viernes, 8 de julio de 2022

HISTORIA DEL ARTE


A los 105 años, Ides Kihlen se consagra con una muestra en Bellas Artes
Abrió anoche en el museo mayor del país una exposición dedicada a la obra de una pintora sigilosa, que salió del placar del arte a los 80 y que el sábado celebrará otra gran marca en su vida
María Paula Zacharías
Ides Kihlen en su departamento de Recoleta con una de sus mascotas y rodeada de cuadros
Pintar para sí misma, durante 80 años. Esa maravilla silenciosa es Ides Kihlen: una artista secreta la mayor parte de su larga y feliz vida. Suele levantarse a las siete y ponerse el delantal rojo, casi una paleta de pintor de tan manchado que está. Busca un café y lo lleva a su taller, el lugar donde pasa sus días desde siempre, desde hace cien años. Eléctrica, ágil, silenciosa, de escaso metro cincuenta y algo más de 40 kilos, hasta hace no tanto mantenía la eterna costumbre de pintar en el piso, semiacostada, sobre una alfombra persa que también parece una paleta. En ese cuadrado puede leerse aún el mapa de su existencia.
Después de toda una vida dedicada al arte, Ides salía del placar de los artistas desconocidos en 2002 con un libro de la crítica Mercedes Casanegra y una retrospectiva de su obra en el Museo Nacional de Arte Decorativo. Su debut estelar fue en arteBA 2000, en la Galería Arroyo, después de que el galerista la descubriera cuando fue a su casa a tasar unos cuadros de Fernando Fader. “Me los compró mi padre en el banco, cuando tendría 13 años y me encapriché con ellos”, dijo entonces. Pero el galerista se maravilló y llevó unas obras suyas para el stand de la feria y las vendió todas. Nadie entendía cómo una obra tan poderosa, tan genial y prolífica, podría haber estado creciendo oculta durante más de ocho décadas. Después vinieron exposiciones en varias galerías (María Casado, Rubbers, Coppa Oliver, Agalma, Lordi, Azur, Aina Nowack de Madrid), en museos como el de Arte Decorativo, el Macla de La Plata, el Caraffa de Córdoba, el CCK, y en el exterior, en Italia y los Estados Unidos.
Una visitante observa una obra de la "Serie del tigre", acrílico con recortes de tela sobre tela
Nunca quiso premios ni concursos, reconocimiento o publicaciones. Tampoco le interesó hacer carrera como artista: simplemente lo es y para ella es suficiente. Nada le importa del mundo, las modas, los movimientos artísticos, los circuitos de circulación. Sin embargo hoy es una celebridad y festeja su cumpleaños 105 en el museo mayor con una muestra que le rinde homenaje a su obra plástica y musical. Homenaje a Ides Kihlen traza un recorrido por cinco décadas de su trayectoria, con curaduría de María Florencia Galesio y puede visitarse en la sala 42 del segundo piso hasta el 7 de agosto. Incluye una selección de 25 piezas, desde las creaciones automáticas que cruzan de modo constante sus indagaciones sobre pintura y música, hasta los trabajos más recientes de la serie “Pandemia”, en la que predominan el blanco y el negro.
“Cuando Marcela Costa Peuser nos vino a ver con la propuesta de esta muestra enseguida nos entusiasmamos porque queríamos hacerle este homenaje en el mes de su cumpleaños. El mundo del arte la conoció recién en el siglo XX, porque su obra siempre fue un tesoro personal y escondido para ella”, dijo anoche Andrés Duprat, director del MNBA, en el acto de inauguración de la exposición que reinaugura el segundo piso del museo, cerrado desde la pandemia. Anunció, además, que Kihlen donará una obra al acervo.
