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sábado, 17 de febrero de 2024

DESAFÍOS


Divisiones internas en la UCR respecto del megadecreto
No hay un acuerdo en los bloques e intentarán imponer criterios de revisión “por tema o capítulos”
Delfina Celichini
La Unión Cívica Radical (UCR) en el Congreso se enfrenta con el desafío de mantener la cohesión frente a las iniciativas del Poder Ejecutivo. Mientras un sector aspira a consolidar su rol de “oposición responsable”, otro más crítico se perfila intransigente a las medidas que impulsa Javier Milei. Si bien esta diferencia de criterios fue notoria durante el tratamiento del proyecto de ley ómnibus en Diputados, los bloques de la UCR de ambas cámaras trabajan para limar estas divergencias y buscan tratar el decreto de necesidad y urgencia (DNU) 70/2023 “por temas o capítulos” para evitar el “a todo o nada” que podría exponer su grieta partidaria.
“Se viene la guerra santa interna”, vaticinó un diputado radical, para hacer referencia al debate sobre qué postura tomar frente al DNU que firmó el Presidente pocos días después de asumir. Es que en la UCR conviven dos facciones que pugnan por imponerse. Un sector refractario a las iniciativas del Ejecutivo, referenciado en el diputado Facundo Manes, y otro que se siente cómodo con el apoyo al gobierno libertario y desprecia cualquier sintonía con el kirchnerismo, vinculado a los gobernadores Alfredo Cornejo (Mendoza) y Gustavo Valdés (Corrientes), y el jefe del bloque en la Cámara baja, Rodrigo de Loredo.
La primera discusión sobre cómo plantarse frente al DNU se dio anteayer durante la reunión del bloque radical de Diputados. En la cumbre, que se realizó por Zoom, se definió que se plantee la posibilidad de desglosar la norma por temas o capítulos para evitar con ello su rechazo o aceptación en bloque, tal como estipula la ley que regula su trámite en el Congreso. De los 34 legisladores que conforman la bancada, alrededor de 12 podrían bajarle el pulgar, situación que acentuaría las divisiones internas.
El argumento que utiliza un sector del radicalismo para justificar la discusión del decreto por temas apunta a considerar que dentro del DNU se incluyen diferentes “normas”, por lo que su discusión por separado estaría contemplada en la ley que regula su procedimiento. Este razonamiento fue planteado por el diputado formoseño Fernando Carbajal. A pesar de que este abordaje podría suavizar las divisiones de la UCR, otros espacios anticiparon que no están de acuerdo y forzarán el tratamiento “a todo o nada”.
En la Cámara alta, en tanto, el senador y conductor del partido, Martín Lousteau, es uno de los más críticos del bloque, y manifestó su rechazo al decreto por “inconstitucional”. Previamente, exigió a través de una carta al presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, que designe “con urgencia y sin más demoras” a los integrantes de la comisión bicameral de DNU. Esta situación desencadenó un picante ida y vuelta entre los legisladores a través de X.
Es que a pesar de que el Senado presentó sus ocho integrantes, Diputados no lo hizo y la oposición apunta a Menem como el responsable de dilatar su tratamiento. Por esta razón el kirchnerismo en el Senado busca forzar una sesión especial en la Cámara alta para rechazar el decreto. El procedimiento dicta que después de diez días hábiles de presentado el DNU en el Congreso la comisión bicameral correspondiente deberá emitir dictamen. Pasados otros diez días, las Cámaras podrán abocarse a su tratamiento “expreso e inmediato”. Esta es la etapa en la que se encuentra el megadecreto.
Si bien en Diputados las posiciones políticas están más definidas, en el bloque de senadores radicales esto no está tan claro. No obstante, Víctor Zimmerman, quien representará a la UCR en la comisión bicameral, señaló que es “esencial” que se pueda discutir el DNU por títulos y no como un todo indivisible.

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Bullrich marcó diferencias con Mauricio Macri
En el marco de tensas negociaciones que podrían derivar en una alianza formal entre Pro y La Libertad Avanza (LLA), la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, defendió un acuerdo con la fuerza oficialista. “Yo creo que al cambio hay que apoyarlo sin especulaciones, de frente”, dijo, al tiempo que marcó una diferencia con el expresidente Mauricio Macri.
“Soy más directa, estoy convencida de eso y cuando me convenzo de algo voy para adelante. No tengo que pedir permiso cuando lo que hago es totalmente coherente con lo que hicimos de salir a apoyar a Milei en la segunda vuelta”, declaró.
En diálogo con Radio La Red, Bullrich aseguró que representa “una parte importante mayoritaria de Pro”. “Con eso logré, cuando nadie lo pensaba, ganar unas PASO, una interna”, señaló, y continuó, al ser consultada por su posición: “Mostré una hegemonía de que lo que yo pensaba era el pensamiento dominante de Pro. Yo soy ministra, estoy en otras cosas. No me interesa hacer una entrevista siendo la psicóloga de Macri, no es lo mío”.
“Mi objetivo como presidenta de Pro es que esté alineado en serio a un cambio, no a medias tintas. Ese es el objetivo que tenés en política: lograr que tus fuerzas se unan con aquellas con las que tenés capacidad de generar una transformación”, dijo, y consideró que los bloques deben estar “alineados a lo que la gente votó y lo que lleva adelante el Presidente”.
Así, Bullrich siguió con la posibilidad de oficializar una alianza junto a La Libertad Avanza (LLA). “No es un tema de cargos, sino de principios, valores e ideas”, dijo.


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martes, 5 de enero de 2021

DESAFÍOS


Minibio
Boris Groys nació en Berlín en 1947. Estudió Matemática y Filosofía en la Universidad de Leningrado. Luego se doctoró en Filosofía en la Universidad de Münster. Además de ocuparse de diversas curadurías de arte, fue docente en la Escuela Superior de Diseño de Karlsruhe, la Academia de Bellas Artes de Viena y las universidades de Pensilvania, Filadelfia y Nueva York. Su obra ensayística se concentra en las vanguardias y el universo digital. Escribió Volverse público, Sobre lo nuevo: ensayo de una economía cultural, Bajo sospecha: una fenomenología de los medios.

Boris Groys:
"La pandemia profundizó nuestra dependencia del algoritmo"
Criado en la difícil Europa de posguerra, Boris Groys estudió Matemática y Filosofía; devenido crítico de arte y teórico de los medios, vive en los Estados Unidos y suscita pasiones en ciudades de todo el mundo



Diana Fernández Irusta


Podría decirse que Boris Groys (Berlín, 1947) atravesó distintas épocas, diversos mundos. Criado en la difícil Europa de posguerra, estudió Matemática y Filosofía en la Universidad de Leningrado y participó en los circuitos no oficiales de intelectuales y artistas en Moscú.
A comienzos de la década del ochenta emigró a Alemania, se doctoró en la Universidad de Münster e inició un periplo académico que lo llevaría por escuelas de diseño, academias de arte y universidades de Alemania, Austria y Estados Unidos.
Quizás la amplitud y originalidad de su mirada se deba, justamente, al particular tránsito vital que le permitió conocer tanto la vida bajo el régimen soviético como el vértigo de los claustros universitarios del otro lado del Muro. Devenido crítico de arte y teórico de los medios, actualmente Groys vive en los Estados Unidos y suscita pasiones en ciudades de todo el mundo. Por caso, Buenos Aires. A principios de este mes más de setecientas personas se inscribieron a la charla virtual que, organizada por Malba y NYU Buenos Aires, acercó a Groys a los muchos seguidores locales de sus ensayos.






La pandemia también afectó al autor de Volverse público (Caja negra), que debió suspender viajes y practicar el aislamiento que fue la marca de este año. Poco afecto a la complacencia, no tiene problemas en afirmar que vivimos en una civilización básicamente frágil, sostenida en el más evanescente de los recursos, la electricidad, y expuesta a catástrofes de diverso tipo. Así y todo, es capaz de sonreír y pronunciar algo bastante parecido al optimismo: "Un aspecto quizás positivo de todo esto es que podemos sentir que estamos viviendo una aventura, todo el tiempo, inclusive sentados en casa frente a la computadora -dice-. Aunque no nos movamos demasiado por el contexto en que estamos viviendo, podemos sentir esta inestabilidad y por lo tanto este sentimiento de aventura."

-Cuando comenzó la pandemia, ¿se identificó con quienes anunciaban el fin de una era o con quienes decían que nada iba a cambiar?


-Creo que se van a producir cambios, pero en la misma dirección en que ya veníamos: creciente importancia de las redes sociales, de todo lo remoto, de todo lo de naturaleza digital. Mientras la economía tradicional y las estructuras sociales tradicionales colapsan, hay un desarrollo mucho más acelerado de lo digital. Es decir, que con la aparición del Covid lo que se produjo es una aceleración de las últimas tendencias.


-En relación a la capacidad de vigilancia de internet, ¿cree que se producirá algún tipo de quiebre?


