El ceibo, los juncales del río y las aves inspiraron a Rafael Obligado
Flor de ceibo Este año, el 8 de marzo pasado, se cumplió el centenario de la muerte del poeta Rafael Obligado. Nacido en Buenos Aires en 1851, exponente de la Generación del 80, fue cultor, nos recuerda Arturo Berenguer Carisomo, de una "corriente nativista" o "de criollismo culto y académico". Los años en la estancia de la Vuelta de Obligado, junto al Paraná, le inspiraron muchas páginas literarias. Cantó al ceibo; a los juncales del río, donde las aves hacían sus nidos; a los camalotes. "¡Oh mis islas amadas, dulce asilo / De mi primera edad! / ¡Añosos algarrobos, viejos talas / Donde el boyero me enseñó a cantar!" ("El hogar paterno"). La ausencia de aquel paisaje sumía su espíritu en una pena manifiesta. "Muros de tapia, techo quinchado / Con todo el lujo del totoral; / Forman mi rancho, do no ha faltado / Nunca inocente
felicidad" ("Canción").


En deliciosas obras elogió a Esteban Echeverría (cuyos versos dijo "despertaron la patria") y habló de amor. "Inefable visión, dueño sin nombre / De aquel primer cariño / Que hiere y mata el corazón del niño / Para que nazca el corazón del hombre!" ("Visión primera"). A su ciudad natal la evocó cuando estaba hecha de cercados y granjas y el sonar "de tarros de lechero" era maravilla; cuando se tenía a "la guitarra nacional por lira"; cuando "De un asador pendiente, / Dorarse ya el cordero apetitoso" ("Las quintas de mi tiempo").

La muerte sorprendió a Obligado en Mendoza. Algunas ediciones recogieron poemas posteriores a 1906.
P. E. P.
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