Cinco razones para ver la nueva versión de Atracción fatal
El thriller erótico que se reinventa como un policial sin conejos ni desquiciadas
Paula Vázquez Prieto... Paramount+
Hace tiempo que ciertas películas emblemáticas han realizado su pasaje al mundo de las series: Fargo, Terminator, Scream, hasta Psicosis de Alfred Hitchcock ha dado a luz a Bates Motel, una intensa precuela sobre el vínculo de Norman Bates y su madre como algo más que el germen de su febril patología. Este año parecen haber entusiasmado a los creativos de las plataformas aquellos laberintos de pasiones adultas que consagraron los thrillers eróticos de los años 80, relatos morales y culposos que llegaban luego de una década de transformaciones sociales. Historias que resultaron tempranos espejos del desconcierto sexual luego de las represiones alimentadas por el conservadurismo de la era Reagan y por los misterios que tenían al deseo y su esquiva concreción como centro palpitante.
En este último tiempo se estrenaron American Gigolo, la reciente Dead Ringers y ahora Atracción fatal, epígono de uno de los grandes éxitos de esa década singular. La película resultó en su momento u n termómetro del miedo a transgredir los mandatos maritales y la sacralidad del hogar y un triunfo del publicista Adrian Lyne en un cine concebido como perfecta antesala de la inminente posmodernidad. Michael Douglas y Glenn Close protagonizaban un tórrido affaire de fin de semana que concluía en un raid de locura y terror. ¿Es posible actualizar aquella premisa a la sociedad de nuestros días? Ese es el disparador de esta nueva adaptación comandada por los creadores Alexandra Cunningham y Kevin J. Hynes para Paramount+ –que también tiene disponible la película original– con Joshua Jackson, Lizzy Caplan y Amanda Peet como el trío protagónico. A continuación, cinco razones para no perdérsela.
1. La relación con la versión original de 1987
Es imposible acercarse a la nueva Atracción fatal sin pensar su relación con la película original, tanto en el tratamiento del erotismo como en la pátina de admonición que entonces envolvía a la infidelidad. Allí, Michael Douglas interpretaba a un abogado de Nueva York, casado y con una pequeña hija, que conocía a una ascendente editora en una reunión laboral y vivía con ella una serie de encuentros sexuales durante un fin de semana en el que su familia se encontraba en el campo. “A mí no me vas a ignorar” eran las palabras con las que Alex Forrest, interpretada por Glenn Close, sepultaba el último atisbo de atracción que los unía para dar paso a una persecución demencial que incluía amenazas, secuestros y el célebre conejo hervido. Alex pasaba de ser una mujer adulta e independiente, segura en su profesión y en su sexualidad, a convertirse en una loca desquiciada, presa de una obsesión insana por concretar un modelo familiar que su propia generación se había encargado de cuestionar. La nueva serie reinventa aquella lógica expandiendo el mundo interno de los personajes y ofreciendo a Alex no solo una complejidad psicológica que no tenía en la original sino una voz decisiva en el relato. A partir del tercer episodio, la historia recorre los acontecimientos desde otro ángulo, que no es ya el del protagonista masculino –temeroso de perder su posición y su familia al revelarse la infidelidad– sino de quien expresa un deseo propio y esgrime una coyuntura capaz de explicar su errática conducta. Sin el efectismo del conejo, Alex no resigna el terror que inspira sino que lo afirma en su pasado, aquel que se revela en la indagación de su propia memoria.
