lunes, 13 de febrero de 2023

LA HISTORIA POR DETRÁS


Dolores, entre la justicia y las tragedias
— por Darío Palavecino
La pantalla gigante que es parte de la marquesina publicitaria de La Ley, el café más cercano a tribunales que a diario convierte cada una de sus mesas en un buffet jurídico al paso, cambió promociones por el reclamo que se instaló aquí desde el 2 de enero, cuando se inició este juicio oral y público: “Justicia para Fernando”, dice en luces led. Su entorno, justo en el día de la sentencia, se convirtió en estudio de televisión a cielo abierto. Había móviles que se repartían a un lado y otro de esa esquina que, con vallas a 100 metros, aportaba la porción de pavimento donde con grúas, cámaras y más pantallas se transmitía en vivo desde primera hora del día. Nada es nuevo para esta localidad que tiene en sus tribunales, provinciales como federales, una de las principales usinas de movimiento de gente durante once meses del año a ritmo de denuncias, demandas y causas en marcha. De juicios, absoluciones y condenas. De traslados a la cárcel local, no demasiado alejada del despacho de los jueces, y de liberaciones por penas cumplidas. Lo que cambió para esta ciudad el debate oral y público para determinar responsabilidades por el crimen de FernandoBáez Sosa, con ocho acusados en el banquillo y mayoritario reclamo popular de penas máximas para ellos, es que esta vez no hubo feria y los trajes tuvieron una inédita presencia por sus calles en pleno enero. Un arranque de año con hoteles completos no ya por la vuelta de rosca turística que este municipio logró de la mano de sus aguas termales sino, ahora, por familiares de la víctima, su voluminoso equipo de representantes legales y decenas de periodistas y técnicos, todos a tiempo completo aquí para seguir paso a paso un proceso judicial tan mediatizado que quebró la frontera. Hubo cobertura de canales de televisión de Paraguay y España más agencias internacionales, que llegaron y supieron de este Dolores que lejos de sorprender se, demostró que ya aprendió a con vivir con esta exposición y las tragedias que la disparan. Cómo no recordar aquel hito que significó el crimen de José Luis Cabezas, a fines de enero de 1997. Un caso que conmocionó primero porque tuvo como víctima a un fotógrafo de un medio nacional, que luego explotó cuando se supo que policías bonaerenses estaban involucrados en su ejecución y que tomó una dimensión extrema cuando la Justicia entendió y escribió en el expediente que detrás de ese plan estaba uno de los más poderosos y misteriosos empresarios del país, Alfredo Yabrán. Los enviados de medios que llegaron para cubrir el caso Báez Sosa coparon casi la totalidad de las habitaciones de los mismos hoteles donde sus colegas, hace 26 años, llegaron a ocupar a lo largo de casi dos años que llevó aquella investigación por el brutal crimen del reportero gráfico. Este último lunes por la mañana, día de la esperada sentencia tras cuatro semanas de juicio, la expectativa era enorme. No se hablaba de otra cosa. “¿Vos creés que les van a dar perpetua?”. “Los jueces no se van a animar a tanto”. “Si no hay condenas fuertes no sé cómo van a salir de Dolores”. “Les van a dar homicidio simple y con penas por grado de participación”. Entre café y café, cada cliente de bar se había convertido en jurista. La comunidad local, anfitriona de semejante resolución del caso, acompañó sin estridencias. Algunos carteles sobre las vidrieras de comercios con la imagen de Fernando. Predisposición para acompañar a los que llegaron detrás de la definición de la causa. Pero hasta ahí nomás. Las voces fuertes, los reclamos contundentes, llegaron en micro desde distintos destinos y con el dolor a cuestas de saber bien lo que significa sobrellevar las tragedias. Padres, hermanos, abuelos y amigos que perdieron a hijos, hermanos, nietos y amigos por la violencia, en sus distintas formas, llegaron para pedir lo que ellos por sus propias historias no paran de buscar: justicia. Por eso, quizás, porque para ellos justicia es que se sancione y fuerte, pasa lo que pasó en La Ley y Mingo, las dos confiterías de proximidad. Allí, por TV, se palpitó, transpiró, lloró y celebró el primer tramo del fallo del Tribunal Oral en lo Criminal N° 1, con las condenas máximas. “Sonó como un gol”, contaron dos oficiales de policías que custodiaban vallas cercanas a la plaza principal, repletas de imágenes de Fernando y carteles con pedidos de justicia. Conmovía la entereza del papá y el abuelo de Lucio Dupuy, el niño asesinado por su madre y la joven que es su pareja, en La Pampa, ambas condenadas hace menos de diez días a prisión perpetua. “La Justicia no se puede quedar corta”, dicen Cristian y Ramón, apenas conocen penas que son máximas para cinco de los jóvenes y de 15 años de cárcel para los otros tres. Entonces las mesas del bar se vacían entre murmullos, abrazos que son gestos de aprobación y algunos refunfuños por sentencia con sabor a poco. Llegan los periodistas para convertirlas en escritorios de redacción. Luego en el almuerzo tardío o el intercambio y descanso tras la tarea cumplida. Al lado, en el hotel Plaza, varias valijas están sobre la vereda listas para la partida. Fin de cobertura. Hasta la próxima tragedia
Dolores se ha acostumbrado a convivir con el despliegue judicial y mediático en torno a grandes tragedias, desde Cabezas hasta Báez Sosa

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