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domingo, 12 de julio de 2020

DANIEL GUSTAVO MONTAMAT, ....SU OPINIÓN


La pospandemia precipita escenarios de radicalización o convergencia
El populismo se quedó sin plata para enfrentar los desafíos de la hora; el papel de la oposición será crucial Quien descarte la radicalización porque no hay riqueza para distribuir subestima el rol “redistributivo” de la propiedad y el empleo en las agend
Montamat, ex secretario de Energía: "La puja Gobierno-Techint se ...
Daniel Gustavo Montamat
El coronavirus va a dejar huellas en la historia económica mundial. El “coma inducido” para aplanar la curva de contagios y reducir la tasa de mortalidad contrajo la oferta y la demanda globales. El FMI, que en enero de este año pronosticaba un 3% de crecimiento para la economía mundial, en abril revisó sus números y estimó una caída del 3%. En el último informe de junio prevé que el producto mundial se contraerá 4,9% este año, la peor caída desde la Gran Depresión, que comenzó en 1929. La contracción va a ser general, y el 95% de los países cerrarán el año empobrecidos, al sufrir caídas en el ingreso per cápita. Francia, Italia, España y el Reino Unido tendrán caídas de más de dos dígitos. EE.UU. caerá un 8%, y China apenas crecerá un 1%. En semejante contexto, la previsión para la Argentina es de una caída del 9,9%. Pero hay informes privados que ya proyectan para el país caídas del producto superiores a las del estallido de la convertibilidad, cuando la economía se contrajo 11,5%.
La singularidad argentina en un planeta golpeado por la pandemia no es la recesión, que, como vemos, es general, sino la inflación, que ya nos distinguía en la prepandemia. El cóctel recesivo-inflacionario al que se encamina la economía argentina tras la pandemia por un lado augura un preocupante crecimiento de los ya lacerantes niveles de pobreza, y por otro inhibe el uso recurrente de herramientas tradicionales de reactivación del consumo interno. Mientras la mayoría de las economías golpeadas por la recesión no tienen problemas de inflación, disponen de mercados de capitales domésticos y tienen acceso a los mercados de capitales del mundo, la Argentina tiene una moneda erosionada por la inflación que impone como medio de pago, carece de financiamiento doméstico y su acceso al financiamiento internacional está condicionado por la amenaza del noveno default de la deuda soberana (que la nueva propuesta a los acreedores procura evitar). En consecuencia, mientras las economías en recesión de países vecinos de la región y del mundo disponen de políticas monetarias, fiscales y de ingreso activas para afrontar los desafíos de la pospandemia, entre nosotros, por abusos, reincidencias y errores, estamos de nuevo con un game over destellando en la pantalla del tablero de comando.
La pospandemia precipita escenarios de radicalización o ...
Se ha desplomado la recaudación, ha aumentado el gasto (se proyecta un déficit primario de un 7/8% del producto) y no se pueden reducir los programas sociales destinados a paliar la situación de los que viven con precariedad laboral. Pero el financiamiento inflacionario del gasto no da para más. No puede sostener empresas fallidas, tarifas congeladas por tiempo indefinido y subsidios por doquier. El populismo se quedó sin plata para enfrentar los desafíos de la pospandemia. Y ya no se puede redistribuir riqueza de corto plazo dinamizando, como en otras oportunidades, el consumo orientado al mercado doméstico. He ahí el dilema de la pospandemia para un gobierno de coalición que empieza a desnudar las secuelas posmodernas de las tensiones pasadas entre la “patria socialista” y la “patria peronista”. Según cómo evolucionen esas tensiones en el oficialismo, y el rol que juegue la oposición en defensa de las instituciones de la República, serán las probabilidades de un escenario disruptivo u otro de posibles acuerdos.
