martes, 10 de enero de 2023

LA INVASIÓN RUSA 1



“No nos arrepentimos ni un segundo y disfrutamos del tiempo en libertad”
Una pareja rusa que llegó en septiembre pasado a Buenos Aires contó la experiencia de tener a su bebé, hace 11 días, y por qué se fueron de Rusia
Lucía Sol MiguelCarteles en ruso en el Fernández
“Mi esposa habla un poco de inglés. Casi no hablamos español. Podemos hablar con el traductor. Ya estamos anotados en un curso para aprender castellano”, reproduce la voz aguda de una aplicación en el celular de Sergey Kuzminok. El dispositivo se volvió vital para que los argentinos puedan decodificar su ruso desde que aterrizó en Buenos Aires, hace poco más de tres meses.
Más allá de un cochecito negro en la entrada, el departamento impoluto no da indicios de que hubiera allí un recién nacido de esta pareja rusa. Y aunque la televisión transmitía una serie en ruso, que el anfitrión rápidamente apagó, tampoco hay atisbos de que sea el hogar de un matrimonio recientemente llegado de Moscú. Una bandera argentina cubre casi todo el largo de una de las ventanas del living de este dos ambientes en Recoleta. El recibidor tiene unas cuantas cosas, entre las que resaltan figuritas del Mundial de Qatar junto a dos pasaportes bordó.
“Pueden sentarse donde quieran. Mi mujer está en el cuarto alimentando al bebé”, interpreta el traductor el comentario de Kuzminok, de 35 años, vestido con un jogging negro, remera con una estampa de Yoda, y en medias. Procede a buscar a Tatiana Molchanova, su esposa, de su misma edad, y a su hijo de apenas 10 días. Él es oriundo de Moscú, y ella, de una ciudad del sur de Rusia limítrofe con Kazajistán.
En cambio, Samuel Sergio Ángel Kuzminok nació en el Sanatorio de la Trinidad, en Palermo, el 26 de diciembre pasado, poco más de una semana después de que el seleccionado argentino se consagrara campeón del mundo. “Se llama Ángel por Di María. [Lionel] Messi es la leyenda del fútbol, eso sin dudas. Pero Di María metió un gol clave [contra Francia]. Fue el mejor jugador del torneo”, se hace entender en inglés Tatiana, sentada junto a su marido en el sillón, mientras acuna en brazos al bebé, que se despereza y batalla contra un ataque de hipo.
La pareja es uno de los cientos de casos de familias rusas que emigraron a la Argentina desde que Vladimir Putin declaró la guerra en Ucrania, lo que convirtió a Rusia en un paria global que le valió restricciones y sanciones internacionales.
Entre ellos hay una gran cantidad de embarazadas que eligió a la Argentina para dar a luz. Es uno de los destinos predilectos porque no se exige visa para ingresar; los recién nacidos adquieren la ciudadanía, que luego pueden conseguir sus progenitores; el pasaporte argentino asegura la libertad de viajar a más destinos que el ruso; y el sistema de salud local se convirtió en un atractivo, no solo por su calidad, sino también por sus costos (gratis en el caso de los hospitales públicos).
Y, además, la paz. Ese fue el motor que impulsó a los Kuzminok a embarcar en un avión desde Moscú, pasando por Turquía, que los alejó de las continuas amenazas, y de una sociedad “llena de odio” y “acostumbrada a vivir con miedo y en peligro”, para poder asegurarle al bebé un futuro “en libertad”.
“Ahora es simplemente imposible vivir allí. No queremos que nuestro hijo pase por eso. Más aún con la guerra, de la cual muchos rusos estamos en contra porque es el genocidio del pueblo ucraniano”, dice Sergey a la nacion.
Planeaban huir de Rusia desde hacía tiempo. Inicialmente pensaron en ir a Miami, hasta que recibieron la noticia de que estaban esperando un hijo, lo que los llevó a buscar nuevos destinos y dieron con la Argentina, “un país abierto a todo”.
“Aquí nadie está avergonzado de sí mismo. Cada uno hace lo que quiere y para nosotros la libertad es el valor más importante en la vida y queremos volver a tener ese derecho”, señala Sergey. Pero se le transforma la cara segundos después. Taconea con nerviosismo cuando habla de las razones que los impulsaron a escapar: “Cada día se vuelve más y más difícil vivir allí, sobre todo para quienes tienen su propia opinión, como mi esposa y yo”.
