Pedro Zuazua Gil. “Que los políticos se exhiban con sus mascotas muestra que son seres humanos”
Periodista y director de comunicación del diario El País, publicó un libro donde relata su vida junto a sus gatos y explica los beneficios de tener animales domésticos
Vivian Urfeig
Obsesionado por la convivencia con sus dos gatos, el filólogo español Pedro Zuazua Gil está seguro de que el comportamiento de las mascotas funciona como espejo para mirarnos a nosotros mismos. Periodista, escritor y director de Comunicación del diario El País de España, Zuazua visitó la Argentina para presentar el libro Días para ser
gato (Editorial Duomo), donde repasa las claves y los beneficios de vivir con mascotas. A partir de su experiencia con Mía y Atún, Zuazua valora la compañía que brindan los felinos para atravesar el dolor y la muerte de seres queridos. También comparte sus vivencias, investiga a otros autores que estudian la relación de las mascotas con los seres humanos y asegura que estos vínculos promueven empatía y solidaridad. En su primer libro, En mi casa no entra un gato, relata cómo llegó a adoptar a quien le cambiaría la vida: ese fue el disparador de la saga que vendría después. Como muchas mascotas de personalidades famosas, los gatos de Zuazua tienen perfiles propios y cosechan casi 20 mil seguidores en la cuenta de Instagram @enmicasanoentraungato, donde publica sus peripecias, anécdotas y retratos. Desde 2016, además, comparte sus columnas felinas con los lectores de El País.
–¿Puede un gato o un perro cambiarle la existencia a una persona?
–Desde luego. Esos vínculos te atraviesan para siempre, te hacen mejor persona y habilitan nuevos niveles de relaciones de cuidado. Te permiten redescubrir el amor desde otra perspectiva, además de la compañía incondicional.
–¿Por qué creés que últimamente las mascotas de los presidentes cobraron visibilidad? Desde Nemo (Macron), Commander (el perro de Biden “expulsado” de la Casa Blanca por violento), Dylan (de Alberto Fernández), Conan (el perro de Milei que luego fue clonado), Balcarce (de Mauricio Macri), entre otros…

–El hecho de que los políticos se exhiban con sus mascotas, que tengan cada vez más presencia en su imagen pública, es finalmente una muestra de que son seres humanos. Al final del día son solo personas que conviven con mascotas. Representan lo que pasa en la sociedad actual: cada vez hay más gente que los elige para compartir sus días.
–¿A qué atribuís el apodo de varios de los políticos argentinos como “león”, “gato” o “tigre”?
–Es el ejercicio inverso que hacemos los seres humanos, sobre todo quienes compartimos la vida con mascotas. Personificamos ciertos comportamientos, les atribuimos pensamientos, ilusiones o sentimientos. En este sentido se tiende a caricaturizar a los políticos como si fueran seres diferentes a los demás mortales. No comparto la tendencia, aunque es muy común, de asociar ciertos tipos de personalidad con características de los animales. Sucede que el ser humano quizás sea muy complejo de definir y nos resulta muy sencillo establecer analogías con animales, es una manera de simplificar. Y hay que ver quién puso el mote, si el mismo político o el oponente.
–¿Pueden realmente las mascotas mejorar la calidad de vida?
–Vivir con gatos o perros, detenerse en su comportamiento y entregarse a descifrar sus propios lenguajes, no son más que excusas para hablar de uno mismo. A partir de mi experiencia personal, pero también del relevamiento de otros autores, intento definir con humor que la convivencia con ellos nos permite proyectar nuestros miedos. Nos permite establecer analogías.
–¿Por ejemplo?
–En mi caso, durante mucho tiempo no me atreví a abrir las ventanas de mi casa por miedo a que los gatos saltaran. Pero en verdad tenía miedo a abrir las ventanas de mi alma, es decir, al final lo que estaba haciendo era proyectando esos temores e inseguridades en los gatos. Fueron varias sesiones de terapia las que me ayudaron a establecer esta analogía y a aceptar que soy hipocondríaco. Y que los gatos funcionaban como una palanca maravillosa para impulsar, y justificar, manías.