El control ejercido por internet -hablo de las distintas entidades que gobiernan internet- es un proceso que seguirá ocurriendo de todas formas. Porque las actividades de nuestra vida cotidiana suceden mediadas por lo digital, y eso se profundizó con la pandemia. En el mundo digital, dependemos de los algoritmos gobernados por Facebook o Google, pero mientras estas entidades nos controlan, nosotros no podemos controlarlas a ellas. Hay una asimetría en la relación.

-¿Qué posibilidades tenemos de equiparar esa asimetría? ¿Estudiar matemática?


-Bueno, inclusive sabiendo de matemática no veo que haya una solución a este problema (risas). Porque internet sigue estando controlado por las grandes corporaciones. Así que por un lado me mantengo escéptico. Pero por otro, me parece que una posibilidad que podría darse es que internet se rompa, se desmenuce, se desglose. Sabemos que hay una competencia entre Estados Unidos, China y otros países por el universo digital y esta competencia entre diferentes países y diferentes representantes del sector privado podría conducir a que se rompa internet. Lo sabemos, internet es una estructura extremadamente global, mientras que los estados nacionales y las autoridades locales son precisamente eso, locales. La globalidad de internet es lo que determina su enorme influencia. Pero si los poderes políticos rompen esa estructura, eso podría conducir a un sistema más pluralista, con diferentes servicios digitales dentro de un marco más bien plural.



-En su libro Volverse público, usted habla del "diseño total de la vida". ¿Qué diferencia hay entre la unión entre arte y vida que proclamaban las vanguardias y ese "diseño total"?

-Hubo un cambio que marcó el paso de la cultura tradicional a la cultura digital. Algo marcado sobre todo por el individuo, por cómo se presenta el individuo a sí mismo en términos globales. En la cultura tradicional eran las élites artísticas las que abordaban al individuo como tal y las que distribuían mundialmente diferentes textos, imágenes. Ahora cualquier persona lo puede hacer, y eso determina un cambio extremadamente profundo. Al mismo tiempo, todas las personas son targets individualizados del mundo de la publicidad. En el pasado, la gente se interesaba solamente por la vida privada de las estrellas, pero ahora esto le puede suceder a cualquiera, por la singularización de la que es objeto la persona, y el hecho de que todas las personas están siendo abordadas por los sistemas digitales. 

¿Qué significa esto? Implica un cambio profundo, un cambio con respecto a la cultura de masas. ¿Qué significan las vanguardias? Las vanguardias eran una respuesta a la cultura de masas. Había una cultura de masas que estaba considerada kitsch, dirigida a las masas, que eran anónimas. Por otro lado estaban las vanguardias, que eran la expresión de la individualidad creativa. Actualmente, todas las personas están obligadas a un self-design, a un autodiseño, a la creación de su propia imagen en las redes sociales. Mientras anteriormente había una libertad artística, ahora hay una obligación artística, estamos obligados a presentarnos a nosotros mismos. Y no estoy hablando solo de unos elegidos, absolutamente todas las personas están obligadas a diseñar una imagen de sí mismas. Es el algoritmo que gobierna internet, y que nosotros vivimos como una nueva divinidad. Si nos fijamos en lo que ocurre en sitios o redes como Instagram o Facebook, vemos que tienen una función muy confesional, la gente postea lo que come, a quién se encontró, qué estuvo haciendo, sus opiniones. Pero cuando nos confesamos, ¿quién es el destinatario? En la cultura tradicional era dios. En la cultura contemporánea es el algoritmo, un dios invisible. A veces estamos todo el tiempo tratando de comunicarnos con ese dios que es el algoritmo y a veces recibimos una respuesta, que es la publicidad, con los productos básicos que el algoritmo cree que nos van a gustar sobre la base de nuestra conducta en internet.
Las personas están obligadas a un autodiseño, a la creación de su propia imagen en las redes sociales. Mientras anteriormente había una libertad artística, ahora hay una obligación artística
-¿O sea que somos más tradicionales que modernos, nosotros que nos creíamos tan posmodernos?

-Absolutamente. Nuestra vida cotidiana está sujeta a una serie de leyes, e normativas, que no podemos ver. El lado oscuro de internet. Estábamos hablando de internet en cuanto a los sistemas algorítmicos, pero también está el hardware, los sistemas de transmisión que constituyen internet, una parte bien material, bien tangible, que de todos modos, está siempre oculta a nuestros ojos. No sé si esto sucede en la Argentina, pero en Estados Unidos y algunos países de Europa hay una explosión de teorías conspirativas, y esto es la nueva religión de nuestra era. No somos ni modernos ni posmodernos, estamos más bien volviendo a la época medieval, en la cual el mundo era entendido como una gran conspiración. Esto está ligado a internet, un lugar que no podemos ver, que solo podemos imaginar. Y esa imaginación dispara esas formas de la teoría de la conspiración.

-¿Así se explicaría por qué nuestra época se fascina tanto con la tecnología al tiempo que desconfía de la ciencia? Pienso en los antivacunas, los terraplanistas.

-Sí, estamos totalmente fascinados con la tecnología y desconfiamos de la ciencia. El concepto clásico de la ciencia es que está basada en la repetición. Si yo hago un experimento tengo que poder repetirlo y ese experimento repetido en varias oportunidades pasa a formar parte de la ciencia. Por el contrario, la experiencia individual, única, pertenece al ámbito de lo místico, de lo religioso. No es ciencia. La individuación es entonces la acumulación de experiencias personales que no son repetibles. Algo que tiene que ver con nuestra relación don la tecnología, que es una experiencia no repetible. Heidegger alguna vez dijo que la tecnología es la realización de la metafísica, ligada a la realización del destino. Esto significa que nuestra relación con la tecnología no tiene que ver con el conocimiento, es una relación de desconocimiento y al mismo tiempo ligada al destino. Muy en la línea de la tragedia griega.

-Que siempre termina horriblemente mal.

- Sí, totalmente (risas).

Nuestra vida cotidiana está sujeta a una serie de leyes, e normativas, que no podemos ver. El lado oscuro de internet
-Esta idea del algoritmo como divinidad me recuerda al transhumanismo y las personas que están buscando cierta inmortalidad a través de medios tecnológicos, no espirituales.

-¿Cuál es la condición básica de la existencia humana? La finitud. Todos sabemos que vamos a morir. Ahora, bien, ¿qué es la inteligencia artificial? Una máquina, y la máquina no muere nunca. Entonces, la inmortalidad del ser humano sería igual a su maquinización, sería convertirlo en una máquina. Pero la máquina no piensa. El meollo de pensar es el miedo a la muerte. Cuando decimos que alguien es razonable, significa que es una persona que evita el peligro, para no morir. En este sentido, cuando se acumula la inteligencia, es el momento en que el ser humano, pasa a ser un objeto de cuidado a cargo de la máquina. Cuando el renacimiento empezó a forjar el humanismo, consistía en ver al ser humano como la fuente de poder, el más poderoso del planeta. El transhumanismo tiene una visión distinta: piensa en el cuidado del ser humano, que pasa a ser una criatura desdichada a la que hay que cuidar.

-¿Por qué solo podemos imaginar el futuro a través de distopías?

- Es muy difícil pensar acerca del futuro, probablemente porque quizás el futuro sea una continuación de las tendencias ya establecidas. Es interesante reflexionar sobre esta nueva civilización que se está forjando. La realidad es que son muchas las posibilidades destructivas y catastróficas en este actual sistema porque todo está basado en la electricidad. El sustrato material de internet es la electricidad. Y la electricidad es algo muy fácil de apagar, muy frágil como sistema. Si pensamos en la cultura babilónica o la cultura del antiguo Egipto, fueron culturas afectadas por catástrofes, pero aun así sus textos e imágenes sobreviven porque ellos los consagraron en piedra. Pero si algo sucede con la electricidad la memoria de nuestra cultura puede desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. La posibilidad de la catástrofe también es muy alta en términos culturales. Ahora bien, la catástrofe encierra en sí misma la posibilidad de un nuevo comienzo, y ese nuevo comienzo es también algo elevado. Pienso en un acueducto que vi en el sur de Francia una vez. Había sido construido por los antiguos romanos para transportar agua. Ya no transporta agua, pero sigue estando allí. Puede que en el futuro expongamos las computadoras no como medios, sino como reliquias, como ese acueducto romano.
Si algo sucede con la electricidad la memoria de nuestra cultura puede desaparecer en un abrir y cerrar de ojos. Ahora bien, la catástrofe encierra en sí misma la posibilidad de un nuevo comienzo

-Está por salir un libro suyo sobre coleccionismo. ¿Cómo pensar una colección de arte en una época de tanta fragilidad?

