El primer registro discográfico del pianista inglés James Rhodes se titula Razor Blades, Little Pills and Big Pianos (Hojas de afeitar, pequeñas pastillas y grandes pianos); su autobiografía reciente, Instrumental. A Memoir of Madness, Medication and Music (Memorias de música, medicina y locura). Puede intuirse detrás de ambos títulos el alucinado mundo de un artista extravagante y una historia extraordinaria que estremece. Impulsado por resabios de un egocentrismo fenomenal, Rhodes da cuenta de manera descarnada (aunque ahorrándole al lector los detalles) la abominable experiencia que padeció cuando tenía 5 años y un profesor de gimnasia lo sometió sexualmente durante un período de tiempo prolongado sin que las autoridades de su escuela pudieran siquiera imaginar lo que sucedía.
Después de 30 años de aquella escena atroz, que le provocó infinidad de trastornos de salud física y mental, internaciones en centros neuropsiquiátricos e intentos de suicidio, la vida de este stripper rockero, que se presenta en sus conciertos vestidos de jeans y zapatillas y le explica a la audiencia por qué razón elije cada pieza y no para de maldecir contra las instituciones de la música clásica cuantas veces haya DE TODOalguien dispuesto a escucharlo, incluye una vida familiar medianamente tranquila (aunque los fantasmas del pasado la sobrevuelan como una constante y filosa amenaza) y una carrera como concertista de piano. El milagro lo produjo la música.
En algún pasaje de las crepitantes 279 páginas, cargadas de adjetivos estridentes que le dan a las memorias el vértigo de una montaña rusa (aunque ese estruendo insistente y narcotizante huela a veces a un formidable cálculo de marketing), Rhodes rememora el día en que siendo ya una estrella del piano ingresó en un neuropsiquiátrico, conversó con cuatro pacientes que padecían esquizofrenia y le ofreció a cada uno de ellos un breve concierto privado (Bach, Chopin, Mozart) destinado a que se produjera en ellos un descubrimiento personal.
James Rhodes nació en Londres en 1975. El episodio que le arrebató la infancia y la posibilidad de soñar el futuro le provocó daños irreversibles y lo condujo a una serie de sucesos dolorosos. Durante varios años se sometió a las crueldades de un erotismo aberrante. Tenía 14 años cuando empezó a consumir drogas de toda clase y alcohol, y algo más cuando comenzó a cortarse los brazos con hojas de afeitar. El diagnóstico médico que acumuló en varias internaciones abarca una extenuante cantidad de síntomas: trastorno obsesivo-compulsivo, depresión, paranoia, síndrome de estrés postraumático, trastorno bipolar, autismo, anorexia y síndrome de Tourette.
Tuvo una vida sentimental agitada e inconstante, y la relación con su hijo sufrió altibajos; en varias oportunidades debió alejarse de él para no ponerlo en riesgo. Desde el nacimiento de su hijo, temió que alguna vez también él pudiese ser víctima de abuso. Aunque Rhodes se resiste a utilizar ese término, demasiado cauto a su gusto: prefiere decir violación.
En una de sus numerosas internaciones, le avisaron que tenía una visita. Era un viejo amigo a quien no veía hacía mucho tiempo y que, enterado de los hechos, se decidió ayudarlo. En ese tiempo el paciente sólo podía recibir elementos de aseo. Se encontraron en un pequeño cuarto y tras conversar un rato el visitante le entregó un frasco de champú:
-Abrilo cuando estés a solas -le dijo con un tono de complicidad. Guiñó un ojo, y se despidió.