–¿Las mascotas ayudan a atravesar duelos o momentos difíciles? ¿Son capaces de gestionar la angustia de sus dueños?
–Sí, claro. Sus gestos de cariño son todo, aunque muchas veces sean escasos, son sanadores. Quien incorpora a su vida una mascota es porque cree que la necesita. Y más si vive solo, porque al llegar a tu casa te recibe, te estuvo esperando.
–En la pandemia los animales domésticos cobraron especial protagonismo, ¿no?
–Desde ya, sobre todo los perros, que fueron un bien preciado para salir a pasear. Podías hacerlo muchas veces al día. Sin embargo, tanto para perros como para gatos se generó una situación particular: no entendían por qué sus dueños estaban tanto tiempo en la casa. Fueron días raros, de reuniones de teletrabajo colmadas de felinos pasando por delante de las pantallas. Días de encontrar escondites impensados en la casa, desconocidos. Fueron días para ser gatos.
–¿Adoptar o comprar?
–Siempre animo a la gente a adoptar, hay miles de animales que buscan familias que los quieran, los cuiden y los acojan. No tengo nada en contra de comprar, pero habiendo tantos para adoptar es la mejor opción, para el planeta y el medio ambiente. Pero atención, es importante saber que conllevan una responsabilidad afectiva. Se transforman en uno más de la familia. Y no es gratis ni barato mantenerlos.
–Siendo una persona que reconoce su obsesión por sus gatos, ¿cómo resolvés la logística de su cuidado cada vez que viajás?
–Los extraño muchísimo, y esos son nudos a desenredar con mi psiquiatra. Sé que viven muy bien y no les falta nada. Como estrategia planteo un Sudoku de amigos que consiste en engañarlos para que vayan más de una vez a visitarlos, hago complejos cálculos para que no pasen más de 24 horas solos. Es más, los tengo clasificados por el grado de responsabilidad, y el tiempo que pasan en casa con ellos. También tengo amigos, buenísimos, que se quedan a dormir. De todas maneras, la mejor solución son los hijos de mis amigos, que por una generosa propina se quedan en mi casa. Y de paso, no tienen que aguantar a sus padres, es decir, a mis amigos. Todo ganancia.
Obsesionado por la convivencia con sus dos gatos, el filólogo español Pedro Zuazua Gil está seguro de que el comportamiento de las mascotas funciona como espejo para mirarnos a nosotros mismos. Periodista, escritor y director de Comunicación del diario El País de España, Zuazua visitó la Argentina para presentar el libro Días para ser
gato (Editorial Duomo), donde repasa las claves y los beneficios de vivir con mascotas. A partir de su experiencia con Mía y Atún, Zuazua valora la compañía que brindan los felinos para atravesar el dolor y la muerte de seres queridos. También comparte sus vivencias, investiga a otros autores que estudian la relación de las mascotas con los seres humanos y asegura que estos vínculos promueven empatía y solidaridad. En su primer libro, En mi casa no entra un gato, relata cómo llegó a adoptar a quien le cambiaría la vida: ese fue el disparador de la saga que vendría después. Como muchas mascotas de personalidades famosas, los gatos de Zuazua tienen perfiles propios y cosechan casi 20 mil seguidores en la cuenta de Instagram @enmicasanoentraungato, donde publica sus peripecias, anécdotas y retratos. Desde 2016, además, comparte sus columnas felinas con los lectores de El País.
–¿Puede un gato o un perro cambiarle la existencia a una persona?
–Desde luego. Esos vínculos te atraviesan para siempre, te hacen mejor persona y habilitan nuevos niveles de relaciones de cuidado. Te permiten redescubrir el amor desde otra perspectiva, además de la compañía incondicional.
–¿Por qué creés que últimamente las mascotas de los presidentes cobraron visibilidad? Desde Nemo (Macron), Commander (el perro de Biden “expulsado” de la Casa Blanca por violento), Dylan (de Alberto Fernández), Conan (el perro de Milei que luego fue clonado), Balcarce (de Mauricio Macri), entre otros…

–El hecho de que los políticos se exhiban con sus mascotas, que tengan cada vez más presencia en su imagen pública, es finalmente una muestra de que son seres humanos. Al final del día son solo personas que conviven con mascotas. Representan lo que pasa en la sociedad actual: cada vez hay más gente que los elige para compartir sus días.