- El coleccionismo de arte pasaba por los objetos, cosas tangibles que la sociedad identificaba como obras de arte. Pero ahora el arte es muy dependiente del contexto, es muy difícil entender una obra de arte contemporánea sin entender el contexto original en el cual esta obra fue creada. Por eso el arte contemporáneo se dirige cada vez más al evento, ya no tiene tanto protagonismo el objeto en sí, sino que cobran protagonismo las performances, los proyectos político y sociales, las exposiciones de corta duración. El estado de la reflexión sobre el contexto es algo muy inestable, e internet es el mejor lugar para documentar y proporcionar una descripción de ese contexto, mucho mejor que los museos, que son incapaces de dar lugar a todo ese material. Al mismo tiempo, en internet el archivo de la obra de arte es algo que no existe, porque es posible que las cosas desaparezcan. Tengo muchos amigos artistas que no confían en la imagen digital, y tratan de hacer algo físico porque temen que si se focalizan mucho en el evento y en lo digital puede llegar una instancia en que todo rastro de esa obra desaparezca. Lo que sí encierra internet es una promesa de divulgación, de publicidad para ese artista, a la vez que encierra una absoluta falta de estabilidad.

- ¿La marca de nuestra época?


-Sabés, es una marca de la vida humana en general (sonríe). Un aspecto quizás positivo de todo esto es que podemos sentir que estamos viviendo una aventura, todo el tiempo, inclusive sentados en casa frente a la computadora. Aunque no nos movamos demasiado por el contexto en que estamos viviendo, podemos sentir esta inestabilidad y por lo tanto este sentimiento de aventura. Una condición un poco extraña, vivir una aventura sentado ante la pantalla de una computadora.

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lunes, 4 de enero de 2021

DESAFÍOS


Richard Gerver: “La pregunta es cómo estamos preparando a nuestros hijos para vivir en su mundo”



HUGO ALCONADA MON
Cuando Richard Gerver llegó a la escuela primaria Grange como su nuevo director, en 2003, se encontró con un panorama desolador. Alta deserción, bajo rendimiento, pésima infraestructura y, lo peor, una apatía generalizada entre los alumnos, maestros, padres y el resto del ecosistema educativo. Pero en apenas dos años logró convertirla en una escuela modelo y en un caso de estudio para el gobierno británico y hasta la Unesco.
Discípulo de sir Ken Robinson, Gerver ya era considerado uno de los profesores más sobresalientes del Reino Unido para cuando cruzó la puerta en Grange, en los suburbios de Londres. Pero allí logró lo imposible. Concentró sus energías en involucrar y potenciar a los alumnos, a sus padres y a los maestros. Y en romper los moldes, a pura innovación.
Su proyecto conllevó riesgos, pero sus resultados fueron contundentes y en 2005 recibió el Premio Nacional de Enseñanza al Director del Año. Ahora, Gerver alerta sobre los riesgos del abandono escolar por la pandemia. “Necesitamos crear puntos de acceso a la tecnología para la mayor cantidad posible de estudiantes que hoy carecen de ese acceso”, dice. “La pregunta que siempre debemos hacernos es cómo estamos preparando a nuestros hijos para vivir en su mundo”, plantea el hoy consultor internacional
Y no es una pregunta retórica, sino realista. “Nuestros hijos van a vivir tiempos realmente desafiantes”.
–¿Qué lecciones aprendió desde que comenzó la pandemia?

–Que necesitamos ser mucho mejores al enfrentar el cambio y la incertidumbre. Durante muchos, muchos años, los expertos han hablado de lo rápido que está cambiando el mundo, de lo incierto que es el futuro con la globalización y todo eso, y creo que la gente reconocía que todo eso estaba pasando, pero lo veía como algo a futuro. Hasta que ocurrieron dos eventos globales que potenciaron las tendencias de cambio e incertidumbre: la crisis financiera de 2008 y esta pandemia global, que probablemente sea la experiencia compartida más desafiante en la historia de la humanidad. Ahora tenemos que dejar de negar que el mundo está cambiando. Y para eso tenemos que entender qué podemos hacer para mejorar. Tenemos que estar mejor preparados a nivel personal porque no hay ninguna razón para pensar que no experimentaremos otra pandemia, otra crisis económica global o una gran crisis medioambiental planetaria.
–¿Es eso posible? Se lo pregunto porque en el campo de la educación se repiten los mismos debates desde hace décadas o quedan atados a la coyuntura. ¿Cómo cambiamos eso?
–Sí, esta conversación sobre la necesidad de transformar la educación se viene dando desde la década de 1960, pero afrontó varias barreras. Una es que seguimos enfocándonos en cómo testeamos y evaluamos la educación todo el tiempo. Entonces se han dado debates sobre cómo hacerla más innovadora, más creativa, más acorde a los desafíos del futuro, pero en la práctica, al final tenemos que evaluar a los estudiantes como siempre los hemos evaluado. Es un poco como pedirle a un chef innovador como el español Ferran Adrià que use su genio para crear algo nuevo, pero que se vea y sepa como esta torta. Lo que pasará es que Ferran Adrià te dirá: “Bueno, yo sé cómo hacer esa torta, así que me limitaré a hacer esa torta y ya”.
–¿Y entonces?
–Lo interesante es que la sociedad ha comenzado a darse cuenta en los últimos 20 o 30 años que el sistema educativo ya no es el adecuado, como también lo han empezado a comprender los futuros empleadores, que ven que su futura fuerza laboral no está preparada para afrontar los desafíos. Empresas como Ernst & Young y Price water house coopers ya no consideran que una educación universitaria sea vital para contratar nuevos empleados porque los universitarios vienen con conocimientos técnicos y habilidades, pero carecen de habilidades blandas. ¡Y tienen razón! Necesitamos un sistema educativo más abierto, que se enfoque más en el desarrollo de las personas que en lo académico. El problema es que el cambio sistémico es aterrador para las personas en cualquier ámbito de la vida. Y más aún cuando se trata de cambiar en un sector que parece estar bien y ser eficiente. Por eso la educación ha quedado atrapada en esta suerte de bucle. Pero ahora el mundo se ha puesto patas para arriba. Millones de estudiantes han tenido que estudiar desde sus casas, pero un gran porcentaje de la población mundial no tuvo acceso a esa tecnología. Así que la división se ha ensanchado aún más. Y aún entre quienes sí tienen acceso a la tecnología, ya sean maestros, estudiantes o padres, muchos se sienten insatisfechos porque provee un abordaje muy unidimensional.
–¿Cuál es su mensaje a maestros, padres, estudiantes, gobiernos y empresas?
–Que la educación nunca es eficaz a menos que los jóvenes se comprometan con el proceso. Puedes “venderle” un modelo educativo a los padres, a los políticos y a las empresas. Pero, ¿y si los estudiantes lo rechazan? En ese caso tu sistema educativo nunca será de alta calidad. ¡Muchos chicos abandonan el sistema educativo porque no creen que sea relevante! Lo primero, entonces, que debemos hacer es garantizarnos que los jóvenes sientan que la educación es valiosa para ellos, rica en contexto y en experiencias.
–¿Cómo reintegramos a los chicos que abandonaron las aulas, ya fuera antes o durante la pandemia?
–Tengamos claro que en realidad hablamos de tres grupos. Están los estudiantes que no tienen acceso a la tecnología, los que tienen acceso a la tecnología pero que no participan en el proceso educativo y los que tienen acceso a la tecnología, pero no se involucran demasiado, ni tienen padres a los que les importe. Debemos por tanto implementar distintas estrategias a corto, medio y largo plazo para cada grupo. Para empezar, necesitamos crear puntos de acceso a la tecnología para la mayor cantidad posible de estudiantes que hoy carecen de ese acceso. En el corto plazo acaso sea necesario abrir bibliotecas, centros comunitarios y otros lugares que cuenten con esa tecnología. ¡Incluso restaurantes que tengan servicios de wifi! Lo importante es crear, rápido, una red a la que los jóvenes puedan conectarse. El segundo paso es plantearnos las preguntas incómodas en vez de juzgar a los estudiantes. ¿Por qué no quieren participar? Hay mucho por aprender ahí. Y en tercer lugar, debemos garantizarnos que los padres y las familias vean el valor de la educación.
–¿Cómo se logra eso en la práctica?
–Le daré un ejemplo, creo, muy poderoso. He tenido la suerte de pasar bastante tiempo en Medellín durante los últimos 13 años. Empezaron por plantear una visión educativa con oportunidades para ricos y pobres. Después consiguieron que empresas tecnológicas invirtieran cantidades sustanciales de dinero en escuelas y centros comunitarios en las zonas más pobres. El objetivo era que los niños de los entornos más pobres tuvieran acceso a tecnología. Después, en vez de seguir diciéndoles a los niños que la educación era importante, involucraron a los abuelos en los centros comunitarios para que comprendieran la importancia de la educación formal, para que ellos movilizaran a sus hijos y estos movieran a los nietos, creando un impulso en torno al sistema educativo. ¡Por eso necesitamos más acceso a la tecnología en los espacios públicos!

