jueves, 3 de noviembre de 2016

HABÍA UNA VEZ.....


En el silencio de la medianoche, a solas en casa durante cuatro días, cierta noche dejé que sonara el saxo de Sonny Stitt en la mañana brumosa de un domingo mientras tomaba un café caliente arrebujado en la cama, y no mucho más. En otros tiempos, sin la fatiga del esfuerzo diario a cuestas, cuatro días en soledad hubieran sido suficiente para que aquel joven curioso acelerara su paso de maratonista cultural para llegar a una o dos funciones de cine (preferentemente en las salas Lugones y Hebraica), se diese una vuelta por algún museo y rematara el día hurgando librerías en busca de tesoros literarios y de dedicatorias estampadas en las páginas iniciales de los volúmenes usados.


(Imaginar el pasado de esos libros, desandar sus muchas lecturas en anotaciones hechas al margen para vislumbrar qué hombres y mujeres habían consagrado sus días y sus noches a aquellas historias, desentrañar sus sueños y placeres en las observaciones garabateadas al pie de página, intuir la pasión no correspondida o el romance fogoso en una vieja dedicatoria, todo eso conformó un ejercicio casi diario de fisgoneo poético que alimentó mi imaginación adolescente tanto como las películas de Fellini o Truffaut.)
El itinerario era aleatorio, pero incluía siempre una parada en los bares de entonces (en primer lugar La Paz, por supuesto, donde prosperaban y fracasaban revoluciones distintas y adonde había que llegar armado de un buen libro, en el mejor de los casos vagamente psicologista), antes de reemprender el hábito de caminar la ciudad, una fantástica pérdida de tiempo. Caminar era un modo de devorar el presente. Era un albur que podía conducir al paseante, si éste se dejaba tentar por las sinuosidades de lo socialmente ilícito o devorar por la penumbra de la promiscuidad, a una aventura maravillosa.
Buenos Aires albergaba entonces a una fauna de errabundos. La figura más notoria de aquellos años fue Margotita, una añosa rubia platinada que solía vagar por la periferia de la calle Corrientes y a quien años después inmortalizó Jorge Polaco en el mediometraje Margot Moreira y en cuatro films posteriores. Siempre me gustó mirarlos, seguirles el paso rumbo a ninguna parte, atraído por el misterio de lo inesperado, buscando en esos rostros ajados y en las miradas perdidas el fulgor de un pasado luminoso entonces lejano y para siempre perdido.
Fueron años de maravilla, aunque llenos de cierta angustia y desolación, muchas veces disimuladas por el frenesí efímero del sexo furtivo y callejero. La escena que mejor sintetiza ese estado de abandono y desamparo sucedió un 31 de diciembre. Me atrevo a contarla ahora con la liviandad despreocupada que da saber que prescribió con el paso siempre piadoso de los años.
Era el filo de la medianoche -quince minutos antes de que las campanadas y las sirenas dieran las doce y la gente querida brindase con sus copas en alto por un tiempo venturoso- cuando una muchacha que hablaba a solas consigo misma, mientras caminaba por la deshabitada avenida Las Heras, me miró, apenas me aproximé a ella, como se mira a un extraño: con curiosidad y con miedo.
Tenía yo 18 años, y una hora antes de que concluyera el Año Viejo había abandonado, ante la mirada reprobatoria de mis padres, una cena familiar que reunía a unas cincuenta personas. Le dije que estaba solo, y en lo que dura un parpadeo, ambos extenuados por la desolación de sabernos extraños, aunque raramente felices de ese encuentro, estábamos ya revolcándonos en una vieja cama mientras la ciudad entera le daba la bienvenida al nuevo año.
Fue un encuentro físico con la furia de la desesperación. No hablamos siquiera. Nada supimos esa noche el uno del otro. Caímos rendidos por la fatiga y el abandono. Dormimos como duermen los desconocidos: abrazados, cada uno a solas consigo mismo.
Cuando nos despertamos, hubo apenas un intercambio de palabras antes de la despedida. "Gracias", le dije. Nunca más volvimos a vernos. Pero la memoria tiene a veces un raro sentido poético, o quizá se trate apenas de gratitud: cada vez que se aproxima la medianoche del 31 de diciembre, no dejo de evocarla aunque el tiempo haya esfumado su rostro y su nombre. Es el recuerdo -la gratitud- de quien recibió abrigo en ese desierto helado de la adolescencia.

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