Penitenciaría Nacional. La cárcel “modelo” que alojó asesinos seriales y fue lugar de fusilamientos, en el corazón de Palermo
En el lugar donde hoy se encuentra el Parque Las Heras funcionó, entre 1877 y 1962, una unidad carcelaria con capacidad para 704 presos, que fue demolida cuando el desarrollo del barrio se hizo imparable
Germán Wille
Hasta la década de 1860, los presos de la ciudad de Buenos Aires cumplían condena en los calabozos del Cabildo. Las condiciones de hacinamiento y la poca seguridad que brindaba el edificio para retener a los convictos definieron la necesidad de construir un nuevo edificio. “A principios del siglo XIX, sacar a los presos a hacer trabajos forzados en la vía pública, atravesando la Plaza de Mayo, empieza a ir en sentido contrario a lo que se piensa que debería ser una ciudad más moderna”, cuenta a la nacion Matías Ruiz Díaz, arquitecto y doctor en Historia. Así, en 1862, la gobernación de Buenos Aires lanza un concurso de “proyectos y antecedentes” para la construcción de la nueva Penitenciaría Nacional.
En principio, la idea era construir la prisión en el sur de la ciudad, en lo que hoy es el Parque España, un lugar próximo a donde actualmente se encuentran el Hospital Borda y el Moyano, que en aquel entonces funcionaban como “asilos de hombres y mujeres dementes”. El pensamiento imperante en la segunda mitad del siglo XIX consideraba que tanto los manicomios como las cárceles, hospitales y cementerios eran centros “contaminantes o nocivos para el medio urbano más consolidado”, dice Ruiz Díaz.
La prisión debía estar ubicada fuera de lo que en esos tiempos era la zona más poblada de la ciudad. Pronto la idea de construirla en el sur se vio modificada: “Los médicos, a través del Departamento Nacional de Higiene, que eran actores importantes de la época, dijeron que si ubicaban los asilos de dementes y la cárcel en el mismo lugar sería una suerte de sitio terriblemente nocivo, que marginalizaría a esa zona de la ciudad”, cuenta Ruiz Díaz. Y añade que por ese motivo se optó por su ubicación en el actual Parque Las Heras, un área descampada en la periferia norte de la ciudad.
Así, en agosto de 1872, bajo la gobernación de Emilio Castro, se eligió el proyecto definitivo, que fue el realizado por el arquitecto Ernesto Bunge. “Él se basa en la prisión de Pentolville, en Inglaterra, que obedece al modelo arquitectónico radial, donde hay un centro a partir del cual surgen distintos pabellones, que pueden controlarse desde ese centro”.
La inauguración de la nueva penitenciaría
La edificación de la cárcel se inició en septiembre de 1872 y se concluyó en mayo de 1877. El día 22 de ese mismo mes quedó oficialmente inaugurada. El proyecto del reglamento interno de la prisión fue redactado por el jurista Aurelio Prado y Rojas, que basó su idea para el funcionamiento de la cárcel en tres pilares: obediencia, silencio y trabajo.
En aquella jornada inaugural de mayo de 1872, unos 300 penados fueron trasladados desde el Cabildo engrillados de dos en dos, en carros tirados por caballos. Entraron al nuevo reducto carcelario por su acceso principal, sobre el camino del Chavango, el nombre de la actual avenida Las Heras.
El primer director de la penitenciaría, que estuvo al frente del lugar durante los siguientes 10 años, fue el jefe de policía Enrique O’gorman, a la sazón hermano de Camila O’gorman, la joven porteña que se enamoró del cura Ladislao Gutiérrez y que fue fusilada junto al religioso por orden de Juan Manuel de Rosas en 1848.
El predio sobre el que fue erigida la Penitenciaría Nacional tiene forma de trapecio y ocupa 112.000 metros cuadrados. Allí se alzaron los siete pabellones y las demás dependencias del penal, que en total sumaban 20.000 metros cuadrados de superficie cubierta. Una muralla almenada de un kilómetro de longitud rodeaba toda la cárcel. Medía ocho metros de altura y poseía un grosor de cuatro metros en la base y casi tres en la parte superior.
En cada intersección del muro había un torreón, y en cada uno de ellos, según la descripción que hacía el cronista de la nacion en 1894, “hay ciertamente apostado un centinela, que a veces se pasea por el paso de ronda en lo alto del muro, pero sin separarse del ángulo, para poder abarcar con una mirada lo que pasa a uno y el otro lado”.
Desde el núcleo del edificio, al que se accedía a través de un portón custodiado por dos guardias “armados a Remington”, se construyeron de manera radial los cinco pabellones más importantes, cada uno con 2 pisos, en los que se distribuían 120 celdas, cada una de ellas de 4 metros de largo, 2,28 metros de ancho y 3,38 metros de altura. En los extremos de cada pabellón se encontraban los servicios sanitarios. Los pabellones restantes, el 6 y el 7, eran algo más pequeños.
Entre el murallón delantero de la prisión y el camino del Chavango se levantaba una elegante mansión que estaba destinada a ser la vivienda del director de la penitenciaría. Por ese cargo pasaron, entre otros, Reynaldo Parravicini, Antonio Ballvé y, en tiempos del primer peronismo, Roberto Pettinato, el padre del músico y conductor televisivo que lleva su mismo nombre.
