que no figuraran en el mapa político, pero vamos: no mezclemos peras con manzanas. Ningún tribunal habría impuesto límites al Duce, ninguna autoridad local, ningún diario. Es verdad que la historia es un supermercado donde todos encuentran lo que les sirve con la etiqueta que quieren: "fascista", "comunista", "populista", "neoliberal". Pero no hay que ser ridículos.
Los neofascistas italianos tienen ideas claras al respecto: Perón y Eva dominan en su panteón. Se entiende: antiburgués y revolucionario, plebeyo y antiliberal, el fascismo era una costilla nacionalista del socialismo, un apéndice social del nacionalismo, como el peronismo. El peronismo era un "fascismo de izquierda", dicen muchos historiadores. Era una "dictadura propueblo", un "comunismo de derecha", explicó un jesuita, que fue su ideólogo. Como sea, el pedigrí democrático no es su fuerte.
Pero no, nos dicen que pasada -no sé cuándo- la "simpatía" fascista, la oruga se convirtió en mariposa, el patito feo en cisne blanco, el peronismo vistió la ropa "democrática y popular" de los populismos. Muy bien. ¿De qué democracia estamos hablando? ¿El "populismo" adulto no tiene nada del "fascismo" de los orígenes? Como entre los ejemplos se menciona a Venezuela, la pregunta es necesaria.
Ya sé, la licencia democrática no se le niega a nadie. Desde que desapareció el absolutismo y floreció la soberanía del pueblo, no hay poder que no sea "democrático y popular". "Democracias populares" se llamaron los satélites de Moscú; "democracias orgánicas" los regímenes de Franco y Salazar. Incluso las feroces dictaduras militares invocaban la democracia: ¡decían salvarla de sus enemigos! Fidel Castro fue el mejor de la clase: la mía es la democracia más perfecta del mundo, decía. Tenía la misma idea de Giovanni Gentile, filósofo fascista: el fascismo, escribió, "es la forma más pura de democracia si el pueblo es concebido, como debe ser [...] como una sola conciencia y voluntad". Como se ve, el fascismo no era ni se creía menos "democrático y popular" que el peronismo
Volvemos así a la "democracia" peronista. Es un concepto moral más que una forma institucional. Como invoca a los "pobres" y al "pueblo", se sienta en un pedestal de superioridad moral desde el cual considera legítimo ocupar el Estado, colonizar la Justicia, manipular los textos escolares, amenazar con expropiaciones, tergiversar los datos de la pandemia hoy como los del Indec ayer. Como si los "pobres" y el "pueblo" exigieran su tutela, fueran eternos menores, sujetos de la benevolencia del Estado incapaces de convertirse en expresiones autónomas de la sociedad. ¿Qué le vamos a hacer?, nos explican, los populismos son así: un poco democráticos y un poco autoritarios; que es como estar un poco embarazada y un poco no. Son "democráticos" con los suyos y autoritarios con los demás, toleran la democracia si ganan y la pisotean si pierden: Chávez docet, Morales también. Son "democracias iliberales", se dice; un oxímoron: "liberal", reducido al hueso, es la doctrina que niega la concentración de poder, que protege el pluralismo. Si es "iliberal", ¿qué democracia es?
La Argentina, solía comentar un célebre politólogo, nunca derrotó al fascismo. Desacralizador, le gustaba provocar. Hoy, afortunadamente, el problema ya no se plantea: siempre habrá fascistas, pero fascismos no, pertenecen a la historia, dejemos de dar nombres incorrectos a cosas diferentes. De ahí, sin embargo, a celebrar la democracia peronista y negar la profunda vena autoritaria que atraviesa su historia, hay un abismo. Mientras los peronistas se nieguen a lidiar con sus lados oscuros y los tiñan de rosa, la grieta no cerrará y los fantasmas del pasado seguirán dando vueltas. No es difícil de entender.

Ensayista y profesor de Historia de la Universidad de Bolonia

sábado, 23 de mayo de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA,


¿Qué Estado han construido con nuestros impuestos?

Loris Zanatta
Nada como la pandemia nos muestra la fuerza o la debilidad de la sociedad y sus burocracias administrativas; la verdadera fortaleza está en gobiernos serios, transparentes y eficientes, y ciudadanías activas e informadas, decididas a controlar el poder

