El peronismo frente a Cristina, el otro juicio
En el PJ evalúan si seguirán avalando el ataque de la vicepresidenta a la Justicia
Por Sergio Suppo

Cristina Kirchner tiene ante sí otro juicio, tal vez más comprometido que los procesos y las condenas judiciales. Es el que lleva adelante el conjunto del peronismo, que en estos días de resaca mundialista evalúa si la seguirá acompañando en su descontrolada cruzada contra el Poder Judicial.
Llegó la hora en la que la mayor maquinaria de poder de los últimos 80 años debe decidir si sigue aferrada a su jefa de los últimos doce años o si afrontará, por tercera vez en su historia, el inescrutable proceso de buscar hasta encontrar un nuevo líder.
Muerto Juan Domingo Perón, y dictadura mediante, tardó 14 en reconocer en Carlos Menem un conductor que 12 años después sería desplazado por Néstor Kirchner. Viuda, Cristina heredó el mando aun a pesar del desdén que mostró por la vieja estructura peronista durante los tramos principales de su trayectoria.
Hasta ahí la historia conocida. Ahora empezó un ciclo de prueba en el que el reconocimiento a Cristina entró en discusión, sin que implique que se haya abierto un proceso sin retorno.
Fue la propia vicepresidenta la que dio vuelta una carta inesperada, víctima de un impulso irrefrenable, horas después de ser condenada en primera instancia por corrupción, en la primera semana de diciembre. Debió en un discurso posterior aclarar que ella no había renunciado a ser candidata, pero ya le había pedido a su estado mayor que cada peronista debía usar “el bastón de mariscal que tiene en la mochila”.
Para condimentar su relato, Cristina dice estar proscripta en lugar de negarse a ser candidata. Pero hasta sus incondicionales saben que la verdad está en otro lugar: el candidato presidencial del peronismo, no importa su nombre, tiene por delante una derrota entre las posibilidades más concretas. ¿Se expondría ella misma a una circunstancia que ya evitó cuando puso por delante de ella a Alberto Fernández en 2019? El círculo vuelve a cerrarse sobre la hipótesis original de buscar fueros mediante una candidatura a senadora nacional por la provincia de Buenos Aires o, incluso, a quedarse en el llano sin fueros sabiendo que pasarán años hasta que la condena en su contra quede firme.
Un límite quebrado a partir de la sentencia en la causa de la obra pública en Santa Cruz encendió alarmas en algunos sectores del peronismo. La orden de arremeter sin miramientos en contra de la Corte no fue acatada en forma unánime.
Canalizado por intermedio del presidente de la agrupación “amague y recule”, según la definición de la propia Cristina, el impulso del juicio político a los cuatro miembros de la Corte Suprema fue desairado por al menos tres gobernadores que venían, aunque a disgusto, en el rebaño kirchnerista.
Esta semana se bajaron de ese camino a ninguna parte los mandatarios de Entre Ríos, Gustavo Bordet, y de San Juan, Sergio Uñac. El primero imitó la sobriedad que antes había elegido el santafesino Omar Perotti, que a su vez quedó emparejado con el cordobés Juan Schiaretti. Ninguno de los tres primeros tiene reelección y pugnan por lograr que sus candidatos a sucederlos no sean derrotados. Uñac forzará la Constitución local para buscar un tercer ciclo consecutivo y podría necesitar de un fallo de la Corte Suprema para no ser frenado en ese intento.
Ninguno de ellos se inmolará en función del interés de Cristina de llevar al extremo el funcionamiento de las instituciones. Caras de una misma moneda, no es para nada casual que quienes con más vehemencia acompañe n la embestida contra la Corte sean el santiagueño Gerardo Zamora y el chaqueño Jorge Capitanich, con el inocultable interés de ser premiados por Cristina con un lugar en la fórmula presidencial.
La recompensa puede resultar una trampa. Lo sabe bien Alberto Fernández, que cada vez que sobreactúa los deseos de su vicepresidenta recibe una muestra de desprecio incompatible con el cargo que ocupa.
En el camino hacia el extremo de querer voltear la cabeza de uno de los tres poderes del Estado, se han ido perdiendo aliados. El fallo de la Corte contra la Nación que benefició a la ciudad de Buenos Aires fue cuestionado por los gobernadores de cuatro provincias manejadas por fuerzas locales (Neuquén, Rio Negro, Salta y Misiones) con afinidad con el oficialismo nacional. Hasta ahí llegaron.
Tampoco fue especialmente enérgico el apoyo de los gremios a la embestida contra la Justicia. Es un juego que se repite y genera un mayor deseo de autoprotección de las distintas fracciones del peronismo.
Hay algo más que desesperación en la tormenta institucional que quiere desatar Cristina. El peronismo empezó a preocuparse seriamente por la creciente desconexión con la realidad de la agenda que solo atiende las angustias judiciales de la vicepresidenta. Todo sería más digerible para los peronistas si en el futuro asomara la renovación del poder que se pondrá en juego en la segunda mitad del año. Pero no parece que este vaya a ser el desenlace.
Nada más extraño para el peronismo que el estallido de alegría por el campeonato del mundo, ajeno a su iniciativa y organización. Una rareza para una fuerza que hizo de las grandes manifestaciones populares la base de su capital político. Peor es todavía para sus militantes comprobar cómo sus dirigentes no solo no hacen nada para sacarlos de la pobreza y del castigo de la inflación, sino que se dedican a preguntarse, desorientados, si llegó la hora de empezar a buscar un nuevo jefe que los salve del desierto político como destino.
