LAS ÚLTIMAS 24 HORAS DEL ÍCONO QUE SACUDIÓ A LA CULTURA OCCIDENTAL
Hoy se cumplen 40 años de su asesinato a manos de David Chapman, que le disparó en la puerta del célebre edificio Dakota
“Es un evento increíble que hace que los conciertos de rock parezcan fiestas para tomar el té”, le decía en 1974 John Lennon a Howard Cosell, el conductor del programa en el que cada lunes a la noche millones de norteamericanos veían lo mejor de la liga de fútbol americano: Monday Night Football. Entre las preguntas había una inevitable: ¿se volverían a juntar los Beatles? Lennon contestó: “Podríamos hacerlo en un espectáculo como este”, con lo cual renovó las expectativas de los fans (ese mismo año él y Paul Mccartney se reunirían para una zapada informal en un estudio de Los Ángeles, de la que también participaron Stevie Wonder y Harry Nilsson). Seis años después, el 8 de diciembre de 1980, precisamente durante una transmisión de Monday Night Football en la que se enfrentaban los Miami Dolphins y los New England Patriots, el mismo Cosell fue el encargado de darle al mundo una noticia que aniquilaría toda esperanza: “Tenemos que decirlo. Una terrible tragedia que nos confirma la división de noticias del canal ABC desde Nueva York. A John Lennon, en la puerta de su edificio en el lado oeste de Nueva York –el más famoso, quizás, de todos los Beatles– le dispararon dos veces por la espalda. Trasladado de urgencia al Hospital Roosevelt, murió al llegar”.

Al recibir las cuatro balas de punta hueca (Chapman disparó una más, que terminó en una ventana del edificio Dakota), Lennon dejó caer algunas grabaciones que traía en la mano. Venía del estudio Record Plant, donde había mezclado “Walking on Thin Ice”,
Lo que sigue no es una historia real. O sí. O un poco de ambas. Se trata de la vida de Holden Caulfield, un adolescente de 16 años solitario e incomprendido. Bueno, solitario, sí; pero más que incomprendido, era un joven que no entendía el mundo y no podía disociar su idealización de la realidad, vista desde una perspectiva casi infantil, con el universo adulto.

Holden es un personaje que nace de la imaginación de J. D. Salinger y “salió a la fama” por su novela El Guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye, 1951). Pero, ¿por qué a alguien le debería interesar su vida? Lo cierto es que él es ficción, pero Mark Chapman, no. Ni bien la policía llegó al Dakota, se encontró con el asesino en el lugar. No se resistió ni intentó huir. Conservaba el revólver con el que le había disparado cinco veces a Lennon y el ejemplar de su libro de cabecera: El guardián entre el centeno. Lo estaba leyendo por decimosexta vez: “Léanlo, allí están todas las respuestas. Léanlo y lo comprenderán todo”.
La novela trata acerca de los recuerdos de Holden quien, desde un centro psiquiátrico, narró sus andanzas cuando se escapó de un colegio un día de diciembre y emprendió un viaje de tres días por Manhattan para descubrirse: los mismos tres días, entre el 6 y el 8 de diciembre de 1980, en los que Chapman se preparó para el crimen con el que pretendía encontrar su identidad. Su “Guardián entre el centeno” se llama La carta de la prisión (“The Prision’s Letter”), relato que escribió desde la cárcel.
Así es. Este atentando a la música, comparable con el de John Fitzgerald Kennedy en la política, se inspiró en un libro, a un punto tal que -con la misma manía de echar culpas que Holden- Chapman, que en aquel momento tenía 25 años, apuntó al personaje por sus actos. “Estoy seguro de que la mayor parte de mí es Holden Caulfield. El resto debe de ser el Diablo”.
De hecho, la mañana de ese 8 de diciembre, día en que asesinó al Beatle, dejó la habitación del hotel Waldorf Astoria en la que estaba alojado, fue a una librería, compró un ejemplar del libro de Salinger y firmó: “Para: Holden Caulfield. De: Holden Caulfield. Esta es mi declaración”. Subrayó “esta” y se fue al Central Park a buscar al músico. Ese es el mismo lugar con el que estaba obsesionado el personaje de la novela, quien quería saber a dónde iban los patos de aquel lago durante el invierno.

