lunes, 8 de abril de 2019

HABÍA UNA VEZ...,


Sobrevivir a un amor: cuando no alcanza la sola perfección de roces de piel
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Uno quizás pueda renacer de un accidente, de una enfermedad, pero la belleza de lograr sobrevivir se extiende muchas veces a todos nuestros amores -humanos y terrenales- y los remiendos que logramos muchas veces nos dejan tullidos de corazón por mucho tiempo. Aunque intentemos, parece imposible cerrar ciertas puertas para volver a respirar diáfanamente del otro lado. Pero al menos estamos del otro lado.
Esa mañana ella amaneció antes que yo y cuando me desperté estaba de pie frente a mí. Era temprano, se desperezó y al estirar los brazos hacia el techo su pequeña remera se levantó; vi sus ancas finas y heroicas con el hueso de la cadera lustroso, su ombligo retrocedido y el comienzo de sus pechos que siempre apuntaban al cielo magnamente. Ya tenía puestos como todas las mañanas sus anteojos negros con su pelo oscuro enredado. Un jean grande sin cinturón le llegaba casi al brote de la ingle -allí donde todos mis sueños vivían día a día-.
Su piel era tan blanca, nítida, tenue, luminosa y meridiana que hasta cuando estaba lejos mis dedos y mis labios parecían dormir con ella. Durante aquellos años viví una pasión que vez a vez, intervalo a intervalo, se fue limitando, ya que el verdadero fervor de dos al final se sustenta en una admiración sabia que, al no ser alimentada por intelecto, se va desvaneciendo entre suspiros y levedad. La sola perfección de roces de piel no alcanza a sostener un amor, ni siquiera con su esplendorosa piel blanca que aunaba cada posible secreto profano, adornada opuestamente entre la lujuria y la beatitud de una inocencia fingida. Siempre estaba al reparo, sombra de sombrillas y paraguas, y aunque amaba nadar en el mar salía del agua evitando el sol.
Me desperté soñando en poner una curita en mi corazón y dejar ir. Estábamos en París, una ciudad que siempre me cuidó con sus fascinantes gestos contradictorios que saben iluminar con certeza mis intenciones de intelecto, sabor y vanidad.

 Me vestí con descuido, tomé mis canastas de paja y me fui a caminar al mercado callejero de sábado, de la Av. Presidente Wilson que siempre ofrece lo mejor de los productos de Francia. Caminé el mercado de punta a punta mirando. Siempre me fascinaron de este mercado las señoras muy elegantes que hacen sus compras del día; tres huevos pequeños, una planta de lechuga, un atado de arenques, un pedazo de queso y una baguette. ¿Qué más? El minimalismo de comprar estrictamente lo necesario, un arraigo francés que nunca aprendí.Imagen relacionada
Compré varios apios para hacer jugo, un turbot de dos kilos, una cajita de madera llena de girolles, escalonias, perejil, mejorana, pan de nuez y un brie entero que terminaría de madurar debajo de mi cúpula de vidrio en la ventana. 
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Un enorme ramo de peonias anunciaba el verano y pocas horas después alegraban la mesa dentro de un florero de Lalique.
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 Volví a casa a preparar el almuerzo, el turbot entero al vapor con aceite de oliva, los pequeños girolles a la sartén con las escalonias y hierbas. Solo eso.Imagen relacionada

Su valija ya estaba lista, sería nuestro último almuerzo, al menos tendría el ramo de flores en los días subsiguientes. Ella regresó de la calle y como para no olvidar su piel blanquecina tenía puesta una camisa azul de un finísimo lino transparente. Allí estaba frente a mí comiendo con sus anteojos, sus senos y pezones apenas rosados, festejaban el día con insistencia. Hablamos alegremente y al irse la acompañé hasta la calle, nos dijimos hasta mañana y aunque era un día de sol al verla caminar pensé en la poesía de Prévert, Le dejeuner du matin.
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Subí las escaleras y al llegar me senté frente a las flores a pintarla, solo necesitaba mis acuarelas blancas.

F. M.

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