Los algoritmos, una vía para salir en busca de un nuevo tipo de liderazgo
Después del Mundial, crece la tentación de imaginar que surja una figura distinta que desafíe la oxidada maquinaria de la política
Claudia Soria
Seguimos pegados literalmente a la repetición del reciente triunfo que nos consagró campeones del mundo. Obsesivamente se nos muestran las publicaciones referidas a la copa en las redes. Por una vez, todos estamos tirando para el mismo lado, lo que resulta novedoso en una sociedad acostumbrada a las divisiones.
El algoritmo es la tecnología que decide a quién y cuándo mostrar qué posts. Lo cierto es que necesitamos lo que el algoritmo está proponiendo: ver y volver a ver el camino que nos llevó a la victoria. Como si pudiera prolongarnos este momento de gloria, alimentando el deseo de vivir en un limbo digno de El día de la marmota, la película en la que Bill Murray queda atrapado en un loop temporal que lo obliga a vivir el mismo día todos los días.
Que Messi merecía la copa y que la copa se merecía a Messi es una opinión generalizada en el mundo. Se salda en este Mundial una deuda que permite consagrar la carrera de un jugador extraordinario y reivindicarlo después de años de ninguneo nacional. Por eso, hay espíritu de vengarse de un tendal de mentirosos, ansiosos o lenguaraces que equivocaron sus predicciones.
Se pretendía endilgar la falta de resultados a la poca argentinidad de Messi. No sentía la camiseta. No sabía cantar el himno. Haberse ido de pequeño y vivir afuera lo hacían menos argentino, se decía. Con este logro deportivo, como un boomerang, Messi se consagra no solo como argentino, sino que entra al panteón de los mitos populares con proyección global como Maradona, Evita y Che Guevara.
Gracias al algoritmo se conoce la vida del grupo de jugadores que acompañó a Messi. El origen humilde de los que sacrificaron su vida en pos de un deporte ultra competitivo es el folclore que alimenta las redes. Como si de alguna manera hubiera que justificar el ascenso económico descomunal que produce este deporte, solo comparable al de las estrellas de Hollywood.
Por las publicaciones de los jugadores y sus fans, sabemos que, además de transpirar la camiseta, tienen vidas personales. Somos testigos de la camaradería, la amistad, las rivalidades, las admiraciones, los sacrificios, los sufrimientos y la resiliencia ante las adversidades.
Pero la clave de este triunfo no descansa en Messi, sino que ilumina al grupo en su conjunto. El triunfo pone en valor la juventud, la disciplina y la autonomía de este equipo y su director técnico, jugadores que con lealtad han acompañado el proyecto y la visión de Lionel Scaloni. La autonomía es esa cualidad que el equipo mostró tener cuando rechazó el balcón de la Casa Rosada y decidió ir a la calle para despolitizar el festejo, pero también al renunciar a la tradición de saludar desde el balcón de una plaza emblemática.
Esa juventud también es la que narra Argentina 1985, la película que ha captado el interés de una gran parte de la sociedad que parece recordar con nostalgia las bases que hicieron posible la vuelta a la democracia. Tal vez la película incurra en el olvido de borrar el marco de la comisión investigadora que permitió ese juicio porque el algoritmo prefiere simplificar. En el hecho histórico que el film retrata, el mérito de hacer justicia en el primer juicio a los militares del Proceso es de un grupo de jóvenes que, identificados con Luis Moreno Ocampo, acompañan a Julio Strassera haciendo posible la condena de cinco miembros de la Junta Militar, un hecho sin precedente en el mundo. Por analogía, es un grupo de jóvenes los que hicieron justicia en la copa.
Vista desde las redes, la Scaloneta parece un equipo de personas saludables con un objetivo ambicioso. Se ve un grupo unido, de escasas rivalidades y dispuesto a dar batalla. En el discurso que Messi da a su equipo antes de la final de la Copa América les agradece la presencia, el compromiso y el haber sacrificado sus vidas personales por esa competencia.
El tipo de liderazgo que propone Messi se ve en la transmisión de sus valores, pero también en la humildad con la que se comunica con su equipo y en el respeto con el que el grupo lo escucha. No vuela una mosca, dice el arquero Emiliano Martínez. El discurso tan preciso impacta en un líder de pocas palabras. Es como si Messi se convirtiera en el médium de una verdad revelada que habla a través suyo.
Y a pesar de no haber espíritu de opacar el triunfo, aparece en las redes el fantasma de Maradona que es Dios y el diablo. El hecho de que la información aparezca de primera mano, sin que nadie la interprete, contribuye a que el mismo espectador cree el sentido. Abundan los videos en que se subrayan las flaquezas de Dios: la droga, la arbitrariedad, la irracionalidad, la rebeldía, la rosca política, todas características que lo hicieron querido, polémico y singular. En el mejor de los casos, Maradona parece haber sido víctima de la mafia del fútbol, deglutido por la demanda de excelencia que es cláusula obligada del contrato deportivo.
En advertir la notable singularidad de esta selección es que el fenómeno actual deja una suerte de esperanza que podría trasladarse a lo político. La extrapolación puede sonar ingenua porque el futbol obviamente no es la patria, pero no deja de ser un ejemplo de organización exitosa la que este grupo ha mostrado. Es la hazaña de un grupo de hombres que logran imponer, contra viento y marea, el tipo de liderazgo que representan los Lionel.
En el comienzo de un año electoral y aprovechando el espíritu nacional que ha suscitado el evento deportivo es tentador tomar la parte y pensarla como un todo. Hacer una sinécdoque con el futbol para ver en este triunfo un modelo de organización posible. ¿Lo político podría comportarse como un algoritmo? ¿De la máquina política puede surgir un tipo de personalidad con las cualidades de los Lionel, alguien que pueda pensar un proyecto, rodearse de gente idónea, cambiar suplentes por titulares?
Y no es tanto por la juventud que el modelo Lionel genera empatía, sino porque la democracia necesita de líderes que desafíen la oxidada máquina de lo político. Argentina es un país que lo tiene todo para ser campeón si logra superar diferencias que parecen irreconciliables, pero que necesitan de consensos básicos que solo podrían alcanzarse con un liderazgo saludable como el que expresa La Scaloneta.
Directora del programa de Estudios argentinos y latinoamericanos en la Universidad de Belgrano
El equipo mostró autonomía al rechazar el balcón de la Casa Rosada
por las publicaciones sabemos que los jugadores tienen vidas personales
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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