¿Qué Estado han construido con nuestros impuestos?
BOLONIA.- Nos dicen que nada será como antes, pero los dilemas que nos impone el coronavirus son los de todos los tiempos, solo que más agudos y urgentes: la historia continúa su curso. ¿Qué es más importante, la salud o la economía? ¿La seguridad o la libertad? Preguntas superfluas: la economía es inútil si no hay salud, pero no habrá salud si la economía se detiene; no hay libertad sin seguridad, pero por la seguridad puede peligrar la libertad.
Todo esto es una perogrullada. Como lo es el fantasma que ronda por todos lados, el convidado de piedra de toda controversia: su majestad el Estado. No se habla de otra cosa: cuánto Estado y cuánta privacidad, cuánto Estado y cuánto mercado, cuánto Estado y cuánta globalización. Qué novedad, ¿no? Un debate nuevo, fresco del día...
Sin embargo, pocos, entre quienes saborean el triunfo o tiemblan ante el regreso del Moloch, se hacen la siguiente, necesaria pregunta: ¿qué Estado? El Estado no es una cosa abstracta; no es un bien producido en serie: es una construcción histórica compleja. En cada país, el Estado es el espejo de una historia, una cultura; refleja valores, al menos de aquellos que han prevalecido sobre otros que han sido descartados o derrotados.
"Para que la libertad emerja y florezca", escriben Daron Acemoglu y James A. Robinson, "tanto el Estado como la sociedad deben ser fuertes". El Estado debe ser fuerte para garantizar el imperio de la ley y los servicios necesarios para la realización del plan de vida de todos. La sociedad será fuerte si está formada por ciudadanos activos e informados, decididos a controlar el poder del Estado, a resistir abusos e incumplimientos. El Estado y la sociedad se equilibran, compiten, pero cooperan. Otra perogrullada.
De aquí en adelante, sin embargo, se acaban las perogrulladas. Para empezar: ¿qué es un Estado fuerte? Que apaguen su ardor los nietos de Stalin o de Colbert, los partidarios de la autarquía y de los rescates de las compañías de bandera: el Estado fuerte no es el Estado grande; es el Estado serio, transparente y eficiente, por lo tanto, respetado. Lo contrario del Estado paquidérmico y clientelar, costoso y ausente, invasivo y corrupto; de la jungla de leyes oscuras y reglas engañosas, de burocracias obtusas y reparticiones innecesarias; del Estado que cobra enormes impuestos sin dar servicios decentes a cambio.
¿Y qué es la sociedad fuerte? ¿Será aquella donde poderosos grupos bloquean carreteras, vetan reformas, amenazan y amedrentan para obtener porciones más grandes del pastel público? ¿Será la que ocupa el Estado y se reparte su botín acumulando deudas? ¿Será la sociedad donde las empresas viven de rentas y protecciones públicas? Claro que no: la sociedad fuerte es autónoma del Estado, celosa de la libertad de educar y producir, innovar y experimentar, proveerse a sí misma y cultivar sus sueños sin coacciones.
Ahora, llegados hasta aquí, tomemos un termómetro y midamos la temperatura de nuestro Estado y nuestra sociedad. Todos tenemos este termómetro en la mano y se llama coronavirus: es un juez cruel pero inflexible, sádico pero neutral. Nada como el virus nos muestra la fuerza o la debilidad de nuestro Estado y de nuestra sociedad, si vivimos en casas de paja a merced de los vientos o de ladrillos capaces de resistir los golpes.
No es este el momento de redactar calificaciones: nadie imaginó esta gran tragedia y cierta improvisación es inevitable, aunque a veces, imperdonable. Pero se ve de todo. Por un lado, tenemos a los mesiánicos: durante mucho tiempo negaron la evidencia, se negaron a creer que la trivialidad de la historia se interpusiera en su destino manifiesto. Cuando chocaron contra la pared era tarde. El optimismo de los escépticos se llama sabiduría; el de los necios, necedad.
Por otro lado, tenemos a los apocalípticos: Dios y la naturaleza nos castigan, debemos expiar todos en cuarentena. Bien al principio, ¿pero luego qué? Luchan contra el virus como en la Edad Media. ¿La economía? ¡Vade retro, dinero del diablo! ¿Libertad individual? Un lujo. ¿Instituciones? Suspendidas. ¿La sociedad? Desaparecida. Todo o nada, o dentro o fuera, ¡ay de los que temen el espectro de la miseria, la sombra de la tiranía: egoístas, "neoliberales"! Cuando intentan reabrir las puertas, no saben cómo hacerlo: tienen entre sus manos un Estado enorme pero inútil por desorganizado, no preparado para el desafío. Entonces hacen grandes anuncios, pequeños pasos y abruptas marchas atrás.
Pero no todos son mesiánicos o apocalípticos. También tenemos ejemplos de sensatez, pragmatismo y raciocinio, de sentido común y buena organización. No "estatizaron" la pandemia dejando sin voz ni poder a la sociedad, no protegieron dejando de producir, no impusieron restricciones si no basadas en la responsabilidad de los ciudadanos. ¡Y ay de suspender la dialéctica política!
¿Qué empuja a un país hacia uno u otro camino? De nuevo: es cuestión de cultura, de valores. Ante la pandemia, se mide el tipo de Estado y sociedad formados a lo largo de la historia. Esto cambia los términos del antiguo dilema: si sirve más Estado o más sociedad, más Estado o más mercado. Hay países donde el Estado fuerte no limita la fuerza de la sociedad ni la del mercado: entre todos, forman sistema.
No es así donde el Estado es el "patrimonio" del grupo que lo ocupa, al servicio exclusivo de sus clientes; donde la sociedad es dependiente y pasiva, o amargada y desconfiada; donde el "mercado" vive de los favores del gobierno. En tales casos, el poder del Estado no tiene contrapesos. Se entiende que en ellos crezca el miedo por la suerte de la democracia.
Entonces, ¿la pandemia anuncia realmente el "retorno del Estado"? ¡Como si nunca se hubiera ido! Adonde el Estado ha demostrado ser fuerte no necesitará "regresar". Pero ¿qué pasará donde, a pesar de ser grande y costoso, haya demostrado ser incapaz y desorganizado? ¿Donde no sabe hacer suficientes muestras ni proporcionar barbijos? ¿Donde envía a los médicos desprotegidos a morir? ¿Donde no sabe combinar protección y producción, seguridad y libertad? La mezcla de miseria y rencor, desempleo y desesperación podría explotar: ¿qué Estado han construido con nuestros impuestos? Tal vez aquellos que ya celebraron la hora del Estado se vean inundados con la ira de la sociedad.