Quienes descartan un escenario de radicalización porque no hay riqueza para distribuir subestiman el rol “redistributivo” de la propiedad y el empleo en las agendas populistas de economías empobrecidas y declinantes. El ataque al régimen de propiedad privada y la dádiva de empleo público operan como sucedáneos del reparto de riqueza. El “exprópiese” de Chávez no fue casual ni caprichoso. Vino cuando el boom de consumo se agotaba, empezaban a faltar productos y escaseaban los dólares para importar. La expropiación discrecional o la confiscación lisa y llana violentan el derecho de propiedad privada y lo transforman a partir de la estatización en empleo asegurado para los que están, y nuevos puestos de trabajo para la militancia. El manotón a Vicentin, que en los planes de algunos habría de erigirse en caso testigo, fue un error de cálculo político porque la empresa estaba concursada y no había dejado de pagar sus salarios. Sus trabajadores fueron los primeros que reaccionaron en contra y arrastraron a toda una comunidad que fue caja de resonancia de una protesta nacional. ¿Pero cuál habría sido la reacción social frente a una intromisión estatal si la empresa hubiera quebrado o si se trataba de una empresa de capitales extranjeros? ¿Recordamos aquello de “somos todos Aerolíneas”? Hay otras formas de condicionar el derecho de propiedad. El congelamiento tarifario sine die descapitaliza a las empresas reguladas y luego las somete a la dádiva estatal hasta para pagar los sueldos y direccionar inversiones. Es una suerte de “expropiación indirecta” que puede terminar en una reestatización de empresas quebradas o en una reasignación de concesiones y licencias para capitalistas amigos. Es cierto, puede argumentarse que estas medidas “redistributivas” de la propiedad y del empleo son anticonstitucionales y susceptibles de revisión judicial, como sucedió en Santa Fe, pero no puede ignorarse que en la agenda de los que las propician también figuran la ampliación de la Corte y la reforma de la Constitución. Por supuesto que redistribuir propiedad y empleo en una economía decadente que destruye riqueza agrava el problema e iguala para abajo, generando una pobreza generalizada donde “unos fingen que trabajan y los otros fingen que les pagan”, pero el premio es tentador para una dirigencia política que no concibe la alternancia republicana en el poder y promueve una democracia “delegativa”.
El otro escenario posible que precipita la pospandemia tiene todavía una agenda rezagada porque depende de una convergencia de ideas, políticas, liderazgos y consensos pendientes de diálogo, negociación y acuerdos. A partir de la reestructuración de la deuda externa y del acceso a los mercados de capitales la Argentina se debe un plan de desarrollo inclusivo que promueva la inversión y el valor agregado exportable. La escala del mercado doméstico debe ser reemplazada por la escala del mercado regional. 
Crisis financiera: una confluencia fatal de fracasos | Economía ...
La pospandemia y la posible retracción del comercio global requieren más integración regional, no menos. La cadena de valor agroindustrial (la más competitiva por su productividad comparada), la minería, la industria energética, la industria del conocimiento y el turismo (que volverá por sus fueros) pueden ser destinos de ingentes inversiones generadoras de empleo productivo y exportaciones. Para terminar con las pesadillas de la deuda externa y la inflación crónica hay que acordar y defender los conceptos de soberanía fiscal y monetaria con superávits gemelos y con un fondo soberano contracíclico. Así recuperaremos la moneda, tendremos un tipo de cambio competitivo y canalizaremos el ahorro nacional a la inversión interna. Hay dirigentes políticos, gremiales y empresarios que trabajan para hacer posible este escenario. Hay gobernadores e intendentes que en medio de los trastornos de la pandemia advierten que la convergencia en el centro suma votos. En esta hora crítica, con una Argentina empobrecida, frente a un colapso económico inédito, urge buscar consensos en torno a la república y el desarrollo.

