lunes, 9 de enero de 2023

LO QUE VIENE


Año difícil. La región deberá lidiar con el viento en contra
Varios países latinoamericanos tendrán elecciones clave en contextos adversos

Daniel Zovatto Director regional IDEA Internacional; @zovatto55Alberto Fernández saluda a Lula durante la asunción de este último
El año 2023 será complejo y desafiante para américa Latina. La región deberá enfrentar un contexto internacional desfavorable en el que se espera, según el FMI, una desaceleración simultánea de los tres principales motores económicos (Estados Unidos, China y la Unión Europea), cuyo efecto será un débil crecimiento económico global de 2.7% (que incluso podría caer por debajo del 2%, según Kristalina Giorgieva, su directora). Hay posibilidades, cada vez más ciertas, de que algunas economías entren en recesión.
Cuatro temas demandan atención prioritaria a nivel global: los efectos del conflicto en Ucrania, la lucha para controlar la inflación y las tasas de interés, los desafíos de los mercados de la energía y el camino incierto que tomará China tras la pandemia. por su parte, una agenda geopolítica sobrecargada de puntos calientes, entre ellos las tensiones entre Estados Unidos y China, un sistema de seguridad colectiva inoperante y un fuerte aumento del gasto militar suman mayor incertidumbre. Todos estos asuntos impactarán, en mayor o menor medida, en nuestra región. Bienvenidos a la polycrisis o permacrisis, en un momento histórico caracterizado por múltiples conflictos globales que se desarrollan al mismo tiempo en una escala casi sin precedentes y que generan un período prolongado de incertidumbre, inestabilidad e inseguridad.
América Latina ingresa al nuevo año con un mapa político reconfigurado: una nueva marea rosa con las cinco principales economías en manos de gobiernos progresistas, pero con diferencias importantes entre ellas y con un escenario global y regional más adverso que aquel con el que habían gobernado los mandatarios de la primera marea rosa, a principios del siglo XXI. De todos ellos, solo Lula repite en la presidencia.
El crecimiento económico lidiará con un viento de frente. El promedio regional será anémico: el FMI proyecta 1.7%; Cepal, 1.3% y Standard & poor’s, 0.7%. La región acumulará además una segunda década perdida en términos económicos (20142023), unida a fuertes retrocesos en materia de desarrollo social como consecuencia de este débil crecimiento y de la herencia maldita de la pandemia. La inflación, si bien irá disminuyendo, continuará alta (9.5% promedio regional, según el FMI).
Lo mismo ocurrirá con las tasas de interés, necesarias para combatirla. El bajo crecimiento impactará negativamente en el nivel de pobreza –que se mantendrá por encima del 30% en la región–, en el empleo, la desigualdad y la informalidad, lo que anticipa que el malestar social y las demandas seguirán presentes en las calles, por lo que no hay que descartar nuevos estallidos sociales.
Gobernabilidad y elecciones
En lo político, 2023 estará marcado por un contexto con alto nivel de incertidumbre, inestabilidad, volatilidad y riesgo político. Esta combinación explosiva y, sobre todo, la brecha entre la magnitud y complejidad de los problemas a resolver y la menguada capacidad de los gobiernos para darles respuesta, seguirá generando crisis de gobernabilidad en varios países de la región.
Algunas democracias continuarán bajo asedio del populismo y del autoritarismo. Otras podrían deteriorarse para convertirse en regímenes híbridos. Y algunos de estos regímenes podrían aumentar su deriva autoritaria.
En Cuba y Nicaragua no se anticipa una apertura democrática. Haití vivirá un año crítico. En algunos países, pese a enormes desafíos, la democracia mantendrá su calidad y resiliencia, mientras en otros, como Brasil, podría haber avances. Uruguay continuará siendo la democracia de mejor calidad de la región.
Intensa agenda electoral
América Latina vivirá un rally electoral marcado por la celebración de tres procesos generales –presidenciales y parlamentarios– en paraguay, Guatemala y la argentina; las dos últimas, con posibilidades de ir a ballottage para definir al presidente. Se trata de un momento electoral que se inscribe dentro de un proceso mayor, el del llamado súper ciclo electoral latinoamericano, que arrancó en 2021 y acabará en 2024; período durante el cual todos los países de la región, salvo Bolivia (las celebró en 2020), habrán ido a elecciones para renovar o ratificar a sus mandatarios.
Otros comicios de gran importancia completan el agitado calendario 2023. Dos elecciones estaduales en México, en los estados de México y Coahuila, que servirán de termómetro de cara a las elecciones presidenciales de 2024. Y locales en Ecuador, plegadas a un referéndum para consultar a la población la eventual modificación de la Constitución en materia de seguridad ciudadana, instituciones del Estado y medioambiente. a esto debemos agregarle elecciones locales en Colombia y, en Chile, elecciones para designar consejeros constituyentes y un plebiscito de salida vinculado al proceso constituyente. En perú, ante el malestar y la presión social, y a pesar qué hay acuerdo para adelantar las elecciones al mes de abril de 2024, no se puede descartar –en caso de que la crisis se agrave– un nuevo adelantamiento de las elecciones generales. En Venezuela es muy probable que la oposición realice un proceso electoral de primarias para elegir el próximo candidato unificado, de cara a las presidenciales de 2024. Finalmente existe la interrogante de si Haití logrará celebrar sus varias veces postergadas elecciones presidenciales en algún momento de este año, como acaba de anunciar el primer ministro ariel Henry.
En paraguay (30 de abril) la contienda estará centrada en el candidato oficialista del partido Colorado, Sebastián peña (cercano al expresidente Horacio Cartes) y el candidato de la concertación opositora (que reúne a varias fuerzas) Efraín alegre, del partido Liberal radical auténtico. El oficialismo parte con ventaja, pero podría haber sorpresa.
En Guatemala, las elecciones del 25 de junio podrían brindar una oportunidad de mejora o acelerar el deterioro democrático y social del país provocado por los tres últimos presidentes (pérez Molina, Morales y Giammattei). Las encuestas ubican a las opositoras Zury ríos (conservadora) y Sandra Torres (populista de centroizquierda) encabezando los sondeos y a Manuel Conde, el candidato oficialista, muy lejos de ambas. Habrá voto castigo al oficialismo, pero no se anticipa un giro a la izquierda. Y no se descarta que, como ocurrió en 2015 y 2019, surja un candidato que dé la sorpresa a último momento.
En la Argentina (22 de octubre), el panorama sigue abierto tanto por el lado del Gobierno como de las oposiciones. Cristina Fernández de Kirchner, después de la sentencia que la condenó en primera instancia a 6 años de cárcel y a inhabilitación permanente para desempeñar cargos públicos, primero se autoexcluyó y luego cambió su posición y denunció ser víctima de una “proscripción”.
No está claro si el presidente Alberto Fernández buscará su reelección (la valoración ciudadana de su gestión es negativa) o si dará un paso al costado para apoyar otro candidato, que podría ser el actual ministro de Economía, Sergio Massa (lo que depende de la marcha de la economía y de la inflación), Daniel Scioli o alguna figura del kirchnerismo, como Eduardo de pedro o axel Kicillof. Tampoco está claro aún quien liderará el sector opositor de Juntos por el cambio, ya que existen varios aspirantes: el expresidente Mauricio Macri, el jefe de gobierno de la ciudad de Buenos aires, Horacio rodríguez larreta, la exministra patricia Bullrich y algunos nombres del radicalismo. Un tercer interrogante es hasta dónde crecerá el candidato anticasta de derecha Javier Millei, y si correrá por su cuenta o en alianza con algún sector de la oposición. Es probable que haya voto castigo al Gobierno (alternancia por tercera vez en doce años) con tendencia al centroderecha o la derecha.
Procesos a monitorear
De todos estos procesos importa monitorear dos tendencias: 1) si se mantendrá el voto de castigo a los oficialismos (que marcó el período electoral 2019-2022); y 2) si seguirán triunfando los gobiernos progresistas o veremos un cambio de ciclo político favorable a gobiernos de centroderecha o derecha a nivel regional, como ocurrió en 2015 con el triunfo de Macri.
En un año particularmente intenso para la región, al agitado calendario electoral arriba mencionado debemos agregarle: 1) El inicio del tercer gobierno de lula en Brasil en circunstancias muy desafiantes, que exigirán un alto grado de pragmatismo, moderación y negociación para reactivar el crecimiento y balancear la necesidad de políticas sociales más activas con la responsabilidad fiscal; 2) la marcha de las negociaciones entre el régimen autoritario y la oposición venezolana, cuya prueba de fuego pasa por comprobar si Maduro tiene voluntad política para permitir que se celebren unas elecciones presidenciales con plenas garantías en 2024; 3) la evolución de la nueva crisis en perú; 4) el fuerte aumento de la tensión política en Bolivia y sus eventuales consecuencias para la democracia en el país andino; y 5) en colombia, el avance de las reformas de pensiones y salud, las negociaciones con el Ejército de liberación nacional y otros grupos, y los resultados de las elecciones regionales definirán si petro logrará consolidar su gobierno de izquierda durante el primer año.
Fuera de américa latina hay que poner foco en la evolución de las dictaduras de nicaragua y cuba; la deriva autoritaria en El Salvador; la evolución de los gobiernos de Xiomara castro en Honduras y la grave crisis (política, económica, humanitaria y de refugiados) que vive Haití, convertido en un estado fallido.
En síntesis, con tantos cisnes negros y rinocerontes grises no es fácil hacer pronósticos. pese a esta dificultad, sí podemos afirmar que 2023 será otro año muy desafiante y todo hace prever que los “tiempos nublados” continuarán en la región. la combinación de “calles calientes” y “urnas irritadas” complicarán la gobernabilidad, convirtiéndola, en un contexto de inflación, inseguridad e incertidumbre, en un dolor de cabeza para un número importante de gobiernos latinoamericanos.
Para hacer frente a esta multiplicidad de retos, los mandatarios deberán reconquistar la confianza ciudadana en la política y sus instituciones, recuperar el crecimiento, mejorar la calidad de las políticas públicas, renegociar los contratos sociales, y proteger, fortalecer y repensar la democracia para adaptarla a las sociedades del siglo XXI.
Hará falta que los gobiernos y empresas mejoren su capacidad de operar en contextos de cambio acelerado, alta complejidad, volatilidad y riesgo político, junto un manejo eficaz de la incertidumbre y expectativas. además de consensuar e implementar reformas que respondan a las exigentes demandas ciudadanas sin afectar seriamente la macroeconomía, el equilibrio fiscal y el clima de negocios. También será necesario atraer inversión extranjera en sectores de alto crecimiento (entre ellos la “economía verde”, agricultura, minería y nearshoring), poner en marcha alianzas estratégicas entre el Estado y el sector privado y, sobre todo, proveer a la democracia de un Estado estratégico y de un buen gobierno para tener la capacidad de dar resultados oportunos y eficaces a los problemas reales de la gente.

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