2. El universo judicial como enclave del relato
Si bien el personaje de Michael Douglas era un abogado prestigioso en la película –al que veíamos coordinar reuniones y compartir cenas con colegas– la profesión era allí apenas un contexto, el marco de un mundo a punto de resquebrajarse. En la serie, el mundo judicial cobra otra carnadura. Dan Gallagher (Joshua Jackson) es ahora un fiscal de distrito en Los Ángeles a la espera de un inminente nombramiento como juez. Los vericuetos de la procuración y las minucias del trabajo legal ofrecen a la historia una materialidad concreta, una plataforma para las ambiciones de Dan y también el impulso perfecto para exigir compensación por sus frustraciones. Al mismo tiempo, el encuentro con Alex Forrest (Lizzy Caplan) se da en el marco laboral, un cruce en el mismo edificio donde ella es la nueva incorporación de la oficina de asistencia a las víctimas. Los creadores utilizan el entorno laboral como un territorio de igualdad para los personajes, en el que la chispa sexual transita de lo profesional a lo social alimentada por esa dinámica diaria en los diversos estrados. Al mismo tiempo, las expectativas de triunfo de Dan se afirman en el difícil vínculo con el recuerdo de su padre fallecido, también un integrante de la “familia judicial”, mientras la presión de la familia de su esposa Beth (Amanda Peet) para dedicarse a la práctica privada y abandonar sus ambiciones políticas ofrece un hábil contrapunto con la pasión profesional que al comienzo comparte con Alex. Sin asumir la lógica del cine judicial, la serie se afirma en la lógica del litigio para anticipar el trágico devenir del romance.
3. El enigma policial como elemento decisivo de la narrativa
Uno de los cambios fundamentales que ofrece la serie es la incorporación de un enigma y una narración a dos tiempos. La primera escena nos muestra a Dan en una audiencia por su libertad condicional luego de pasar quince años en prisión por el asesinato de Alex. Su hija, ya adolescente, está entre los asistentes a su declaración de culpabilidad. Lo que nos informa ese tiempo es la intención de Dan de recuperar el vínculo con su familia y, pese a su confesión, demostrar con pruebas su inocencia. Es en el pasado donde se va tejiendo su encuentro con Álex, el romance clandestino que los une y el desenlace trágico. La pregunta obligada es quién mató a Alex y cómo Dan conducirá la investigación bajo las condiciones de vigilancia que exige su libertad condicional. El esquema evoca tanto a The Affair, la serie de Showtime con Dominic West y Ruth Wilson que situaba un romance clandestino en el pasado y la investigación de un asesinato en el presente, también jugando a dos voces y con un alto contenido de erotismo, al igual que a American Gigolo, relectura del clásico de Paul Schrader también con una impronta criminal y un erotismo ochentoso. Sin novedad en la fórmula, la lógica de la serie de Cunningham y Hynes busca involucrar al espectador en el misterio al mismo tiempo que expandir el acotado relato de la historia original. El policial se ha convertido en una imaginería dúctil en los últimos años, capaz de infiltrase en todo tipo de narrativas con la definitiva vocación de atrapar al distraído espectador de plataformas en las cadenas de una intriga.
4. El atractivo del mundo adulto
Entre tantas series adolescentes y narrativas de fantasía, el tratamiento del sexo y el deseo desde la experiencia adulta resulta un territorio atractivo. Atracción fatal esquiva el registro visual algo clipero, propio de la estética de Lyne, y construye la seducción entre los protagonistas a partir de las miradas, las conversaciones, la emergencia del deseo y la concreción del sexo. Ese territorio es tanto una exploración del goce de los personajes en relación con lo prohibido –por diferentes razones para cada uno– como una actualización de la imaginería del policial negro, con sus connotaciones morales y su amalgama entre sexo y poder. Sin ser una mujer fatal, Alex asoma como una presencia determinante en la historia, una mirada que insinúa su fragilidad al mismo tiempo que revela el creciente descontrol de sus acciones.
5. Lizzy Caplan
La actriz, también determinante en La nueva vida de Toby, se hizo famosa como Virginia Johnson, sexóloga y pionera en descubrimientos en materia sexual desde la lupa científica y divertida de la serie Masters of Sex, y ahora viste a su Alex Forrest de una lacerante oscuridad que no le resta atractivo. A diferencia del personaje de Glenn Close, que exponía su psicopatía en un abrir y cerrar de ojos, la nueva serie explora el pasado de Alex como contexto de sus acciones, y tras sus traumas y dependencias se recoge una normalidad más esquiva de lo imaginado. Caplan evita histrionismos y arrebatos para condensar la tensión de su interior en la mirada, en su notable presencia corporal y en sus movimientos sinuosos por el espacio que generan una inquietud cada vez más perturbadora.
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