Doctor en Economía y en Derecho

viernes, 29 de mayo de 2020

DANIEL GUSTAVO MONTAMAT, ANALIZA


Para combatir el coronavirus, el mundo debe reconciliarse con la verdad

Daniel Gustavo Montamat

El coronavirus es invisible a los ojos, pero tan real como que infecta, enferma y mata. Los anticuerpos y las drogas con los cuales se procura atenuar su virulencia contrastan su efectividad contra datos objetivos de recuperación. La vacuna que añora el planeta para remediar la pandemia atraviesa etapas de investigación y protocolos para asegurar que su difusión masiva y su inoculación creen defensas concretas y verificables. Las medidas sanitarias que toman distintos países basados en la experiencia comparada y en las restricciones propias de su contexto retroalimentan modelos estadísticos que proyectan curvas de contagio (que se procuran aplanar), y picos de contagios y de muertes que establecen hitos objetivos en la proliferación de la pandemia.
Cuando desde la economía se advierte sobre las consecuencias del "coma inducido" en el nivel de actividad y la necesidad de ir levantando restricciones a la circulación de personas, bienes y servicios, también se apela a datos objetivos de aumento del número de desocupados, de impacto en los números de pobreza, y de la quiebra de muchas empresas. Hay una realidad objetiva y externa a nosotros que no se puede construir ni cambiar con relato. Para combatir este virus malo (una excepción, entre los muchísimos buenos aliados de la vida) el mundo debe reconciliarse con la verdad. El Covid 19 empieza a dinamitar los cimientos posmodernos de las "verdades líquidas" y su descendencia putativa: las fake news.
Cuando Popper publicó su famosa obra La lógica de la investigación científica (1934) todavía no conocía la teoría de la verdad desarrollada por Alfred Tarski. Tarski en definitiva rehabilita la vieja teoría de la verdad como correspondencia entre los enunciados y los hechos (una teoría es verdadera si y solo si corresponde a los hechos). Popper no niega esto, pero sostiene que nunca es posible saber con certeza si algo es verdadero. Por eso, prefiere hablar de "aproximación a la verdad". El conocimiento progresa por ensayo y error. La "verificabilidad" que los positivistas lógicos habían esgrimido como criterio demarcatorio de la verdad de un enunciado científico fue reemplazada por la "falsabilidad": un enunciado debe poder ser refutado. Un enunciado es verdadero hasta que un nuevo dato empírico de la realidad lo desacredite como falso. Es siempre una "conjetura" de una verdad que espera su correspondiente "refutación".
Pero atención, tanto cuando se asume la verdad como "correspondencia" con los hechos como cuando se la asume como "verosimilitud" sujeta a refutación, estamos en el dominio de la razón. De la razón fundante en el primer caso, de la razón crítica en el segundo. En el fondo, lo que propone la razón crítica es una correspondencia atenuada entre el enunciado y el hecho de la realidad para evitar los desvíos dogmáticos del racionalismo y sus "verdades" indiscutibles en las que se han nutrido tantos fundamentalismos políticos y económicos.
El problema serio surge cuando se niega la realidad objetiva contra la cual contrastar el enunciado de verdad, porque entonces desaparece todo criterio de correspondencia o verosimilitud. La "verdad" se vuelve subjetiva y se impone por criterio de relevancia temporal sobre otras "verdades" también subjetivas. Entramos en el reino de la "posverdad". No olvidemos que el mundo para los posmodernos es una construcción humana. Lo creamos con las historias que inventamos para explicarlo, según cómo elijamos vivir en él. La realidad no es una herencia que recibamos, sino algo que creamos nosotros al comunicárnosla. En este mundo de "verdades líquidas" las historias y las representaciones se vuelven tan importantes como los hechos y los datos que otros oponen como evidencia de una realidad objetiva.
Como se ha caracterizado a la lucha contra la pandemia como una "guerra", muchos creen que en esta también "la primera víctima va a ser la verdad". Pero Churchill se refería a las guerras contra enemigos humanos, visibles, de las cuales el planeta tiene horrendos recuerdos de destrucción y muerte. Allí, los relatos de propaganda, de acción psicológica y de mentiras institucionalizadas son instrumentales al objetivo del combate. En cambio, en esta guerra contra el "enemigo invisible", la verosimilitud entre los enunciados para librar la batalla y los hechos que plantea la realidad es fundamental para lograr resultados y atenuar los efectos colaterales. El "bichito" no se doblega a la acción psicológica ni se somete a los relatos. Toma ventaja de las afirmaciones falaces y encuentra atajos cuando las fake news quieren someterlo a la construcción de una realidad subjetiva. Su debilidad, por el contrario, queda expuesta en el microscopio, en la investigación, en las hipótesis que hay que ir testeando contra los datos que aporta la evidencia empírica y en la experiencia comparada y multidisciplinaria.
El reencuentro con la verdad como estrategia en esta guerra impone dilucidar dudas claves para accionar en consecuencia. ¿Cuál es el origen del coronavirus? ¿Se originó en el laboratorio o es un virus natural que mutó y a través de la intermediación de la fauna de mercados exóticos llegó al ser humano? Si los enunciados divergentes retroalimentan relatos alternativos ignorando evidencia empírica u ocultando datos de la realidad, el planeta va a compartir información sesgada y falsa que conducirá a errores de alerta temprana, y de acción preventiva y terapéutica. Puede subestimar rebotes futuros de la pandemia o quedar expuesto a nuevas manipulaciones genéticas que lo sometan al contagio de un Covid 20, un Covid 21, o vaya a saber qué otro enemigo invisible.
¿Cuánto puede extenderse una cuarentena o una política de aislamiento social sin que las repercusiones políticas, sociales y económicas la tornen inocua o contraproducente? Aquí también las "o" disyuntivas tienden a cimentar relatos con sesgos ideológicos que ignoran datos de la realidad. Lo ideal sería extender la cuarentena hasta que la ciencia provea una vacuna o, por lo menos, hasta que haya drogas o anticuerpos con probada efectividad para reducir la virulencia de la pandemia. Pero si privilegiamos ciertos datos de la realidad, e ignoramos o subestimamos otros, también construimos relatos interesados e incompletos de la realidad, que orientan decisiones equivocadas. Por la naturaleza del enemigo invisible, infectólogos, sanitaristas y equipos de salud en general están en la primera línea de batalla; pero cuidado, la política no puede ignorar o subestimar datos y consejos que provienen de otros expertos que libran "la guerra" desde otras posiciones. Aristóteles dixit: "El todo es más que la suma de las partes".

¿Qué están haciendo los otros, cuáles son las mejores prácticas? La comparación de los datos de una realidad con los datos de otras realidades, sin actitudes negadoras o exculpatorias, también es conducente al encuentro con la verdad. Cuando el Presidente sostuvo que en la Argentina había menos contagios que en Chile, su par chileno le recordó que Chile tiene más cantidad de testeos que la Argentina. La polémica no pasó a mayores porque primó la verdad sobre el relato. "La realidad es la única verdad", repetía Perón parafraseando a Aristóteles.