Cristina Kirchner tiene ante sí otro juicio, tal vez más comprometido que los procesos y las condenas judiciales. Es el que lleva adelante el conjunto del peronismo, que en estos días de resaca mundialista evalúa si la seguirá acompañando en su descontrolada cruzada contra el Poder Judicial.
Llegó la hora en la que la mayor maquinaria de poder de los últimos 80 años debe decidir si sigue aferrada a su jefa de los últimos doce años o si afrontará, por tercera vez en su historia, el inescrutable proceso de buscar hasta encontrar un nuevo líder.
Muerto Juan Domingo Perón, y dictadura mediante, tardó 14 en reconocer en Carlos Menem un conductor que 12 años después sería desplazado por Néstor Kirchner. Viuda, Cristina heredó el mando aun a pesar del desdén que mostró por la vieja estructura peronista durante los tramos principales de su trayectoria.
Hasta ahí la historia conocida. Ahora empezó un ciclo de prueba en el que el reconocimiento a Cristina entró en discusión, sin que implique que se haya abierto un proceso sin retorno.
Fue la propia vicepresidenta la que dio vuelta una carta inesperada, víctima de un impulso irrefrenable, horas después de ser condenada en primera instancia por corrupción, en la primera semana de diciembre. Debió en un discurso posterior aclarar que ella no había renunciado a ser candidata, pero ya le había pedido a su estado mayor que cada peronista debía usar “el bastón de mariscal que tiene en la mochila”.
Para condimentar su relato, Cristina dice estar proscripta en lugar de negarse a ser candidata. Pero hasta sus incondicionales saben que la verdad está en otro lugar: el candidato presidencial del peronismo, no importa su nombre, tiene por delante una derrota entre las posibilidades más concretas. ¿Se expondría ella misma a una circunstancia que ya evitó cuando puso por delante de ella a Alberto Fernández en 2019? El círculo vuelve a cerrarse sobre la hipótesis original de buscar fueros mediante una candidatura a senadora nacional por la provincia de Buenos Aires o, incluso, a quedarse en el llano sin fueros sabiendo que pasarán años hasta que la condena en su contra quede firme.
Un límite quebrado a partir de la sentencia en la causa de la obra pública en Santa Cruz encendió alarmas en algunos sectores del peronismo. La orden de arremeter sin miramientos en contra de la Corte no fue acatada en forma unánime.
Canalizado por intermedio del presidente de la agrupación “amague y recule”, según la definición de la propia Cristina, el impulso del juicio político a los cuatro miembros de la Corte Suprema fue desairado por al menos tres gobernadores que venían, aunque a disgusto, en el rebaño kirchnerista.
Esta semana se bajaron de ese camino a ninguna parte los mandatarios de Entre Ríos, Gustavo Bordet, y de San Juan, Sergio Uñac. El primero imitó la sobriedad que antes había elegido el santafesino Omar Perotti, que a su vez quedó emparejado con el cordobés Juan Schiaretti. Ninguno de los tres primeros tiene reelección y pugnan por lograr que sus candidatos a sucederlos no sean derrotados. Uñac forzará la Constitución local para buscar un tercer ciclo consecutivo y podría necesitar de un fallo de la Corte Suprema para no ser frenado en ese intento.
Ninguno de ellos se inmolará en función del interés de Cristina de llevar al extremo el funcionamiento de las instituciones. Caras de una misma moneda, no es para nada casual que quienes con más vehemencia acompañe n la embestida contra la Corte sean el santiagueño Gerardo Zamora y el chaqueño Jorge Capitanich, con el inocultable interés de ser premiados por Cristina con un lugar en la fórmula presidencial.
La recompensa puede resultar una trampa. Lo sabe bien Alberto Fernández, que cada vez que sobreactúa los deseos de su vicepresidenta recibe una muestra de desprecio incompatible con el cargo que ocupa.
En el camino hacia el extremo de querer voltear la cabeza de uno de los tres poderes del Estado, se han ido perdiendo aliados. El fallo de la Corte contra la Nación que benefició a la ciudad de Buenos Aires fue cuestionado por los gobernadores de cuatro provincias manejadas por fuerzas locales (Neuquén, Rio Negro, Salta y Misiones) con afinidad con el oficialismo nacional. Hasta ahí llegaron.
Tampoco fue especialmente enérgico el apoyo de los gremios a la embestida contra la Justicia. Es un juego que se repite y genera un mayor deseo de autoprotección de las distintas fracciones del peronismo.
Hay algo más que desesperación en la tormenta institucional que quiere desatar Cristina. El peronismo empezó a preocuparse seriamente por la creciente desconexión con la realidad de la agenda que solo atiende las angustias judiciales de la vicepresidenta. Todo sería más digerible para los peronistas si en el futuro asomara la renovación del poder que se pondrá en juego en la segunda mitad del año. Pero no parece que este vaya a ser el desenlace.
Nada más extraño para el peronismo que el estallido de alegría por el campeonato del mundo, ajeno a su iniciativa y organización. Una rareza para una fuerza que hizo de las grandes manifestaciones populares la base de su capital político. Peor es todavía para sus militantes comprobar cómo sus dirigentes no solo no hacen nada para sacarlos de la pobreza y del castigo de la inflación, sino que se dedican a preguntarse, desorientados, si llegó la hora de empezar a buscar un nuevo jefe que los salve del desierto político como destino.
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