Dejan la confección de vestidos para hacer chalecos antibalas
En las afueras de Lviv, un atelier se convirtió para ayudar con las necesidades de los soldados que enfrentan a las tropas rusas en territorio ucraniano
Elisabetta Piqué
LVIV.– Antes de que empezara esta insensata guerra en Ucrania, que hoy cumple 21 días, en el pequeño atelier que se encuentra en la habitación 319 del segundo piso de un shopping de la periferia de esta ciudad, se cosían vestidos de fiesta, trajes para novias y madrinas, para grandes eventos, celebraciones.
Pero todo cambió a partir del 24 de febrero, cuando comenzó desde Rusia una agresión brutal, implacable, que no cede. Ahora, en este pequeño taller, como en el resto de esta exrepública soviética que no quiere volver a estar bajo el yugo de Vladimir Putin, cuatro mujeres muy valientes –Natalia (38), Lida (67), Olga (36) y Marta (48)–, que bautizaré las “costureras de la guerra”, trabajan a todo trapo para ayudar a la resistencia. Fabrican uniformes, chalecos antibalas, pasamontañas, abrigos, para enviarles a los soldados que están combatiendo en el frente.
Aunque las noticias no son buenas –la ofensiva rusa avanza, sembrando muerte y destrucción, sobre todo en el castigado este y alrededor de Kiev, la capital–, en el taller no hay clima sombrío, sino todo lo contrario. Reina una gran energía, buena onda absoluta.
Natalia
Pelo largo rubio, soltera y sonriente, Natalia es la coordinadora. Antes de que comenzara la invasión, trabajaba como directora de una empresa que vende granos de café tostados. “Ahora hay poco trabajo, muchos bares y restaurantes que nos compran están cerrados, por eso, para ayudar a nuestros soldados, montamos esta pequeña fábrica de ropa abrigada para ellos, en este atelier, que es de mi mamá”, cuenta
En el taller, muy pequeño, de unos 20 metros cuadrados, hay siete máquinas de coser, una recién llegada de Alemania, especial para poder trabajar con materiales textiles especiales para el frío, térmicos o tipo polar. En una semana ya hicieron 500 chalecos antibalas, con bolsillos, de tela mimetizada. “Pero pensamos seguir haciendo la mayor cantidad posible, al menos 2000, trabajamos día y noche, en turnos y ya nos duelen las manos”, confiesa.
¿Qué piensa de la situación? “Es terrible, naturalmente estamos muy preocupados, queremos que se termine esta guerra y tenemos esperanza en la victoria porque creemos en Dios y en nuestro ejército”.
Lida
Lida es la mayor del grupo. Pelo corto, anteojos y vestida de polera y pantalón negro, chaleco de lana colorado, buen humor, cuenta que en verdad es informática y matemática, pero de joven trabajó como diseñadora en París junto al modisto Christian Lacroix, así que algo entiende de costura.
Una de sus dos hijas, que es directora de un laboratorio de biotecnología de la Universidad de Potsdam, Alemania, es la que les mandó la máquina de coser especial para los uniformes negros, muy abrigados, que están haciendo. Su otra hija, madre de cuatro hijos, se fue a Alemania, mientras que su yerno, Petro, está combatiendo. “Él es inválido de guerra porque ya peleó en 2014 en el Donbass, tiene una pierna de titanio, una placa en la cabeza y otra en la espalda... Nuestra esperanza era que no fuera más a combatir, pero igual fue. Ahora se encuentra en Zhytomir (ciudad bajo ataque que queda 300 kilómetros al este de Lviv); mi hija, que está en Berlín, se comunica con él e incluso pudo enviarle material, como anteojos visores nocturnos y drones”, cuenta.
¿Cuánto cree que durará esta guerra? “No tiene que ser larga... Queremos creer que no se prolongará más de tres semanas, pero es un grito del corazón”, contesta. Su marido, que tiene problemas cardíacos, está en su casa. Al igual que Natalia, no piensa irse de Ucrania.
Olga
Olga, pelo corto rubio peinado todo de un lado, grandes aros, es la más ecléctica del grupo. Nunca cosió en su vida. Es pintora y diseñadora de una fábrica de cerámicas, también es tatuadora y maestra de baile sudamericano. “Los primeros días de guerra el miedo me paralizó y me quedé encerrada en mi departamento. Al tercer día pensé que tenía que calmarme, empecé a verme con mis amigos y al cuarto día, que tenía que reaccionar, que hacer algo”, cuenta. “Como mi primo, que es ingeniero, fue llamado para la guerra y se encuentra en la frontera con Bielorrusia, empecé a buscar un chaleco para mandarle, la llamé a Natalia, que me lo consiguió y bueno, también empecé a trabajar en el atelier”, agrega.
Mientras muestra sus varios tatuajes, también cuenta que muchísima gente le está pidiendo en estos días de fervor patriótico tatuajes nacionalistas, con el escudo patrio o con la consigna que hace furor en esta ciudad en grandes carteles, remeras y demás, que dice “Armada rusa, andate a la mierda”. “Pero hasta ahora les dije a todos que no, me parece mucho más importante fabricar estos uniformes”, asegura.●
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