Ese día el Beatle salió del edificio Dakota a las cinco de la tarde y el fotógrafo Paul Goresh lo alentó a que le pidiera un autógrafo. Según relató en esa oportunidad, desde la prisión estatal de Attica, en Nueva York, éste le dijo: “Esta es tu oportunidad. Estuviste esperando todo el día, viniste de Hawai y no te firmó el álbum”. Así fue que quedaron frente a frente por primera vez: Lennon y su asesino, que había comprado el disco ese mismo día. Entonces, el joven sacó su lapicera negra y su copia de Double Fantasy: “John, ¿firmarías mi álbum?”.
El músico que más militó por la paz asintió al pedido del fanático: imagen que quedó grabada en una fotografía que tomó Goresh. La pareja de Lennon, la artista Yoko Ono, se metió en el auto y él presionó el botón de la lapicera para eternizar en el disco un simple, pero emblemático: “John Lennon 1980”. “No quería su autógrafo, quería su vida, y terminé obteniendo ambas cosas”, señaló Chapman al recordar aquel primer encuentro.
Del mismo modo en que Holden registraba cada detalle, este asesino resaltó que al ícono del rock le costó escribir. Como si una de las personas más famosas del mundo no hubiera sabido cómo lidiar con la situación de tener a un fan frente suyo y tener que sellar su nombre en un álbum. Como si su víctima hubiera intuido algo de lo que pasaría después.
En sus palabras se entrevé el deseo de que su ídolo lo recordase. “Me miró y dijo: ‘¿Eso es todo? ¿Querés algo más?’. Sentí, en ese momento y ahora también, que él sabía en el subconsciente que estaba mirando a los ojos a la persona que lo iba a matar. Yo no era nadie, ¿qué podía darle?”.

Ahí fue que, cuando se fue caminando, una voz dentro suyo le repitió “hacelo”, y él acató: “Di cinco pasos hasta la vuelta de la calle apuntando con mi arma calibre 38 y le disparé cinco tiros en la espalda”. Cuatro de ellos impactaron en el cantante. Así fue como Chapman mató a la música. Luego tomó el libro e intentó leerlo mientras esperaba a que llegara la policía.
En ese momento, Yoko Ono se tiró sobre el cuerpo de Lennon a llorar. “No creo que haya sido ella, pero unos minutos después hubo un grito espeluznante de alguien que me erizó el pelo de atrás del cuello”, recordó. El cantante murió unos veinte minutos más tarde en el St. Luke’s-roosevelt Hospital Center.
Al igual que Holden, este asesino -que trabajaba como guardia de seguridadhabía tenido una infancia infeliz y violenta, había sido expulsado del colegio, le costaba conectar con la sociedad y estuvo internado en un centro psiquiátrico. Su madre era enfermera y su padre, a quien temía, era un sargento de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Además, sufría problemas de sobrepeso y bullying. Apodado “friki” por sus compañeros, comenzó a tener amigos imaginarios y crear un universo paralelo en el que él estaba en el centro y era admirado por todos.
Cuando lo mató, este fanático decepcionado de su ídolo no tenía personalidad. Así lo resumió él: “En 1980, Mark David Chapman era una persona muy confundida que estaba, literalmente, viviendo dentro de una novela de J. D. Salinger, El
Guardián entre el centeno’. Vacilaba entre el suicido, tomarse el primer taxi de vuelta a Hawai y matar a un ícono”. En cierta forma esta novela era para Chapman una especie de refugio, de la misma forma que lo era, para Holden, la gorra de cazador que utilizaba.
Según contó, él, “no veía a Lennon como una persona, sino como la tapa de un álbum” y por eso lo mató: por famoso. Había leído la biografía de Anthony Fawcett,
John Len non: One Da y ata Time,y creía que era una persona falsa: una crítica típica de Holden, quien siempre cuestionaba la falsedad e hipocresía de las celebridades y las personas talentosas. De todos modos, tal como él mismo admitió, el día que conoció al Beatle descubrió que no era tan así. Pero la decisión ya estaba tomada.