Doctor en Economía y en Derecho

viernes, 29 de noviembre de 2019

DANIEL GUSTAVO MONTAMAT, OPINA


Hay que desarrollar el potencial de Vaca Muerta

Daniel Gustavo Montamat
En una de sus últimas ediciones, The Economist incluye un reporte cuyo título es: "¿El final de la inflación?". En casi todo el planeta la inflación ha dejado de ser un problema, e incluso modelos que hace algunas décadas repetíamos y enseñábamos como un axioma, tal el caso de la curva de Phillips (correlación inversa entre tasa de desempleo y tasa de inflación), han perdido valor predictivo. En muchas economías, baja el desempleo a mínimos históricos y la inflación no sube. Tras la lectura del informe, como argentino me identifiqué con aquellos ciudadanos de algunos países en desarrollo que todavía no pueden erradicar enfermedades endémicas (cólera, tuberculosis, fiebre amarilla) que en otras geografías ya son historia. En la región la inflación no es un problema (con la excepción de Venezuela), pero entre nosotros sigue siendo un problemón. Y no porque la economía convencional no proporcione remedios de eficacia probada en otras latitudes, sino por la resistencia institucional a abordar las terapias.
Luego de décadas la inflación crónica se ha institucionalizado, y aunque nos deja sin moneda, se ha transformado en un instrumento perverso de la mala política para recaudar impuestos no coparticipables gravando pasivos monetarios no remunerados sin pasar por el Congreso. El engaño de financiar un gasto insostenible para que el argentino de a pie crea que puede vivir por encima de sus posibilidades en un presente fugaz. La inflación crónica, y la consiguiente recurrencia al endeudamiento externo supletorio y a las anclas cambiarias de ocasión para evitar el desenfreno del aumento de los precios relativos, nos someten cíclicamente a los tsunamis macroeconómicos, que hacen explotar las cuentas públicas y externas y se llevan puestos reglas de juego y compromisos contractuales. Empiezo por esta reflexión, porque creo que hay mínimos consensos en el nuevo gobierno electo y la mayoría en la oposición sobre la necesidad de desarrollar el potencial de Vaca Muerta; han transcendido incluso propuestas de leyes para promover la inversión y "blindar" a Vaca Muerta con un régimen de estabilidad tributaria y previsibilidad de reglas.
Por prueba y error podemos asegurar que el blindaje va a ser efímero y no va a lograr el objetivo deseable de duplicar o triplicar las inversiones en la formación, en la infraestructura y en la cadena de valor, si las señales a la microeconomía sectorial no están ensambladas con acuerdos básicos que despejen a futuro el horizonte de una macroeconomía estable en la que pesifiquemos el peso (volvamos a tener moneda) y la cuestión de pesificar las tarifas devenga una cuestión abstracta. Antes de que la tasa de riesgo país se disparara a los niveles actuales los proyectos de inversión en Vaca Muerta se descontaban a tasas del 12/13%. Pero si el país exhibiera horizontes estables con inflación controlada de menos de un dígito y tasas de riesgo equivalentes a las de Chile o Uruguay, los flujos se podrían descontar a tasas más bajas del 10/9%, y muchos proyectos que hoy no son rentables pasarían a serlo multiplicando las oportunidades de negocio y el volumen de inversión. La vida de Vaca Muerta depende de ingentes inversiones en capital fijo y la base de todo régimen promocional de esas inversiones debe ser consistente con la voluntad política e institucional de erradicar la inflación crónica, que, dicho sea de paso, es también clave para erradicar los lacerantes niveles de pobreza con que convivimos.
Con las señales correctivas de la macro, el desarrollo intensivo de Vaca Muerta y los otros recursos no convencionales depende de la competitividad que podamos alcanzar reduciendo costos. Somos tomadores de las referencias de precios de petróleo (con excedentes exportables nos vamos a guiar por la paridad de exportación) y si queremos exportar gas al mercado asiático vamos a tener que tomar como referencia para competir el precio Henri Hub, que rige en Estados Unidos, aprovechando en operaciones spot la contraestacionalidad con el hemisferio norte. El desafío es entonces reducir la tasa de descuento y los costos de capital y operativos para bajar las llamadas referencias de break even (recupero de costos y utilidad) que viabilicen las decisiones de inversión.
Entre los componentes que fijan el precio de break even están los costos de capital (instalaciones, equipamiento, perforaciones, infraestructura, abandono y otros), los costos operativos (algunos variables relacionados con mano de obra, mantenimiento, combustibles, productos químicos, y otros fijos, como servicios públicos, cánones de explotación, alquiler de equipamiento, seguros, gastos generales y administrativos). A estos se agregan los de transporte y logística, de personal y materiales y otros costos operativos no incluidos anteriormente. El tercer componente es el impositivo (gravámenes nacionales, provinciales y municipales). En la consideración de los flujos también hay que considerar el aporte de subproductos (líquidos asociados al gas o gas asociado al petróleo).
Despejadas las dudas sobre el congelamiento de precios del petróleo y los combustibles, la explotación de shale oil tiene precios de break even que la hacen rentable tomando en cuenta las cotizaciones actuales del petróleo. El problema es el gas natural. Sus valores de break even deben seguir bajando si aspiramos a un desarrollo masivo del que también se va a beneficiar el mercado doméstico.
Ya dijimos que una baja en la tasa de descuento reduce los costos para todos los proyectos, pero eso no alcanza. Hay que trabajar mucho sobre los otros componentes de los costos, permitiendo el acceso a una apropiada oferta de servicios petroleros en competencia. Los costos de perforación y terminación de pozos dependen del alquiler de equipos de perforación, set de fracturas, entubamiento, entre otros. La mejora de las técnicas a utilizar en el recorrido de la curva de aprendizaje ha sido clave para aumentar rendimientos y reducir costos. Un ejemplo ha sido el cambio de técnicas de perforación vertical a horizontal, lo cual permitió una mayor recuperación por pozo, y por lo tanto un menor costo unitario, aunque se haya incrementado el costo de capital al inicio. Es así como se ha logrado una mayor producción por equipos activos en Vaca Muerta.
Pero también se requiere una baja en los costos de perforación de pozos, y para ello las mejoras en las técnicas también son importantes. Todavía los costos de perforación en Vaca Muerta son 30% mayores que los de Permian en Estados Unidos. Las perforaciones multi-pad han permitido una considerable mejora en las economías de escala mediante la utilización de las mismas instalaciones por parte de varios pozos con el consiguiente reparto de costos entre los diferentes pozos. Todos estos ya son logros que siguen las mejores prácticas y reducen costos. El Estado nacional y el provincial tienen su parte con el régimen impositivo, con obras de infraestructura y consolidando acuerdos regionales que habiliten nuevas oportunidades de mercado. Finalmente, con mayores rendimientos podrá compensarse el diferencial inevitable de costos que por escala y disponibilidad de financiamiento impone la geología del norte. Hay que mantener con vida a Vaca Muerta y allanar el camino a su desarrollo intensivo con políticas macro y microeconómicas que hagan competitivos sus costos.

