Vaciada, la política necesita recobrar sustancia
Diego M. Jiménez
La dimensión menos material de la actual crisis que atraviesa el país es la carencia de ideas para abordarla. Al mismo tiempo, la necesidad de ellas es imperiosa para operar sobre una realidad que, con su ausencia, se vuelve inescrutable. Su falta, inédita en la historia contemporánea argentina, es una dimensión que agrava el presente y congestiona aún más la incertidumbre con respecto al futuro.
Agudizan este vacío conceptual, el descreimiento, el desapego, la falta de confianza hacia la política y sus protagonistas, que se observa en la conversación privada y en el análisis público. Salvo en el grupo de profesionales y militantes de la política, acaso en algunos simpatizantes o adherentes, la pasión, el “enamoramiento” que años atrás se expresaba hacia dirigentes y partidos, hoy está ausente.
Las tensiones, los conflictos, las desigualdades y los desacuerdos son naturales en cualquier comunidad y la política es el ámbito en donde se deben generar los comportamientos y acciones para abordar esas diferencias. Es el poder político, que conducen nuestros representantes, el que debe imponer soluciones estables y eficaces para resolver los dilemas prácticos que enfrenta la sociedad.
En nuestro caso, es la política democrática la que debería, y debe, ofrecer respuestas sobre qué hacer, cómo hacerlo y cuándo hacerlo.
El descreimiento que pesa sobre las posibilidades prácticas de que la dirigencia responda de manera solvente esos interrogantes, junto con la percepción de que carece de propuestas para ello, es, quizá, mucho más grave que la propia crisis económica que padece el país.
Es cierto que la construcción de liderazgos confiables no solo en su atractivo sino también en la posibilidad de solucionar los problemas actuales es difícil, dadas la complejidad y diversidad de las sociedades actuales, sus innumerables demandas, la exigencia de inmediatez para saciarlas y la brecha creciente que existe entre el mundo político y el no político, parafraseando al politólogo Martín D’Alessandro, pero no por ello deja de ser necesaria e imprescindible.
Dificultan esa construcción la lenta pero persistente decadencia argentina y la impresión socialmente instalada de que la política y sus hacedores se ocupan solo de sus propios intereses. Totalmente cierto o solo en parte, es un agravante que agudiza la desmesura de la crisis que transitamos. Percepción que, además, alimenta salidas mesiánicas y antidemocráticas
Vaciada, desprestigiada, reducida al marketing o a sobredosis de coaching, la política necesita recobrar espesor. El desierto de ideas que atravesamos solo podrá ser transitado adecuada y previsiblemente cuando comiencen a aparecer oasis de liderazgos adaptativos. Es decir, líderes que puedan ofrecer nuevas ideas y enfoques para abordar de manera sistémica los antiguos y nuevos dilemas que habitan el agitado presente argentino.
Liderazgos que cambien el clima social y las expectativas, sostenidos en diagnósticos objetivos y planes adecuados. Lejos de relatos y mitologías, y más cerca de una ciudadanía agobiada, alejada de un mundo, el político, desde donde, inexorable y paradójicamente, tienen que originarse las respuestas a sus males.
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