domingo, 23 de octubre de 2022

CALIDAD DE VIDA....LA CALVICIE MASCULINA


Miedo irracional. La calvicie masculina lleva a usar productos sin base científica
La mayoría de los fármacos y suplementos que se emplean no son de utilidad
Miquel EcharriEl miedo a quedarse calvo se llama falacrofobia
MADRID.– A Cleopatra le resultaba mortificante la caída del cabello y trató de ponerle remedio aplicando todo tipo de ungüentos, desde pomadas de médula de ciervo, dátiles y pezuña de burro a una por entonces revolucionaria loción de grasa de roedores, orina y dientes de caballo. Acabó recomendando a su alopécico amante romano, Julio César, que se cubriese a todas horas la zona cero del holocausto capilar con una corona de laurel. César padeció como pocos el estigma asociado a la calvicie, que los romanos consideraban antiestética y asociaban a una virilidad menguante.
Hoy disponemos de un amplio espectro de herederos de la primitiva pezuña de ciervo, desde lociones crecepelo a suplementos vitamínicos, champús o tónicos. En opinión del dermatólogo Ramón Grimalt, la mayoría de estos remedios tiene “muy escaso fundamento científico”, empezando por el moderno arsenal de champús de zinc, silicio, colágeno, biotina, cebolla, cafeína o própolis, porque “ninguno de estos productos atraviesa la capa de piel del cuero cabelludo, de manera que actúan exclusivamente a nivel externo”.
La alopecia, como cualquier otra afección, necesita en primer lugar un buen diagnóstico. Sin embargo, muchos la siguen considerando sobre todo un problema estético con potenciales consecuencias psicológicas y que, en ocasiones, comporta un cierto estigma social. De ahí que se busquen soluciones milagrosas, derivados modernos del crecepelo que se vendía en destartalados carromatos desde la noche de tiempos. Algunas de esas supuestas panaceas, como los ambientadores de madera de sándalo, saltan a la palestra y pasan por un breve periodo de popularidad hasta que se contrasta científicamente su muy relativa eficacia.
Una de las excepciones más notables podría ser el minoxidil, fármaco vasodilatador que se viene utilizando, con resultados discretos, desde la década de 1980. Lo que está dando a este producto una inesperada vigencia consistiría en renunciar a su uso tópico y consumirlo por vía oral, en dosis muy bajas.
De esta manera, en palabras del dermatólogo de la Universidad de Emory Robert Swerlick, se consigue revertir la caída del cabello, en casos de alopecia moderada a leve, “por apenas unos centavos y de forma rápida y segura”.
Este uso del fármaco no ha sido aprobado aún por la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés), tampoco por la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). Pero hay muchos dermatólogos de prestigio que lo están recetando de manera cotidiana. Si se generalizase su uso, podría desplazar a la finasterida, el más popular hasta la fecha de los tratamientos orales contra la calvicie.
Miedo atávico
Hablamos de alopecia en situaciones de pérdida de densidad capilar en que se produce la caída de más de cien cabellos diarios. La forma más frecuente es la llamada alopecia androgénica o calvicie común, a la que se atribuyen el 95% de los casos. Aunque no se trata de una afección exclusivamente masculina, afecta sobre todo a los hombres. Su prevalencia es muy alta. En España, la sufre el 42,6% de los varones adultos y más del 60% tiene predisposición genética a padecerla.
La aversión o miedo a quedarse calvo tiene un nombre: falacrofobia. Se produce en casos extremos (no todos los que buscan soluciones a la caída del cabello son falacrobóbicos) y tiene que ver con relacionar el declive de la densidad capilar con envejecimiento, decadencia o pérdida de la salud. Esa mezcla de un pánico atávico con la imposición de cierta belleza normativa que impera en la era de Instagram ha dado, como resultado, que el cabello masculino sea hoy una conversación más vigente que nunca.
Tal y como afirma el dermatólogo británico David Fenton, “el problema psicosocial que la alopecia plantea a algunas personas puede combatirse con cortes de pelo, peinados que intenten disimularlo, pastillas milagro, tratamientos a medio plazo como la finasterida e incluso soluciones quirúrgicas”. Cualquiera de estas estrategias puede resultar “lógica y legítima”, pero lo fundamental es evitar que la lucha contra la caída del cabello se convierta en “una obsesión”. En otras palabras, “tal vez convenga invertir el orden de los factores: resolver primero el pánico irracional y preocuparse a continuación por el problema práctico”.

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