Exsecretario de Energía y extitular de YPF

domingo, 13 de octubre de 2019

DANIEL GUSTAVO MONTAMAT, OPINIÓN,


Una agenda de consensos para una Argentina viable

Daniel Gustavo Montamat
Corto plazo. El electorado puede votar por el puro presente, pero la dirigencia debe reflexionar con espíritu crítico sobre el futuro
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Tuve la oportunidad de conocer en un encuentro privado a Nassim Nicholas Taleb y pude dialogar con él. Cuando le pedí que me autografiara su célebre obra El cisne negro, me preguntó a qué me dedicaba. Al mencionarle la disciplina económica, con una sonrisa me recordó una advertencia del libro: cuidado con la distribución normal de Gauss en la economía y en las disciplinas sociales porque subestima (les asigna muy baja probabilidad) los eventos de cola.
Para Taleb, la distribución acampanada simétrica entre cuya media y dos veces la desviación estándar para uno y otro lado abarca el 95,5% de la probabilidad de ocurrencia del fenómeno en cuestión, es relevante en los juegos de azar y en los fenómenos físicos naturales, pero es incapaz de predecir rarezas que son más comunes en los fenómenos sociales. Por ejemplo, si en un estadio de fútbol reunimos a 1000 argentinos y les preguntamos por su estatura, peso, género, edad, es casi seguro que del valor medio de la muestra más/menos dos veces la desviación estándar va a estar el 95% de los casos. Puede que en la selección se incluyera un gigante que mide dos metros diez, pero su presencia no va a alterar la conclusión sobre altura media de la población ni la distribución acampanada de la altura.
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Supongamos, en cambio, que queremos averiguar en esa muestra aleatoria el ingreso medio de la población y, entre los seleccionados, por azar se filtró un multimillonario. Allí es posible que las conclusiones sobre media de ingresos y ajuste a la normal salgan completamente distorsionadas. Según Taleb, estos fenómenos raros son más comunes de lo que se cree en la realidad social y tienden a ser subestimados por los "científicos sociales", que se aferran a los riesgos resultantes de la modelización gaussiana de la realidad. Puede que el voto de las PASO, que sorprendió a propios y extraños, tenga alguna característica de "cisne negro", un fenómeno cuya probabilidad de ocurrencia se subestimó.
Con el diario del lunes, muchos analistas empiezan a ajustar el relato para acercar sus estimaciones previas al mensaje resultante de la encuesta obligatoria del 11 de agosto pasado. Es cierto que el humor popular se expresó contra los ajustes de un modelo económico que no cierra. Es cierto que en un marco de estanflación predominó la bronca de los sectores sociales de clase media que expresaron un voto castigo. Es cierto que otra vez "es la economía, estúpido". Pero también creo que todas las racionalizaciones ex post que se hacen adolecen de un forzado intelectualismo que tiende a minimizar la rareza del fenómeno.
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Con el diario del lunes los resultados imprevistos se volvieron previsibles para todos. Creo que, en la lógica del "cisne negro", lo que no sabemos respecto de lo sucedido puede ser más importante que lo que sabemos, y que la clase política y dirigente de la Argentina, tanto si se siente triunfante como derrotada por los resultados del 11A, debe reflexionar con espíritu crítico respecto del futuro.
En reiteradas oportunidades en estas páginas hemos caracterizado el auge del populismo en todo el mundo como un fenómeno de época por su empatía con los valores de la cultura posmoderna. La construcción de la realidad a partir del "relato", el menú ideológico de "tenedor libre" y el eterno presente son portadores de sorpresas electorales por doquier. La invitación de Juntos por el Cambio a la sociedad es a votar por el futuro, y el mensaje del Frente de Todos es reivindicar lo mejor del pasado kirchnerista frente a la crisis del presente. Es obvio que el electorado que estableció las diferencias inesperadas votó contra el presente. ¿Fue para reivindicar el pasado o para desechar el futuro? Puede que ni lo uno ni lo otro.
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El voto posmoderno es un pronunciamiento excluyente sobre el presente, sin mayores especulaciones sobre el pasado o el futuro. Se vota por rechazo o adhesión al hoy, al ahora, al presente. En el "imperio de lo efímero" el pasado ya no existe, y el futuro se descuenta a tasas tan altas que no tiene valor presente. ¿Podemos enojarnos con este elector posmoderno que se expresa en democracia? No, tiene todo su derecho a hacerlo y a modificar con su juicio sobre el presente mayorías y minorías que en la modernidad "dura" se presumían mucho más estables. Lo que no puede ignorar la dirigencia que compite por ese voto son las consecuencias de seducir al electorado con un caleidoscopio de sensaciones orientadas a un eterno presente. Si la prueba y el error del pasado y las demandas de un futuro que se nos vino encima se dejan de lado para sumar corto plazo, la decadencia argentina no tendrá punto de inflexión.
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La sorpresa de las PASO y la conmoción que produjo en los mercados y en el mundo cuando todavía no se ha disputado la elección de octubre pusieron de manifiesto la fragilidad de nuestro sistema institucional y de la estabilidad macroeconómica. El Gobierno ha respondido con medidas de emergencia para tratar de apuntalar expectativas de corto plazo. Pero las propias medidas de emergencia hablan de la necesidad de acuerdos de largo plazo para llevar adelante transformaciones estructurales que hagan viable el desarrollo económico y social que nos debemos. Se han tendido puentes entre los principales candidatos, pero el futuro de la Argentina requiere mucho más. Y hay temas de convergencia prioritaria e indispensable que pueden servir de mínimos comunes denominadores para avanzar en acuerdos básicos de largo plazo.
Un punto de intersección que puede alejarnos del abismo y servir de plataforma para empezar a construir consensos es el sector energético. La clase política en general y los economistas que conforman distintos equipos técnicos que asesoran a los candidatos han entendido el peligro que implican los déficits energéticos por su impacto en las cuentas públicas y en las cuentas externas.
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Una buena noticia este año es que la Argentina está a punto de recuperar el autoabastecimiento energético evaluado en una balanza comercial casi equilibrada del sector. Se puede argumentar que la recesión ha influido en la demanda, pero no se puede negar que a partir del desarrollo intensivo de algunas áreas no convencionales creció la oferta doméstica de gas y de petróleo. El desarrollo de Vaca Muerta ya no es promesa, es realidad; puede proveernos de energía abundante y de precios competitivos y asegurarnos divisas fundamentales para lidiar con la restricción cíclica que afecta la cuenta corriente externa.
Pero si no hay acuerdo político para el desarrollo intensivo de esos recursos, incluyendo la posibilidad de interactuar a fines de la próxima década en el mercado mundial del gas por barco, perderemos el tren. Entre perforaciones e infraestructura el desarrollo intensivo requiere más que duplicar la inversión actual de alrededor de 5000 millones de dólares. Pero si no se sostiene la inversión actual la declinación productiva de Vaca Muerta superará el 70% en dos o tres años. El consenso sobre Vaca Muerta es también la oportunidad para analizar y discutir el modelo productivo de estancamiento e inflación que durante décadas ha frustrado el desarrollo con equidad, y generado pobreza. El voto de rechazo o de adhesión al presente no puede hacerse cargo de estos desafíos, pero la clase dirigente argentina tampoco puede soslayar la agenda de consensos para una Argentina viable.