–¿Tienes esperanzas de que sea posible?
–Francamente, no veo cómo alguien apasionado por los jóvenes no sea optimista. He visto cómo ese proceso ayudó a regenerar Medellín. Queda un largo camino por recorrer, pero cuando volví el año pasado, la diferencia era extraordinaria. Y lo mejor fue ver el nivel de compromiso de los jóvenes al sentir que tenían un futuro constructivo y positivo, siendo que estamos lidiando con una generación muy diferente. Esta generación, la de mis hijos, es la más activa de la historia, mientras que las anteriores han tendido a ser muy pasivas. La generación de mis padres y mi generación ve la televisión o lee el periódico y comenta las noticias. “¿No es terrible lo que estamos viendo que sucede en África?”. Pero el instinto de esta generación es participar. Quieren ser activistas en el proceso. Eso permite vislumbrar un cambio sustancial en la forma en que se desarrollará la educación durante los próximos 10 o 15 años. Cuando nuestros hijos se conviertan en padres y deban elegir escuelas para sus hijos, serán más activos y exigirán más. Soy muy optimista de que el sistema educativo dará un gran paso adelante. ¡Mire al Reino Unido! Es uno de los sistemas educativos más tradicionales del mundo, pero durante los últimos meses inició un debate muy serio a un nivel político muy alto sobre si el sistema de exámenes es el adecuado o si deberíamos eliminarlo para los estudiantes de hasta 16 años y cambiarlo por completo para los que tienen 18 años
–¿Qué preguntas debimos plantearnos hace tiempo?
–Creo la pregunta que siempre deberíamos hacernos en el campo de la educación es ¿cómo estamos preparando a nuestros hijos para vivir en su mundo? Esa ha sido siempre la pregunta. ¿Cómo nos garantizamos de preparar a las generaciones futuras para un mundo en que la gente tendrá que valerse por sí misma, ser más ágil y arreglárselas en entornos más confusos?

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domingo, 3 de enero de 2021

DESAFÍOS


Minibio

David Rieff nació en Boston en 1952. Es analista político, periodista y crítico cultural. En 1978 se licenció en Historia en la Universidad de Princeton. Es miembro de The New York Institute for the Humanities. Entre 1998 y 2000 ha colaborado como editor en el World Policy Journal, en The New Republic y en Harper’s Magazine. Escribe eventualmente para Los Angeles Times y Book Review. Fundó y dirigió el proyecto Crímenes de guerra, de la Universidad Americana, en Washington D. C. Entre otros, escribió Camino de Miami, Los Angeles, Capital of the Third World , The Exile: Cuba in the Heart of Miami, Failure of the West y Contra la memoria.



David Rieff: “Los Estados Unidos ya no van a dominar el planeta”
David Rieff (Boston, 1952), quien supo hacerse un nombre como periodista y analista cultural más allá de ser el hijo de Susan Sontag, llevaba diez años ininterrumpidos visitando la Argentina a partir de un premio que la Fundación Sontag entregó a una traducción de Juan José Saer y de su amistad con Edgardo Cozarinsky. En todo ese tiempo se interesó por los pliegues políticos del país, algo que define como “un espectáculo irresistible”. Pensaba entonces volver en 2020 para tomar los últimos apuntes de un libro sobre la Argentina en el estilo de las crónicas de viaje de John Berger. La pandemia no solo postergó este proyecto sino que también lo puso tres semanas contra las cuerdas, aislado en su departamento neoyorquino donde transitó el coronavirus con serias dificultaes para respirar.
Recientemente, Rieff formó parte de Kolapse, un ciclo de entrevistas y debates sobre la crisis ambiental y el futuro que le espera al planeta que pueden verse en la plataforma Kabinett (https://www.wearekabinett.com/videos) que dirige Eduardo Costantini (hijo) con base en Nueva York. Vía Zoom, enmarcado por un lugar atestado de libros y cuadros en su hogar en el barrio de Tribeca, muy cerca del Ground Zero, Rieff traza un balance del particular año estadounidense, marcado por la pandemia (que golpeó allí como en ninguna otra parte del mundo), la derrota electoral de Donald Trump y la puesta en evidencia de lo que caracteriza como una “guerra cultural”.
–¿Hasta qué punto puede pensarse que la irrupción de esta pandemia marca un punto de declinación en el proyecto de la globalización?
–Bueno, creo que la pandemia tendrá una influencia en las maneras o en las versiones de la globalización. Pero no va a cambiar la trayectoria general del planeta. Es una imposibilidad porque para los
desafíos importantes de nuestra época, como el cambio climático o la migración, no pueden pensarse soluciones que no sean globales. En cada crisis aparece la fantasía de muchas personas muy inteligentes de que las cosas van a cambiar muy radicalmente. Pero yo no lo veo así. Vamos a vivir con más pobreza y más conflictos. Serán años muy difíciles los que vienen. Es una crisis que afecta al mundo rico y al mundo pobre por igual. Lo mismo que el cambio climático.
–Estados Unidos tiene el récord de muertes durante esta pandemia (más de 300 mil personas). ¿Qué nos dice ese número sobre la mayor potencia del mundo? ¿Es el fracaso de un sistema de salud? ¿De un gobierno? ¿O de un estilo de vida?
–Es una pregunta interesante. Primero hay que decir que en términos de muerte por millón los Estados Unidos están en el octavo o noveno lugar mundial. Con ese índice son muchos más los que murieron en Italia, por ejemplo, o en México. Pero sí, ha sido un fracaso. Sobre todo un fracaso del sistema de salud, la evidencia del desprecio histórico de este país hacia la salud pública. Pero ni siquiera pensemos en eso: es un país con unos niveles alarmantes de obesidad y diabetes. Es la razón principal creo yo. Por cierto, Trump no ha sido de a gran ayuda, parece salido de un libro de Roa Bastos. Su gobierno fue horrible. Pero las razones principales están en cómo la sociedad norteamericana postergó el tema de la salud pública.
–Hemos visto en Europa, Estados Unidos e incluso la Argentina una tensión entre el cuidado de la pandemia y el ejercicio de las libertades individuales. ¿La democracia liberal se pone en riesgo en estas situaciones?
–La crisis de la democracia liberal viene de los años noventa. Es cierto que en estos meses hemos vivido un debate muy puntual, pero el problema de las democracias liberales viene signado por el ascenso de los populismos de izquierda o de derecha en los últimos treinta años. La crisis de la democracia liberal no ha empezado con el virus. Cada caso pue de explicarse de forma independiente. En el caso de Trump fue la emergencia de una nostalgia por unos Estados Unidos de mayoría blanca y todo lo demás. Pero hay demasiados líderes populistas y por eso la explicación individual no sirve para dar cuenta del fenómeno global. Macron quizás no se vea como un populista en sus acciones, pero es alguien que ha inventado un partido para ser elegido y este partido va a desaparecer cuando él deje el poder. Es un momento en una gran parte del mundo donde el populismo se ha impuesto y esto parece un rechazo al consenso socialdemócrata al que se había llegado.
–Más allá de su análisis, lo que quería preguntarle era cómo las libertades individuales a las que nos hemos acostumbrado en los últimos sesenta años pueden jugar contra el interés general. Así es como Byung-chul Han explica que países más disciplinados como Corea o Japón pudieron administrar mejor esta crisis sanitaria.
–Hay que ser cuidadoso con ese análisis. Australia es un país que está muy cerca del sudeste asiático pero su estilo de vida es más parecido al nuestro o al de Francia e Inglaterra. Y han hecho un trabajo extraordinario. Conozco el argumento: las sociedades colectivistas tienen mayor capacidad para enfrentar una crisis sanitaria. Soy un poco escéptico con este análisis. He vivido al menos dos o tres olas de admiración hacia el sistema autoritario asiático. En los años setenta todos creían que Japón iba a dominar el mundo y en los noventa y ahora se cree que lo hará China. No lo sé. El mundo es cada vez menos claro y vivimos en una multipolaridad total. Los Estados Unidos ya no van a dominar el planeta. Va a ser algo más parecido al siglo XIX en Europa con intereses y consensos de poder distintos. Estará China pero también India y otros países en la discusión.
–La coincidencia entre el ascenso de Trump como líder político y el Brexit en Gran Bretaña da la sensación de querer restaurar la hegemonía anglo sobre el mundo…
–En el caso inglés es más un movimiento antiglobal que la nostalgia por el Imperio Británico. Y Trump no tiene vocación imperialista. Por el contrario, son los demócratas quienes insisten sobre el deber de los Estados Unidos para con el resto del mundo: esa es más la idea de un Joe Biden. Cuando Trump sacó las tropas de Turquía fueron los demócratas quienes plantearon sus quejas.
–Esa es una de sus paradojas más complejas. A pesar de todo su discurso beligerante y agresivo, durante el gobierno de Trump Estados Unidos no invadió países, mientras que Obama recibió el Premio Nobel de la Paz con siete países ocupados por tropas americanas. ¿Cómo se explica?
–Obama ha matado a más personas con drones que cualquier otro ganador del Premio Nobel. Fue un error pensar que un hombre negro no iba a comportarse como un caballero del poder norteamericano. A Trump no le interesa el mundo exterior, la geopolítica. No es mi intención adularlo, y de hecho le tengo poco respeto y estima, pero creo que vamos a ver más injerencia militar en los años por venir. –En los meses de la pandemia también hemos asistido a una división enorme en los Estados Unidos a partir del asesinato de George Floyd. ¿Cree que Biden está preparado para solucionarlo? –No creo que pueda arreglarlo pero al menos intentará disminuirlo. Esta crisis viene de muy lejos pues es la contradicción fundamental estadounidense. También está la izquierda radical que ha vuelto a existir después de muchas décadas en Estados Unidos y ellos van a presionar a Biden en este sentido. Será mejor con él. La crisis nerviosa de los Estados Unidos de los últimos diez meses es una coyuntura de Covid y Black Lives Matter y esto va a seguir. Además, hay una parte del país pro-trump que no va a desaparecer. Sus votantes son el 40%. En cuatro años Trump tendrá casi 80 años y no me parece probable que vuelva, pero puede hacer sentir su influencia. Biden va a tener muchos problemas con eso y para conciliar los intereses de los seguidores de Sanders y Alexandra Ocasio-cortez con el establishment demócrata. Que es donde está el dinero.
–¿Usted hubiera preferido a Bernie Sanders como presidente?
–No, porque Trump le hubiera ganado fácilmente. De todas maneras, no soy de izquierda.
–Alguna vez se definió como un socialdemócrata del ala derecha. ¿Qué significa?
–Que no me identifico con las posturas radicales. Si hubo un hilo conductor en todo lo que he escrito es el antiutopismo. El único escritor con el que me siento identificado en esto es el filósofo inglés John Gray. Tampoco me considero un neoliberal. Lo digo en el sentido de que el neoliberalismo es también una visión utópica acerca del poder de la individualidad.
–Dígame un gobierno de Europa y de los Estados Unidos de los últimos cincuenta o sesenta años con el que usted se haya sentido identificado…
–Identificado es mucho decir pues soy escéptico ante todo poder, así sea Black Lives Matter o Donald Trump. Si tengo que alinearme a un partido político es el partido político de Michel Foucault. En el sentido de que uno de sus argumentos principales era que el poder cambia de aspecto pero sigue siendo el poder. Si pienso en países importantes, la Alemania de Merkel es un buen ejemplo; los últimos gobiernos de Portugal, ya sean de izquierda o de derecha, han mantenido el equilibrio. No podría decir lo mismo de España o Italia. Cuando Mitterrand renunció a su visión de izquierda después de hacer un gran esfuerzo, se reconvirtió en un socialista del ala derecha y fue muy inteligente. En Latinoamérica no puedo pensar ningún buen ejemplo. Salvo el de Uruguay.
–Recién caracterizó a Trump y Black Lives Matter como dos formas de poder. ¿Cree que la radicalización del movimiento “Woke” [asociado al antirracismo y algunos feminismos, y acusado de intolerante frente a cualquier discrepancia] creció en paralelo al trumpismo?
–Creo que no. Eisenhower hablaba de los peligros de la democracia ante el “complejo militar-industrial” y en el caso de Woke este sería el “complejo filantrópico cultural y universitario”. Lo hemos visto crecer durante los últimos diez años, en una época en la que nadie imaginaba a Trump como presidente. El Woke ya se había impuesto en los años de Obama, en los círculos académicos. Creo que la militancia es sincera, no dudo de eso, pero también hay un aspecto histérico relacionado al Covid. Vivo en Nueva York y durante el verano, después del asesinato de Floyd, los jóvenes estaban completamente aburridos sin tener nada que hacer ni donde ir. Las manifestaciones tuvieron una atracción psicológica. El triunfo del Woke ha sido ayudado por Trump, finalmente. Al fin de cuentas lo que sucede es que hay una guerra cultural en los Estados Unidos. Que se ha puesto peor en estos años.
–¿Quiénes son los adversarios de esa guerra cultural?
–El gran peligro viene de Woke. La derecha norteamericana, a diferencia de la francesa no está interesada en la cultura. No hay personalidades importantes de la cultura en Estados Unidos que sean de derecha. No hay aquí un Houellebecq, por ejemplo. Alguien con ese talento. La derecha abandonó ese campo y la cultura entonces es el rancho privado de la izquierda dura. En el caso de Estados Unidos, donde no hay ayuda estatal, la cultura se financia a través de fundaciones. Y estas fundaciones están en control de gente asociada a Woke. La cultura viene de las universidades y allí domina Woke.
–Usted se enfermó de Covid. ¿Cómo atravesó la enfermedad?
–Pasé tres semanas muy enfermo con graves problemas de respiración aunque nunca fui al hospital. Pensaba que después de haber sobrevivido guerras y otros peligros en el mundo trabajando como corresponsal iba a morir en mi departamento a causa de este virus... Parecía un final muy irónico.