–¿A qué atribuís el apodo de varios de los políticos argentinos como “león”, “gato” o “tigre”?
–Es el ejercicio inverso que hacemos los seres humanos, sobre todo quienes compartimos la vida con mascotas. Personificamos ciertos comportamientos, les atribuimos pensamientos, ilusiones o sentimientos. En este sentido se tiende a caricaturizar a los políticos como si fueran seres diferentes a los demás mortales. No comparto la tendencia, aunque es muy común, de asociar ciertos tipos de personalidad con características de los animales. Sucede que el ser humano quizás sea muy complejo de definir y nos resulta muy sencillo establecer analogías con animales, es una manera de simplificar. Y hay que ver quién puso el mote, si el mismo político o el oponente.
–¿Pueden realmente las mascotas mejorar la calidad de vida?
–Vivir con gatos o perros, detenerse en su comportamiento y entregarse a descifrar sus propios lenguajes, no son más que excusas para hablar de uno mismo. A partir de mi experiencia personal, pero también del relevamiento de otros autores, intento definir con humor que la convivencia con ellos nos permite proyectar nuestros miedos. Nos permite establecer analogías.
–¿Por ejemplo?
–En mi caso, durante mucho tiempo no me atreví a abrir las ventanas de mi casa por miedo a que los gatos saltaran. Pero en verdad tenía miedo a abrir las ventanas de mi alma, es decir, al final lo que estaba haciendo era proyectando esos temores e inseguridades en los gatos. Fueron varias sesiones de terapia las que me ayudaron a establecer esta analogía y a aceptar que soy hipocondríaco. Y que los gatos funcionaban como una palanca maravillosa para impulsar, y justificar, manías.

–¿Las mascotas ayudan a atravesar duelos o momentos difíciles? ¿Son capaces de gestionar la angustia de sus dueños?
–Sí, claro. Sus gestos de cariño son todo, aunque muchas veces sean escasos, son sanadores. Quien incorpora a su vida una mascota es porque cree que la necesita. Y más si vive solo, porque al llegar a tu casa te recibe, te estuvo esperando.
–En la pandemia los animales domésticos cobraron especial protagonismo, ¿no?
–Desde ya, sobre todo los perros, que fueron un bien preciado para salir a pasear. Podías hacerlo muchas veces al día. Sin embargo, tanto para perros como para gatos se generó una situación particular: no entendían por qué sus dueños estaban tanto tiempo en la casa. Fueron días raros, de reuniones de teletrabajo colmadas de felinos pasando por delante de las pantallas. Días de encontrar escondites impensados en la casa, desconocidos. Fueron días para ser gatos.
–¿Adoptar o comprar?
–Siempre animo a la gente a adoptar, hay miles de animales que buscan familias que los quieran, los cuiden y los acojan. No tengo nada en contra de comprar, pero habiendo tantos para adoptar es la mejor opción, para el planeta y el medio ambiente. Pero atención, es importante saber que conllevan una responsabilidad afectiva. Se transforman en uno más de la familia. Y no es gratis ni barato mantenerlos.
–Siendo una persona que reconoce su obsesión por sus gatos, ¿cómo resolvés la logística de su cuidado cada vez que viajás?
–Los extraño muchísimo, y esos son nudos a desenredar con mi psiquiatra. Sé que viven muy bien y no les falta nada. Como estrategia planteo un Sudoku de amigos que consiste en engañarlos para que vayan más de una vez a visitarlos, hago complejos cálculos para que no pasen más de 24 horas solos. Es más, los tengo clasificados por el grado de responsabilidad, y el tiempo que pasan en casa con ellos. También tengo amigos, buenísimos, que se quedan a dormir. De todas maneras, la mejor solución son los hijos de mis amigos, que por una generosa propina se quedan en mi casa. Y de paso, no tienen que aguantar a sus padres, es decir, a mis amigos. Todo ganancia.
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