Doctor en Economía y en Derecho

viernes, 20 de julio de 2018

LA OPINIÓN DE DANIEL GUSTAVO MONTAMAT


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DANIEL GUSTAVO MONTAMAT

Para generar consensos básicos hay que empezar por asumir que el déficit fiscal condiciona el modelo productivo argentino

Hay turbulencia en la economía mundial: la Reserva Federal aumentó la tasa de interés de referencia, el nuevo embargo norteamericano a Irán volatilizó los precios del petróleo y la política en Europa vuelve a generar dudas sobre el futuro del euro. Casi todas las monedas se han devaluado con respecto al dólar, pero en pocos países los remezones se han sentido con tanta fuerza como en la Argentina. ¿Cuál es la causa de nuestra inmunodepresión?

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Algunos ejemplos de la región pueden ser aleccionadores. Se han devaluado el peso mexicano, el sol peruano y el real brasileño, pero las devaluaciones no han generado un traslado traumático a precios ni hubo corrida contra esas monedas. Cito esos tres ejemplos porque son países con grandes incertidumbres políticas presentes y futuras. En Perú, hace poco renunció el presidente Pedro Pablo Kuczynski, involucrado en causas de corrupción; el presidente que lo antecedió también está preso imputado por delitos de corrupción, y el fujimorismo, aún dividido, controla el Congreso. Los mexicanos acaban de elegir nuevo presidente a Andrés Manuel López Obrador, un nacionalista que ha prometido revertir muchas reformas promercado. Brasil, nuestro socio mayor en el Mercosur, viene de una crisis política, con una presidenta destituida, y con el expresidente Luiz Ignacio Lula da Silva preso (acusado de delitos de corrupción) y liderando las encuestas para las elecciones de octubre de este año.
Todas situaciones de incertidumbre política presente que abren dudas sobre el futuro. Pero según la tabla de indicadores que publica The Economist, la tasa de inflación de Perú proyectada para el presente año es de 1,7%; la de Brasil, 3,4%, y la de México, 4,4%. La Argentina no arrastra las vicisitudes políticas de esos países (Cambiemos salió fortalecido de la última elección de mitad de término y ganó el voto popular en los distritos más importantes), pero acá la turbulencia económica que complicó los mercados se tradujo en un vendaval, con muchos especuladores ansiosos por transformar el traspié cambiario en una crisis institucional y de gobernabilidad. El mismo virus que en otras latitudes produce una gripe aquí genera una pulmonía.
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La inflación proyectada por la misma fuente para la Argentina es del 25,1%. Es obvio que con inflación de dos dígitos la devaluación del peso hace mucho más traumático el reacomodamiento de precios relativos. Pero la inflación es síntoma de macrodesequilibrios y los datos comparados permiten explorar un poco más el impacto relativo del remezón de los mercados. En 2018 Brasil va camino a tener un déficit de cuentas públicas del 7,1% del producto, mayor que el argentino, que, con intereses, se estima en el 5,1% del producto. Para México, el déficit proyectado es del 2,3% del producto, y para Perú, del 3,5%. ¿Por qué estos países latinoamericanos sujetos a incertidumbres políticas semejantes o mayores que las nuestras y con déficits fiscales pueden convivir con inflaciones de un dígito y evitar corridas contra sus monedas domésticas? Una aproximación a la explicación económica del fenómeno la da el relevamiento de los datos del déficit de cuenta corriente externa.
