martes, 25 de octubre de 2022

EDITORIAL


Como hámsteres en la rueda inflacionaria
Nuestra galopante inflación es un fenómeno tan asombroso como delirante a los ojos de observadores extranjeros y un flagelo para los argentinos de condición más humilde
Puede sonar a contrasentido, pero no lo es. Un reciente trabajo periodístico del diario El País, de España, se titulaba “¿Qué puede enseñar la Argentina al mundo sobre la inflación?“.
Cualquier persona tendería a pensar que quien enseña lo hace basado en la necesidad de comunicar conocimientos virtuosos sobre un tema que domina. En ese punto, parecería contradictorio que quienes nos hemos acostumbrado ya durante larguísimos años a convivir con índices inflacionarios altísimos podamos enseñar algo a alguien y, menos aún, ser ejemplo de virtuosismo. Sin embargo, la nota muestra, con marcada curiosidad, empatía y un dejo de sarcasmo, que el sufriente argentino medio puede ser un gran maestro ante la desbocada alza de precios. De resiliencia, sin ninguna duda, pero también de creatividad.
La referida nota se organiza a modo de ensayo fotográfico a partir de las peripecias cotidianas y la forzada resolución de conflictos que muchos argentinos ejercitamos a la hora de convivir con la devoradora de precios. La autora de las imágenes, acompañadas por breves textos de Mar Centenera, es Irina Werning, ganadora del World Press Photo. El trabajo se hizo también en colaboración con el Centro Pulitzer.
Como no puede ser de otra manera, el ensayo parte de una breve radiografía: la Argentina afronta hoy un alza interanual del Índice de Precios al Consumidor (IPC) del 83%. Al ampliar esa información sobre la base de datos oficiales y proyecciones privadas, no hay dudas de que se trata de la peor alza desde diciembre de 1991, cuando llegó a tocar el 84%. Y que, con el último aumento mensual del 6,2% correspondiente al mes pasado, la suba de precios se consolida en un piso mensual del 6%, con una inflación anual garantizada en tres dígitos.
Si de una prueba de capacidad se tratase, correspondería calificar con un sonoro aplazo a las autoridades del Gobierno, que se envalentonan con la adopción de medidas reiteradamente probadas como absolutamente inútiles para tratar de frenar la inflación. No debería juzgarse del mismo modo a la población que, en términos de las colegas de El País, se ha transformado en una verdadera experta para intentar sobrevivir en medio de semejante calamidad cotidiana.
“¡No estás loco, los productos encogen!”, ironizan las autoras de la nota al ver que, cada vez con más frecuencia y como un modo de ganarle a la inflación, muchos productos de consumo masivo ven reducido el contenido del packaging para crear la ilusión de que se paga lo mismo que tiempo atrás. En otra de las fotos que ilustran el trabajo, se muestra a un padre llevando a sus hijos en una ingeniosa bicicleta reformada con un canasto improvisado, debido a que “la inflación obligó a cambiar los hábitos de consumo, a que se pierde poder adquisitivo, los bienes y servicios se encarecen y hay que dejar el automóvil a raíz de la fuerte suba del precio del combustible y la huelga de las plantas de neumáticos”.
Ambientado con la foto de dos amigas que observan un ticket de supermercado con gesto de llamativa incredulidad e indignación, el texto enfatiza que en nuestro país hay desconfianza en los precios; que, como mínimo, hay que recorrer cinco negocios para definir una compra y lograr el mejor ahorro, o que nos vemos obligados a armar un ridículo y desgastante circuito de ofertas y promociones bancarias, según el día de la semana: un galimatías del que, desde ya, no pueden sacar provecho los ciudadanos de menores recursos porque ni siquiera tienen el dinero para trasladarse entre distintos puntos de venta.
No es ajeno a las autoras que, paralelamente a esa constante búsqueda de creatividad que hace que muchos comerciantes retiren productos del mercado a la espera de decisiones políticas supuestamente ventajosas, hay una enorme cantidad de argentinos a los que se les están acabando los recursos para subsistir.
Retratan magníficamente la desigualdad que provoca el desbocado aumento del costo de vida. “La inflación es un impuesto regresivo que, a largo plazo, genera pobreza y desigualdad. El rico se hace más rico, pero la gente pobre no tiene herramientas para protegerse y termina pagando los precios más altos”, comenta Werning –quien, además de fotógrafa, es economista– al pie de una imagen donde, detrás del Barrio 31 de Retiro, se yerguen rascacielos que patentizan esa dolorosa asimetría.
Otra imagen igualmente elocuente muestra en el cuerpo de un hombre la desnudez del esfuerzo colectivo frente a la inflación. “Hoy en día –dice la nota– en la Argentina valen más las monedas por el metal que como medio de pago y es más barato decorar una pared con billetes de diez pesos – los de menor circufundado lación– que con vinilo. Cinco metros con billetes cuestan 5100 pesos frente a los 6500 pesos que cuesta la misma superficie” empapelada con rollos profesionales de decoración.
Y es entonces cuando entran en escena imágenes de una paseadora de perros que, para ganarse la vida y contrariando las reglamentaciones, lleva más animales que los permitidos, al punto de lastimarse la espalda por los tironeos de las pequeñas bestias; de restaurantes vacíos porque “los dueños dedican mucho tiempo a pensar estrategias para combatir la inflación en vez de dedicarlas a mejorar el servicio que ofrecen”, con pagos a proveedores que se difieren porque no hay plata, y, así, el círculo vicioso de pobreza laboral y angustia social se retroalimenta hasta el infinito.
Destacan las autoras que los comerciantes argentinos utilizan pizarras de tiza u otros sistemas que les permiten una actualización rápida de los precios. Imposible generar cartelería fija para lo que constantemente sube.
Se sorprenden del pluriempleo, de los sindicatos a cargo de las constantes negociaciones salariales y también de los seguros médicos, “lo que les da un poder muy superior al de otros países”; de “darle a la maquinita” para emitir más y más dinero y del desabastecimiento, que lleva a muchos comercios a racionar la venta por persona y por unidades. Una práctica nefasta cuya expresión extrema en los últimos tiempos es Cuba o la Venezuela de Nicolás Maduro.
La inflación siempre termina perjudicando a los sectores más empobrecidos y desprotegidos de la población, por lo que aumentan la pobreza y la indigencia. Es, como se dijo, el impuesto más regresivo que existe, pese a que algunos dirigentes políticos argentinos piensen que “un poquito de inflación es bueno” o que ayuda a licuar las deudas del Estado y a disminuir el peso de los salarios de la administración pública en las arcas estatales.
Lo que a ojos de un extranjero resulta entre asombroso y delirante, lamentablemente ante los nuestros se ha tornado una peligrosísima costumbre. Como bien decía el economista Guillermo Olivetto en la nacion: “Los argentinos somos expertos en economías disfuncionales, pero hay algo muy dañino: el constante aumento de los precios está desgastando los cimientos de la estructura social; hay una crisis de sentido que conduce a la sociedad a un profundo individualismo y a una especie de sálvese quien pueda. La gran mayoría de los argentinos se siente como un hámster que gira y gira hasta caer agotado. El cansancio es doble. No solo por el esfuerzo, sino por percatarse de que esa rueda no los está llevando a ningún lado”.
Es el impuesto más regresivo que existe, pese a que algunos dirigentes políticos piensen que “un poquito de inflación es bueno”

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