sábado, 8 de octubre de 2022

2 COMENTARIOS Y UNOS PÁRRAFOS DE LA NOBEL DE LITERATURA


Una autobiografía impersonal que sigue los hilos de su época
Pedro B. Rey

Cuando, hace una década, la editorial Gallimard reunió bajo una misma tapa una docena de obras de Annie Ernaux, le puso como título Écrire la vie. La autora sintió entonces la necesidad de aclarar que ese “Escribir la vida” no traficaba la limitada vanidad de contar sus peripecias personales. No era tanto escribir su vida, sino una vida “con los contenidos que son iguales para todos, pero que se aprecian de manera individual: el cuerpo, la educación, el sentido de pertenencia y la condición sexual, la trayectoria social, la existencia de los demás, la enfermedad, el duelo”. La materia a explorar y sacar a la luz es, agregaba, algo así como “una verdad sensible”.
Aquel tomo incluye desde Los armarios vacíos (1974) –novela autobiográfica en clave, pero con protagonista clásica, si bien ya despuntan en ella sus temas futuros– hasta la formidable Los años (2008). Entre uno y otro, figuran los libros que fueron “sirviéndose de la vida” y trazando un persistente arco narrativo en engañosa clave menor: figuran también La mujer helada (1981), donde describe su infancia provinciana con, de trasfondo, los ecos de la dominación masculina; El acontecimiento, sobre su aborto en tiempos anteriores a la píldora anticonceptiva, o La vida exterior (2000), registro de lo que ausculta con ojo de antropóloga urbana en su vida de banlieue.
Que aquel amplio volumen, tan variado contra sus promesas de monotonía, concluya con Los años es un azar cronológico (era al momento de edición la obra más reciente), pero también una suerte porque ese título es algo así como la suma de toda la perspectiva que lo antecede. El libro sigue la fluida memoria de una mujer a través de los años y las décadas, pero hundiéndola en corrientes mucho más fundantes que la simple intimidad. Está, de hecho, escrito en tercera persona, como si con esa distancia Ernaux buscara exorcizar definitivamente la remanida “literatura del yo”. De los autores contemporáneos, es la que mejor transmite –mucho mejor que los publicistas de sí mismos– en qué consiste eso de vivir en un tiempo y lugar, y aprender a friccionar con sus condicionamientos. “Todas las imágenes desaparecerán”, dice la primera línea de Los años. Una autobiografía impersonal denomina ella misma ese relato fragmentario en que lo propio se funde con lo colectivo; es decir, los cambios sociales y políticos, desde la posguerra hasta ya entrado este siglo. Todo narrado con el asombro de una doble que observa el panorama desde la altura de los años.
Ernaux, que proviene de un medio modesto, por completo diferente de la clase intelectual de la que después pasó a formar parte como catedrática de literatura, no solo arrastra con ella imágenes vividas, sino también muchas de las que circulaban, por ejemplo, en su grupo familiar. Esa correa de transmisión entre generaciones produce un efecto singular: a veces se tienen como propios recuerdos ajenos. La memoria también está hecha de los demás.
Los años, libro secreto y capital, tiene la melancolía de saber que, más pronto que tarde, la individualidad del que recuerda se reducirá a un nombre nebuloso, pero también esconde una convicción: que siempre habrá alguien para tomar la antorcha y seguir avanzando.
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Mirada y palabras de mujer
Diana Fernández Irusta

Se escribe, dicen por ahí, desde el cuerpo. Incluso en los textos más prístinamente racionales, algo del temblor, las vísceras, la piel de quien piensa estará allí, respirando. La historia con mayúscula y las múltiples historias con minúscula son, todas ellas, materiales. Se inscriben en los cuerpos, en el penar y en el gozo contantes y sonantes de cada ser humano.
De eso sabe –aunque deteste la mera insinuación de que lo suyo es “escritura de mujeres”– la escritora Annie Ernaux, quien en En Le vraie lieu, libro basado en sus conversaciones con la documentalista Michelle Porte, afirma: “No soy una mujer que escribe, soy una persona que escribe”. Y aclara: “Pero una persona con una historia de mujer, diferente de la de un hombre”.
La inteligencia de Annie Ernaux. Su desentendida, brutal, honestidad.
Porque no es lo mismo –y bien que ella hizo de este saber parte de su obra– escribir si la cuna estuvo en un coqueto edificio de un barrio acomodado de París, que si estuvo en una modesta casa “de provincias”. Y, desde ya, no es lo mismo si quien durmió en cualquiera de esas cunas lo hizo vistiendo batitas
Obsesión por temas con el sello de lo femenino, pero a la vez pensamiento, distancia, pulso estético. Una alquimia delicada de niña o enterito de varón.
En la mirada de Ernaux vibra el pensamiento de Pierre Bourdieu, uno de los intelectuales franceses que mejor supo indagar allí donde chirrían las férreas jerarquías culturales y sociales del mismo país que gestó aquello de liberté, egalité, fraternité. Ser un “tránsfuga de clase”, ir de las periferias al centro de la sociedad, tiene un peso en Francia que puede ser difícil de dimensionar entre nosotros. Bourdieu indagó con lucidez en el desgarro que implican ciertos tránsitos sociales. Ernaux leyó, asumió y elaboró esa marca de origen. Y lo hizo desde un lugar que, por la fuerza de lo material mismo, le estaría vedado al autor de El sentido social del gusto: la femineidad.
“Persona que escribe”, esta autora lo hace desde la intransferible vivencia de mujer (incluso de jolie jeune fille, esa definición que en las calles francesas es bastante más que “linda chica”), y de allí su capacidad de hacernos temblar a quienes la leemos y encontramos en sus palabras la rabia, el amor y el dolor inefable que habita en cualquier lugar donde se encuentre alguien de nuestro género. Solo desde lo más profundo de las entrañas se puede escribir sobre eso que une –enlaza, ahoga, enfrenta y vuelve a enlazar– a una madre y a una hija. O sobre el tortuoso cono de sombra que difumina al aborto clandestino. O el peso de la vida doméstica, el deseo por los hombres, el vínculo con el padre.
Más allá de la vivencia –esa manera de dejarse impregnar por los hechos y por la historia–, lo que surge de la mirada de Ernaux es literatura. Mirada y existencia de mujer, por supuesto. Obsesión por temas ligados a una intimidad que, no hay vuelta que darle, tiene el sello de lo femenino. Pero a la vez decantación, distancia, pensamiento, pulso estético. Una alquimia delicada.
“Escribo con mi cabeza, con todo lo que esto supone de conciencia, memoria, lucha con las palabras”, dijo hace un tiempo la flamante premio Nobel, en una definición que la describe por sí sola. En ese concienzudo trabajo con la escritura –en esa severidad– hay una inteligencia que se resiste a dejarse etiquetar. Y, quizá por eso mismo, brilla de modo único.
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ASÍ ESCRIBE LA FLAMANTE NOBEL
Un diario con mirada social
5 de mayo