Ensayista y profesor de Historia de la Universidad de Bolonia

sábado, 25 de abril de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA,


¿Llegó la hora del "pensamiento único" antiliberal?
Nada más autoritario que aprovechar la pandemia para intentar clausurar siglos de debate filosófico y económico
Loris Zanatta: Francisco y la tradición antiliberal del ...
Loris Zanatta

BOLONIA.- "El enemigo número uno será el neoliberalismo", tituló un diario de renombre mundial. ¿Será el Granma? ¿El sitio web de Telesur? En absoluto: es el Osservatore Romano del 10 de abril. Profesa neutralidad en Venezuela, mide palabras sobre Cuba e Irán, usa guantes con Putin, pero tiene un "enemigo": el "neoliberalismo". ¿La pandemia ayudará a erradicarlo? Tal vez Dios la haya enviado para eso.
Nada nuevo, en realidad, pero me llamó la atención el tono belicista: dudo de que sea casualidad; suena más bien a grito de guerra. Nos dirán que no es una proclama "ideológica", que es "el Evangelio", pero no recuerdo que las Escrituras mencionen el "neoliberalismo", que indiquen una doctrina económica. De hecho, hay economistas católicos de muchas tendencias.
La oportunidad para lanzar la cruzada es una entrevista con Stefano Zamagni, economista de brillante carrera y algunas sombras, uno de los cerebros de la "economía del papa Francisco". Como lo consideraba un hombre moderado, no me cuadraba el título histérico de la entrevista. Entonces la leí cuidadosamente. Lleno de buenas intenciones, explicaba con palabras cautivadoras que debemos pasar del welfare state al social welfare, que la burocracia y los rentistas deben ser combatidos, que el futuro está en la subsidiariedad. Nada sorprendente: son, en parte, ideas compartidas por varios "neoliberales" y en parte eslóganes genéricos, de "comisiones de expertos" que piensan como él.
Pero ¿cuál es, entonces, el "neoliberalismo" contra el cual ladra tanto? ¿ Cuál es el "enemigo"? ¿Será un tiburón de Wall Street, un cínico especulador, un gran mago de las finanzas? Pues no: el "enemigo" es Adam Smith, la supuesta "mano invisible" del mercado, su absurda creencia de que, al subir, la marea del crecimiento económico levante todos los barcos, incluso los de los más pobres. Quienes lo afirman, dice, son "incompetentes o de mala fe", excomulgados. Hasta el crescendo final: Evangelii gaudium, sentencia, demolió La riqueza de las naciones; game over, debate cerrado. No esperaba tanta arrogancia. Grandes palabras y baja cocina: si es verdad, como dicen, que la mano de Zamagni está en aquella encíclica, estamos ante una desagradable oda a sí mismo.

Es difícil pasar por alto el despropósito: si Adam Smith era "neoliberal", los Beatles eran punk; una barbaridad en términos históricos. Expresión cristalina de la Ilustración escocesa, Smith fue un gran humanista. Su tan despreciado "individualismo" era una saludable aspiración de rescate y superación, en plena armonía con la "simpatía" hacia el prójimo. El pensamiento de Smith ayudó a demoler las sociedades estamentales basadas en el nacimiento y a sentar las bases éticas de las libertades modernas. Hizo más por la libertad y contra la pobreza, por la igualdad y contra la esclavitud que todos sus críticos juntos. Al condenar las antiguas doctrinas mercantilistas, allanó el camino para el libre comercio y el Gran Enriquecimiento que en los últimos doscientos años ha emancipado a millones de pobres de la miseria eterna. Y así sigue pasando donde sus enemigos no imponen bridas, controles, trucos, frenos y mordazas a la libertad económica.
Se habla mucho de "reformar" el capitalismo: excelente; todo cambia, ¡ay de quien se detenga! Pero en lugar de apuntar a Adam Smith, no sería malo reevaluar su espíritu. Combatir su herencia sabe a rancio anticapitalismo, una sopa tóxica ya recalentada mil veces con resultados nefastos; es como volver al Syllabus que condenó el liberalismo, el padre de todos los "errores" modernos. ¿Por qué sorprenderse? En Laudato si leemos que los últimos dos siglos han estado "deteriorando el mundo y la vida de gran parte de la humanidad". Una frase desconcertante, una bofetada a la evidencia histórica, un pequeño monumento antimodernista en pleno siglo XXI. ¿Tienen alguna idea de cómo vivía "la gran parte de la humanidad"? ¿Una vaga y mínima idea?
Cuando me cruzo con semejantes disparates, cuando pienso en los "remedios" del repertorio anticapitalista que promete enterrar a Adam Smith -precios administrados y mercados protegidos, monopolios estatales y asistencia indiscriminada, impuestos ciclópeos y rentas corporativas-, se me pone la piel de gallina: ¿después del Gran Enriquecimiento se anuncia el Gran Empobrecimiento? Más pobres pero más buenos, piadosos, morales. Cómo se engañan: la pobreza no es ninguna escuela moral. Me recuerdan un viejo chiste, el de Jesús, que después de tanto e inútil deambular encontró comida y alojamiento en una casa de campesinos pobres. "¿Cómo puedo ayudarles?", les preguntó agradecido. "Nuestro vecino tiene una cabra que da mucha leche", le dijeron. "Bueno, la tendrán también". "No", le respondieron sus anfitriones: "Queremos que muera". Así es: la furia moralista de los antimodernos prefiere hundir los botes de los demás que levantar los suyos propios, que empujar a la mayor cantidad de personas posible hacia el "escape de la pobreza", estudiado por Angus Deaton; otro "incompetente" invitado a callar.
Pero aún más que el mérito, me interesa discutir el método: ¿llegó la hora del "pensamiento único" antiliberal? ¿Otra vez? De Lenin a Castro, de Hitler a Mao, es un deporte antiguo y popular. Acaso sea porque no tolero los "pensamientos únicos", pero quiero escuchar tanto a Paul Krugman como a Olivier Blanchard; quiero leer a Thomas Piketty, pero también a Deirdre McCloskey, que lo vapulea. Y así sucesivamente, argumento por argumento, a ver quién es más persuasivo. ¿Hay algo más autoritario que aprovechar la pandemia para pretender poner fin a siglos de disputas filosóficas y económicas?
La verdad es que ya no se aguanta más a los profetas que anuncian el fin y el nuevo comienzo, lo que fue y lo que será, el apocalipsis y la redención: que la globalización terminará, que la democracia se acabará, que nada será igual, que el mundo será de tal modo o de tal otro. ¡Pero por favor! La historia no va a ninguna parte en particular. Teócratas y milenarios, los magos de esta temporada sueñan con la construcción del Reino sobre las ruinas del virus; un Reino, claro, a su imagen y semejanza, a su gusto y placer. Les dejo las grandes profecías, me limito a una predicción pequeña y banal, la más fácil del mundo: en un siglo se seguirá estudiando a Adam Smith. ¿Y la Evangelii gaudium? No lo sé.
Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia

miércoles, 1 de abril de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA,


Si esto es una guerra, ¿dónde están nuestros generales?