Periodista de profesión, Sergey trabajaba como comentarista de fútbol en televisión hasta que empezó a expresar en su programa de radio su oposición al Kremlin. Denunció en vivo las medidas del gobierno de Putin y reveló un entramado de casos de corrupción de funcionarios ligados a ese deporte y al mercado de apuestas –entre ellos, el exministro de Deportes Vitali Mutko–.
Como consecuencia, en 2012 fue destituido de sus cargos y se le impidió volver a trabajar en la programación oficial a nivel federal. Así fue como se formó en arbitraje en una carrera meteórica que lo llevó a integrar un grupo exclusivo de mentores, para convertirse en 2015 en un destacado árbitro de la Liga Nacional de Fútbol de Rusia. Pero, nuevamente, su opinión le valió la expulsión de su puesto pocos años después.
“En 2020 empezó una fuerte ola de represión en Rusia”, en la que fueron apresados muchos disidentes, entre ellos el principal opositor de Putin, Alexei Navalny, cuyos meetings cubrió Kuzminok desde la oposición. “En Rusia no hay seguridad. La policía es una organización criminal. Cuando digo que la gente está acostumbrada a vivir con miedo, la principal amenaza proviene de la policía y la Guardia Nacional”, explica. “Varias veces fui detenido. Me golpearon, me torturaron”, recuerda.
Todavía recibe amenazas a través de las redes sociales. Rememora una de las últimas en su Facebook, en la que le aconsejaron “ser reeducado con descargas eléctricas”.
“Solo intentaba sonreír. Pero temblaba por dentro. En Rusia no hay justicia, el fascismo florece”, dice.
Periplo
Desde Turquía la pareja lanzó una exhaustiva búsqueda de centros de salud a donde llevar adelante los últimos meses del embarazo de Tatiana. El Sanatorio de la Trinidad fue finalmente el elegido “por el enfoque que tienen los médicos”, uno “completamente distinto al que tenemos en Rusia”, dice Sergey. “Aquí no nos obligaron a hacer un proceso, todo lo contrario. Nos preguntaron qué era lo más cómodo que nos resultaba para que todo esté bien”, agrega.
Llegaron finalmente a Buenos Aires a fines de septiembre. Sergey destaca una peculiaridad de los argentinos que lo impactó: “Gente sonriendo, regocijándose. Queremos que nuestro hijo viva en una sociedad en la que pueda elegir quién quiera ser y no quién esté permitido ser. Queremos que sea feliz”.
Durante las consultas médicas, para comunicarse usaban el traductor o iban acompañados de una intérprete, María, una joven rusa que contactaron por redes sociales. Los acompañó en todo momento, aunque no en el parto. Ese día, la confianza con su obstetra era tal que Tatiana y su médico se entendieron a la perfección. “De repente hablaba español”, bromea Sergey.
“Nunca experimentamos presión del ginecólogo. Mi esposa se sintió tranquila hasta el último momento del embarazo”, cuenta Sergey en nombre de Tatiana, en la habitación para recostar al bebé. Aquel 26 de diciembre dio a luz en apenas 40 minutos, sin necesidad de cesárea. Sergey recuerda su emoción al sostener a Samuel por primera vez en brazos y los tres días de estadía en la clínica posparto en una habitación que compara con “un resort”.
A diferencia de los casos de familias rusas cuya estadía en la Argentina es temporal, los Kuzminok esperan que su hijo crezca en el país y que los tres juntos puedan construir una nueva vida. Quizás en un futuro puedan incluir a sus familiares, que aún siguen en Moscú. “Mi mamá quiere venir a la Argentina”, destaca Sergey. “Pero mi papá lo mira con escepticismo porque mira más televisión”.
Sus DNI ya están en trámite –pueden obtener la nacionalidad por ser padres de un hijo nativo–. Planean abrir una escuela de apnea, un deporte extremo del cual ambos son profesionales y cuya práctica escasea en Buenos Aires. Una vez que aprenda bien el español, Sergey apunta a volver a arbitrar.
Lejos queda la idea de regresar a Rusia. Desembarcaron en el país para asegurarle una vida mejor a su hijo, pero fue el bebé el que terminó asegurándoles un futuro a sus padres. “No nos arrepentimos ni un segundo y disfrutamos de todo este tiempo de libertad. No queremos vivir allá. Nuestro hijo ni siquiera sabe lo que hizo por nosotros”.

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