Artistas, coleccionistas, galeristas y público se dieron cita anoche en la apertura del Homenaje a Ides Kihlen en el Bellas Artes
La artista fue la gran ausente de la noche, que tuvo la sala colmada de artistas, galeristas, coleccionistas y admiradores de su trabajo. A último momento, tuvo que quedarse en su casa por una caída de hace unos días. “Desde febrero preparábamos esta exposición. Se debe haber caído de la emoción”, piensa Costa Peuser. Todavía está recuperándose. “¡Quiero ir!, ¡quiero ir!”, les decía a sus hijas cuando salían de casa hacia la vernissage. Pronto podrá ir a visitar la exposición, cuando pasen los dolores. Independiente al extremo, no deja que la toquen para asistirla. Claro que en su taller no conoce lo que es un asistente. “Imaginate que cuando termina el día, tapa los cuadros en los que estuvo trabajando para que nosotras no los veamos sin terminar”, dice Ingrid González Monteagudo, una de ellas
Junto a la ventana, con luz natural, pinta cada mañana; no le importa haber pasado la centuria ni que ya no pueda hacerlo en el piso como antes
No es el único espacio que la celebra: continúa otra exposición en el Museo de la Cárcova, en el que se formó, donde se puede ver la pieza audiovisual que elaboró sobre ella el artista Dardo Flores. La Universidad Nacional de las Artes (UNA) le entregó el título Honoris Causa. Y en el segundo semestre la espera Nueva York, con una retrospectiva de cuarenta obras en la galería Hutchinson Modern & Contemporary, y más tarde, California, en la Westbrook Modern Gallery de Carmel by the Sea.
Alumna de ilustres pintores, abstraída y elegante, incansable, divertida... Ides apenas se entera de lo que despierta su obra. Sólo quiere seguir trabajando y tocando el piano, su otra pasión. Es una compositora exquisita.
Hilos y papeles de colores sobre fondos blancos trabajados como collage
Un talento a orillas del Paraná
Nació el 10 de julio de 1917 en Santa Fe, en plena Primera Guerra Mundial. Su niñez transcurrió a orillas del Paraná en las provincias de Corrientes y Chaco. Su firma es uno de sus tantos inventos: se cambió el nombre compuesto de origen sueco que le pusieron sus padres por uno inventado por ella a los once años. Con el desparpajo que la caracteriza, propuso a la directora del colegio primario que la llamaran Ides y así fue. Hoy, en estricto secreto revela uno de los originales.
La artista Ides Kihlen cumplirá el próximo sábado 105 años
Otra avanzada: a los 30 años, en la década del 40, se divorció. Entonces pintaba día y noche, hasta en la cocina. “Con mi pintura y mi piano era feliz. No necesitaba más”, dijo  Viajó e hizo muchísimos amigos. Y nunca fue al médico, más que cuando nacieron sus dos hijas, Silvia e Ingrid. Todas las semanas mide que las polleras no le ajusten la cintura para regular su dieta. Porque más que coqueta le gusta estar ágil.
Siempre pintó, dice. A los cuatro años ya andaba con lápices y papeles. “Después… no lo pude dejar más”, contó. “En mi casa de soltera tenía un piano y mis pinturas en el altillo. Ahí me había hecho un lugar para estar sola. Me traían la comida en una bandeja. El arte es una compañía muy grande”. Apuró la primaria en el internado inglés para ingresar a los 14 años a la Escuela de Artes Decorativas. Mientras, rendía libre los exámenes del bachillerato y estudiaba piano en el Conservatorio Nacional. También completó la Academia de Bellas Artes, adonde su padre le exigió asistir para dedicarse en serio al arte. “Me traes títulos nacionales”, le dijo. Y ella cumplió.
Compuso y grabó conciertos como pianista. También estudió psicología y escribió poemas. Ama el champagne, las vinchas a gogó estilo Chanel, usar unas gotas de Chloé, su perfume francés, los anteojos negros que ocultan sus ojos grises y vivaces, y los labios rojos.
Ingrid González Monteagudo, una de las hijas de la artista, que no pudo estar presente anoche; detrás, el director del museo, Andrés Duprat y la curadora de la exposición María Florencia Galesio
Prefiere la compañía de perros y gatos. O la soledad. “Viví casi siempre sola. Desde chica buscaba rincones escondidos en la casa para estar con mis pinturas. Y también con el piano. Pero la pintura me atrapa. Es una adicción. Si la dejo, me siento mal, me pongo nerviosa. Pero no es una terapia, porque hay un montón de cosas en la pintura, problemas que trato de resolver. Me levanto y lo primero que hago es ir al taller, a ver qué pasó con lo que hice el día anterior. Sueño con la pintura, mezclo colores durmiendo. La pintura no tiene descanso”, confesaba en 2005, cuando a los 88 años se preparaba para abordar su primer mural.
