“Síndrome” Báez Sosa: lejos de Mar de Plata
— por Pablo Sirvén
Verano y boliches repletos son una bomba de tiempo que puede estallar en cualquier momento. El choque entre dos o más jóvenes por cualquier motivo es una escena repetida, particularmente en la noche de los centros turísticos. Cualquier excusa puede encender una mecha de imprevisibles consecuencias. La cobertura intensa y sin interrupciones del juicio a los ocho rugbiers condenados el lunes último por el asesinato de Fernando Báez Sosa no ha incidido mayormente para aplacar y disminuir ese tipo de grescas.
“Toda la existencia es puro azar”, propone Match Point, la película de Woody Allen. El azar les jugó el peor destino al único hijo de Graciela y Silvino, que perdió la vida, y a sus asesinos, que pasarán entre 15 años y el resto de sus vidas entre rejas. Podrían no haberse cruzado nunca y hoy Fernando estaría vivo y los jóvenes de Zárate, libres. O podrían haber coincidido en tiempo y lugar, tal como sucedió, y hasta haber protagonizado una de las tantas peleas que a la salida de bailar solo finalizan con algunos magullones y aquí no ha pasado nada.
Pero ¿fue mera casualidad que todo terminara tan horriblemente mal? En este caso el puro azar no parece haber actuado a fondo con su imprevisto potencial: resulta incomprensible que tratándose de un grupo de diez amigos (recordar que dos fueron liberados enseguida, aunque se les abrió una causa por falso testimonio) no hubo uno solo con suficientes reflejos para darse cuenta, alertar y frenar a tiempo la salvaje matanza que llevaban adelante porque los iba a condenar a pasar mucho tiempo entre rejas, además de ganarse el escarnio de buena parte de la sociedad. Analizando comportamientos en episodios previos de algunos de los miembros de la deleznable patota se advierte que el trágico corolario se venía preanunciando en excesos anteriores que no fueron corregidos a tiempo y que siguieron escalando. No fue azar.
Asimismo, la frialdad, el desdén y la poca empatía de padres y familiares de algunos de los reos (incluso, uno de aquellos agredió por la espalda a un camarógrafo de TV después de conocida la sentencia) permiten imaginar que los jóvenes sentenciados tampoco crecieron con los mejores ejemplos. No fue azar. Las graves penas que recibieron no solo son un castigo por quitarle la vida a una persona. Los tres años que ya llevan privados de libertad no parecen haberlos modificado demasiado. El encierro también busca impedirles que vuelvan a cometer desmanes criminales similares, algo factible si hubieran quedado impunes.
Cuando la madre de uno de los condenados grita con odio que la culpa de todo la tiene el periodismo parece sugerir que sin el foco constante de la opinión pública sobre el caso, tal vez podrían haber movido en las sombras influencias que hubieran llevado el expediente hacia otros resultados. Salvando las distancias, y por otras razones, es similar a lo que también declama Cristina Kirchner, que cree que sus desdichas judiciales se deben exclusivamente a una confabulación de los medios y tribunales, y no a alguna culpa propia.
Mar del Plata fue la ciudad argentina que este verano más jóvenes recibió y, sin embargo, no padeció episodios de esta naturaleza. El sábado 28 de enero, por ejemplo, hubo 92 eventos bailables al mismo tiempo entre Playa Grande y las playas del sur (los dos focos principales de este tipo de entretenimientos nocturnos) que supuso el desplazamiento de 60.000 personas. La presencia esa noche en “la Feliz” de Solomun, uno de los mejores DJ del mundo, hizo que aterrizaran en el aeropuerto local hasta más de una veintena de aviones privados, incluso provenientes de países vecinos. Que a pesar de tal movimiento de gente no se registraran incidentes de magnitud tampoco fue obra del azar.
Desde mediados de 2022, las autoridades municipales, los dueños de los locales bailables y la policía venían hablando de cómo aunar esfuerzos para que ese nuevo filón del verano marplatense siga creciendo sin tener que lamentar episodios de violencia, ya no como el trágico de comienzos de 2020 en Villa Gesell, sino como los de este verano, sin llegar a ese extremo, pero muy preocupantes, como los registrados en el parador Boutique, de Pinamar, o en Las Grutas (Río Negro).
Sergio Berni, ministro de Seguridad bonaerense (esta vez con perfil más bajo), mantuvo línea directa permanente con el intendente Guillermo Montenegro. Efectivos del Operativo Sol, la patrulla municipal y la Unidad Táctica de Operaciones Inmediatas (UTOI), ya con su mera presencia, lograban disuadir cualquier situación que se saliera de madre. Los dueños de los boliches, con sus horarios rotativos de cierre y, en el caso de los más grandes, contratando flotillas de colectivos y taxis para desconcentrar a los concurrentes a la salida de las fiestas lo más rápido posible, contribuyeron a alejar el fantasma de las trifulcas sangrientas.
Hasta hace pocos años Mar del Plata envejecía inexorablemente y la juventud huía despavorida hacia playas más divertidas. Ahora más de un tercio de sus visitantes tienen menos de 40 años. Chacales como los que terminaron con la vida de Báez Sosa pueden existir en cualquier lado, pero si los sectores privados y públicos involucrados diseñan mancomunados operativos eficaces, es más fácil neutralizarlos y todo puede salir mucho mejor.
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