El byte se corta por lo más delgado, parte VII: caldera y avispas
¿Cuál podría ser el peor momento para que falle la caldera con la que calefaccionás tu casa? Obvio, en invierno. Un momento. ¡Si es en medio de una pandemia, mucho mejor!
Esta historia es real, pero tiene una segunda lectura. En este caso, pueden cambiar palabras como calefacción y calderas por almacenamiento y copias de respaldo y obtendrán el mismo resultado.
Nuestra caldera, de una de las mejores marcas y con muy poco uso, empezó a arrojar hace una semana errores en la pantalla, y adiós. Se plantó en eso. Ahora bien, una caldera es una computadora que calienta agua. Ya no es una máquina que calienta agua y punto. Por fortuna, debo decir. Así que saqué el manual técnico y decodifiqué los mensajes de error. Había fallado al intentar encender la llama. Así son las computadoras. No te dan mil opciones.

En su momento, al mudarnos a los suburbios, dispuse un plan de redundancia que pareció paranoico. Pero aquí, muy cerca del río Luján, el frío es frío y el calor es calor. Sin medias tintas ni eufemismos. No solo eso, sino que la luz se corta con cierta frecuencia. Las calderas modernas, computarizadas, no andan sin electricidad.
Así que, además del termotanque solar (cuando nos mudamos aún no había gas) y la caldera, hice instalar un calefón estándar. Me calificaron de exagerado.

Pero llegó el invierno, el calefón solar ya no dio abasto, y una noche, durante una tormenta, se cortó la luz. Al día siguiente, la situación seguía igual. ¿Quién nos salvó? El calefón marca Paranoia, que funciona con dos pilas grandes.
Ahora se hizo presente la pandemia y gracias a mi ídolo, Murphy, la caldera falló. Varios días muy encapotados cancelaron el termotanque solar y, de nuevo, el plan C salvó el día; varios días, en realidad.
Ahora, ¿qué le pasaba a esa dichosa caldera? Llamé al servicio técnico, pero hasta que no se decretara el fin del aislamiento social no podrían venir. Lógico. Mi curiosidad, sin embargo, me llevó a leer el manual entero del equipo y a hablar con un amigo que conoce de estos asuntos.

Una mañana, me desperté con una convicción de esas que no tienen fisura. La caldera estaba bien. No me pregunten por qué. No tengo idea. Intuición, experiencia, un poco de ambas.
Pasaron otro par de días. Entonces, de la nada, me vino a la mente la siguiente pregunta: ¿por qué no enciende un mechero? El manual decía que porque no había gas. El técnico, que porque había fallado la computadora. Pero había un motivo adicional: que no llegara oxígeno a la cámara de combustión. En otras palabras, que el tubo que toma aire estuviera tapado. Quiero decir, es mucho pero mucho más económico destapar un caño que cambiar la computadora de una caldera (o un auto, etcétera).

La duda me persiguió durante toda la mañana, hasta que cerca del mediodía no pude resistir más y cedí. Abrir una caldera moderna es en general más simple que desabrocharse el saco. Este modelo tiene una carcasa externa (dos tornillos) y otra de chapa, interna (otros dos tornillos); debajo quedan a la vista las tripas de la máquina.
A primera vista, estaba como nueva. ¿Habría fallado el chispero? ¿No era que duraban 104 años? En todo caso, ¿cómo revisarlo?
Intenté que arrancara, ahora sin sus dos tapas protectoras, y observé por un pequeño visor en el frente de la cámara de combustión. En un momento se encendió tímidamente una de las líneas de los mecheros. Esa delgada línea de fuego azul me había dado dos datos clave: el gas llegaba bien y no había fallado la computadora.
Ese visor es solo un agujero en el material aislante. En un día ventoso, había dejado pasar un poco de aire y el mechero había reaccionado. OK. Quedaba una prueba por hacer. Sí, exacto, abrir la cámara de combustión.
Luego de otros dos tornillos, con la cámara abierta, los mecheros se encendieron dichosamente y siguieron así un rato largo. Esa noche, con la ayuda de una linterna, observé el tubo que toma aire. A un costado, impropio, pero causando una obstrucción, había un nido de avispas abandonado. Lo dicho: el byte se corta siempre por lo más delgado.
Había tres razones para ese error en la pantalla; una era de lo más inverosímil
A. T.
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