Nunca le interesó participar en concursos o exponer sus obras, pese a insistente reclamo sus prestigiosos profesores: Pío Collivadino, Emilio Pettoruti, Battle Planas, Antonio Alice, Adolfo Deferrari y José Antonio Merediz. En París, se formó con André Lhote. A partir de 1961, estudió en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova, donde tuvo como profesor a Kenneth Kemble, uno de los artistas del grupo informalista. Puig durante más de diez años la tuvo como alumna dilecta. “Collivadino era terrible, pero era un gran maestro. La única vez que lo vi reír fue el día en que me recibí. Yo iba corriendo por el patio de los talleres a la dirección y me crucé con él. ¿Sabés cómo me saludó? ¡Con un aplauso!”, recuerda. En los años 80, continuó sus prácticas de taller con Adolfo Nigro.
Algunas piezas exhibidas de la "Serie blanca", en la inauguración de la muestra homenaje a Ides Kihlen
Después de su ingreso al circuito comercial del arte, no paró de exponer y de vender. Las críticas fueron las mejores. Hubo que hacer orden porque Ides no guardó, catalogó ni inventarió su obra. Tampoco estila poner fechas, firmas ni títulos. Las repintaba cuando no tenía más donde guardarlas. “Cuando me mudé, lo que no me cabía en los placares, yo lo rompía”, contó
Una de sus últimas exposiciones fue para sus cien años en el Museo de Arte Moderno, que tuvo su coda en una donación, concretada en 2019, de trece importantes obras elegidas por el propio museo. “Es una artista muy particular, que atravesó el siglo XX. Desarrolló un lenguaje artístico muy personal, vinculado a las vanguardias, pero desde un lugar de mucha libertad y reformulación. Su obra se caracteriza por las composiciones geométricas y el uso del collage, y tiene mucha relación con la música: en su obra hay sinestesias, y los colores representan sonidos y las composiciones son rítmicas”, explicó Laura Hakel, curadora de exposición, que se llamó Todo el siglo es carnaval.
Tras una primera etapa figurativa, su camino siguió siempre en la abstracción, cercana a Paul Klee, Vasily Kandinsky y Joan Miró, pero siempre personal, autónoma. “Este primer período de cambios se caracterizó por imágenes con las que insinúa formas rectangulares sobre fondos texturados. Al mismo tiempo, comenzó a incorporar manchas, líneas, círculos y triángulos, elementos que continúan habitando sus composiciones, en ocasiones como resultado de tratamientos automáticos. Luego irrumpen los números y las letras trabajados sobre fondos a manera de pizarras, que intercala con líneas y formas de color –señala Galesio en el texto que acompaña la muestra del MNBA–. Hacia el final del siglo XX y el comienzo del nuevo milenio, se hicieron presentes los fondos negros interrumpidos por un juego de arabescos de líneas blancas que interactúan libremente con formas de colores. Utiliza también tiras de papeles pintadas de blanco y negro, como el teclado de un piano o la piel de un tigre, que modulan la superficie de sus obras”.
Un cuadro de técnica mixta, con papeles recortados, que distribuye rítmicamente: Kihlen disfruta del collage
Disfruta del collage con hilos y papeles de colores, que distribuye rítmicamente. “El predominio de los fondos blancos cede en algunas piezas ante el rojo vibrante, que dialoga con zonas trabajadas con collage. En otras obras, la gestualidad de la línea dinamiza los fondos, que asumen un fuerte protagonismo. Para la serie que dedica a las “Partituras”, presenta una suerte de sinestesia: la artista acude a partituras impresas y a notaciones musicales interrumpidas por un colorido collage”, continua Galesio.