–¿Usted está escribiendo un libro sobre la Argentina, no?
–Estaba, sí. Lo voy a retomar cuando pueda viajar sin riesgos. Pensé en regresar porque hay muchos libros sobre la Argentina pero el último escritor importante que se tomó ese trabajo, al menos en inglés, fue V.S. Naipul (El regreso de Eva Perón y otras crónicas). Me parecía interesante dar una nueva mirada sobre un país muy particular.
–¿No sería un libro de política entonces?
–Sí, también. Quién podría resistirse al espectáculo político argentino. Horroroso pero irresistible. Cómo se explica que la economía lleve setenta años sin funcionar.
–¿Por qué toma ese arco temporal?
–Es verdad que estoy repitiendo frases que he oído decir a economistas argentinos muy distinguidos. De todos modos son casi cincuenta años, la historia de una vida humana. Queda claro que ni los peronistas ni los liberales pudieron encontrar la solución. Pero de ningún modo comparto la visión de Cristina Kirchner ni sus instintos antidemocráticos aunque debo reconocer que es una persona inteligente.

F. G. 

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sábado, 2 de enero de 2021

DESAFÍOS

Jane Goodall: “No podemos tener un desarrollo económico global ilimitado en un planeta con recursos naturales finitos”



HUGO ALCONADA MON


Alos 86 años, la legendaria Jane Goodall está más activa que nunca. Concede entrevistas, escribe columnas de divulgación científica, presiona a los líderes globales y moviliza a personas alrededor del mundo. ¿Por qué? Porque vamos a destruir el planeta, dice, y nos queda poco tiempo para revertirlo. “No podemos seguir así, ¿verdad?”, plantea a la nacion desde su casa familiar en la campiña de Inglaterra. “A medida que salgamos de esta pandemia, tenemos que encontrar una nueva economía verde que no solo dependa del desarrollo económico. De hecho, no podemos tener un desarrollo económico global ilimitado en un planeta con recursos naturales finitos y una población en constante crecimiento”.
Octava persona -y primera mujer- en obtener un doctorado en la Universidad de Cambridge sin un título de grado previo, Goodall confía en que la humanidad se encuentra a tiempo de revertir su debacle. Pero eso, afirma, dependerá de cada uno de nosotros, incluso en estos tiempos de coronavirus. Y, en particular, de los jóvenes. Confía en ellos. “Parecen estar -dice- a la altura del desafío”.
-¿Qué es lo que más le preocupa de esta pandemia?
-Mi mayor temor es que sigamos adelante como si nada, que continuemos con esta codiciosa destrucción de los recursos naturales del planeta. En ciertos lugares estamos consumiendo esos recursos más rápido de lo que la naturaleza puede reponerlos, mientras aumenta la población humana y mientras todos aspiran al mismo estilo de vida insostenible que existe en el mundo desarrollado. Ahora somos 7200 millones de personas, se estima que para 2050 seremos 9700 millones y no sé qué va a pasar si seguimos como hasta ahora. Tenemos que aliviar la pobreza, tenemos que reducir el estilo de vida insostenible del resto y tenemos que pensar cómo será el crecimiento de la población durante las próximas décadas. -En ese sentido, usted les planteó a los líderes de la Unión Europea en junio pasado que si no hacemos las cosas de otra manera, será nuestro fin... -Sí, creo que será así. No de inmediato, no sucederá como el Big Bang o como si fuéramos golpeados por algún objeto extraterrestre. Pero ocurrirá, lentamente. Destruiremos el planeta. ¡Mire lo que está pasando ahora! ¡Mire los terribles incendios que asolan partes de Estados Unidos o los incendios del año pasado en Australia! Mire también los incendios en el Amazonas, los que han devastado Grecia y los incendios que por primera vez aparecieron en el Círculo Polar Ártico. ¡Mire cómo se derriten los casquetes polares! Mire el aumento del nivel del mar. Mire a la gente que ha tenido que dejar sus hogares por las largas sequías, por las inundaciones, por la destrucción de los huracanes que son cada vez más fuertes y abundantes. Y si miras a tu alrededor te das cuenta que también estamos viendo la extinción de miles de animales y plantas. No podemos seguir así, ¿verdad? A medida que salgamos de esta pandemia, tenemos que encontrar una nueva economía verde que no solo dependa del desarrollo económico. De hecho, no podemos tener un desarrollo económico global ilimitado en un planeta con recursos naturales finitos y una población en constante crecimiento.
-Alude a la “economía verde”. ¿De qué se trata?
-Bueno, mi trabajo no es el de un economista, pero está claro que tenemos que repensar la economía, que no debe depender solo del producto bruto interno de cada país. Tiene que centrarse en que las personas tengan una vida mejor, que la gente tenga suficiente, pero no demasiado. La única excusa para vivir para el dinero es si lo usarás para hacer del mundo un lugar mejor, para ayudar a mitigar el cambio climático, por ejemplo, o para asistir a los refugiados.
-Usted es amada, elogiada y respetada alrededor del mundo, pero cuando expresó sus puntos de vista ante los líderes mundiales, ¿qué respuesta recibió?
-No me han dicho nada [risas]. Así que creo que todos saben en el fondo de su corazón que lo que estoy diciendo es verdad. Solo planteo hechos, datos. Y no creo que muchos líderes nieguen realmente el cambio climático.
-¿Hay motivos para la esperanza?
-Sí. La razón por la que tengo esperanzas es principalmente porque los jóvenes parecen estar a la altura del desafío. Una vez que comprenden el problema y los capacitamos para que tomen medidas, son muy decididos. No estoy hablando solo de marchar y exigir a los políticos ylas empresas que