Loris Zanatta
BOLONIA.- Dicen que es una guerra. Puede ser, pero hay que tener cuidado, las metáforas siempre esconden alguna trampa: ¿acaso una pandemia se combate con las mismas armas que una guerra? De todos modos es cierto que, como las guerras, las pandemias matan, destruyen, asustan. Llamémosla guerra, entonces. Y si es guerra, preguntémonos: ¿dónde están nuestros generales? ¿Los Roosevelt, los Churchill, los De Gaulle? Dejemos de lado a Stalin, el único del que prescindiríamos, el único que tiene un digno heredero. En medio del caos mundial, Putin se aseguró la reelección de por vida, como un zar, un jerarca comunista, un caudillo latinoamericano; mientras tanto, calla sobre el coronavirus en su país.
No estoy hablando de un cabecilla, un demagogo de balcón, un esperpento. Hablo de líderes, hombres y mujeres confiables, personas serias y preparadas, símbolos morales capaces de hablarle al corazón usando la razón, de invocar la razón con el corazón en la mano. ¡O al menos de no caer en lo ridículo y trivial! ¿Dónde están? Éranse una vez las grandes democracias anglosajonas. Eran nuestro faro. ¡Cuánto las necesitaríamos hoy! Pues mírenlas. Donde estuvo Roosevelt, hoy está Trump. Vaya abismo. El virus se extendía y él se encogía de hombros: no pasa nada, decía jactancioso, la gorra de béisbol en la cabeza. ¡Qué previsor! Ahora que la muerte llama a su puerta, ofrece billones para comprar vacunas imaginarias, para subirse al caballo de la historia que no vio pasar. Lamentable, va de un extremo a otro, sin brújula ni dignidad; sepulturero de una gran nación, del liberalismo ilustrado que alimentó sus orígenes. ¿Y Johnson en Londres? Con Trump comparte estilo y peluquero; es a Churchill lo que aquel a Roosevelt; la distancia es sideral. ¿Su propuesta para combatir la pandemia? Terapia darwiniana: prepárense a llorar sus viejos, anunció. Una locura: tuvo que dar macha atrás. La historia le pasó por encima como una plancha.
También salieron planchados Sánchez y Macron: ¡qué decepción! Será porque lo miré desde Italia, donde nos tocó ser los primeros en Europa, y al comienzo nos explicaron que era una fiebre estacional, que muchos más mueren por accidentes de tráfico o gripe. Palabras al aire, comparaciones sin sentido, insultos a la inteligencia. No tardamos a entenderlo: la curva de contagios se empinó, las terapias intensivas se atascaron, nuestros seres queridos empezaron a morir solos, sin caricias ni despedidas. "Los italianos de siempre", se mofaron los primos europeos, organizando marchas para el 8 de marzo, desfilando en el festival de pitufos. Yo miraba y pensaba: ¿están locos o son estúpidos? Implacable y repentina, la historia cruzó las fronteras: ahí están, nadando ahora en nuestras propias aguas.
La lista de desatinos es interminable. ¿Qué decir de los amuletos de López Obrador? ¿De los chistes sosos de Bolsonaro? Si no fuera trágico, los mataría una carcajada: ¡que personajes! Se tendrán que tragar todo, disculparse y avergonzarse, si es que conocen la vergüenza. Pero es inútil quejarse: los hemos elegimos, preferimos los demiurgos a los competentes, los predicadores a los constructores, la promesa fácil a la realidad incómoda, los populistas a los estadistas, personas a las que la historia les queda muy grande. Así que ahora nos encontramos en medio de la tormenta, con los monos al timón.
Son tiempos difíciles para aquellos que confiamos en la razón contra la irracionalidad y en la libertad contra la sujeción. La epidemia infla las velas milenaristas, hace resonar las sirenas mesiánicas. ¿Cuántos huirán de la historia mitificando paraísos perdidos? ¿Cuántos renegarán de la ciencia abrazando la superstición? ¿Cuántos invocarán la fuerza del Estado contra la tolerancia social? Ya se escucha invocar al Cristo pantocrátor que castiga los pecados; ya se ve señalar con el dedo la conspiración "neoliberal" que mueve los hilos del mundo: como la belleza, la estupidez no tiene edad.
¿Exagero? Me temo que no. Ya está en el aire. Nos dirán que el modelo es China, son Venezuela y Cuba; que como somos menores irresponsables no merecemos tanta libertad; que las sociedades cerradas son más eficientes que las abiertas, que el orden militar protege más que el orden civil, la dictadura más que la democracia; que como es una guerra, el rebaño dispone de las ovejas, la patria de los ciudadanos. Cualquiera que haya escuchado al ministro Berni arengar a la policía bonaerense habrá sentido un escalofrío por la espalda: ¿quiere contener el virus o hacer las cruzadas? Cuánta retórica vacía, cuánto énfasis barato: se cree Torquemada; hace recordar la "loca academia de policía".
¿Qué hacer entonces? ¿No nos queda más que encerrarnos en casa esperando que la pandemia pase? ¿Que arrojar desde nuestro sofá abstractas invectivas contra el Estado Leviatán? Ay del liberalismo ridens. Frente a quienes confunden la libertad con una licencia para infectar, el Estado debe imponer límites y sanciones, no cabe duda de eso. No hace falta citar a los clásicos, el sentido común es suficiente. Pero aquí viene la parte más delicada y difícil.
Hay distintas maneras de ejercer este poder: una cosa es castigar los comportamientos dañinos para la comunidad; otra cosa es silenciar a los críticos invocando al "enemigo" que se encuentra a la puerta de la patria. La coerción no debe prevaricar la persuasión, la emergencia no debe eclipsar la prudencia, la necesidad no puede prescindir del consentimiento. Las medidas excepcionales no deben entenderse como cheques en blanco para los gobiernos, sino como un acuerdo entre gente de palabra. Son intercambios honorables a través de los cuales los ciudadanos renuncian temporalmente a parte de sus libertades a cambio del compromiso de las autoridades de no abusar de sus poderes. Como todos los acuerdos, funciona si hay confianza mutua. Si se la traiciona, el pacto salta, todo se derrumba. Nuestra solidaridad social no debe confundirse con sumisión.
Hoy todo pinta negro y los pájaros de mal agüero tienen su momento de gloria. Así será por un tiempo. Pero yo no desesperaría. De a poco, los hechos se abrirán camino. Demostrarán que no son las oraciones o las ideologías las que derrotan a las pandemias, sino la ciencia y los médicos, la responsabilidad de los ciudadanos y la solidez de las instituciones. La libertad y la razón volverán a la montura de donde hoy parecen desarzonadas. Y nos recordarán que, si bien es cierto que las infecciones son globales porque global es nuestro mundo, no será levantando barreras que las detendremos: global y racional es el problema, global y racional el remedio. Mientras tanto, quién sabe, podríamos haber aprendido a seleccionar mejor a nuestros dirigentes, a distinguir los farsantes de los personajes históricos.

Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia

sábado, 14 de marzo de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA,


La pesadilla latinoamericana del "populismo jesuita"

Loris Zanatta
La biografía política de Ernesto Cardenal, recientemente fallecido, invita a reflexionar sobre la vigencia de unos ideales que, a la larga, solo han producido opresión y miseria

BOLONIA.- Ha muerto el padre Ernesto Cardenal y sobre su figura abundan los recuerdos, los perfiles, las estampas. Era un poeta, un revolucionario, un profeta, se lee por todas partes. Para algunos, ya huele a santidad. Solo la entrada al velorio de algunos matones sandinistas perturbó la sinfonía de los violines, el candor de tanta hagiografía. Dado que lo trataron como "traidor", su mito se levanta aún más fulgente: tenía que ser un santo, ese hombre gentil de larga barba blanca, si los esbirros de Daniel Ortega lo odiaban tanto. ¿O no?
No quiero disertar sobre la persona, que pocos hoy en día recuerdan: que descanse en paz. Quiero reflexionar sobre su biografía política, sobre sus sueños y nuestras pesadillas, sobre lo que sembró y lo que todos hemos cosechado. Creo que hacerlo es necesario e instructivo. Nadie como él ha encarnado, durante medio siglo, el "populismo jesuita": la planta más difundida en la historia de América Latina, más aún que el cactus en México, la palmera en Brasil, el jacarandá en Buenos Aires.
¡Pero Cardenal no era jesuita!, protestará alguien. Lo sé. Por eso hay que aclarar el concepto. Llamo "populismo jesuita" al sueño eterno de restaurar el Reino de Dios en la tierra, de "liberar" al "pueblo" del "pecado social" y conducirlo a la tierra prometida, al "orden perfecto", donde habrá desaparecido el egoísmo y reinarán la fraternidad, la justicia y la paz. Transpuesto del empíreo del espíritu a la prosaica materia, de la parábola salvífica a la historia concreta, ese "pueblo" puro e inocente son los "pobres" de América Latina. Al igual que los guaraníes de las antiguas misiones jesuitas, modelo de Estado católico y de sociedad cristiana, los "pobres" son virtuosos por instinto y religiosos por cultura. Así es el relato del "populismo jesuita".
Que continúa: sobre ese "pueblo elegido", sobre el "pueblo" de los "humildes", cayó un día la furia corruptora de la modernidad capitalista, la impiedad liberal con la que las potencias protestantes buscaban envenenar su alma, destruir su identidad, subyugar su patria. Para combatirlas, se precisaba la "redención", llamada "revolución". El Estado revolucionario, como los antiguos Estados confesionales, debía borrar todo rastro de esas doctrinas blasfemas, desenvainar la espada contra los herejes y la cruz para imponer la fe.
Esta es la historia del "populismo jesuita" en América Latina y esta es, paso a paso, la biografía de Ernesto Cardenal. Desde los primeros comienzos juveniles, cuando su sueño aún volaba sobre las alas de la hispanidad, viril y falangista, caudillista y corporativa, clerical y militar. Así fue hasta el advenimiento del hombre de la providencia, Fidel Castro. Cardenal se enamoró perdidamente. ¿No tenía acaso su mismo pedigrí? ¿No era un vástago de los jesuitas? ¿No conocía a dedillo los discursos de José Antonio? ¿No prometía "erradicar el egoísmo"? ¿No decía a los cubanos : "viviremos en paraíso"? Él y Fidel estaban cortados con la misma tijera, tenían la misma fe, odiaban al mismo enemigo: soy "un comunista cristiano", se inflamó Cardenal.
Cuando visitó La Habana en 1970, no cabía en sí de felicidad. Los discursos de Fidel le sonaron a "liturgia de la palabra". Describió una ciudad oscura y tetra, poblada por gente pobre y mal vestida, con largas colas en las escasas tiendas, librerías vacías. "Me encanta esta escasez", se alegró: "Esperemos que nunca llegue demasiada abundancia". Fue la única profecía que acertó en su vida. "Aquí reina el Evangelio", señaló, aquí ha surgido un nuevo "orden sagrado".
En realidad, reunió una colección de horrores. Le contaron que había campos de concentración, persecuciones, torturas, libros quemados; que las cárceles rebosaban de presos políticos, que en los colegios se realizaban siniestras "asambleas de moral comunista", autos de fe dignos de la Inquisición; conoció a mujeres furiosas, prisioneros humillados, fieles exasperados. Los ricos existen, le decían, ¡son los dirigentes del partido! Nada. Para él, Fidel estaba en guerra "contra dos mil años de individualismo"; la espada al servicio de la cruz, como siempre.
Nueve años después, el Reino de Dios abrió una sucursal en su tierra natal, Nicaragua. La revolución sandinista era cristiana y marxista; su programa, "el Evangelio". El día del juicio había llegado: Cardenal fue nombrado ministro de Cultura; su hermano, jesuita de verdad, ministro de Educación y guía espiritual de la juventud sandinista. Había un "pueblo" para evangelizar, una nación para redimir: ¿quién mejor que ellos para hacerlo? El papa Wojtyla estaba furioso: había visto suficiente marxismo en su vida. ¿Qué hacían todos esos curas en el gobierno? La época del poder temporal de la Iglesia había terminado; la era de las misiones jesuitas también. En absoluto: cuando visitó Managua, los sandinistas lo cubrieron de insultos. ¿Cómo se permitía ese polaco reaccionario no bendecir el paraíso que ellos estaban construyendo para la gloria del Señor?
Pero el Reino de Dios no es de este mundo y el de Nicaragua no se le parecía en nada. El aflato evangélico desapareció en la piñata sandinista, el botín del Estado que los comandantes de la revolución se repartieron sin vergüenza. Por lo demás, el menú habitual: a Dios rezando y con el mazo dando, autoritarismo hispano y consignas antiimperialistas. Fue demasiado incluso para Cardenal: se bajó del carro del régimen.
¿Arrepentido? ¿Resignado? Para nada: otro redentor, Hugo Chávez, se asomaba ya en el horizonte. ¿Otra vez la misma historia? Sí, otra vez. El anciano poeta volvió a ser un joven revolucionario, empacó las maletas y voló a Caracas, la nueva capital del Reino. Mejor correr un velo sobre sus exaltadas odas de la revolución bolivariana, por respeto a quienes la padecen. Baste decir que terminó así su crónica: "La lucha sigue y estemos seguros de que va a seguir, Dios mediante mi Comandante Jesucristo".
¿Qué pensar de tanta obstinación, de esta obsesión por el Reino de Dios en la tierra? Si los mismos ideales siempre producen las mismas consecuencias -opresión y miseria- el hombre de ciencia o el ciudadano con sentido común deducirán que algo está mal con esos ideales. Pero para los hombres cegados por la fe no es así. Para ellos, la historia es la culpable de no ajustarse a sus ideales. Por lo tanto, pretenden moldearla a su semejanza, como sea y caiga quien caiga: "Hay que reprimir al hombre para salvarlo", decía su amigo Fidel Castro. Mejor estar precavidos frente a semejantes personajes, aunque escriban poemas y tengan una tierna barba blanca.
Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia

martes, 3 de marzo de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA,


¿Será la señora Kirchner tan diferente de nosotros?

Loris Zanatta
Como Italia, la Argentina se ha acostumbrado a vivir por encima de sus posibilidades, a anteponer las rentas al trabajo y el consumo a la producción
BOLONIA.- No sé si los italianos tenemos la mafia en los genes y la exportamos a donde migremos, según dijo Cristina Kirchner. Para ella es fácil. Gracias a sus antepasados alemanes, su feudo de Santa Cruz es un ejemplo de rigor luterano; gracias a los ancestros suizos del marido, ambos gobernaron Argentina animados por el más puro puritanismo calvinista. ¿Para qué ofender y ofenderse? El humorismo es una especie de autorretrato: cada uno el suyo.
Esto no impide que Italia y Argentina sean entre los países más parecidos al mundo. Pero en un sentido menos superficial; por "cultura", algo serio, más que por los genes, híbridos e indisciplinados. Tan similares que durante mucho tiempo esperé que Argentina siguiera los pasos de Italia, pasada en dos generaciones del fascismo a la democracia y del hambre a la prosperidad. Estaba equivocado. Como muchos, hoy observo resignado Italia "argentinizarse".

¿A qué me refiero? Nada lo explica mejor que el reciente estudio de un brillante sociólogo italiano, Luca Ricolfi. Para Ricolfi, la italiana es una "sociedad señorial de masas". Una sociedad rica donde una minoría de trabajadores mantiene una mayoría que no trabaja. Por varias razones: demográficas, económicas, culturales. Los ancianos viven mucho y los niños nacen con el gotero; pocas mujeres trabajan y muchos jóvenes no estudian ni buscan empleo. No es que falte trabajo: a las empresas les cuesta encontrar obreros. Falta el trabajo calificado al que creen tener derecho en base a su titulación.
Esta sociedad "señorial" tiene mucho tiempo libre y se concede consumos "opulentos". No son cosas para aristocráticos como un tiempo: es un fenómeno masivo. Ay de no reservar un restaurante días antes, ay de no avisar con tiempo el masajista del spa. Comida gourmet y cuidado corporal, vacaciones exóticas y gadget electrónicos: el boom es imparable. Sólo por darles una cifra: el gasto en juego de azar supera el presupuesto de salud.
Sin embargo, algo no está bien. ¿Italia es realmente tan rica? ¿Puede permitirse tantos lujos? Suena raro, porque la economia es estancada, no ha crecido en diez años. Por el contrario: retrocede, se tambalea. De ahí la pregunta: ¿quién paga la factura? Las respuestas de Ricolfi, cifras en la mano, no dejan salida. En primer lugar, tal opulencia no sería posible sin una amplia red económica casi esclavista, en su mayoría poblada por inmigrantes. Ellos son los que cuidan por poco dinero a nuestros ancianos y nos llevan las comidas a casa, que recogen la fruta en los campos y limpian los baños en las estaciones.
Pero eso no es todo. Si Italia trabaja cada vez menos pero consume cada vez más es porque está gastando la riqueza acumulada por los ancianos: los padres los de los abuelos y los hijos los de los padres. La herencia está literalmente siendo derrochada. No desde hoy, en realidad. Hace cincuenta años que el Estado acumula deuda alimentando la ficción de que somos más ricos de lo que somos. Hoy en día la deuda se volvió una camisa de fuerza que impide despegar. ¿Los nietos todavía encontrarán algo?

