martes, 25 de octubre de 2022

LOS KKK EN GRAN HERMANO


El Gobierno quiere entrar a la casa de Gran Hermano
— por Pablo Sirvén
La pasión por agrandar lo minúsculo, en un país con problemas pendientes tan graves, es una constante en el oficialismo que no lo favorece
Las vueltas de la vida: en menos de una semana, las alusiones veladas de coimas en la obra pública hacia gobiernos anteriores vertidas en el Coloquio de IDEA por el presidente de la Nación volvieron como un búmeran contra él, pero disparado desde el programa Gran Hermano.
¡Ni que Cristina Kirchner, tan callada últimamente –solo se la vio en fotos protocolares y ponderando en Twitter una columna de Página 12–, fuera quien manejara los piolines de ese reality show!
Todo comenzó cuando a Walter Santiago, alias Alfa, el participante más veterano de la nueva edición del programa Gran Hermano, se le ocurrió aventurar: “A mí me coimeó un montón de veces”, en referencia a Alberto Fernández. Lo hizo a la madrugada, cuando la mayoría de la audiencia dormía.
“Lo pusieron ahí para que dijera eso”, dedujo por C5N Víctor Hugo Morales, basado en dos conceptos: 1) Telefe –la emisora que emite Gran Hermano– es un “canal norteamericano” (es de Paramount Global, al igual que Pluto TV, por donde salieron esas trasnochadas declaraciones) y 2) porque Alfa lució el primer día una campera con los colores y dibujos de la bandera estadounidense.
Todo es tan disparatado que, un par de horas antes de que el relator charrúa diera a conocer su conspirativa versión, el humorista Ariel Tarico había hecho una parodia casi con similares palabras. En esta ocasión, fue Morales el que imitó al imitador.
Pero el vodevil principal fue la colosal batahola que el Gobierno armó en torno de un episodio que se extinguía en sí mismo o en rueda de chimenteros. Igual vale aclarar que los castings para ingresar en ese juego son exhaustivos. No pudo pasar inadvertido en quienes lo hicieron cuáles eran los focos de interés del participante mencionado. Tampoco parece inocuo que a ese peculiar staff que se acuartela voluntariamente con el afán de ganar fama rápida y el premio mayor de 15 millones de pesos hayan sumado a la exdiputada kirchnerista Romina Uhrig. Claramente habrá más chisporroteos de este tipo.
Gabriela Cerruti oficia de inútil pararrayos del Gobierno porque en vez de neutralizar, como portavoz de la Presidencia de la Nación, los rayos que pudieran dañar a su jefe, suele potenciarlos.
No importa que Fernández, a lo Riquelme o Maradona, hablando en tercera persona, haya salido a defenderla. Es al revés: es ella la que debería proteger a su superior con una estrategia comunicacional más idónea que evitase que un comentario entre gallos y medianoches de un don nadie se multiplicara hasta ser debatido por todo el país durante varios días.
Cerruti crea, a su vez, nuevas y más peligrosas tormentas eléctricas que no solo la chamuscan a ella –después de todo, para eso está–, sino que, vuelta a vuelta, termina envolviendo a la administración del Frente de Todos en nuevas crisis insólitas y hasta irrisorias.
¿Lo hace por ignorante o adrede? Probablemente por una combinación de ambas cosas. Hay algo narcisístico, de guapeo constante y de talante belicoso que parece deleitarla, pero que resulta útil solo para su exclusivo lucimiento y metas personales. Lejos de ser un puente eficaz entre el Gobierno, el periodismo y la sociedad, encarna una perfecta antítesis de José Ignacio López, el austero y profesional vocero del presidente Raúl Alfonsín.
El infundio y la difamación, hace rato, son moneda corriente en ciertas redes sociales y esa cultura, lamentablemente, permea cada vez más en la televisión.
Algunas son directamente cloacas, y como tales deben estar debidamente entubadas y no hacerlas subir a la superficie porque, además de su olor pestilente, ensucian y deterioran la vida en sociedad. Cuanto más conocida es una persona, más comentarios controvertidos despierta en el mundo virtual. Hay que tener mucho tiempo disponible, y sentirse liberado de problemas más graves que resolver, para ocuparse de ellos.
Si la portavoz o el propio Fernández buscaban una verdadera reparación, podrían haber acudido a un abogado discreto –no a un Gregorio Dalbón, que solo persigue la notoriedad mediática– para que iniciara las acciones legales correspondientes.
Pero no: Cerruti prefirió echar más nafta al fuego y consiguió el incendio que le agrega nuevas quemaduras a un gobierno, de por sí, bastante quemado.
Guy Debord afirma en La sociedad del espectáculo, un libro que ya en 1967 anticipaba el mundo que se venía, que “en el espectáculo –imagen de la economía reinante– el fin no es nada, el desarrollo es todo. El espectáculo no quiere llegar a ninguna parte que no sea a sí mismo” y que “es la producción principal de la sociedad actual”.
A falta de planes concretos para resolver los apabullantes problemas pendientes, el oficialismo agita banderas y hace humo. Apunta a enemigos reales o ficticios y exacerba los ánimos con medidas y declaraciones altisonantes. El kirchnerismo lleva ese mecanismo al paroxismo.

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