El trabajo como regenerador moral
La penitenciaría contaba también con un hospital para la atención de los reclusos. A partir de 1907, por sugerencia del médico y criminólogo José Ingenieros, se creó el Instituto de Criminología. “El pensamiento intelectual positivista de esa época apuntaba que a través de la investigación se podía entender qué es lo que provocaba la desviación moral que llevaba a una persona un acto criminal. En ese sentido, además de entender esa desviación, se podía revertir o curar o modificar”, explica Ruiz Díaz.
Había en el lugar, anexos a los pabellones, unos 20 talleres para el desarrollo de diversas especialidades, como una imprenta (donde por mucho tiempo se editó el Boletín Oficial), una talabartería, una zapatería, una carpintería, taller de plomería, hojalatería, albañilería y huertas que proveían las verduras que se servían en las comidas. “En el contexto de la Revolución Industrial, la cárcel incorpora el concepto del trabajo como una manera de regenerar moralmente al sujeto, dándole una ocupación para que vuelva a la sociedad como un individuo útil”, señala el arquitecto e historiador. En 1878, la Argentina mandó a la Exposición Universal de París, que era la vidriera del mundo, una serie de productos fabricados por los presos de la cárcel de Palermo.
Además del trabajo, en los primeros años de la prisión también se utilizó el método del aislamiento y el silencio absoluto y obligatorio para los reclusos: el sistema conocido como Auburn. “Pero poco después se dieron cuenta de que la gente se volvía loca con un régimen así”, aclara el experto. A principio del siglo XX, este sistema fue descartado.
Criminales temibles, fusilamientos y fugas
Para 1882, la Penitenciaría Nacional –que fue diseñada para albergar 704 reclusos– contaba con 815 presos. “Prácticamente ya nace sobrepasada en su capacidad”, revela Ruiz Díaz.
Durante sus casi 85 años de existencia, en esta unidad carcelaria se privaría de la libertad a algunos criminales horrorosamente célebres, como Santos Godino, conocido como “el petiso orejudo”, sociópata, asesino serial de niños y pirómano. Ingresado a la penitenciaría en 1914, fue trasladado al penal de Ushuaia en 1944. El mismo destino patagónico le tocó a otro de los reclusos de la cárcel de Palermo: Mateo Banks, apodado Mateocho, que en 1822, en la zona de Azul, asesinó a ocho personas (algunas de sus víctimas eran miembros de su familia).
La Penitenciaría Nacional también fue el escenario de una práctica no muy extendida en la historia del punitivismo argentino: los fusilamientos. El 6 de abril de 1900 fue ejecutado de este modo, en el patio de la cárcel, Cayetano Grossi, asesino de bebés. Luego de la descarga del pelotón sobre su cuerpo, y del tiro de gracia que aseguró su muerte, la crónica de la revista Caras y Caretas aseveraba: “Todo había concluido. La sentencia se había cumplido y la justicia humana estaba satisfecha”.
Pero habría otras ejecuciones también en esa cárcel porteña. En junio de 1956 también fue fusilado en esa prisión el general Juan José Valle, acusado de sublevarse con otros militares de extracción peronista contra la llamada Revolución Libertadora.
Otro episodio saliente en la historia de esta prisión porteña se relaciona con las fugas que se sucedieron en ella. La primera fue en 1899, cuando el recluso Fernández Sampiño burló a la guardia con una ropa que le había llevado su amante de manera clandestina. En 1911, 13 reclusos que trabajaban en el jardín cavaron un pozo y escaparon del penal. Otra fuga masiva a través de un conducto subterráneo se concretó en 1923. Aquí escaparon 14 presos y pudieron ser más, si no fuera porque uno de ellos quedó atascado en el túnel y frustró a todos los que venían detrás.
Jorge Villarino, criminal conocido como “el rey de la fuga”, fue el último en evadirse de la Penitenciaría Nacional. Lo hizo en septiembre de 1960, cuando pudo alcanzar la libertad deslizándose por los cables telefónicos de la cárcel.
El derrumbe de la Penitenciaría
En los primeros años, en los alrededores de la penitenciaría de Las Heras, se instalaron vagabundos, exconvictos y otros marginados de la sociedad. Esa precaria barriada se conocía popularmente como “la Tierra del Fuego” y era constantemente desalojada por personal de la comisaría 17. Pero pocos años más tarde la situación del barrio cambió. “Alrededor de 1915 empiezan a aparecer proyectos para mudar la cárcel porque la zona ya era un barrio consolidado”, explica Ruiz Díaz. Pero la mudanza se demoró décadas.
Finalmente, el 6 se septiembre de 1961 comenzó la demolición del edificio. En principio, fue a fuerza de piquetas. Pero en enero del 62 se empleó trotyl para derrumbar los muros que la rodeaban.
Fue así como, un tiempo después, el lugar de detención que funcionó allí por más de ocho décadas se transformó en un espacio verde: el Parque Las Heras. Sin embargo, la historia de la Penitenciaría Nacional yace escondida en los subsuelos del parque, ya que los escombros de la prisión fueron cubiertos con capas de tierra para realizar el actual paseo.
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