MÁRMOL
EL TINGLADO MARIO BRAVO 948
JUEVES 20 HRS...
Oscar Barney Finn estrenó Mármol; y dispara contra la escena oficial y comercial
Acaba de estrenar Mármol, en el circuito independiente; y dice que en la escena comercial los productores hacen reinar a la comedia
Textos Gustavo Lladós | Fotos Hernan Zenteno
En las últimas décadas Oscar Barney Finn dedicó todas sus energías al teatro y hoy se lo reconoce como uno de los mejores directores de la escena local. En su haber se contabilizan obras como Eva y Victoria, Cartas de amor, Poder absoluto, La gata sobre el tejado de zinc caliente, Dulce pájaro de juventud, Juegos de amor y de guerra, La reina de la belleza y El diccionario, por mencionar sólo algunas. Y el año pasado, al cumplirse 55 años de trayectoria, se alzó con el premio ACE al Mejor Director de Teatro Alternativo por su labor en Muchacho de luna. Ahora reafirma su talento con una exquisita puesta de Mármol, de la irlandesa Marina Carr sobre “las fantasías y las pasiones ocultas de dos matrimonios amigos”, que sube a escena los jueves en El Tinglado.
“De Mármol me interesó todo: su temática, la forma en que está estructurada la obra y la resonancia que puede tener en la sociedad argentina. Pero fundamentalmente primó mi lejana identidad irlandesa, que hace que una y otra vez bucee en piezas y autores de esa latitud. Ya cuando encontré a Martin Mc Donagh (el autor de La reina de la belleza) supe de Marina Carr, pero preferí esperar su crecimiento. Son autores de ruptura con el viejo teatro irlandés; y si bien le rehúye a la etiqueta del feminismo, escribe denodadamente sobre la ubicación de la mujer en la sociedad actual. En Mármol presenta mujeres muy especiales y en uno de los casos pone de manifiesto el cambio que el rol de la mujer ha tenido en los últimos años. Cuando esa mujer se atreve a romper esquemas y a traspasar una línea divisoria, sin vuelta atrás, se emparenta con Nora, de Casa de muñecas”, asegura el director de 83 años. “Es una obra inteligente y sensible, para estar muy atento y escuchar bien lo que se dice porque tiene muy buenos diálogos. Y además atrapa y sorprende, porque al final son las mujeres las que llevan el rol activo en la trama y ponen en jaque a los hombres. A esto se le podría sumar el tema de las relaciones extramaritales”, concluye. Cecilia Chiarandini, Diego Mariani, Pablo Mariuzzi y Alexia Moyano son los actores de Mármol. No es de extrañar su interés por dotar de un buen marco visual a todos sus espectáculos si se recuerda que su primer amor fue el cine y que de hecho empezó estudiando realización cinematográfica en la Universidad Nacional de La Plata, para seguir perfeccionándose en París, entre 1962 y 1964. Luego llegaría a dirigir en la Argentina siete películas: La balada del regreso, Comedia rota, Más allá de la aventura, De la misteriosa Buenos Aires (con Alberto Fischerman y Ricardo Wullicher), Contar hasta diez, Cuatro caras para Victoria y Momentos robados.
–¿Cuándo y cómo empezó tu pasión por el séptimo arte?
–Desde chico fui fanático del cine club y además pasé por una etapa de cholulismo, porque en los años 40 recibíamos en casa las revistas Antena y Radiolandia. También el cine estaba presente en las fiestas infantiles con los cortos de Chaplin. Ahí estaba la magia. La que me abrió la puerta a soñar un futuro artístico fue mi tía Nelly, la hermana de mi padre, que solía viajar a Europa y los Estados Unidos y me traía revistas de cine. En los veranos yo venía desde La Plata, donde vivíamos, a vacacionar a su casa, en Belgrano R. Eran temporadas bien fantasiosas y plagadas de películas. Me llevaba a los cines de la avenida Cabildo. Luego también me empezó a llevar al teatro. La primera obra fue Los árboles mueren de pie, con Amalia Sánchez Ariño, Fernando Siro, Nelly Meden y Ernesto Bianco, en el Odeón. Era 1953 y yo estaba deslumbrado.
–¿El teatro es tu segundo amor?
–Mi motor inicial fue el cine. Pero luego el teatro me capturó para siempre y hoy me defino fundamentalmente como director teatral.
–¿Cómo definirías tu estilo artístico? ¿Cómo el de un esteta?
–Yo creo que mi estilo es la síntesis de todo lo que vi, de todo lo que leí y de todo lo que sentí a lo largo de los años. Es el resultado de una sensibilidad especial. Aunque todos me vean como a un esteta, debo reconocer que yo no me muero, en cine, por buscar una cierta postura de cámara, o, tanto para el cine como para la televisión y el teatro, en lograr un resultado estético. A lo sumo me surge naturalmente. Y evidentemente, a los equipos de trabajo que suelo convocar, también les surge lo mismo.
–¿Qué anécdotas recordás con más cariño de todos estos años de trabajo?
