domingo, 13 de noviembre de 2022

INDEPENDENCIA BAJO LAS SÁBANAS



Cama afuera. ¿Por qué cada vez más parejas eligen dormir en cuartos separados?
Cada vez más parejas se suman a esta tendencia
Nuevos acuerdos de convivencia y preocupación por la calidad del descanso son algunos factores que explican esta tendencia que gana adeptos, aunque no es tan fácil de implementar en Argentina
Matías Avramow
Lilen  (35) y Nicolás (36) son pareja hace ocho años y desde hace cuatro conviven en la misma casa, pero duermen en cuartos diferentes. Lilen se queda despierta hasta altas horas de la noche y disfruta dormirse con el televisor prendido. “Además nuestro perro, Malevo, se sube a mi cama todo el tiempo”, cuenta Lilen. “Yo soy la antítesis”, responde Nicolás.
Nicolás no puede dormir con ruidos y se levanta muy temprano a la mañana. Ambos podrían aguantar la forma de vida de cada uno, pero, en lugar de eso, decidieron plantar un muro de distancia y mantener su independencia. “Es algo flexible. depende del día”, explican.
Dormir separados
En el mundo, cada vez más parejas jóvenes deciden mudarse juntos, pero duermen en habitaciones separadas. Ronquidos, codazos y diferentes horas de sueño son razón suficiente para romper la idea de que dormir en pareja es obligatorio. Este fenómeno se ha reproducido en los últimos 20 años en decenas de países, y también, claro, en la Argentina.
“La gente lo asocia con la falta de cariño, pero no tiene nada que ver”, defiende Lilen, que es trabajadora social y, junto a Nicolás, comparte espacio laboral en el hospital Bouquet Roldán de Neuquén capital. Cuando decidieron mudarse juntos, alquilaron un tres ambientes y eligieron un cuarto para cada uno. Dicen que llevan una relación íntima sin complicaciones. “Solo que al final del día, cada uno se va a dormir a su cama”, agrega Lilen con naturalidad. Algunos especialistas, sin embargo, aún se sorprenden con estas dinámicas. “Me resulta raro que gente por debajo de los 40 no tenga el deseo de dormir en pareja. Porque también está la atracción, el deseo sexual y el deseo de cariño. Creo que los jóvenes anteponen otras necesidades dentro de sus prioridades”, reflexiona Claudia Borensztejn, médica, psicoanalista y expresidenta de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).
Hace 25 años, recuerda Borensztejn, conoció a un matrimonio joven con hijos en común. “Eran de Estados Unidos y solo compartían un día a la semana para estar en familia. El resto del tiempo comían en diferentes momentos, trabajaban todo el día y también tenían cada uno su cuarto”.
Para ella, en aquel entonces, esta situación era insólita: hoy, admite que en la Argentina estas prácticas son cada vez más aceptadas. Lo atribuye a “una nueva ola cultural” que se refleja en varios aspectos de la vida en pareja. “La gente se junta por amor, pero también hace contratos más racionales que priorizan la profesión y la productividad. Hay algo de la pasión y del deseo que se está perdiendo a causa de las presiones de la vida que moldean a la cultura joven”, opina.
Borensztejn también cree que esto tiene que ver con que hoy los jóvenes viven solos antes de convivir. “En otras épocas, para mudarte te tenías que casar. Hoy la juventud tiene más independencia y adoptan rutinas personales que a la hora de convivir con alguien no quieren dejar”.
Muchas parejas famosas, de hecho, también se sumaron a la tendencia y no tienen problema en recomendarla públicamente, como Nicole Neumann y Manuel Urcera, Alejandro Fantino con su pareja o el conductor Leo Montero y su mujer.
Según Sandra López, sexóloga y miembro de la comisión directiva de la Sociedad Argentina de Sexualidad Humana, esta es una tendencia que comienza a aparecer con más de fuerza en este último tiempo. “Son otros acuerdos de convivencia”, explica. Ambas especialistas coinciden en que las nuevas generaciones se han permitido nuevas pautas para relacionarse. “Yo tengo pacientes de 60 años que viven en casas gigantes, sus hijos se fueron y no se animan a dormir en otro cuarto, pero sufren porque no duermen bien”, reflexiona Borensztejn. Esto no quiere decir que necesariamente se duerma mal en pareja, sin embargo, cada vez más personas se animan a admitir que no disfrutan al compartir cama. López explica que “existen tantos tipos de relaciones como parejas en el mundo”. Y agrega que “muchas veces, las causas tienen que ver con cuestiones prácticas como diferentes horarios laborales o ronquidos”.
¿Conciliar el sueño o perder la intimidad?