El propio Holden también había coqueteado con la muerte: propia y ajena. Si bien nunca mató a nadie, asociaba la valentía con la violencia al punto de sentirse cobarde por no animarse a pegarle a la persona que le robó unos guantes y de fantasear con asesinar al hombre que operaba el ascensor de un hotel, quien le ofreció estar con una prostituta y luego le pegó acusándolo de deberle 5 dólares. “Probablemente él no hubiera matado a nadie como hice yo, pero eso es ficción y la realidad estaba parada frente al Dakota”.
La discografía de The Beatles, ordenada de peor a mejor
Sin embargo, el libro no fue lo único que lo llevó a disparar, también escuchar frases de la boca del músico como que la banda de Liverpool era “más popular que Jesucristo”. “¿Quién se cree que es?”, se preguntó Chapman al enterarse de esa cita.
Por su gran devoción a Dios, ese fue otro perdón que buscó luego de cometer el crimen. “Hoy soy diferente, leo la Biblia y rezo. Él no niega lo que hice ni el daño que causé, especialmente a la viuda de John, pero me perdona, me escucha y me sacó del abismo. No fue la medicación”. Desde prisión, este hombre -que tocaba la guitarra en iglesias y clubes nocturnos del cristianismescribió varios cuentos cortos anclados a la religión. Además, antes de matarlo, escribió la palabra “Lennon” en una biblia para que quedara que el Evangelio lo había escrito “St. John Lennon”.

La conexión que sintió el asesino de Lennon con Salinger era abrumadora y, por eso, cuando finalmente asumió la culpa y logró disociarse del personaje, le escribió al escritor para pedirle perdón.
Cómo fueron las últimas 24 horas de John Lennon
Pero no fue el único que se identificó ciegamente con el personaje. Al año siguiente de la muerte del músico, John Hinckley Jr. -que también estaba obsesionado con el libro- intentó asesinar a tiros Ronald Reagan, presidente de los Estados Unidos. Luego, en 1989, Robert John Bardó repitió la historia y asesinó a la actriz Rebecca Lucile Schaeffer, de 21 años, a quien acosaba. Este hombre llevaba un ejemplar de “El Guardián entre el centeno” y, antes del crimen, le escribió varias veces a Chapman.
Holden solía repetir: “Si un cuerpo atrapa un cuerpo que atraviesa el centeno…”, aunque nunca llegó a develar qué es lo que ocurre cuando se da ese encuentro. Hoy, a 40 años del asesinato de John Lennon, Mark Chapman cumple una pena a cadena perpetua en el Centro Penitenciario de Wende, una prisión de máxima seguridad de Nueva York.
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El asesino, David Chapman, lo interceptó en la puerta de su hogar en el edificio Dakota; el músico acababa de editar Double Fantasy
Ese tema pertenecía al disco-gótico de Yoko Ono que planeaban lanzar como single. Había grabado las partes de guitarra cuatro días antes con su Rickenbacker 325 del 58, la cual no usaba desde los primeros años de los Beatles. Aquella fue su última performance registrada.
El productor Jack Douglas contó que lo había visto de gran ánimo: “Celebramos un artículo que había salido en el Soho News sobre Yoko y la nueva canción, y la prensa que Yoko había estado recibiendo. Estábamos felices por eso. La noche de aquel lunes todo parecía en su lugar, perfecto”. También estaban contentos por la noticia que habían recibido de David Geffen (dueño del sello que lleva su apellido) ese mismo día: Double Fantasy, el álbum que habían editado unas semanas antes, ya tenía certificación de Disco de Oro. El plan era masterizar “Walking on Thin Ice” al día siguiente. “Para las 10.30 terminamos de escucharlo y estábamos muy contentos con él. Querían algo para comer. John iba a pasar a comprar unos sándwiches y después se iban para su casa. Normalmente yo iba con ellos pero tenía que terminar otro proyecto. Le dije ‘nos vemos’ en el ascensor. Lo último que John me dijo fue ‘nos vemos mañana, brillante y temprano’”.
