La angustia de una sociedad que ya no resiste el encierro
El confinamiento de los últimos días potenció la zozobra; la paciencia y la comprensión que hubo el año pasado se debilitaron y la confianza ciudadana fue dinamitada por los abusos y la ineficacia
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Luciano Román
¿Qué escucharía el Presidente si invitara a Olivos a una delegación de psicólogos y les preguntara qué ven en sus consultorios? ¿Con qué se encontraría si se sentara a conversar, sin filtros ni intermediarios, con ciudadanos de a pie, con madres y padres, con comerciantes, con abuelos, con adolescentes? Probablemente confirmaría que en la sociedad se ha instalado un clima de angustia e incertidumbre que sorprende por su magnitud. No es un fenómeno que registren, necesariamente, los sismógrafos de la opinión pública. No es fácilmente medible a través de encuestas, focus groups, preguntas “enlatadas” o cuestionarios de multiple choice. Es algo que se percibe en la intimidad de los hogares, que surge en la confidencia entre amigos y familiares; es una tristeza que se vive en silencio y que, sin embargo, empieza a dominar el estado de ánimo colectivo.


La Argentina –en cambio– ha quedado atrapada en su propio laberinto. Esas imágenes del mundo contrastan con las que vemos a nuestro alrededor, donde, después de una cuarentena interminable, se insiste en el encierro como la única alternativa, sin medir las consecuencias.
La angustia de una sociedad que ya no resiste el encierroEl Gobierno pone el foco en la ocupación de camas, la curva de casos y los picos en cada región. Por supuesto que son indicadores que merecen especial atención, aunque hemos visto –también– una manipulación de cifras y una carga tan arbitraria de datos que sería razonable plantear algunas dudas. Pero ¿alguien desde el poder está midiendo la temperatura del ánimo social? ¿Alguien calibra el impacto de la soledad, del aislamiento, del cansancio y de la incertidumbre en las distintas generaciones?
Si el Gobierno escuchara también a los psicólogos o tuviera un ojo atento a lo que pasa en los hogares, vería que los cuadros de depresión, las adicciones, el desgano y las fobias han provocado estragos en el último año. Basta ver las páginas de Sociedad de los diarios para encontrar retratados algunos fenómenos sociales con alto impacto psicofísico. Muchos abuelos, por ejemplo, han perdido lo que les inyectaba alegría y vitalidad, que era el encuentro y la interacción con sus nietos. Los adolescentes no solo han resignado calidad y continuidad educativa: han perdido también experiencias vitales irrecuperables. Sienten que en su vida quedará una suerte de “agujero negro” que no alcanza a cubrir la conexión digital. Hay familias repartidas en distintas ciudades que llevan quince meses sin reencontrarse: hijos que no han podido estar cerca de sus padres en momentos de dolor o que, directamente, no han podido despedir a sus muertos.

A pesar del tiempo, del dolor y de los cambios transcurridos, el Gobierno insiste con el eslogan “quedate en casa”, sin dimensionar la profunda desigualdad que encubre esa consigna. ¿Se comprende lo que significa quedarse en casa para chicos que duermen con seis hermanos en un cuarto de dos por dos y paredes sin revoque? ¿Se entiende lo que significa para una mujer de 80 años que vive sola? ¿Se advierte la angustia de un comerciante que debe quedarse en su casa mientras su gimnasio, su bar o su peluquería se desmoronan? ¿Se dimensiona el impacto que tiene en las familias una rutina desarticulada por la falta de escuela y el teletrabajo forzado? ¿Se repara en la angustia de adolescentes sin deportes, sin encuentros con amigos, sin viaje de egresados ni baile de fin de curso? ¿Se imagina, por un momento, el dolor de las muertes cercanas agravado por el desparpajo ético de los vacunados vip?
Quizá en estas preguntas esté la explicación de una cuarentena que se ha hecho inviable y de un confinamiento que, en muchas zonas del país, se parece a una ficción.
¿Cuál es la empatía del poder con los ciudadanos que sufren este descalabro en su vida cotidiana? Nada, en la verborragia gubernamental, parece conectar con estas angustias colectivas. Al contrario: el Presidente insiste en un reproche al comportamiento social y en un revoleo de culpas que incluye, invariablemente, una generosa autoamnistía. El Gobierno ve en los padres que reclaman por las clases presenciales “una conspiración de la derecha”; en los comerciantes que piden abrir sus locales, un acto de individualismo pecaminoso, y en los dirigentes o los periodistas que evalúan la gestión de la pandemia con ojo crítico, una legión de perversos que “hinchan por el virus” y provocan muertes. Es un discurso que abona la angustia en una sociedad que necesita todo lo contrario.
¿Cuál es la empatía del poder con los ciudadanos que sufren este descalabro en su vida cotidiana? Nada, en la verborragia gubernamental, parece conectar con estas angustias colectivas. Al contrario: el Presidente insiste en un reproche al comportamiento social y en un revoleo de culpas que incluye, invariablemente, una generosa autoamnistía. El Gobierno ve en los padres que reclaman por las clases presenciales “una conspiración de la derecha”; en los comerciantes que piden abrir sus locales, un acto de individualismo pecaminoso, y en los dirigentes o los periodistas que evalúan la gestión de la pandemia con ojo crítico, una legión de perversos que “hinchan por el virus” y provocan muertes. Es un discurso que abona la angustia en una sociedad que necesita todo lo contrario.

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