martes, 6 de agosto de 2019

POSTALES DEL MAÑANA


Vivir para algo y vivir para alguien
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Jeff Bezos, fundador de Amazon, aporta 116 millones de dólares a Unity, empresa farmacéutica dedicada a explorar drogas que frenen o eliminen el envejecimiento. Elon Musk, creador de la desarrolladora interespacial Space X, invierte generosamente en Neuralink, tecnología que permitiría implantar chips en el cerebro para alargar indefinidamente la vida. Peter Thiel, quien fundó la red de pagos PayPal, lanzó Ambrosia, emprendimiento dedicado a experimentar con sangre joven con el objetivo de alargar la vida y, si es posible, eliminar la muerte. Estos tres hombres tienen algo en común. Figuran entre los individuos más ricos del planeta. Otros magnates, como Peter Zuckerberg (Facebook), Reid Hoffman (Linkedin) y Larry Hall (Survival Condos), no miden gastos en su afán de procurarse refugios seguros para protegerse de un apocalipsis nuclear que creen inevitable. Todos ellos ejemplifican de manera patética el más ancestral y profundo de los temores humanos: el miedo a la muerte. Y también la más inútil de todas las batallas: vencer a la Parca. Democrática e insobornable, esta no cede ante millonarios y cumple por igual con todos, pobres o ricos.
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La angustia ante la finitud nació con la especie y, sobre todo, con el atributo que nos hace humanos. La conciencia. Cada individuo tiene fecha de vencimiento, aunque la ignore, y contra eso nada puede. Esa certeza ha intentado ser disimulada, postergada o eliminada a través de mil artilugios, que incluyen las más exóticas teorías, las más insólitas fantasías, los más complejos sistemas de creencias, los más férreos dogmas y los más variados mitos. Pensar en el futuro, por muy prometedor que se lo imagine, es también un modo de avanzar hacia el punto final de la propia vida. Los millonarios aquí nombrados apelan al pensamiento mágico infantil (y aspiran a imponerlo con el poder de su dinero) para conjurar el timor mortis, que San Agustín consideraba uno de los principales temores humanos, junto con el miedo al sufrimiento y a la pérdida de seres queridos.
Todos ellos ejemplifican de manera patética el más ancestral y profundo de los temores humanos: el miedo a la muerte
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En su ensayo titulado Futuro, el antropólogo francés Marc Augé alude a dos de los exorcismos que, en la modernidad, tienen más auge, aunque no necesariamente más éxito. El seguro y el crédito. Si me aseguro contra todos los riesgos de la vida, nada malo podrá sucederme. Y si algo me pasa, mis seres queridos estarán protegidos por el dinero de la póliza. Tengo controlado el futuro, incluso más allá de mí. Y si tengo créditos y cuotas a pagar, no puedo morir ni mis acreedores me dejarán perecer. Cuanto más me endeude más viviré, me necesitan vivo para cobrar lo adeudado. De manera que el crédito y la deuda me abren camino al porvenir. Algo parecido acompaña a la idea del ahorro. El ahorro aleja el presente inmediato, dice Augé. Se ahorra para vivir más tarde. Nos ilusionamos con que todo lo que economicemos hoy nos garantizará que estaremos vivos mañana. Cada uno a su manera, más dispendiosa o modesta, intenta comprar futuro.
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Lo curioso, como apunta Augé, es que quien compra seguros imagina, inconscientemente, una vida cargada de acontecimientos más o menos catastróficos, una vida amenazada. Y quien se endeuda hasta las cejas para no morir se abona a una vida de incertidumbre (¿podré pagar la próxima cuota?) en la cual el disfrute queda para después. En definitiva, quizás no hay otra alternativa más que asumir la condición humana en toda su dimensión, aceptarnos finitos y honrar el tiempo de vida que nos es concedido (aunque ignoremos su extensión) para llevar una existencia que deje huella. Vivir para algo, vivir para alguien, como proponía Viktor Frankl, el gran médico y pensador austriaco, y encontrar en ello una fuente de sentido, eso que no pueden comprar todos los millones de los Bezos, los Musk, los Thiel, los Zuckerberg, los Hoffman, los Hall y todos los miembros de su club.

S. S.

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