Chapman mató a Lennon a las 10.50 PM. No era la primera vez que se veían: cuando John salió del edificio Dakota para ir a Record Plant, su asesino le pidió que le firmara una copia de Double Fantasy. “Fue muy amable conmigo. Irónicamente, muy amable y muy paciente. Su limusina estaba esperando, y él se tomó tiempo, hizo andar la lapicera y me firmó el disco. Me preguntó si necesitaba algo más y le dije ‘no, no señor’. Y se fue. Un hombre muy cordial y decente”, declaró Chapman en una entrevista. El fotógrafo Paul Goresh sacó una foto de aquel encuentro, la última del beatle con vida. También contó Chapman que le pidió a Goresh que se quedara a esperar que volviera John y a otra fan que saliera con él esa noche: si alguno de los dos hubiera aceptado, aseguró, no habría asesinado a Lennon ese día.
Aquello fue alrededor de las 5 de la tarde. Antes de eso, Lennon dio su última entrevista: casi dos horas de charla en su departamento con el conductor Dave Sholin para un programa musical de la radio RKO. Lo acompañaban el productor Ron Hummel, la guionista Laurie Kaye y el ejecutivo del sello Warner Bert Keane. Llegaron al Dakota alrededor de las 12.40 y fueron escoltados hasta la residencia Lennon, donde los recibió Yoko. “Hablamos sobre John y su hijo Sean. Fue una gran conversación. Y entonces se abrió una puerta y salió con los brazos abiertos, como diciendo ‘¡acá estoy, muchachos!”. Nos íbamos a encontrar con John Lennon y estábamos un poco nerviosos, pero eso nos puso cómodos inmediatamente, en menos de un minuto”, contó Sholin. John había estado alejado del ojo público por casi cinco años y, de repente, tenía ganas de hablar. Él y Shaolin congeniaron (el punto que los unió fue su amor por el viejo rock n’ roll, especialmente el de Elvis y Little Richard) y la reunión se extendió más de lo previsto.
No fue aquél el primer encuentro de John y Yoko con los medios en aquel fatídico día: a las 11 de la mañana había llegado a su departamento Annie Leibovitz, mítica fotógrafa de Rolling Stone, a tomarle unas fotos para la revista. Jann Wenner, el fundador de Rolling Stone, quería que en la tapa apareciera sólo John, pero el beatle -cómo no- insistió en que su esposa también estuviera presente. Leibovitz sugirió una foto en la que los dos aparecieran desnudos (algo que ya habían hecho para su disco experimental Unfinished Music No.1: Two Virgins, del 68) y al principio Yoko se negó y después lo reconsideró, pero en medio de la negociación la fotógrafa tuvo otra idea: John desnudo, ella vestida. Tomó una polaroid de prueba y todo el mundo estaba de acuerdo: la foto era esa. Yoko, acostada boca arriba, de jean azul y polera negra; Lennon sin ropa, frágil y desprotegido, besándola en la mejilla izquierda, abrazado a ella en posición fetal. La imagen se publicó en Rolling Stone seis semanas después, en la edición del 22 de enero del 81, y se volvió una de las más icónicas de la pareja.
Para la sesión, John había pasado un rato antes por la peluquería Vizà-viz para un retoque que lo dejó con un estilo similar al que portaba antes de ser famoso. Aquello fue después del desayuno con su mujer en un café cercano llamado La Fortuna. “Nos despertamos con un cielo azul desplegado sobre el Central Park. El día tenía un aire feliz y animado”, contó Yoko. Mientras tanto, Mark David Chapman dejaba el cuarto que ocupaba en el hotel Sheraton y empezaba a montar guardia en el Dakota. No vio a Lennon hasta el momento en el que le pidió que le firmara Double Fantasy, pero sí se cruzó a su ama de llaves paseando a Sean, a quien le dio la mano y elogió con un “qué lindo chico”, citando la canción “Beautiful Boy” de su padre. Por entonces nadie lo sabía, pero así empezaba una de las jornadas más tristes de la historia universal.
M. F. C.
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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