El dirigible de La Serenísima y su accidentado final
El testimonio de José María Vaca, piloto de la nave que recorrió el país con la publicidad de la empresa
Constanza Bengochea
Fue la década “de oro” de la publicidad. Las agencias manejaban presupuestos en dólares y los creativos desafiaban los límites. En 1995 La Serenísima puso en marcha la acción de marketing más original: llevó el logo de la empresa al cielo, pintada en un dirigible que sobrevoló el país. Los resultados fueron contundentes: seis meses después del primer vuelo, incrementó sus ventas en un 35%. Sin embargo, la aventura duró poco más de un año, y tuvo un accidentado final.
El dirigible fue fabricado por Airship Industries en los Estados Unidos. “Era un barco aéreo. Medía 60 m de largo por 21 m de ancho y 17 de alto. Más grande que un Boeing 737. La cabina del dirigible era de kevlar, un material sumamente resistente que se utiliza en los chalecos antibalas. El globo estaba relleno de helio. Colocarle helio a semejante aparato salía una fortuna”, cuenta José María Vaca (65), piloto comercial de primera clase y expiloto de la aeronave.
Vaca cuenta que durante el entrenamiento un pequeño orificio detrás del asiento del piloto llamó su atención. Preguntó y su instructor respondió con evasivas: le dijo que le explicaría luego, durante el vuelo. “En un momento, el instructor me dijo: ‘En dos cuadras, doblá 90 grados a la izquierda, hacemos cuatro cuadras y luego doblá 90 a la derecha para retomar el rumbo’. Le pregunté cuál era el motivo y él me respondió: ‘Porque esa zona no se sobrevuela. ¿Querías saber qué era el agujero detrás de tu asiento? Es el disparo de un calibre 45, nos tiraron desde ahí abajo’. Era la zona de Fuerte Apache, Ciudadela. Era común que le disparen al dirigible. En otra oportunidad, en Córdoba, aterrizamos casi de noche y nos dispararon con ametralladora. Al día siguiente tuvieron que emparcharlo para salir”.
En noviembre de 1996 el dirigible regresaba a Buenos Aires desde Tucumán, pero no pudo ser. Un accidente, ocurrido el 22, 55 km al noreste de Sauce Viejo, en Santa Fe, fue el final.
Aquel día, el tramo previsto era Ceres-Rosario, con escala en Rafaela para el cambio de tripulación y la carga de combustible. “Recuerdo que hicimos la aproximación al aeroclub. Rolf [Hossinger], que estaba con el equipo terrestre, me llamó para decir que se había formado detrás nuestro una línea de inestabilidad. Cuando levantamos la vista y vimos su dimensión decidimos abortar el aterrizaje”, cuenta.
Una línea de inestabilidad es un conjunto de nubes con chaparrones y tormentas eléctricas, acompañada de ráfagas de viento muy fuertes. “Es parecido a un tornado acostado, se veía varios kilómetros atrás, pero nosotros teníamos que calcular el tiempo que íbamos a tardar en aproximarnos al lugar más el amarre. Ahí empezó nuestra peripecia para escapar”, cuenta.
Lo más complicado del dirigible es el amarre: es imprescindible estar coordinado con un equipo de tierra, para que lo sostenga y no salga disparado.
“La línea de inestabilidad viajaba más rápido que nosotros. Estaba muy cerca. Nos dimos cuenta porque uno de los motores empezó a levantar temperatura.
Los minutos que siguieron no dieron tiempo para las dudas. Vaca llamó al control de Paraná y avisó que la aeronave se declaraba en emergencia. A la par, comenzaron con el protocolo previsto.
“Ante un hecho como este, el dirigible tiene una guillotina que debe operarse del lado de afuera para que se desinfle. Para activarla, primero teníamos que aterrizar. Luego de comenzar con el desinflado interno el comandante Bob Fowler dijo: ‘Para acelerar el proceso de desinflado vamos a estrellar el dirigible en ese monte de árboles, si tenemos suerte una de las ramas va a perforar el dirigible y nos va a ayudar con el desinflado’”.
Fowler y Vaca no tuvieron la suerte que esperaban: el dirigible chocó contra el monte de árboles y no se pinchó, rebotó. Decidieron aproximar la aeronave al suelo. Vaca saltó y tiró de la cuerda “de desagarre” para activar la guillotina: “Tiré con todas mis fuerzas, pero la guillotina no se accionó... el dirigible se volvió a elevar por el viento que soplaba a más de 80 km por hora. Yo quedé colgado de las cuerdas a más de seis m de altura. Con otra maniobra, el comandante pudo acercar el dirigible al piso. Para sostenerlo, lo amarré con otras cuerdas a una tranquera... necesitaba que aguantara hasta que yo pudiera activar la guillotina. El comandante se bajó y entre los dos pudimos hacerlo. El dirigible se rompió. Lo agarró la línea de inestabilidad y se voló. Apareció a tres km de distancia...”, cuenta.
Aquel fue el último viaje del dirigible de La Serenísima.
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