Se dirá que este es el caso en todos los países desarrollados. Pero no es verdad. Los números, como siempre, son despiadados, las clasificaciones concluyentes. ¡Y Italia siempre está en el fondo! Aquí trabaja el 45% de la población, en Islandia, el líder, el 79%. Y las posiciones son siempre las mismas, ya sea que se mida el crecimiento económico o la productividad laboral, la eficiencia administrativa o la facilidad para abrir negocios. No hay como andar de puntillas: hay sociedades basadas en el trabajo y la producción y hay sociedades basadas en la renta y el consumo, como hay casas construidas con criterios antisísmicos y casas que serán arrasadas por el primer terremoto.
¿Cómo se explica? Trivializar es un momento y nunca faltan excepciones. Para que nadie piense sea mi obsesión, dejemos que lo cuente Ricolfi: la "sociedad señorial de masas" prospera en los países católicos; Bélgica, España y Francia están a un paso de seguir a Italia en el club. Los países cristianos ortodoxos están en el medio y los protestantes en el extremo opuesto. Es una vieja historia: capaz que Weber había dado en el blanco sobre la ética protestante del capitalismo...
En todo esto no hay nada malo: nadie es mejor y nadie es peor. No seré yo quien se eriga en gendarme moralista. ¡Disfrutar la vida no es pecado! En cien años, Keynes profetizó en 1928, "el problema económico será solucionado" y el hombre podrá usar su tiempo libre para cultivarse. Bueno, hemos llegado. Ojalá le toque pronto a todos aquellos que aún no lo han logrado. ¿O no? ¿O no es así como funciona? ¿Puede un país permitirse ser "señorial" sin crecer? La verdad es que la primavera de una sociedad de ese tipo está destinada a ser efímera. De hecho, el otoño ya ha llegado. Todos los datos socioeconómicos hablan claramente: Italia es un país en decadencia, un paso a la vez, una "argentinización lenta", escribe Ricolfi. ¿Pero qué tiene que ver Argentina con eso? ¡No es una "sociedad señorial de masas"! Es demasiado pobre para serlo. Sin embargo, tiene muchos de sus rasgos. Será que la vocación "señorial" es más una cuestión cultural que socioeconómica. ¿Que sea por esto que en lugar de despegar como todos profetizaban, se hundió?
Al igual que Italia, Argentina se ha acostumbrado a vivir por encima de sus posibilidades, a anteponer las rentas al trabajo, el consumo a la producción. Ambos evadimos impuestos y tenemos enormes economías sumergidas. No premiamos el saludable individualismo de quienes intentan emerger con talento y sacrificio, sino el conformismo de quienes corean consignas gastadas. Somos entre los países menos productivos de nuestras regiones, con el mercado laboral más rígido y la administración pública más ineficiente. Quienes aspiren a hacer negocios, encuentran enormes obstáculos burocráticos y sindicales. En el ranking de la "libertad económica en el mundo", Italia ocupa el puesto 80, después de las Islas Fiji, Argentina el 148, después de Gambia. Pero "combatimos el neoliberalismo"! Formamos especialistas de la "resistencia antiliberal", héroes de la comicidad involuntaria, luchadores contra los fantasmas: como si fuera nuestro problema! En lugar de exigir más y preparar mejor, nuestras universidades asignan títulos cada vez más devaluados, irrelevantes para la vida real.
Hasta cuando, llegada la hora del ajuste de cuentas, los italianos y los argentinos somos campeones en compadecernos, en hacer las víctimas, en acusar al destino y a los "enemigos". La culpa es del euro y de Europa, dicen los italianos mientras los otros europeos siguen progresando. La culpa es de la deuda, les hacen eco los argentinos confundiendo el efecto con la causa. No es sorprendente que no crezcamos, que el ascensor social esté roto, que corramos cantando y tocando hacia el barranco. Pero al final siempre nos absolvemos y seguimos nuestro camino. ¿Será la señora Kirchner tan diferente de nosotros?

