Un proyecto que destruye al kirchnerismo

Joaquín Morales Solá
Horacio Pietragalla, secretario de Derechos Humanos, consideró que las graves denuncias contra el incombustible Gildo Insfrán son puro cuento. Pietragalla es el mismo que en diciembre de 2017, cuando era diputado, abandonó el recinto de la Cámara para alentar a los manifestantes que intentaban ocupar el Congreso por una ley de Macri que modificaba los aumentos a los jubilados, más benigna que la que rige ahora. Ahora no dijo nada. Es el mismo que trepó las rejas de la Casa de Gobierno en el velatorio de Maradona para denunciar que el gobierno de Rodríguez Larreta estaba violando los derechos humanos. La policía de la Capital trataba de impedir en ese momento el vandalismo de algunos seguidores del ídolo muerto.
Insfrán, patriarca autoritario de Formosa, hacinó a miles de personas con el pretexto de la pandemia en centros en los que se violaron todos los derechos elementales de las personas. Estaban con más policías que médicos, virtualmente encarceladas. La comida consistía en alfajores revestidos de telarañas de moho, según el testimonio fotográfico de periodistas formoseños. "Es un chiste", contestó Pietragalla cuando le preguntaron si en Formosa se habían violado los derechos humanos. Pietragalla es de los que creen que los derechos humanos son propiedad del cristinismo y que su violación es siempre culpa del otro. Y es, también, uno de los que profesan con más devoción la teoría del lawfare; esto es: predica que en la Argentina hay presos políticos que vienen de la época de Macri. Es el discurso que el cristinismo adoptó como propio en la anterior administración y que profundizó aún más en el gobierno de Alberto Fernández.

El reclamo de Cristina para que el Presidente se haga cargo de alejarla del peligro de la cárcel conlleva un final tácito: la destrucción del gobierno que ella misma creó
En la desesperación por lograr la impunidad, Cristina se autoinculpa. Ha reiterado varias veces que sus procesos judiciales son producto de decisiones políticas de Macri. Es decir, ella sería una política inocente si el expresidente no hubiera dado supuestamente la orden de que la Justicia la persiguiera.

Como Cristina fue presidenta durante ocho años, debe suponerse que habla con conocimiento de causa sobre los amplios márgenes que tiene el poder político para manejar las lapiceras de los jueces. Hay algo de confesión. Siempre se supo que sus principales operadores judiciales eran el omnipresente Javier Fernández (que recorre los tribunales penales en nombre de gobiernos peronistas desde la época de Carlos Menem) y el exmandamás de los servicios de inteligencia Jaime Stiuso, hasta que rompió con este. La novedad es que la expresidenta reconoce ahora, implícitamente, que para ella la Justicia es un simple trueque político entre poderosos dirigentes. Si ella gobierna, Macri es el perseguido. Si Macri está al frente del gobierno, la perseguida es ella. Ese concepto es inexplicable en una persona que participó activamente del gobierno nacional durante 12 años. O es verdad, y la Justicia argentina es una simple ficción colectiva, o es una fantasía política suya que solo sirve para alimentar los argumentos del fanatismo que la rodea. A todo esto, la mayoría de las causas que le imputan comenzaron cuando ella era la jefa del Estado, no en tiempos de Macri.
El principal propósito judicial de Cristina es lograr ahora que la Corte Suprema le acepte una apelación para frenar el juicio oral por la obra pública. Es solo una de las 13 apelaciones que presentó ante el máximo tribunal. Al paso que va, la expresidenta necesitará una Corte Suprema propia para resolver todos sus asuntos. Lo cierto es que está pidiendo que, para continuar con el juicio actual, se haga antes una auditoría de la obra pública desde 2003 hasta 2015. Podría demorar décadas, hasta que la Justicia termine absolviéndola porque habrá transcurrido el "tiempo razonable". El máximo tribunal de Justicia estuvo a punto de postergar el inició de ese juicio sobre la obra pública, también por un reclamo de Cristina, cuando en mayo de 2019 pidió el expediente dos días antes de que comenzara el debate público. Fue tal la magnitud del escándalo político que la Corte devolvió en el acto el expediente y el juicio comenzó en tiempo y forma.
El principal propósito judicial de Cristina es lograr ahora que la Corte Suprema le acepte una apelación para frenar el juicio oral por la obra pública. Es solo una de las 13 apelaciones que presentó ante el máximo tribunal. Al paso que va, la expresidenta necesitará una Corte Suprema propia para resolver todos sus asuntos. Lo cierto es que está pidiendo que, para continuar con el juicio actual, se haga antes una auditoría de la obra pública desde 2003 hasta 2015. Podría demorar décadas, hasta que la Justicia termine absolviéndola porque habrá transcurrido el "tiempo razonable". El máximo tribunal de Justicia estuvo a punto de postergar el inició de ese juicio sobre la obra pública, también por un reclamo de Cristina, cuando en mayo de 2019 pidió el expediente dos días antes de que comenzara el debate público. Fue tal la magnitud del escándalo político que la Corte devolvió en el acto el expediente y el juicio comenzó en tiempo y forma.

Aunque Cristina no habla públicamente de decisiones arbitrarias para salvarse, varias de las personas más cercanas a ella (el exjuez Eugenio Zaffaroni, por ejemplo) señalaron la necesidad de un indulto o de una amnistía. El indulto es una facultad presidencial que se puede resolver por un simple decreto firmado por el Presidente. Alberto Fernández anticipó que no hará eso porque el indulto debe aplicarse solo a casos con condena firme, no a los procesados, como es el caso de Cristina. Es cierto, aunque hay una excepción en la historia. Menem indultó en 1990 a militares y guerrilleros que no habían sido condenados todavía. El Presidente debería aclarar algo más: que no lo hará porque no tiene vocación de suicida político. El indulto significaría el final abrupto de su carrera política.

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