–Una muy risueña fue de cuando Mario Vargas Llosa casi termina trabajando en Comedia rota, el film que dirigí y protagonizó Julia Von Grolman. Estábamos en Lima y esa posibilidad surgió a partir de que la vestuarista, si finalmente se rodaría ahí, sería la mujer del ex presidente de Perú, Carola Ubri. Ella lo conocía a Llosa y pensaba convencerlo. Finalmente la película se terminó haciendo en la Argentina, y con Gianni Lunadei en el papel del periodista. También recuerdo muy vívidamente a Eva Franco, en medio de un rodaje, hablando de Federico García Lorca, quien había llegado a dirigirla personalmente. Estoy seguro que todo eso me fue enriqueciendo como persona y artista, como cuando Alberto Closas me contó de su relación con Margarita Xirgu, de cómo llegó a Chile y se integró a su compañía. Yo creo que lo que más atesoro son esos encuentros, más que los trabajos en sí. Y mi encuentro con Michelangelo Antonioni. Cuando me dio una cita en el café Rosatti de piazza Il Popolo, en Roma, en 1962, creí que tocaba el cielo con las manos. Yo estaba en Europa estudiando y lo había buscado durante un largo tiempo. Hasta que di con su teléfono y lo llamé. La que finalmente terminó atendiendo y armándome la cita fue Mónica Vitti, su mujer de aquel momento. Yo quería ser su asistente meritorio, él me negó la posibilidad aduciendo que todos sus proyectos aún estaban verdes, pero quedé encantado por la charla, por su porte y por la elegancia que tenía hasta para tomar una limonada. Lo más importante que me dijo fue una gran enseñanza para toda mi carrera: que no intentara ser asistente de nadie, que siguiera mi propio camino y gestionara mis propios proyectos. En 1966 me lo volví a encontrar, en el Festival de Cine de Gramado, Brasil, cuando él ya había sufrido una parálisis facial y obviamente ya no era él mismo. Yo quise agradecerle aquel consejo. Le agarré la mano y le dije: “maestro, usted tal vez no se acuerde de mí, pero todo lo que me dijo hace más de 30 años me cambió la vida”. Me apretó la mano y se llenaron los ojos de lágrimas. Con eso yo ya estuve hecho.
–¿Estás conforme con el recorrido hasta acá?
–Digamos que sí, independientemente de los resultados, de lo que más me ufano es de haber convocado para mis proyectos a buenos artistas y armado grandes equipos de trabajo. En la televisión, por ejemplo, he vivido momentos muy plenos, en los que pude hacer mucho. Al medio ingresé de la mano de Manuel Mujica Láinez, allí hice varios especiales y por ellos (concretamente por las versiones de Muchacho de luna y Seis personajes en busca de un autor, en canal 7) gané en 1988 el premio en Biarritz, peleando contra los productos de la televisión europea. Luego, en los dos años siguientes de Luces y sombras pude convocar a Federico Luppi, Thelma Biral, China Zorrilla, Miguel Ángel Solá y Oscar Martínez y generar uno de los mejores equipos de toda la historia de la televisión. Porque mi intención siempre fue hacer foco en la calidad, levantar la puntería y ofrecerle un espacio a todos los mejores. En teatro, cuando después de tanto tiempo, logré hacer Mucho ruido y pocas nueces, en el San Martín, hice audiciones para darle una oportunidad a todos los que se lo merecieran. En cambio, en todo este teatro que hemos hecho en los últimos tiempos, en el circuito independiente…no sé si utilizar la palabra empobrecer… pero digamos que todo se ha reducido…. Hoy las obras son sólo de dos o tres personajes, no más. Y sobre todo monólogos, muchos monólogos, demasiados…
–¿Por qué desde hace varios años trabajás exclusivamente en el off ? ¿Fue algo buscado o te sentiste arrinconado por los factores económicos?
–En off me siento libre, que es lo que traté de ser siempre. Un tipo libre en lo que hago, en lo que elijo, cómo convoco, con quién lo hago. He huido y sigo haciéndolo de compromisos que no me gustan. Para bien y para mal, siempre he sido muy individualista, con importantes equipos de trabajo detrás, pero siempre conduciendo los proyectos a mi manera. Ese carácter me lo dio el cine. Más allá de los condicionamientos económicos, hoy sólo trabajo donde soy bien recibido, bien tratado y puedo hacerlo en libertad.
–¿Hoy te sentís rechazado por los teatros oficiales?
–En cincuenta y pico de años de carrera es ámbito me abrió las puertas muy pocas veces y no creo que haya sido por falta de mérito. En el Cervantes hice Las del Barranco, con Alixia Berdaxagar al frente del elenco, durante la gestión de Julio Vaccaro. Y luego una versión de Doña Rosita la soltera, cuando estaba Alejandro Samec. En el San Martín hice nada más que Mucho ruido y pocas nueces, al final de la gestión de Kive Staif, en 2010. También monté La Traviata, en el Teatro Argentino de La Plata, y no me fue mal, pero se trató siempre de excepciones. Tuve y tengo muchos proyectos para ese tipo de instituciones y he ido a hablar de buena fe muchas veces, pero no lo volvería a hacer. No tengo ganas de hacer antesalas con cierta gente. Hoy sigo mi camino y no le pido nada a nadie, en los teatros oficiales siempre hay muchas idas y venidas. Algunas gestiones son descalificables, no por si me convocan o no, sino por el criterio que utilizan para programar y por el mal trato que tienen con los artistas. Muchas veces en esos puestos no hay gente de teatro sino del mundo de la política, por eso sus gestiones tienen que ver con otros parámetros y objetivos más que con el desarrollo del teatro.
–¿Esta explosión de teatro que vive la ciudad es necesariamente sinónimo de calidad?
–Hay cantidad pero no mucha calidad. Esto se debe a que después de la pandemia cambió la concepción del espectáculo. Y en esto tuvieron que ver más los productores que el público. Es verdad que muchos espectadores han optado por las comedias, pero los productores utilizan este fenómeno para bajar la calidad de todo el resto: cuando les proponés algo interesante te dicen “no, hoy el público sólo quiere reírse, ser entretenido con algo liviano y corto”. Y no creo que sea así, si a la gente le ofrecés una obra de calidad, concurre y apoya ese tipo de propuestas. Lo he comprobado personalmente. Pero los productores insisten con su postura e impera la ley del menor esfuerzo. Hoy tenemos que luchar para que no desaparezca el teatro de texto, porque en definitiva el teatro tiene su punto de partida allí.
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