domingo, 23 de febrero de 2020

UN ARTÍCULO DE LORIS ZANATTA,


La Iglesia, de la palabra de Dios a las clases de economía

Loris Zanatta
Foro. El encuentro organizado en el Vaticano reunió a prestigiosos especialistas internacionales, pero no mostró pluralismo de ideas
BOLONIA.- La "nueva economía" mundial nacerá de las salas sagradas del Vaticano. Y será más justa, solidaria, sostenible. Eso es lo que desea el papa Francisco. Los arquitectos del nuevo orden, los sepultureros de la globalización liberal, de esta "economía que mata", desfilan por la pasarela de sus seminarios romanos. Es una noble intención.
Pero se sabe: el mundo está lleno de descreídos. ¿Es esa la tarea que le corresponde al Papa, preguntan los malévolos? Los bromistas van más allá: si un argentino arregla la economía mundial, un panadero puede reparar un automóvil. La historia económica argentina, seamos sinceros, no es una buena tarjeta de presentación. Los más cínicos comentan: la economía es demasiado seria para dejarla en manos de los economistas.
Sin embargo, el Papa ha reunido a prestigiosas figuras mundiales. ¿Quién no lo vio retratado entre sus caras sonrientes? Nada que hacer: los escépticos no aflojan; yo entre ellos. Antes de explicar por qué, una cuestión de método: los problemas de desarrollo y sostenibilidad, pobreza y desigualdad son serios y complejos. Involucran la gobernanza global y las instituciones políticas locales, la ayuda al desarrollo, las nuevas tecnologías y mucho más. Nadie sabe con certeza cómo encararlos mejor y por eso hay un encendido debate al respecto. Bueno, de ese debate no hay rastro en los seminarios del Papa. Todos los invitados que aparecen en la foto pertenecen a la misma parroquia ideológica. No hay nada malo en eso, siempre que esté clara una cosa: el Papa alinea, así, la Iglesia en un frente político, apoya una tesis rechazando a priori el pluralismo de ideas. Así es su pontificado.
En primer plano se destaca Stefano Zamagni. Economista católico de la Universidad de Bolonia, merece respeto, a pesar de la sombra de algunos plagios. Siempre fue un "demócrata cristiano de izquierda", alguien diría un " catocomunista". Que aparezca sentado al lado del Papa es lo mínimo que se puede esperar. Supongo que aspira a hacer lo que siempre hizo: ponerle los pantalones al capitalismo, para bien o para mal.
Detrás de él, Jeffrey Sachs sonríe con picardía. Para muchos es el hombre del "gran capital"; la prueba, gritan los conservadores, del pacto de Francisco con el diablo. El odio los ciega. Desde que escribió El fin de la pobreza, un best seller, Sachs es el gurú de la ayuda a los países pobres. El norte rico expiará su culpa ayudando al sur a terminar con la pobreza. Música para los oídos del Papa. ¿Funciona esa fórmula? Sachs está seguro de que sí; otros, no. La ayuda hace más daño que bien -dicen muchos-, alimenta la corrupción de los gobiernos, genera culturas asistencialistas, derrocha recursos. William Easterly lo explicó en otro best seller: Los desastres del hombre blanco. Angus Deaton, premio Nobel de economía, también está en contra de "bombear" ayuda al sur. Los Nobel más recientes, Banerjee y Duflo, son más pragmáticos y posibilistas, pero igualmente dudan de las recetas de Sachs. Ninguno de ellos aparece en la foto con el Papa.
En cambio, está Kristalina Georgieva. ¿Qué hace un pez gordo del Fondo Monetario con el Papa? ¿No debería estar en el infierno cumpliendo la merecida pena impuestas al "capital internacional"? Nada de eso. El Fondo está a la vanguardia de la financiación de la utopía salvadora de Sachs y del Papa. Hace décadas que gasta inmensos recursos para ayudar a gobiernos que los malgastan. Cuando a estos se les acaba el dinero y lloran miseria, el FMI les da más o cancela sus deudas. Un perro que se muerde la cola, la peor pedagogía jamás vista. A veces pienso que el Fondo habría que cerrarlo, pero por razones opuestas a las aducidas por los "antiimperialistas". Se entiende así que el Papa esté presionando a Georgieva para que sea indulgente con la deuda argentina. ¿Qué decir al respecto? Durante años nos explicaron que Francisco no tenía tiempo para pensar en su pequeña patria, que el universo era su horizonte. Ahora actúa como un lobista cualquiera.
A la derecha, en la foto, aparece Joseph Stiglitz, un Nobel, una estrella internacional. Leí un hermoso artículo suyo, de cristalina escuela popperiana: la historia se compone de ensayos y errores, aprendizajes y correcciones, decía. De aplausos. Pero los "errores" son siempre los de los demás. Él parece estar exento de cometerlos. ¿Será así? Yo lo recuerdo cuando iba como invitado de honor a los seminarios que Castro organizaba en La Habana, tan parecidos a los que el Papa organiza actualmente en el Vaticano: mismos temas, mismos invitados. Desde qué púlpito... Lo recuerdo a Stiglitz alabando la economía chavista cuando ejércitos enteros de economistas la consideraban una carrera suicida destinada a estrellarse contra una pared. ¿Quién tenía razón? Como historiador, me pregunto qué sabrán estos tótems de la economía global acerca de los países sobre los que pontifican; qué conocerán de su historia, sus instituciones, su cultura.
Por último, claramente visibles en la foto, se destacan dos argentinos. Gustavo Beliz recitó una vieja letanía anticapitalista escudádonse en Roosevelt y en Borges; un manido artificio retórico. Si la deuda argentina es impagable, explicó, si la pobreza crece, es culpa de la "especulación". La Iglesia lo ha enseñado durante siglos: el problema es "la finanza", un blanco fácil y popular. Al menos ya no es "judía". Será así, ¿cómo dudarlo? Sin embargo, hay países con cuentas ordenadas, deuda sostenible, pobreza en fuerte disminución. ¿Eso ocurre porque los especuladores se olvidaron de ellos? ¿O lo que pasa es que hay países mejor gobernados que otros? Beliz concluye que "la democracia debe reinventarse". Abróchense los cinturones de seguridad: intolerantes a la democracia normal, los gobiernos peronistas siempre prometen algo mejor...
Dulcis in fundo, muy cerca del Papa aparece monseñor Sánchez Sorondo. Su presencia me sorprende, aunque sea el dueño de casa. Siempre pensé que Francisco, prudente y astuto, preferiría mantenerlo un poco alejado, evitar mostrarse asociado con él. De regreso de China, Sánchez Sorondo dijo que vio reinar allí la doctrina social de la Iglesia. Una barbaridad. Para sonrojarse. ¿Habrá leído algún un informe de Amnistía Internacional? También creí que sus burdas e infantiles homilías peronistas harían que el Papa tomara cierta distancia. De ninguna manera: yo estaba equivocado.
En conclusión: la economía mundial necesita reformas profundas, en eso hay consenso. Sobre qué reformas requiere, hay opiniones encontradas, es normal. No estoy seguro de que los reformadores reunidos por el Papa sean los mejores: hay medicamentos que curan y otros que matan. Valdría la pena escuchar a varios especialistas. ¿Y la Iglesia? Una vez enseñaba la palabra de Dios, hoy da clases de economía. ¿Será así?

Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia