sábado, 14 de enero de 2023

RICKY PASHKUS...SU VIDA Y SU LIBRO


Ricky Pashkus. “En mi casa, la homosexualidad era innombrable”
El director teatral acaba de editar su biografía y recuerda anécdotas, los abusos que sufrió de joven y su relación con Cecilia Roth y Julio Chávez
Textos Gustavo Lladós | Fotos Diego Spivacow - AFV
A lo largo de su autobiografía, titulada Conservate bueno, confesiones y enseñanzas de un maestro (Editorial Planeta), hay tres términos que se repiten constantemente: fe infinita, operar y expandir.

Quiso ser actor y concluyó siendo primero bailarín, luego coreógrafo y más tarde director y docente. Hoy, a los 67 años, cuenta con una extensa y variada carrera, que incluye en su haber títulos como Calle 42, Los productores, Hairspray, El joven Frankenstein, Sweeney Todd, Y un día Nico se fue y Chorus Line, entre muchos otros. Es cocreador de los premios Hugo. Su último suceso en la avenida Corrientes, Kinky Boots, hoy se presenta en Villa Carlos Paz.
–El comienzo de tu carrera como bailarín, a los 20 años, fue explosivo. ¿Qué recuerdos tenés de aquel momento?
–Explosivo es la palabra indicada porque hubo una bomba. De ese espectáculo (Las mil y una Nachas) recuerdo al elenco, que lo conformábamos 12 bailarines y una mujer como Nacha Guevara, que era una genia absoluta pero muy temperamental. Los otros genios, también bastante temperamentales, eran el maestro musical Alberto Favero, el director de escena Claudio Segovia y la coreógrafa Ana Itelman. Fue una experiencia hermosa junto a varios futuros coreógrafos: entre ellos Alejandro Cervera y Daniel Fernández. Todo venía bien hasta el ensayo general, en que a Nacha le falló el vestuario y se quedó en tetas, un helicóptero que debía levantarse a polea humana ascendió sólo 20 centímetros y se desplomó sobre el escenario, a los bailarines nos apareció un chicle en la suela de cada zapato cuando salíamos a hacer un cuadro de tinte español y en el número final, a todos los músicos les faltaron páginas de la partitura, por lo tanto no pudimos seguir la coreografía. Cosas feas que preanunciaban algo peor y que, tal vez, significaban un mensaje, del tipo: “Nacha date cuenta que no tenés que seguir adelante, estamos acá adentro”.
–¿Hoy pensás que había gente de la Triple A infiltrada en el teatro?
–Creo que sí. Pero Nacha no lo tomó como un hecho político y al otro día, antes del estreno, nos citó a todos y nos dijo: “No voy a permitir que alguien conspire contra el espectáculo, y el que hizo esto la va a pagar”, suponiendo que alguien de la compañía le estaba jugando una mala pasada. Cuando finalmente explotó la bomba, yo estaba en detrás de escena, con los otros bailarines, vestido de mujer, a punto de salir al escenario para el cuadro de El Pichi, uno en el que los bailarines hacíamos de mujeres y Nacha de hombre. La que estaba en el escenario era Nacha. La bomba explotó en la boletería del Teatro Estrellas y causó una muerte. Después hubo como un gran caos. Estuve sentado varias horas en las escaleras del segundo piso, aún vestido de mujer. Estaba oscuro y no nos permitían bajar. Nacha y Alberto se escaparon por los techos.
–En el libro contás que al estreno había asistido tu madre. ¿Temiste por su seguridad?
–Sí, por eso llegó un momento en el que decidí bajar. Lo hice como pude, porque las escaleras estaban destruidas. Abajo todo era sirenas, luces y ruidos. Y es ahí cuando se produjo una escena almodovariana. Llegué a la calle maquillado y con tacos y vislumbré entre la multitud a mi madre con cara de angustia, posiblemente sospechando que yo no estaba vivo. De golpe me divisó y, en vez de poner cara de alivio, se le descompuso el gesto al verme vestido de mujer. Ahí me di cuenta de que lo peor que le podía pasar a mi madre no era que yo muriera sino que fuera gay.
–¿Qué aprendiste de Hugo Midón y de Pepe Cibrián y qué, finalmente, te distanció de ellos?
–De ambos aprendí muchísimo. Eran lo opuesto y ellos lo sabían, eran conscientes de que recorrían caminos diferentes. De Hugo Midón aprendí a trabajar con lo que pasa y que no hace falta tener plata para hacer las cosas bien, que se puede trabajar con lo mínimo, relajado, que es importante cada palabra y que el lenguaje no se imposta. En ese sentido, a él le gustaban los actores no afectados y dispuestos a jugar. Con él llegué a discutir porque me decía, por ejemplo: “Tal bailarín es muy afectado”. Más allá de este reparo, era un creador que inspiraba la poesía. Gracias a él uno sentía que actuando era un poeta. Pepe me dio orden, porque hasta ese entonces yo era muy desordenado, y mucho espacio como coreógrafo, a pesar de que mi lenguaje expresivo se parecía mucho más al de Midón. Hugo y Pepe se igualaban en que ambos eran muy rigurosos, estrictos y difíciles para hacer amigos. Me hicieron crecer como actor, me eligieron como coreógrafo para sus trabajos y hasta me permitieron dirigir ciertos aspectos de sus creaciones. De Midón me alejó su opinión sobre lo no prestigioso, su criterio del bien y del mal. Él pensaba que la televisión era el mal y que no había que venderse a ella ni al mundo capitalista. Se quejaba de los espectáculos que triunfaban en la avenida Corrientes, con figuras provenientes de la TV. Él me quería y me admiraba, pero creo que sintió que yo estaba un poco vendido a todo aquello. Hugo me hizo mucho bien y lo amo con todo mi corazón.
–¿Y de Pepe qué te alejó?
–Que me mandó a la m... Porque cuando hicimos La dulces niñas él sintió que yo no me comprometía con el espectáculo. Y tenía razón, porque no me gustaba y porque yo estaba gestionando el principio de mi carrera. Entonces le dejé una asistente a cargo de la coreografía. Él me pidió por favor que no lo haga y yo, debo admitirlo, me fui igual. Él me odió y luego se desquitó con todo. Un día me llamó y me contó que había hablado con Tito Lectoure y estaba por montar una obra en el Luna Park. Supuse que me llamaba para convocarme, como otras veces, hasta que fue muy clarito: “Esta vez la coreografía la voy a hacer yo, porque la última vez me dejaste plantado”, me dijo. Así fue que quedé afuera del mega suceso de Drácula.
–¿Los Mininis fue tu primer grupo de reafirmación personal y de contacto con el mundo teatral, intelectual y político?
–Lo conformábamos Cecilia Roth, Julio Chávez, Roxana Berco y yo, entre varios otros. Los conocí en una plaza, la de avenida Callao y Marcelo T. de Alvear. Allí se reunían. Yo era casi un chico, tenía 15 años. No sé por qué el grupo se llamaba así. Seguramente lo habré decidido yo porque siempre invento nombres. Cuando Cecilia se fue al exilio fui a visitarla a España y me contactó con la movida madrileña, me presentó a Eusebio Poncela, Alaska y Pedro Almodóvar. Gracias a ella también accedí a su madre, Dina Roth, a Tato Bores y adquirí una mirada distinta de la realidad y conciencia política. Con Cecilia éramos íntimos, al punto que llegamos a ser novios. Un solo día, pero lo fuimos. Empezamos a la mañana y terminamos por la noche, cuando me preguntó: “¿vos sos homosexual?”. Yo le dije obviamente que sí y ahí se terminó el noviazgo. Seguimos siendo grandes amigos.
–¿Por qué considerás a Julio Chávez como a un hermano?
–Porque es la persona que, junto a Tommy (Pashkus, su verdadero hermano), generó conmigo la sociedad más importante de mi vida: de amistad, de amor, de incondicionalidad absoluta, económica y de estudio. Empezamos nuestra amistad en 1975 y fundamos una sociedad laboral en 1982. Llegamos a convivir muchos años en un mismo departamento para abaratar los costos.
–¿Fueron pareja?
–Pareja nunca fuimos, pero estuve enamorado de él y sentía que era la persona más linda del mundo. Cuando convivimos en aquel departamento, él tenía sus parejas y yo las mías. Lo nuestro empezó como una gran amistad que podría haber llegado a otra cosa, pero quedó ahí.
–Vos lo querrás mucho, sin embargo él te “robó” un protagónico en el cine, ¿no?
–¡Totalmente! Me lo robó, pero no me dañó. En 1975 nos presentamos al casting de No toquen a la nena y nos fue bien. Un día el director, Juan José Jusid, nos reunió y nos dijo: “Entre ustedes está el finalista, el que se quedará con el protagónico masculino”. En esa prueba final, cuando él pasó todos los técnicos terminaron riendo. Cuando entré yo, en cambio, a nadie le hizo gracia lo que hice. Ahí comprendí que no tenía chances de quedar en la película. A partir de ahí y por decisión de Jusid, Julio pasó a apellidarse profesionalmente Chávez (y perdió el Hirsch de nacimiento). Lejos de molestarme, nos fuimos a pasear a La Rural con él y Cecilia Roth, que también había quedado seleccionada. Yo quería ser actor, pero siempre me tomaban como bailarín. Y yo no quería ser bailarín porque los bailarines ganan menos plata y saludan antes que los actores. Para mí ser bailarín era una porquería. Ese mismo año, y aunque me presenté para un rol actoral, me contrataron como bailarín para el espectáculo de Nacha.
–En tu autobiografía hablás del abuso de un profesor de guitarra, en tu niñez, y del intento de seducción de una psicoanalista muy prestigiosa, en la adolescencia. ¿Cuánto te marcaron cada uno de estos episodios?
–El tema del profesor mucho no me jodió, fue un solo día, me quiso tocar y yo lo empujé por toda la casa para que se fuera. Él se resistió porque sabía que no había nadie en casa, pero no pasó a mayores. Lo que hoy me pregunto es: ¿por qué estaba yo solo, siendo un menor de edad, con un señor mayor que no era un familiar? Yo debía tener 8 o 9 años, no más. La otra situación fue mucho más contundente y rotunda en mi vida, porque duró cuatro años. Yo había acudido a esa psicoanalista porque estaba muy angustiado: me sentía gay y creía que mis padres me iban a matar. Esa fue la persona que, en palabras de hoy, claramente abusó de mí.
–¿De qué manera? ¿Ella sólo te sedujo o llegó a más?
–Llegó a más. En aquel momento no me victimicé ni se lo conté a nadie. Y hasta en un punto me sentí un canchero por lo que estaba viviendo, porque al principio fue pura seducción, pero cuando pasó a mayores, se tornó traumático. Yo iba a su consultorio porque era gay y, sin embargo, estaba manteniendo con ella una situación heterosexual complejísima, de abuso, sin dudas. Esa situación, a la que mi vi obligado, más que confundirme me reafirmó que era gay. Yo hacía lo que ella me pedía, pero con mucho disgusto.
–¿Finalmente lo pudiste hablar con tus padres?
–Sí, pero mis padres no me creyeron, pensaron que estaba inventando todo. Hasta que un día, cuando ya no acudía más a su consultorio, ella me llamó a casa para amedrentarme. Mi mamá vio mi cara de terror y me creyó. Luego me abrazó muy fuerte y me pidió perdón. Acto seguido me llevó al consultorio de su psicoanalista para ver cómo lidiar con este asunto. Y él, muy suelto de cuerpo, me dijo: “Me sorprende mucho que te angustie esto, cualquier chico estaría muy orgulloso”. Otro hecho lamentable que por suerte pude superar. La homosexualidad era “lo innombrable”. En mi casa no se hablaba de sexo, pero mucho menos la palabra homosexualidad. En un punto eso me hizo sentir que no existía. Aprendí a convivir con la negación. De todas maneras, en mi casa la homosexualidad se terminaba nombrando de otra manera. Me decían siempre “qué buenito que sos” y yo sabía a lo que se referían.
–¿Cuáles son los trabajos que más disfrutaste y los que más padeciste?
–Entre los que más gocé debo nombrar el primero que hice en mi vida: Autógrafos, con Víctor Laplace y Ana María Cores. Después Socorro, Socorro, los Grobolinks, en el Colón, de la mano de Hugo Midón; De aquí no me voy y Al final no me voy, ambos con Cibrián; todos los espectáculos con Karina K, Sweeney Todd, Los productores, Bocca n’Rock, con Julio Bocca; y, por supuesto, el último de todos: Kinky Boots. No lo pasé bien en El joven Frankestein ni en Haceme bolsa, con Edda Díaz (pero no por culpa de ella sino porque se estaba muriendo mi padre) ni en Cassano Dancing. Mi nivel de disfrute nunca tuvo que ver con el éxito o el fracaso, con si gané dinero o no. En Frankestein lo pasé pésimo porque la producción no estaba contenta con lo que yo hacía. Me decían todo el tiempo que estaba haciendo todo mal, hasta que me cansé y los últimos 10 días de ensayo no fui al teatro. Me reemplazó el productor. Fue algo muy doloroso.
–Argentum, el show del G-20 para los presidentes del mundo, en el Colón, en 2018, ¿fue el punto más importante de tu carrera?
–Sí, artísticamente fue el más importante. Y a nivel estrés, también. Por suerte pude superar todas las críticas que recayeron sobre mí y hoy puedo decir que me fortalecieron. Me tildaron de macrista y se juzgó el evento desde un punto de vista político. Pero también debo recordar que, finalizado el show, la primera que me llamó para felicitarme fue Estela de Carlotto.
–¿Hoy preferís los espectáculos “transatlánticos” o los “botes a remo”?
–Prefiero los “transatlánticos”, porque ahora tengo una productora (Rimas) y siento que drena más mi energía con aquello de coordinar y movilizar grandes grupos. Pero cada tanto no viene mal un “bote a remo”, porque la sensibilidad, la mirada de lo más poético, una respiración, un momento blando... en los transatlánticos me cuestan. Por eso cuando puedo hago un espectáculo como Noche corta, centrado en la danza, u otros de ese tipo que hablan exclusivamente de mí.
–¿Qué “transatlánticos” se avecinan?
–Para “ya”, ninguno, pero si hablamos de 2024 y de 2025 mis dos grandes proyectos, se concreten o no, son el musical Moulin Rouge y la obra Shakespeare in Love.
–Al final de Conservate bueno asegurás: “Sigo sin saber qué es la felicidad”. ¿Aún confiás en descubrirlo?
–Para alguien que vive permanentemente en el desasosiego, como yo, la felicidad no existe. Pero últimamente me ronda una imagen: la de un hombre mayor, descalzo, en un estudio de baile, junto a unos pocos alumnos, que bien podría ser yo. Esa vejez es lo más parecido a la felicidad que hoy puedo imaginar.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.