Varios estudios en el mundo plantean que la razón principal detrás de esta tendencia es preservar la calidad del sueño. Uno de los casos más emblemáticos es el de Canadá, donde entre un 30 y 40% de las parejas duermen en camas separadas, según un estudio realizado por el Ryerson Sleep and Depression Laboratory. El fenómeno se ha analizado en España, Estados Unidos y Alemania. Y aunque las cifras varían, todos coinciden que el descanso es un tema central. “El 99% de los pacientes que tengo que duermen en camas separadas, lo hacen por falta de sueño”, asegura Griselda Castellino, experta en Medicina del Sueño y secretaria del Grupo del Sueño de la Sociedad Neurológica Argentina (SNA). Sin embargo, para Castellino, dormir en camas separadas “es un manotazo de ahogado”. “Si tenés un insomne y un roncador en la misma cama, separarlos no resuelve sus problemas. Ninguno de los dos va a poder tener un sueño reparador, que es lo que en nuestra disciplina entendemos como un sueño efectivo, aquel que restaura las condiciones fisiológicas del cuerpo”, explica Castellino. Si bien dormir en camas separadas puede tener un efecto emocional y psicológico, dice, resolver los problemas de sueño requiere necesariamente un tratamiento clínico.
Inés (30) y Santiago (34) viven en San Isidro. Llevan casados cuatro años y tienen una hija de un año y diez meses. Hace más de un año duermen en cuartos separados. “Desde muy chica estuve acostumbrada a dormir con la habitación oscura y no escuchar ningún ruido, pero mi marido ronca muchísimo, y desde que nació mi hija, no encuentro momento para descansar”, explica Inés. En un inicio, Santiago dormía en un sillón, pero al poco tiempo se mudó directamente a otro cuarto. “Antes de eso todos dormíamos mal; yo por el ruido y él por estar en un lugar incómodo. La verdad es que nos resolvió el problema”, concluye Inés. Sin embargo, aunque esta decisión les ha permitido conciliar el sueño, la intimidad ha ido en detrimento. “El punto de encuentro para la intimidad siempre es la cama y en ese sentido, me parece que hay menos tiempo entre nosotros”, reflexiona Inés, aunque también acepta que hay otros factores que inciden en ese aspecto. “Realmente creo que tener una hija modifica más la dinámica en nuestra intimidad que dormir separados, que casi pasa a un segundo plano”, agrega.
Por ahora, es una rutina intermitente. Hay días que duermen juntos y otros que uno de los dos duerme con su hija. Sin embargo, esperan volver a dormir juntos de manera permanente. “Hay tratamientos y operaciones que mi esposo puede hacer como para que volvamos a dormir en la misma cama, pero por ahora, nos hemos acomodado”, explica Inés.
En contraste, Lilen y Nicolás aseguran que su convivencia no sería tan grata de no ser por su estilo de vida. “Tenemos relaciones como cualquiera y no siempre dormimos separados, pero es bueno contar con la opción de poder hacerlo”, explica Lilen. “Cuando lo contamos, varios amigos nos dicen: ‘Ay, qué bueno lo que hacen, si lo pudiera hacer me cambiaría de habitación sin dudarlo’. Todavía hay mucho prejuicio en torno a eso’”, suma Nicolás.
Nicolás y Lilen dicen que las camas separadas son la clave de la buena convivencia
Para el sexólogo clínico Federico Martín Ibarra González, más que una pérdida del deseo, las medidas de distancia causan el efecto contrario. Él acuña en repetidas ocasiones la teoría de Esther Perel, renombrada psicoanalista europea que sostiene que el deseo es parte vital de las relaciones de pareja. “Ella explica que la familiaridad asesina el deseo. Cuanto menos conocés de la persona, más deseo te genera. También argumenta que las parejas que saben mantener el deseo son las que logran mantenerse más tiempo juntas”, ilustra.
Sin embargo, no cualquiera puede tomar esta decisión. Especialmente en la Argentina, la brecha salarial ha puesto un límite en la posibilidad de tener un cuarto extra. “Nosotros tenemos la posibilidad de hacer esto, pero varios de nuestros compañeros no pueden acceder a tres ambientes”, reconocen Nicolás y Lilen.
Según el economista y autor del libro Dueños o Inquilinos, Federico González Rouco, solo en la ciudad de Buenos Aires el alquiler de un departamento tres ambientes cuesta alrededor de $ 110.000. “En varias zonas de la capital los hogares gastan casi la mitad de su salario en alquiler. En el centro destinan el 45% y en Zona Norte más o menos el 40%”, explica el economista.
Para Ibarra González, por otra parte, la distancia toma cada vez más relevancia en la fórmula de las relaciones duraderas y, de tener la opción, le parece recomendable. Sin embargo, también piensa que en la Argentina de hoy es un privilegio. Entre la juventud compartir vivienda es cada vez más usual para ahorrar gastos, “pero otra cosa es repartirlos en un tres ambientes”, advierte el sexólogo y miembro de la Sociedad Argentina de Sexualidad Humana y del grupo Sexualidad y Pareja.

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