instrumenten cambios. Me refiero a jóvenes, como los que se suman a nuestro “Raíces y Brotes” que salen a plantar árboles y levantar basura, abordando el problema de la contaminación plástica. Me parece que es una nueva base. Parece que se han levantado ante una desesperada necesidad y están tan llenos de entusiasmo y determinación. Y otra razón por la que soy optimista es que muchos directores ejecutivos de grandes corporaciones están cambiando. En parte porque responden a la demanda de los consumidores, que han comenzado a mostrar una conciencia mucho mayor sobre el cambio climático que hace, por ejemplo, seis años. Si la gente dice, “Bueno, no voy a comprar este producto porque se fabricó de una manera que daña el medio ambiente y aumenta el cambio climático”, eso hace que una empresa cambie. A eso se suma que muchos de estos directores ejecutivos tienen hijos, que les hacen planteos. Conozco a muchas personas que han cambiado gracias a sus hijos. Lo mismo con los políticos que realmente quieren impulsar una nueva “economía verde”, que realmente se dan cuenta de que tenemos que invertir dinero y esfuerzo para abordar el cambio climático, para apoyar la energía renovable. Al menos en las democracias, estos políticos más conscientes de los desafíos que afrontamos deberían empezar a marcar la diferencia. Y a esto se suma, claro, la resiliencia de la naturaleza. Hay lugares que hemos destruido por completo pero que pueden regenerarse.

-En varias de sus entrevistas y artículos más recientes, abordó la idea de la muerte. ¿Cuál es su mensaje para las generaciones más jóvenes?
-No lo sé, de verdad. Solo le digo a la gente lo que pienso. No estoy tratando de persuadir a otras personas porque tenemos diferentes culturas, diferentes religiones y diferentes creencias. Solo puedo decirle que no le tengo miedo a la muerte en absoluto. Creo que hay algo más allá de esta vida. No sé qué es. También creo que todos lamentamos el proceso de morir porque a menudo es bastante sombrío y muchos hemos tenido parientes y amigos que padecieron muertes horribles por cáncer y Parkinson y otras dolencias. Pero habiendo dicho eso, creo que nunca debemos preocuparnos por la muerte en sí. Cuando muera, acaso no haya nada. En ese caso, no tendré que preocuparme más [risas]. Pero si hay algo -y es lo que creo debido a varias cosas que me han sucedido-, entonces qué emocionante será descubrir qué hay más allá de esta vida. Algo que me ilusiona desde que algunos de los mejores cerebros científicos han llegado a un acuerdo de que hay inteligencia detrás del universo. No se trata solo de la yuxtaposición de moléculas al azar, ni el Big Bang, sino algo más profundo. Porque cuando algunos me dicen que sabemos cómo comenzó el universo, con el Big Bang, yo solo les planteo una pregunta: ¿Y qué generó el Big Bang? ¿Qué había antes? Y no saben qué responder. -¿Cómo puede un individuo en la Argentina, por ejemplo, marcar una diferencia en su vida cotidiana para salvar el planeta? -Cada uno de nosotros puede hacer una gran diferencia. Si fuera solo una persona, obviamente las decisiones que tome cada día no importarían en absoluto. Pero hay millones de personas que están tratando de vivir una vida más ética y tomar decisiones más éticas. Comencemos por preguntarnos sobre lo que compramos: ¿De dónde vino? ¿Cómo se hace? ¿Dañó el medio ambiente? ¿Sus productores tomaron decisiones éticas que pueden ayudar al planeta? A la gente en la Argentina no le gusta que lo diga, pero es un hecho que a medida que más personas comen más y más carne, estamos destruyendo el planeta. Sabemos que se destruye el medio ambiente para cultivar el grano que permite alimentar a miles y miles de millones de animales en granjas industriales, además de los bosques que sontaladosporelpastoreodeganado,asícomodelconsumode combustibles fósiles para llevar el grano a los animales y estos animales a la mesa. Esto, sin olvidar que todos estos animales producen gas metano con su digestión, que es un gas de efecto invernadero muy, muy peligroso. La última vez que viajé a la Argentina, ¡logré que 17 personas se hicieran vegetarianas! [risas]. Ahora, sin embargo, la gente comienza a comprender que tanto la pandemia como el cambio climático son causados por nuestra absoluta falta de respeto al medio ambiente. 
Esto comenzó con la venta de un animal en un mercado de vida silvestre en Asia, donde las condiciones son antihigiénicas y crueles, como también se han iniciado enfermedades similares en mercados de animales silvestres en África. En esas situaciones es relativamente fácil para un patógeno saltar de un animal a un humano, donde puede crear una nueva enfermedad zoonótica. Pero también hay enfermedades zoonóticas que han sido desencadenadas por animales en granjas industriales. Entonces, lo que estamos pasando y sufriendo ahora en parte es nuestra culpa.
-En otras palabras, si no cambiamos los factores de la ecuación, arribaremos al mismo resultado. Acaso otro virus en un futuro cercano.
-Sí, lo haremos. Y a medida que continuamos destruyendo los recursos naturales del planeta, muchos expertos han dicho que la próxima guerra probablemente se librará por el agua dulce, porque está disminuyendo en todo el planeta, causando terribles sequías y refugiados ambientales que dejan sus países porque ya no pueden ganarse la vida allí, no porque quieran irse de casa.