En un pasillo de la estación Bastille, estas palabras escritas en tiza con letra enorme, en el piso: COMIDA. Un poco más lejos, del mismo modo: GRACIAS. Todavía más lejos, arrodillado en el medio del pasillo, el hombre que escribió esto, el brazo estirado con un vaso en la punta. El flujo humano se ramifica delante de él. Yo estaba en la rama derecha.
21 de noviembre
Hoy que está despejado y hace un frío glacial, los medios anuncian que en Toulouse murió de frío una mujer y en París tres SDF. con la palabra “SDF”, se denomina a una especie sin sexo, que va con bolsas y ropa ajada, cuyos pasos no se dirigen a ninguna parte, sin pasado ni futuro. Es decir que ya no forman parte de la gente normal.
Hay treinta millones de perros y de gatos en Francia a los que nadie dejaría afuera por nada del mundo en días así. Dejamos que mueran en las calles hombres y mujeres tal vez precisamente porque son nuestros semejantes con los mismos deseos y necesidades que nosotros. Es demasiado complicado soportar esta parte de nosotros mismos, sucia, atontada por la falta de todo. Los alemanes que vivían cerca de los campos de concentración no pensaban que los judíos con harapos pulgosos formasen parte de la gente.
En la noche más fría, una pareja de obreros sin trabajo, de unos cincuenta años, se refugió en los baños de un cementerio, con un perrito.
Entradas de los años 1994 y 1998, respectivamente, de La vida exterior (Milena Caserola), donde registró la vida de los habitantes (muchos inmigrantes) en Cergy-Pontoise, un suburbio de París, entre 1993 y 1997.
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Una experiencia dolorosa

“Encima de la mesa no había una sola revista, solo prospectos sobre la necesidad de comer productos lácteos y sobre ‘cómo vivir siendo seropositivo’. La mujer de la pareja hablaba con su compañero, se levantaba, le rodeaba con los brazos, le acariciaba. La chica rubia sostenía la cazadora de cuero doblada sobre las rodillas. Mantenía los ojos bajos, casi cerrados; parecía petrificada. A sus pies había dejado una gran bolsa de viaje y una mochila pequeña. Me pregunté si tendría más razones que los demás para estar asustada. Quizá viniera a buscar el resultado de la prueba antes de irse de fin de semana o de volver a casa de sus padres, fuera de la capital. La doctora salió de la consulta. Era una mujer joven y delgada, petulante, con una falda rosa y medias negras. Dijo un número. Nadie se movió. correspondía a alguien del compartimento de al lado, un chico que pasó rápidamente. Solo vi sus gafas y su cola de caballo. [...]
El teléfono sonó varias veces: era gente que pedía hora o información sobre los horarios. En una ocasión, la recepcionista fue a buscar a un biólogo para que hablara con la persona que llamaba. El hombre se puso al teléfono y dijo: ‘No, la cantidad es normal, completamente normal’. Las palabras resonaban en el silencio. La persona al otro lado del teléfono debía de ser seropositiva. [...]
La doctora dijo mi número en voz alta. Antes incluso de que yo entrara en la consulta me dirigió una gran sonrisa. Lo interpreté como una buena señal. Al cerrar la puerta me dijo enseguida: ‘Ha dado negativo’. Me eché a reír. Lo que dijo durante el resto de la entrevista ya no me interesó. Tenía una expresión feliz y cómplice”.
Fragmento del primer capítulo de El acontecimiento, publicado en la Argentina en 2020 por Tusquets.

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