martes, 25 de abril de 2023

LAS PALABRAS Y EL ADULTERIO


¿La mía dónde está?
Graciela Guadalupe
“¿La mía dónde está”.
(De Mauricio Macri, frente a empresarios, en la Rural.)
Vuelta de vacaciones. Todo normal: la inflación por las nubes, el dólar imparable, al igual que la nafta y los peajes. OK, nadie obliga a viajar en auto y menos a tener uno. Dejamos auto, subimos a colectivos. No avanzan porque hay cortes por todos lados y, si avanzan, algún loco sin escrúpulos –y sin controles policiales– se sube, desvalija al pasaje y le dispara al chofer. Un miedo creciente, una maldición en continuum, como solía decir Mariano Grondona cuando hacía el programa con Bernardo Neustadt y, ajenos a las consecuencias, vivábamos el “uno a uno”, abusábamos del “deme dos” y nos atragantábamos de baratijas con el “todo por dos pesos”.
Llegan las facturas de servicios. Un Rivotril antes de mirarlas y un rezo a San Expedito para poder pagarlas. La empresa de internet anuncia cortes programados copiando a la de luz, que venía de cortarse con la periodicidad de una programación, pero sotto voce. Otro aumento de la prepaga para financiar la suba de sueldos del gremio de la sanidad, otro perdón para que se jubilen los que no aportaron y que los jubilados con sentencia judicial firme esperen a reclamar en la ventanilla 2 del Paraíso porque el Estado está ocupado.
Lo que viene no es alentador. La deuda pública llegó a los 400.000 millones de dólares. Nos quieren hacer pagar una suma estrafalaria por el manotazo a Repsol, que Kicillof juró que nos iba a salir gratis, y Macri les echó en cara a sus amigos del círculo rojo –del que él proviene– que siempre estén pensando en “¿la mía dónde está?”. De ventajita a tajadita, sin escalas.
Para colmo, se acercan las elecciones. En mayo hay ocho a gobernador y este año se vuelve a votar para renovar el Parlasur. Pero ¿si está casi nuevo, si no lo usamos? Un amigo venezolano tiene una frase para explicar este tipo de cosas: “Hay gente que sigue creyendo que la leche sale de la heladera”.
Hablando de frases. Elijo compartir una del colega Jaime Bayly, extractada de la excelente entrevista que le hizo otra colega, Astrid Pikielny. “Me enamoré de la Argentina hace cuarenta años. Ya era un país en crisis. Salía del horror de la dictadura, del horror de la guerra en Malvinas. Vivía el caos con Alfonsín. Desde entonces, con breves interludios, ha sido siempre un país en crisis, en decadencia. De eso tienen la culpa los gobiernos peronistas y los no peronistas. Todos han fracasado. Es un país enfermo que no se muere nunca, que siempre puede estar peor. Es una cosa terrible, porque los países, a diferencia de las personas, no se mueren, agonizan eternamente”.


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Adulterio: propuesta irrazonable
En una entrevista periodística, la conocida abogada mediática Ana Rosenfeld lanzó una sorprendente moción que no dudamos en calificar de irrazonable. Propuso volver a tipificar el adulterio como delito. No se aclara si se refería al derogado delito penal de adulterio o al delito civil, es decir, la violación al deber de fidelidad que para el Código Civil constituía causal de divorcio. Pareció más bien que se refería al ámbito civil. Lo cierto es que, según la abogada, las causales de divorcio deberían reimplantarse.
El Código Civil y Comercial actual dejó de lado la noción de culpa y eliminó las causales de divorcio al instalar el divorcio por decisión unilateral de uno de los esposos, al cual no es posible oponerse, por lo que se decreta sí o sí, cualesquiera que fueran las diferencias entre las partes sobre otros aspectos de la relación.
En cuanto al deber de fidelidad, se lo redujo a un “deber moral”. Ya no es más un ilícito civil. Por cierto, el deber de fidelidad excede la noción de adulterio, referida a la violación a la exclusividad matrimonial en materia de comunicación sexual, pero el adulterio como causal no existe más.
La propuesta de la abogada importa contradecir la filosofía que, bien o mal, impregnó toda la reforma del derecho de familia en cuanto a divorcio se refiere, eliminando la noción de culpa, condenada desde la psicología, habilitando a cualquiera de los esposos a iniciar el trámite de divorcio, fuera cual fuese su conducta matrimonial, y descartando que la otra parte pueda oponerse. O sea, habrá divorcio ya sea por petición unilateral o de común acuerdo. Con ello desaparecieron los juicios de carácter contencioso en esta materia, con ambas partes atribuyéndose recíprocamente la culpa de la ruptura matrimonial.
Aparentemente, la doctora Rosenfeld añoraría aquellas épocas de combates judiciales, pero no parece razonable que se pretenda retrotraer la situación.
Las críticas que desde estas columnas dirigimos hacia quienes practican una abogacía de claro tinte mediático apuntan a que, a menudo, quienes la ejercen, envueltos en esa lógica bullanguera de atraer público en un afán por exhibirse constantemente, suelen excederse en los comentarios sobre los juicios en trámite a su cargo, incluso revelando los nombres de sus representados, aprovechando que el público radial, televisivo y de cierta prensa gráfica –además de muchos de quienes abrevan en redes sociales– tienden a ligar lo que las imágenes les presentan con lo deseable y lo bueno. La abogacía tradicional ve en esta constante exposición una violación a la ética profesional y recomienda a los abogados ser recatados, conscientes de que sus estudios muchas veces se convierten en confesionarios debiendo respetar el secreto profesional y evitar cualquier conflicto de intereses sin mencionar quiénes son sus clientes, mucho menos haciendo referencia pública a honorarios, preservando a sus clientes en materia de publicidad, entre otros numerosos cuidados que se exigen como la mejor forma de encarar la profesión.
Nada hay de delictual en esa modalidad profesional que luce tan vistosa a los ojos de un público ávido de secretos de alcoba. Merece, en cambio, una objeción ética, entendida como la que se recomienda para las buenas prácticas profesionales.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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