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viernes, 1 de enero de 2021

DESAFÍOS


Un mundo que puede tener secuelas duraderas
El Covid subrayó de una manera inédita las fragilidades de los Estados; algunos signos positivos dan esperanzas
por Luisa Corradini Corresponsal en Francia
Como decía Albert Camus evocando la peste, esta pandemia ha sido una “extraña tiranía” que quedará seguramente en la historia como uno de los episodios malditos del siglo XXI. Después de los atentados islamistas en Estados Unidos en 2001, la crisis financiera de los subprimes en 2008 y el tsunami populista que resultó en el Brexit y la elección de Donald Trump en 2016, aquí seguimos desde hace un año asignados a residencia, en el tiempo –como es habitual–, pero también en el espacio y por tiempo indeterminado.
El Covid-19 subrayó la inmensa fragilidad de los Estados, las sociedades y el sistema internacional. A excepción de un puñado de países, los gobiernos no consiguieron controlar la propagación de la enfermedad, provocando una crisis de desconfianza hacia los dirigentes que, sorprendidos y desorientados, se vieron obligados a recurrir a medidas de confinamiento que desembocaron en una recesión económica inédita.
Las secuelas serán duraderas, ya sea en el terreno de la degradación física y mental de los individuos, como en la explosión de las desigualdades, la caída en la pobreza de sectores enteros de la población mundial, la desescolarización de decenas de millones de niños, el sobreendeudamiento de los Estados (+137% del PIB en 2020 en los países desarrollados, cuyo total este año se elevará a 432%) o el retroceso de las libertades individuales.
No obstante, durante estos aciagos meses también aparecieron signos positivos con la aceleración de la utilización de instrumentos digitales, el descubrimiento de las vacunas en menos de un año tras una movilización científica sin precedente, la solvencia de algunas democracias como la de Corea del Sur, Taiwán, Alemania, Suiza o Nueva Zelanda, la capacidad de reacción de Europa en el terreno económico con su plan de reactivación de 750.000 millones de euros y, en el plano estratégico, el triunfo del demócrata Joe Biden a la presidencia de Estados Unidos.
Según los economistas, 2021 se presenta bajo dos aspectos opuestos. A pesar de las campañas de vacunación en curso, la primera mitad del año será muy dura, dominada por la pandemia y marcada por una ola masiva de quiebras, desempleo y pobreza. La segunda mitad debería ser más promisoria, gracias al progresivo levantamiento de las medidas sanitarias y –para aquellos países que puedan– la continuación de planes de sostén que provocarán una fuerte reactivación de la economía.
Naturalmente, ese momento cristalizará ganadores y perdedores en todos los continentes, naciones, empresas e individuos. La línea divisoria se establecerá entre aquellos que permanezcan empantanados en el miedo y el resentimiento y los que entren en una dinámica de esperanza, reconstrucción y cambio.
En consecuencia, 2021 podría ser decisivo a condición de que el planeta sea capaz de seguir el consejo de Göran Personn. El primer ministro socialdemócrata que modernizó el modelo sueco en los años 1990 afirmaba que “jamás hay que perder la ocasión de aprovechar una gran crisis”.
¿Cómo? Aumentando la participación de los ciudadanos en la decisión pública. Invirtiendo en la educación. Poniendo las tecnologías al servicio de políticas públicas. Fortaleciendo el Estado de derecho y asegurando la vitalidad del debate ciudadano. Movilizando las energías al servicio del bien común. Humanizando la globalización. Fortaleciendo el sistema de cooperación internacional. Acelerando la transición ecológica. Tratando de salir de un capitalismo de burbujas y de renta. Y, por fin, reconstituyendo una gran alianza entre las grandes democracias del mundo para reparar los daños provocados por cuatro años de aislacionismo de Donald Trump.
¿El mundo será capaz de aceptar de una vez por todas que el acceso al trabajo, a la alimentación, a las redes de saneamiento y a una salud pública que incluya vacunas gratuitas para la población no solo se traduce en un aumento de la esperanza de vida, sino en bienestar y crecimiento económico para todos?
Ojalá que este maldito 2020 consiga “cortar la historia en dos”, en el buen sentido. Que la humanidad sea capaz de evitar que suceda como en casi todas las pandemias de la historia que provocaron una suerte de amnesia colectiva poco tiempo después que terminaron, para dejar rápidamente atrás los traumatismos de la catástrofe.
Pero 2020 no es 1918. Mientras más conectado está el mundo, más interdependiente se vuelve. Es el reverso de la medalla, The
Butterfly Effect (el efecto mariposa) de la globalización: si no se corrige, nos veremos inevitablemente confrontados a riesgos sistémicos, cada vez más frecuentes y peligrosos.

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jueves, 31 de diciembre de 2020

DESAFÍOS


Gonzalo Pérez Marc: “Esto va a volver a suceder y hay que estar preparados”

