Son onda y partícula, como la luz
— por Héctor M. Guyot
Una de las fortalezas del peronismo es que la mayor parte de sus referentes más encumbrados prescinden de la coherencia sin remordimientos. La naturalidad con la que desoyen los principios de la lógica en sus actos cotidianos sugiere que han aprendido a sortear las estrecheces de la razón. Cuando no hay conciencia de las contradicciones, el campo de lo posible se ensancha. También crece el espacio para desplegar el engaño y la impostura.
La sociedad ya no les exige coherencia a los peronistas. Algunos incluso celebran sus incoherencias, aunque una mayoría se las tolera con más o menos pesar. Por cansancio, por miopía, pero también porque en la Argentina la gimnasia de reacomodar principios y conductas sobre la marcha para sacar la mayor ventaja posible del instante no es algo infrecuente. Un pragmatismo al palo, aplicado a la búsqueda de rédito personal en un medio donde las leyes cumplen un rol decorativo, nos ha traído hasta este presente de pobreza material y cultural, a este callejón sin salida al que habrá que crearle una vía de escape que no sea Ezeiza.
Cuando alrededor las cosas responden a una lógica que no entendemos, quedan dos caminos: o nos tragamos la píldora y nos plegamos a ella o resistimos, aun a riesgo de advertir un día que el sol empezó a salir por el oeste por decreto o que la coherencia cayó en desuso en la sociedad de la posverdad. En esta disyuntiva nos debatimos.
La falta de coherencia, al menos para quienes carecemos de la plasticidad necesaria, se registra en cosas concretas. Por ejemplo, el caso de la nueva ministra de Mujeres, Géneros y Diversidad. Ayelén Mazzina presenta un perfil feminista y militante. Fue secretaria de la Mujer, Diversidad e Igualdad en San Luis y viene de organizar allí un encuentro de mujeres en el que, desde su largo nombre, celebró la diversidad de las identidades de género. El problema aparece cuando, en una entrevista, dice que el evento apuntó a fomentar “las disidencias” para “alcanzar la masa crítica capaz de la transformación social”. ¿Qué transformación social se puede alcanzar en una provincia gobernada con mano de hierro por dos hermanos que se alternan en el poder desde la vuelta de la democracia, en 1983, y hasta se pelean porque cada uno de ellos la quiere toda para sí? ¿Qué espacio para las disidencias que hacen a nuestra común condición de ciudadanos hay en San Luis, así como en Formosa o Santiago del Estero, feudos machistas y antediluvianos de caudillos adscriptos al Frente de Todos, del que Mazzina forma parte? La nueva ministra es profesora de Ciencias Políticas y tiene 33 años. Se supone que encarna lo nuevo, la vanguardia, pero hace su “revolución” desde gobiernos reaccionarios que enarbolan sin pudor esta o aquella bandera solo para perpetuar su poder autocrático, del que difícilmente puedan salir manifestaciones de diversidad. No hay coherencia. Aunque quizá haya motivos que la razón no entiende. O la idea, habitual en estos tiempos, de que el fin justifica los medios.
En otra incoherencia, Emilio Pérsico le reclama al Gobierno la “deuda enorme” que tendría el Estado con “la economía popular”. Pérsico es el líder del Movimiento Evita, la agrupación piquetera que más planes sociales recibe. La perplejidad aparece cuando recordamos que es también el hombre más poderoso dentro del Ministerio de Desarrollo Social. Lo suyo, claro, no fue la admisión de una deuda social por parte de un funcionario sensible, sino un apriete al Presidente. Pérsico parece confundir la calle con el despacho. Un síntoma muy difundido en el oficialismo. En verdad, este es un gobierno en el que desde el principio todos están adentro y afuera al mismo tiempo, según se trate de capturar cajas o de echar culpas. Son onda y partícula, como la luz.
Estos y otros atentados a la lógica –la lista sería larga– derivan de uno mayor que, lo admito, todavía me quita el sueño. En suma, serían la consecuencia, a mi juicio predecible, de haber comprado, contra todo viso de coherencia, la oportuna historia de reconciliación de dos que poco antes se tiraban con lo que había y a la vista de todos. Dicho de otro modo: en octubre de 2019 se impuso la incoherencia de una impostura que hoy la sociedad está pagando muy caro.
En un gobierno en prematura retirada, hoy los funcionarios parecen estar más afuera que adentro. Incluso la presencia de los tres accionistas principales ha adquirido una cualidad fantasmal. El desconcierto de una administración vacante se refleja también en los tres actos con el que un atomizado peronismo celebrará el Día de la Lealtad, justo en un momento en que todas las lealtades están en suspenso. Antes de que el croupier cante el cero, todos levantan sus fichas, pensando ya en la próxima ronda de apuestas o en la siguiente.
Ante un país que se hunde en el desánimo, abandonan el timón con el mar embravecido y buscan los botes para salvarse del naufragio. Hay que empezar a reciclarse para la próxima travesía. Un nuevo maquillaje para los mismos rostros. Es lo de siempre. En este punto no se les puede negar la coherencia.
Tenemos un gobierno en el que todos los funcionarios están adentro y afuera al mismo tiempo, según se trate de capturar cajas o de tomar distancia para echar culpas
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