Si hay algo que Ides tiene es la libertad. Pinta en grandes telas, pedacitos de cartón, papel de diario, las páginas de un libro y, en su taller, también se volvieron obra las cortinas y las paredes. Pinta, pega, arrastra el color, rompe pedazos de papel, compone en el espacio. Primero trabaja el fondo, con colores que aplica directo del pomo, que estira con un trapo en movimientos circulares, fuertes, decididos. También salpica pintura o estira pinceladas rápidas. Cuando ese remolino la deja satisfecha comienza a probar la disposición de tiras de papel arrancadas a mano. Otras veces, pinta animales de madera. Hay imágenes recurrentes: peces, el número 5, los banderines, el color rojo, la línea bailarina de sus fondos, cierto aire de partitura o de ritmo.
En pandemia, sus hijas se mudaron a vivir con ella a su departamento de Recoleta, vecino del Alvear Palace. La encargada de hacer el café, entre las 6.30 y las 8, siempre es ella. Su café es de cafetería. Pero su apariencia, puertas adentro, es de cuarentena permanente, como ha vivido toda su vida: manchada de colores de pies a cabeza. No le importa haber pasado la centuria ni que ya no puede pintar en el piso. Lo hace parada, sobre una mesa que da a un ventanal o en la mesa ratona del living. Sigue pintando cada día de su vida, sobre todo a la mañana. “Las cosas lindas siempre llegan”, dice. La influye el clima: “Si es nublado, trabajo mejor. Si llueve, trabajo de otra manera. El tiempo me ayuda. El sol directo me molesta”.
Ides Kihlen toca el piano en su departamento de Recoleta; no escribe sus partituras, pero sigue creando piezas bellísimas
Las tardes son para el piano. Estudia mucho: “Si para eso nací, para el estudio, me parece”. Cuando parece olvidarse de su práctica, tiene un gato persa melómano que le reclama música sentándose en los pedales. Cuando logra sentarla al taburete se acomoda en su palco de alfombra a sus pies, junto con los dos perros que adora, Xul, una Yorkshire, y Bebé, el Shih Tzu. No se pierden ninguna función. Ella se sienta y compone. Sus hijas a veces la graban sin que se dé cuenta. Al día siguiente, toca exactamente lo mismo. Después lo deja, y toca otra cosa. Varios días después, vuelve a tocar aquella composición. Ya no escribe sus partituras, pero sigue creando piezas bellísimas.
En los últimos tiempos hizo tres cuadros de gran tamaño, de más de un metro de lado, todos a la vez, en esa abstracción musical tan suya. También, juega: se divierte haciendo móviles de peces con caras –unos se ríen, hacen muecas, a alguno le falta un diente–. Se divierte. Hace caballos de madera caracterizados, con crines en cresta o colas paradas. Hace poco pintó también un barril de bodega entero.
A la noche, mira programas políticos, periodísticos y de cocina, otro de sus talentos. Come solo lo que ella misma se cocina: ensaladas, medialunas con jamón y queso, tortillas, champiñones con jamón adentro. Su objetivo ahora es lograr la perfección en la masa de hojaldre: “Es dificilísima, pero tengo que aprenderla como aprendí todas las cosas, con el trabajo. Es la única forma de aprender”.
Los 105 se le notan en el caminar pausado, lento, como si por fin ya nada la corriera. Ya no salta de la cama a las seis a pispiar en el taller lo que hizo el día anterior. Llega cuando puede, ayudada por un andador. No se sienta a la mesa para comer ni respeta ningún horario. Duerme cuando tiene sueño, donde quiere: su cama, un sillón, la camita del taller. Ya no toma tanto café, pero el champagne sí, no lo suelta. Sus manos, más nudosas, se siguen moviendo libres sobre el papel. “Soy un fenómeno de la naturaleza”, dijo en una mesa familiar hace poco, cuando pensaba ya en este año de festejos que transita, mimada por hijas, Ingrid y Silvia, y por su nieta Marcela. El cutis sigue siendo una porcelana, cada vez más fina. Escucha poco, pero capta lo importante de todo. Lo que a ella más le importa: su obra. Para trabajar no tiene años. Todavía siente que tiene cosas por aprender.

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