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Mientras la cuenta corriente argentina tiene un déficit estimado tras la corrección cambiaria del 4,6% del producto, Brasil va a tener un déficit del 1,1%; Perú, del 1,6%, y México, del 1,7%. Es decir, mientras entre nosotros el déficit de las cuentas públicas se subsume en el déficit de las cuentas externas porque financiamos nuestros desequilibrios públicos con préstamos del exterior, en los otros países que tomamos como referencia el déficit público es financiado en parte por ahorro doméstico. Como el déficit en cuenta corriente se financia sí o sí en dólares, la magnitud de nuestro desequilibrio externo con respecto al de los otros países puede explicar la mayor vulnerabilidad argentina frente al encarecimiento del crédito externo. Por eso la Argentina tuvo que recurrir al Fondo para asegurar financiamiento externo y los otros países de la región no.
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El agujero negro de las cuentas externas argentinas es una medida de nuestro bajo ahorro doméstico respecto de la tasa de inversión que necesitamos para crecer y desarrollarnos con generación de empleo. Ahorran poco en el país las familias y las empresas, y el sector público consolidado arrastra déficits recurrentes. Otra perspectiva del mismo problema es que sistemáticamente los argentinos vivimos por encima de nuestras posibilidades. Los tres países que mencionamos tienen tasas de ahorro doméstico superiores a las nuestras y mercados de capitales más desarrollados que nosotros. Pero no es casual que la tasa de ahorro argentina sea baja y que el Estado gaste por encima de sus ingresos: el populismo argentino institucionalizó la inflación como instrumento de autoengaño y estafa colectiva. De autoengaño, porque el populismo asume la emisión inflacionaria como un sucedáneo de gravamen sobre los pasivos monetarios no remunerados que no pasa por el Congreso (como los otros impuestos) y no es coparticipable entre nación y provincias. De estafa colectiva, porque termina destruyendo la moneda doméstica y evaporando el ahorro nacional. Sí, los mayores estafados son los pobres. Los argentinos que pueden ahorran en dólares y muchos de los que ahorran en dólares sustraen esos ahorros del circuito financiero argentino.
Los otros países de la región también han tenido períodos de inflación y populismo, pero la desmesura populista argentina nos dejó sin moneda, con bajo ahorro, con inflación crónica y con un sistema productivo de sustitución de importaciones que explota cíclicamente por falta de dólares. Lo peor es que hay ideas, intereses y valores que siguen asociando el populismo a un progresismo distributivo, cuando, en verdad, ha dinamitado las bases de un desarrollo inclusivo. Si el legado de prebendas presentes no es sostenible en el tiempo porque se basa en desequilibrios financiados con endeudamiento externo o emisión inflacionaria, se violenta el tercer principio de justicia social formulado por John Rawls: el principio "de ahorro justo", lo que la generación presente está obligada a dejar para los que vienen: la justicia distributiva intergeneracional. Nuestra saga populista se ha ensañado con los argentinos que vendrán: desde hace años los argentinos del presente nos venimos desentendiendo de los argentinos del futuro.
Para generar consensos básicos hay que empezar por asumir que el déficit fiscal y sus vasos comunicantes con el déficit de cuenta corriente son a su vez condicionantes del modelo productivo argentino. Es correcto empezar con un acuerdo político para erradicar el déficit fiscal, pero hay que hacerlo con miras a consolidar una estructura productiva orientada al valor agregado exportable que nos permita superar, de una vez por todas, la asfixia y la dependencia a las que nos expone la cuenta corriente externa. Por la inmunodepresión que padecemos, y para evitar que el acuerdo sucumba a las especulaciones políticas electorales, va a haber que sobreactuar. Habrá que acordar (está el precedente chileno) presupuestos plurianuales superavitarios, para comprar con pesos del excedente fiscal dólares del excedente comercial externo. Así tendremos fondo anticíclico y dólar competitivo que se puede apreciar por ganancias de productividad. Es el cambio estructural que nos debemos y que debe guiar los acuerdos políticos del oficialismo con la oposición.

