El ejemplo del senador Bullrich
Alejandro Arauz Castex
Hacerse entender es un don. Saber comprender al otro, también. El habla es una herramienta poderosa para eso, pero no la única. Los argentinos no nos estamos entendiendo bien. ¿Acaso nos falla el habla? No. Nos fallan muchas otras cosas. Esteban Bullrich, en sus últimas apariciones públicas, en las que dio a conocer que padece la enfermedad conocida como ELA, y que en poco tiempo le afectó el habla, nos acaba de brindar un conmovedor y poderoso ejemplo acerca de qué es verdaderamente la comunicación.

Según uno de los cinco axiomas de Watzlawick, es imposible no comunicarse. Comunicamos cosas mucho más allá de lo que decimos, aunque no queramos. Nuestros gestos, actitudes, estados de ánimo, empeño, voluntad y autenticidad están aun en la más mínima expresión facial no verbal. Desapegado de la mirada compasiva ante alguien que está sufriendo, Bullrich nos acaba de colocar frente a un desafío pendiente en nuestra sociedad: comunicarnos auténticamente para encontrar consensos que permitan construir acciones dirigidas hacia el bien común.
¿Qué comunicó el político-senador Bullrich a la sociedad? Que pueden faltar herramientas comunicacionales como el habla, pero que mucho se puede hacer aun sin ella. Los que lo escucharon, de cualquier color político, seguro que coinciden en que comunicó valores como el respeto y la humildad, su fe y su amor a la patria; comunicó que puede y quiere seguir haciendo lo que soñó, que es unir a los argentinos en torno a acuerdos básicos para encaminarnos hacia el bien común. Y su dificultad en el habla no se lo impidió.
Los ingredientes que le permitieron comunicarse profundamente con la sociedad fueron su autenticidad, su sensibilidad, su confiabilidad, la ausencia de especulación política alguna y el valor de saber pedir ayuda. ¿No será eso lo que le está faltando a la comunicación entre los políticos argentinos? No hay duda de que lo que no les falta es la posibilidad y capacidad para hablar. Pero luego del mensaje de Bullrich aparece con claridad que lo que le falta a la Argentina es diálogo auténtico, poniéndose en el lugar del otro, tratando de entenderlo y ser empático en nuestro deseo de comprender lo que el otro piensa y siente, de manera confiable y sin segundas intenciones.
En nuestra educación curricular no hemos estudiado comunicación, diálogo colaborativo ni procesos de negociación para construir consensos basados en intereses comunes, ni procesos de mediación como forma de mejorar la calidad de nuestras negociaciones y abordaje de conflictos. No hay duda de que la ausencia de esos contenidos en nuestra educación formal no podía dar como resultado sino el analfabetismo en materia de comunicación efectiva y constructiva que padecemos como sociedad. Hay incapacidad para el tratamiento del disenso. Una cosa es disentir en las ideas y los principios, y otra muy distinta –y fatalmente perniciosa– es agredir y maltratar a la persona porque disiente de mí o de mi grupo de pertenencia.
En este contexto, paradójicamente, aparece alguien que con una férrea voluntad de servir al prójimo y a la patria nos da un ejemplo de cómo se pueden comunicar valores desde la más absoluta dificultad en el uso de la palabra. Seguramente a partir de este ejemplo podremos reflexionar acerca de si los argentinos no estamos hablando de más, privilegiando especulativamente más el bien propio que el bien común.
Ojalá haya llegado la hora de mejorar el diálogo en la Argentina, usando palabras buenas y constructivas; y a falta de ellas, orientarnos hacia la concordia; esto es hablar con el corazón, como lo hizo Esteban Bullrich. Hay mucho para trabajar en la Argentina en materia de concordia, y Bullrich nos lo hizo ver usando pocas palabras.
Abogado. Especialista en procesos de diálogo, negociación y mediación
Alejandro Arauz Castex

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