Patricio Pidal
Todo el mundo tuvo un 2020 singular, solo que para algunos fue más singular que para otros. Al investigador médico Gonzalo Pérez Marc lo agarró a contramano: mientras todo parecía detenerse, él pegó una acelerada en sus obligaciones en el Departamento Materno-infantil del Hospital Militar Central que culminó en la codirección de dos megaestudios (por la cantidad de personas estudiadas y por las que trabajaron en ellos) muy importantes para el control de la pandemia de coronavirus: el trabajo sobre el valor del plasma de convalecientes en los tres primeros días del contagio y el ensayo clínico de fase III de la vacuna del laboratorio Pfizer, la primera de Occidente en aplicarse masivamente, en los que trabajó junto con Fernando Polack y Romina Libster, de la Fundación Infant.
Esa parte, la de la adrenalina por la acción urgente, por la lectura de papers a toda hora y por las responsabilidades, se mezcló con el dolor ante pérdidas muy cercanas y la imposibilidad de compartir los éxitos con amigos más allá de Whatsapp. Quizá por eso no dejó su terapia psicológica y la mantuvo en religiosas dos sesiones semanales como desde hace más de una década. O por los desafíos que arrancan (continúan) no bien empiece 2021: “Descubrimos que, una vez que empezamos todos desde la misma línea de partida, en la Argentina tenemos una capacidad de investigación de primer nivel mundial; ahora tenemos que demostrar que podemos volver a hacerlo”, dice.
En esta entrevista, Pérez Marc también analiza otros aspectos de la pandemia, el rol de las entidades sanitarias internacionales, así como fortalezas y debilidades de la respuesta argentina durante la cuarentena, con el plan de vacunación a la vista. “Lo que me sorprendió es que con el avance tecnológico existente no estábamos preparados para algo así, de ninguna manera, en ningún país del mundo. Algunos, como Estados Unidos, directamente hicieron un papelón, pero en general nadie estaba preparado, ni siquiera el sistema de salud alemán”, afirma.
–Aunque había alarmas, la pandemia dejó a muchos malparados, ¿qué enseñanza rescata?
–Confirmamos el carácter pandémico que a partir de ahora van a tener todas las infecciones virales, que no son las más graves pero sí las más contagiosas y generan un daño muy grande. Si se lo piensa, este es un virus que genera daño por volumen y saturación del sistema, porque en general provoca catarros, asintomáticos y gente que la pasa relativamente bien. El problema es el volumen que satura los sistemas y que le pasa a todo el mundo a la vez. Los sistemas de salud del primer mundo están dirigidos a la detección temprana y se quedaron sin camas de terapia intensiva. Y una autocrítica: qué poca conciencia teníamos los médicos acerca de cómo manejarnos con infecciones respiratorias en los procedimientos intrahospitalarios, en higiene y cuidados con el paciente. Por ejemplo, es inadmisible que atendamos a pacientes pediátricos sin barbijo.
“Lo que me sorprendió este año es que pese al avance tecnológico existente no estábamos listos para una pandemia como la del Covid-19, de ninguna manera, en ningún país del mundo”
“En el primer semestre de 2021 debería haber un plan de vacunación con medidas terapéuticas que lo acompañen, testeos con una idea de detección epidemiológica y campañas de concientización que no veo”
“Hay que pensar una forma de unificar, a nivel global, tratamientos, manejo de la información, del turismo, de las fronteras; el sentido de la Organización Mundial de la Salud debiera ser aunar políticas”
–¿La velocidad para generar vacunas eficaces también fue una sorpresa?
–Ratifiqué algo que sospechaba: que la investigación clínica era lenta porque había mucha burocracia. Evidentemente con inversión fuerte se puede hacer más rápido, no siempre en ocho meses como ahora, pero sí emplear tres o cuatro años para lo que hacíamos en diez. Lo interesante es que aun haciendo todo muy rápido no sacrificamos ningún estándar de calidad.
–¿Debería haber protocolos de cierres rápidos ante nuevas virosis, como sugirió por ejemplo el Nobel australiano Peter Doherty?
–Para responder, usaría el método científico; es decir, esperaría a ver cómo termina esta pandemia y evaluaría hacia atrás. Nos daremos cuenta de muchas cosas al final, acerca de cómo se dañaron las economías en comparación con los fallecidos; o si cerraste todo y tuviste poco Covid, pero murieron seis veces más por otras razones. Esos números no se pueden hacer ahora. En un año, juntaría la información y vería tres modelos que funcionan, los contaría, haría congresos, formaría al mundo médico. Esto va a volver a suceder y hay que tener todo en cuenta. Los políticos son los tomadores de decisión, nosotros damos información, esto es un desafío y no hay que guiarse por los medios masivos u otras circunstancias. Debe estar claro que los científicos no están para tomar decisiones, es injusto y no corresponde. Los médicos que lo han hecho se han equivocado, los que deciden son los que la gente votó.
–¿La referencia es a alguien en particular?
–Hubo médicos en todo el mundo. El francés de la hidroxicloroquina (Didier Raoult), o los que batallan en los medios. Esta semana di entrevistas sobre el tema de la vacuna de Pfizer y todo el tiempo se me traccionaba para decir ciertas cosas y la verdad es que los médicos tenemos que apoyar al Ministerio de Salud cuando lo necesita. Fue algo que pasó en todo el mundo porque las infecciones respiratorias son particulares, no cualquiera puede opinar y hubo excesos. Se terminó dando remdesivir o hidroxicloroquina, que al final generaba más mortalidad, o plasma en pacientes graves, sin ninguna sospecha de que funcionara, o antibióticos más ibuprofeno inhalado. ¿Por qué la medicina actuó así? Porque se dejaron de lado los principios básicos éticos.
–Dice que hay que apoyar al Ministerio, ¿pero qué pasa si desde allí se anuncian dos tratamientos como el suero equino y la ivermectina, sin estudios concluidos que los avalen?
–Calculo que son problemas de comunicación o la búsqueda de algún efecto político, la información la tienen. No se puede saber si un estudio anda bien antes de que se levante el ciego [N. de la R.: donde ni quien recibe el tratamiento ni quien lo brinda saben si efectivamente se da la droga o el placebo]. Y no soy un purista, el estudio de plasma que hicimos se publicará en enero, pero lo anunciamos antes para que los sistemas de salud puedan prepararse y usarlo.
–¿Se avanzó en el uso del plasma con estas características?
–Tenemos la estructura armada. Y pensamos sacarles plasma a los vacunados porque tiene muchos anticuerpos. En mayores de 65 años con inicio de síntomas un concentrado de anticuerpos da un 73% de eficacia para evitar agravamiento de síntomas. Cuando esto se difunda en el mundo a través de la Fundación de Bill y Melinda Gates quizá se den cuenta.
–¿Qué evaluación hace de la pandemia en la Argentina y la respuesta que se le dio en el contexto latinoamericano?
–La Argentina hizo algo novedoso, un lockdown (cierre) largo, con ascenso lento de casos pero continuado. El tiempo nos agotó y subieron aún más, con un parate económico que fue fuerte, pero sin saturar un sistema de salud que estaba muy golpeado. No sé si la Argentina tenía otra cosa que hacer, sinceramente. Con el sistema de salud roto, se necesitaba tiempo, había que encerrar a la gente. Quizá se podría haber hecho después, pero los que me decían que no, que marzo fue el momento apropiado, tenían buenos argumentos. No había opción: había que comprar camas, saber cómo tratar a los pacientes, quizá hubo falla en los testeos, pero había que ver para qué se podrían haber hecho más testeos. Al principio no se contagió nadie en el resto del país por la concentración en AMBA, y ahora el virus se paseó por el interior y vuelve al AMBA. La Argentina, en su organización federal, es como muchos países chiquitos y veníamos sin una organización central por la falta de un ministerio que hilvane procedimientos con las provincias. Y ahora al plan de vacunación lo veo impecable, aunque no sé cómo vendrá la provisión de afuera de la vacuna, en definitiva algo más político que médico. Pero creo que si en un año tenemos un rebote económico y llega la vacuna, quizá el número final de la pandemia no sea tan malo... Igualmente, yo era más optimista, nos agarró fuerte en un momento, y la mortalidad depende de cómo está el sistema en todo el país, algo que es disímil en las provincias.
–Se habla de que el sistema no colapsó, pero eso es en el AMBA. En Jujuy y en Río Negro, por poner dos ejemplos, sí hubo colapsos.
–Es verdad. Pero no llegó a haber faltante de camas y muertos en pasillos, como en Perú o Chile, con gente desatendida. Se llegó a un punto límite donde la calidad de prestación médica era muy baja, y por eso hubo esta mortalidad: un paciente grave depende de los expertos de terapia intensiva.
–Hay en el país terapias intensivas con mortalidad del 25% y otras con 80% y 100%.
–Es que la Argentina es como un minicontinente, igual que los Estados Unidos. De todos modos, mi presunción es que a la larga la Argentina tendrá mejores números que el resto de América Latina.
–¿Qué tres o cuatro cosas deberían hacerse rápido, en el primer semestre de 2021?
–El plan de vacunación con medidas terapéuticas que acompañen, como plasma, testeos con una idea de detección epidemiológica y campañas de concientización, que no veo. La diferencia entre hacer actividades al aire libre y adentro es gigantesca; más barbijos y la higiene de manos, además de fortalecer la alta complejidad.
–Respecto de las actividades al aire libre, ¿no estuvo la ciencia lenta en remarcarlo? Lo mismo en dar la opción de cierres de actividades alternados y no continuos.
–Sí, porque faltaron los referentes de salud mundial. La CDC (de Estados Unidos) y la OMS fueron erráticas. No equivocados sino erráticos en la información. Hubo mucha necesidad de decir algo, antes de chequear por ensayo y error, y trataron de salvar al mundo rápidamente. Creían que era una carrera de cien metros cuando era una maratón; la gente quedó agotada, y faltaban muchos kilómetros todavía. El método científico quedó de lado, cualquier cosa se difundía en conferencia de prensa. Los médicos, acostumbrados a la evidencia, se ponían a tratar con cualquier cosa, se compraban insumos que no se necesitaban… Todo eso en los primeros meses. Luego decantó lo serio, y hubo más sentido común: aireación, manejo de la infección como algo multioorgánico y demás detalles. Enseguida mejoró el tratamiento dentro de los hospitales. Y se empezó a saber que no había que tener pánico a los objetos sino ventilar los ambientes, abrir las ventanas, algo que es básico en cualquier infección respiratoria. Ese tiempo que tuvo la ciencia de decantación duró cinco o seis meses. No es tanto si se lo piensa, pero en medio de los errores para detener la circulación, ya fue tarde para muchísima gente. Y los países centrales subestimaron lo que les podía pasar. Saco Oriente del análisis porque ellos tuvieron ya contacto antes con coronavirus, no es que Filipinas hace las cosas mejor que Nueva York.
–¿Contacto con otros coronavirus que les generaron cierta inmunidad?
–O con este mismo y nunca fue noticia. Si este Sars-cov-2 circuló hace quince o veinte años solo por Oriente y si generó un cierto número de muertes no detectadas, nadie se enteró. Además seguramente hubo coronavirus parecidos o que generaron anticuerpos cruzados que los protegen. Encima, los países totalitarios pueden cerrar con menos problemas, pero ese no es el punto central para mí.
–Pero no hay evidencias claras de que el salto no haya sido durante el último trimestre del año pasado.
–Hay una idea que anda dando vueltas de que estuvo antes, pero habría que confirmarla, sí.
–Ahora bien, todo este lío mundial con un virus cuya letalidad total es menor al 1%, ¿qué cree que hubiera pasado si tenía 2 o 2,5%?
–Y bastante menos de 1%. Por cada diagnosticado hay unas diez personas sin diagnosticar, la mayoría sin síntomas. El 0,6 o 0,7% de letalidad total fue el primer número que se planteó, y no me extrañaría que terminara siendo ese. Lo que sucedió es que con una enfermedad banal menos letal que la gripe A se te juntan diez años de gripe A en un año; es un tema de volumen. Toda esa gente enferma a la vez en todos lados es un problema enorme. Si a eso le agregaras más letalidad tendrías un problema gravísimo. Por eso, hay que pensar este tipo de infecciones como pandemias per se, y empezar a pensar en una forma de unificar tratamientos, del manejo de la información, el turismo, las fronteras. Esto debe rever la OMS, porque esa es la idea de tener una OMS, aunar políticas.
–Respecto de las vacunas, ¿cómo vio la disputa entre el Gobierno y el laboratorio (Pfizer)? Sumado al acaparamiento de los países centrales que compraron vacunas por demás.
–Todo esperable y dentro de lo habitual. Canadá compró nueve vacunas por persona, y es el primer ministro (Justin Trudeau) que todos aman, el más solidario y demás, mientras hay países que recién tendrán vacuna en 2024, con lo que se morirán los más pobres. Es así de duro. Respecto de las controversias entre los Estados y la industria farmacológica, o de soberanía versus mercado, también es algo que se da siempre. A mí me encantaría y era nuestro sueño que la vacuna de Pfizer llegara; como investigadores comprometimos a ambas partes a que negociaran, pero son los tiras y aflojes de siempre, a lo que se suma la comunicación fallida de ambos lados.
–¿Pero como científico que colideró el proyecto, con miles de argentinos voluntarios, no cree que pudo haberse hecho algo distinto?
–Yo esperaba otro resultado, es cierto. Pero siempre soy optimista. Quizá en un mes llegan dosis de Pfizer, más la Sputnik, más Astrazeneca, y se llega a marzo con un saldo muy positivo. Espero eso y además confío en los técnicos del ministerio que saben mucho de inmunizaciones.
–En un acto, la vicepresidenta de la Nación dijo que había que reformar el sistema de salud argentino porque así como está es altamente ineficaz. ¿Está de acuerdo?
–Ciento por ciento. El sistema argentino está muy fragmentado, no se puede sostener así. Fue modelo en un momento, y ahora hay que repensarlo. Quizá el modelo uruguayo pueda servir como ejemplo.


Minibio
Gonzalo Pérez Marc es médico pediatra, doctorando en Medicina (UBA), alumno avanzado en Filosofía (UBA) y magíster en Bioética (Flacso). Entre otras instituciones, fue docente en la UCA, la Unsam y la Universidad Maimónides. Subdirector médico del Departamento Materno-infantil del Hospital Militar Central, participó en el ensayo clínico de fase III de la vacuna del laboratorio Pfizer, junto con Fernando Polack y Romina Libster, de la Fundación Infant.

M. D. A
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