Es doctor en Economía y doctor en Derecho

martes, 1 de mayo de 2018

LA OPINIÓN DE DANIEL GUSTAVO MONTAMAT


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Daniel Gustavo Montamat

Una agenda de desarrollo inclusivo exige resolver los problemas estructurales y abandonar la tentación de la inmediatez
La Argentina sigue arrastrando problemas estructurales muy serios, suma de errores y reincidencias pasados que nos tienen varados en el tiempo. El gradualismo estratégico que plantea Cambiemos es una carrera contra reloj para romper amarras que nos atan a un presente decadente y establecer consensos básicos en un proyecto que nos reconcilie con el futuro.
Agustín de Hipona (San Agustín) advertiría a los argentinos, y a los mortales en general, que pretender eternizar el presente no solo es presuntuoso e impiadoso, también es insensato y absurdo. Las sociedades ancladas en el presente padecen una inconsistencia existencial. En sus Confesiones, una de las reflexiones más lúcidas y simples sobre el tiempo cronológico que conoce la filosofía, el monje cristiano argumenta que solo Dios, creador del tiempo, está fuera del tiempo, y que su eternidad puede expresarse como un "perpetuo presente".
Los seres humanos, por el contrario, estamos por ahora sujetos al tiempo y, en nuestra condición temporal, lo que no podemos hacer es aferrarnos al tiempo presente. "¿Cien años presentes son acaso un tiempo largo? Mira primero si puedes estar presente cien años. Porque si se trata del primer año, es presente; pero los noventa y nueve son futuros, y, por tanto, no existen todavía; pero si estamos en el segundo año, ya tenemos uno pretérito, otro presente, y los restantes, futuros. Y así de cualquiera de los años medios de este número centenario que tomemos como presente: todos los anteriores a él serán pasados; todos los que vengan después de él, futuros. Por todo lo cual no pueden ser presente los cien años".
Con el rigor de esta lógica podríamos seguir reduciendo la unidad temporal. Si el presente es el año 2018 y estamos parados en abril, ya hay meses que forman parte del pasado, y los restantes, del futuro. Así con los meses, las semanas, los días, las horas, los minutos... el instante. El instante es y deja de ser. "Eternizar el instante" es justamente lo que promueve la cultura de la "modernidad líquida" con su caleidoscopio de sensaciones y experiencias efímeras. No hay futuro, "el presente es futuro sido", dirá en el siglo XX Martin Heidegger. Y es este fenómeno de época el que ha devuelto renovada vigencia, por derecha y por izquierda, al populismo ideológico y a sus políticas cortoplacistas.
El menú de tenedor libre que hoy ofrecen los neopopulismos intenta anclar a la sociedad en el presente de los instantes prebendarios, las sensaciones redistributivas, las acusaciones exculpatorias, las apelaciones xenófobas y los negocios para amigos. Inoculado el virus de la inmediatez, del hoy, y de la suma de sensaciones efímeras, se hace mucho más complicado articular políticas que se ocupen de los problemas estructurales y atiendan las demandas de un futuro que, por ignorado, ha aumentado sus restricciones. Hay una colisión de intereses presentes que hace gatopardismo: que todo cambie, para que nada cambie.
El déficit de la cuenta corriente externa del año pasado, que trepó a 30.792 millones de dólares (4,8% del PBI), resume la magnitud de nuestro desequilibrio estructural y del lastre económico que nos tiene varados en el presente. Hay dos caminos para interpretar las cifras de ese desequilibrio externo. Por un lado, observando los desbalances de los rubros que integran la cuenta corriente externa. El déficit de balanza comercial de unos 8500 millones de dólares surge de un casi estancamiento de las exportaciones, que crecieron un 0,9%, y de un auge de las importaciones, que crecieron un 20%.
Es más preocupante lo de las exportaciones, sobre todo si se tiene en cuenta la evolución de la cuenta comercial de otros países de la región (Chile exportó unos 10.000 millones de dólares más que nosotros). En el rubro de servicios reales (que incluye el turismo), el déficit superó los 6800 millones de dólares. El balance de servicios financieros (remuneración de factores externos), también deficitario en 15.392 millones de dólares completa el desequilibrio aludido. La mirada de estos desbalances desde el punto de vista productivo conduce el análisis y las explicaciones a centrarse en cómo revertir en el futuro esos saldos negativos con mayores exportaciones de bienes y servicios.
La expansión de la economía brasileña (nuestro principal destino de ventas externas) puede aliviar el desequilibrio comercial que arrastramos desde hace años, y hay sectores como el energético y el minero que también pueden darnos más divisas. Si sumamos a eso los desarrollos de infraestructura y logística que se hacen para promover el turismo receptivo y convergemos en un escenario de menor endeudamiento público y mayor inversión externa directa, es posible esperanzarse con una reducción a plazo del desequilibrio externo que sea sostenible.
Pero la economía tiene ciertas identidades matemáticas que permiten ver el mismo problema desde otro ángulo. Los 30.792 millones de déficit de cuenta corriente son también una expresión de nuestro desahorro estructural. Y esta perspectiva del problema hace más evidente nuestro "eterno presente". Financiamos una tasa de inversión interna bruta baja para nuestras necesidades de crecimiento con una tasa de ahorro doméstico que también es baja (las familias y las empresas ahorran poco, y el Estado es un pródigo que desahorra) y recurrimos al financiamiento internacional para suplir el déficit de ahorro doméstico.
Pero no todo lo que pedimos prestado es para invertir y ampliar la base de capital productivo, sino que también pedimos prestado para financiar gasto corriente (consumo). Los argentinos vivimos crónicamente por encima de nuestras posibilidades, y aunque tenemos una estructura de consumo que arrastra desigualdades de ingreso, insistimos en sacrificar el futuro en el altar del presente. Alguien podrá decir que estas preferencias son comunes a todas las sociedades. No es cierto, así como hay sociedades vecinas que ahorran más que nosotros, hay pocas que han experimentado como la nuestra la desmesura populista durante tantas décadas.
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El futuro nos impone una agenda de desarrollo inclusivo con objetivos, planes y tareas que desafían a la política a establecer transacciones entre las urgencias del presente y los requerimientos del futuro. Pero la dictadura del presente impone sensaciones y nos arrastra de urgencia en urgencia. ¿Recordamos los superávits gemelos de la década pasada? En esos años la cuenta corriente era superavitaria y también había superávit en las cuentas públicas. Llegamos a esa instancia luego de la explosión cambiaria de 2002 y gracias a los excepcionales términos de intercambio que favorecieron nuestra producción primaria.
Desperdiciamos una oportunidad histórica de abordar nuestro desequilibrio estructural comprando con los pesos del superávit fiscal parte de los dólares del superávit comercial para conformar un fondo soberano o anticíclico. El presente le ganó al futuro y volvimos a las andadas. El desafío es que, de una vez por todas, el futuro le gane al presente. Si queremos más inversión y más empleo, menos pobres y menos excluidos, vamos a tener que aprender a vivir de acuerdo con nuestras posibilidades, mientras desarrollamos el potencial que nos augura el porvenir.
Doctor en Economía y en Derecho