Unos minutos después, cuando no tenía encima el peso de la mirada de los enfermeros, Rhodes abrió el frasco. Dentro había una bolsa de plástico. Extrajo con mucho cuidado lo que contenía: un iPod Nano y un par de auriculares. Se recostó en su cama, cerró los ojos y escuchó con una sonrisa el Adagio de Bach y Marcello interpretado por uno de sus pianistas más amados: Glenn Gould. Pese a unos cuantos altibajos, tiempo después grabó su primer disco y se presentó en el Queen Elizabeth Hall, la sala donde entre tantos habían tocado Grigori Sokolov y Alfred Brendel. Se convirtió en una celebridad inusual. Como para ahuyentar falsas interpretaciones de su vida atormentada, publicó un segundo disco: Now Would You Freudians Please Stand Aside? (¿pueden los freudianos ponerse a un lado?). Tiene una vida sana, ama a su mujer y a su hijo, pero sobre todo ama locamente a su piano, la madriguera adonde sigue refugiándose de las hostilidades del mundo y del acoso de sus demonios interiores.
En algún pasaje de las crepitantes 279 páginas, cargadas de adjetivos estridentes que le dan a las memorias el vértigo de una montaña rusa (aunque ese estruendo insistente y narcotizante huela a veces a un formidable cálculo de marketing), Rhodes rememora el día en que siendo ya una estrella del piano ingresó en un neuropsiquiátrico, conversó con cuatro pacientes que padecían esquizofrenia y le ofreció a cada uno de ellos un breve concierto privado (Bach, Chopin, Mozart) destinado a que se produjera en ellos un descubrimiento personal.
James Rhodes nació en Londres en 1975. El episodio que le arrebató la infancia y la posibilidad de soñar el futuro le provocó daños irreversibles y lo condujo a una serie de sucesos dolorosos. Durante varios años se sometió a las crueldades de un erotismo aberrante. Tenía 14 años cuando empezó a consumir drogas de toda clase y alcohol, y algo más cuando comenzó a cortarse los brazos con hojas de afeitar. El diagnóstico médico que acumuló en varias internaciones abarca una extenuante cantidad de síntomas: trastorno obsesivo-compulsivo, depresión, paranoia, síndrome de estrés postraumático, trastorno bipolar, autismo, anorexia y síndrome de Tourette.
Tuvo una vida sentimental agitada e inconstante, y la relación con su hijo sufrió altibajos; en varias oportunidades debió alejarse de él para no ponerlo en riesgo. Desde el nacimiento de su hijo, temió que alguna vez también él pudiese ser víctima de abuso. Aunque Rhodes se resiste a utilizar ese término, demasiado cauto a su gusto: prefiere decir violación.
En una de sus numerosas internaciones, le avisaron que tenía una visita. Era un viejo amigo a quien no veía hacía mucho tiempo y que, enterado de los hechos, se decidió ayudarlo. En ese tiempo el paciente sólo podía recibir elementos de aseo. Se encontraron en un pequeño cuarto y tras conversar un rato el visitante le entregó un frasco de champú:
-Abrilo cuando estés a solas -le dijo con un tono de complicidad. Guiñó un ojo, y se despidió.
Unos minutos después, cuando no tenía encima el peso de la mirada de los enfermeros, Rhodes abrió el frasco. Dentro había una bolsa de plástico. Extrajo con mucho cuidado lo que contenía: un iPod Nano y un par de auriculares. Se recostó en su cama, cerró los ojos y escuchó con una sonrisa el Adagio de Bach y Marcello interpretado por uno de sus pianistas más amados: Glenn Gould. Pese a unos cuantos altibajos, tiempo después grabó su primer disco y se presentó en el Queen Elizabeth Hall, la sala donde entre tantos habían tocado Grigori Sokolov y Alfred Brendel. Se convirtió en una celebridad inusual. Como para ahuyentar falsas interpretaciones de su vida atormentada, publicó un segundo disco: Now Would You Freudians Please Stand Aside? (¿pueden los freudianos ponerse a un lado?). Tiene una vida sana, ama a su mujer y a su hijo, pero sobre todo ama locamente a su piano, la madriguera adonde sigue refugiándose de las hostilidades del mundo y del acoso de sus demonios interiores.




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