CONVERSACIONES
Pola Oloixarac
“Twitter es una guerra de guerrillas”

Texto de Diana Fernández Irusta // Fotos: Fernando Gutiérrez
Ya su primera novela, Las teorías salvajes, irradiaba una escritura de sensualidad aguerrida, cierta vocación por patear el avispero. Además del elogio que en su momento le dedicara Ricardo Piglia (“el gran acontecimiento de la nueva narrativa argentina”), en 2010 la revista británica Granta la reconoció como una de las mejores nuevas novelistas en español y en 2021 obtuvo el Premio de Literatura Eccles Centre & Hay Festival. En las novelas de Pola Oloixarac (tras Las teorías salvajes vinieron Las constelaciones oscuras y Mona, todas publicadas por Random House) confluyen el gusto por la ciencia ficción, la fascinación por algunos aspectos del siglo XIX y las ganas de faltarle el respeto al progresismo, sacarles pompa y oropeles a los claustros universitarios, el circuito literario y la militancia setentista, y confrontarlos –a todos ellos– con los recursos de la sátira. También indagó, junto al compositor Esteban Insinger, en el lenguaje de la ópera; así surgió Hércules en el Mato Grosso, obra que se presentó en el Centro de Experimentación del Teatro Colón en 2014 y que en junio de este año tendrá una puesta en Munich. Pero si hay algo que la puso en el centro del candelero en el último tiempo son los artículos periodísticos –perfiles de figuras de la política argentina, escritos con una prosa irreverente y por momentos feroz– que comenzó a escribir hace unos seis años y que actualmente publica “Escribirlos se volvió algo adictivo”, comenta vía zoom Oloixarac, siempre sonriente y con la ironía a flor de piel. Instalada desde 2020 en Barcelona, la escritora estuvo en la reciente Feria del Libro de Buenos Aires, donde presentó Galería de celebridades argentinas (Libros Del Zorzal), volumen que reúne varias de esas columnas y algunos textos inéditos. Se la ve cómoda en el terreno de la provocación: durante su estada porteña no se privó de las declaraciones belicosas ni del pugilato verbal en Twitter –la red de sus amores–, donde hace unos días, tras despellejar en diversos medios al líder de La Libertad Avanza, Javier Milei, lanzó: “Bonjour queridos! Me comentan que anoche en la @ferialibro Bad Cow @JMilei intentó contestarme, alguno tiene el videíto?”
Vive en Barcelona y visitó la Feria del Libro de Buenos para presentar Galería de celebridades argentinas– Es indudable que tus columnas tienen impacto. Y las intervenciones en Twitter, ni hablar. ¿Qué es lo que te atrae de una red social tan marcada por la agresividad? ¿Qué tipo de ejercicio hay en ese juego de respuestas rápidas y emojis? –Yo me divierto mucho en las redes sociales, en particular en Twitter. Para mí es un espacio de guerra de guerrillas contemporánea. A ver: si quiero buscar la receta de cómo hacer un jugo, me voy a Instagram. Para mí, Twitter es un lugar donde se dan operaciones psicológicas a gran escala. El momento en el que vos podés subirte a la ola, eso que otras personas pueden ver como una tormenta de mierda, una shitstorm, es un momento interesante. Es como una especie de ensayo colectivo, con gente que está participando de una manera muy visceral. Además, es genial porque todas esas intervenciones son escritas, las puedo leer. Puedo estar de acuerdo o no con lo que se dice ahí, pero para mí eso es algo totalmente secundario. Porque doy por sentado que mucha gente está equivocada. La idea de que vamos a estar todos de acuerdo para mí no llena un castillo inflable, me aburre. De hecho, cuando saco una nota y solamente me dicen elogios, no me gusta. Hay que poder tocar algo así como una fantasmática troll para subir en el algoritmo. Entonces ahí sí lo que escribiste se vuelve viral y llega a todos lados. Somos seres humanos, pero en el momento en que entramos a las redes funcionamos como virus, estamos infectando a otra gente. Y los virus, cuando son informáticos, tienen ciertas reglas. Vos tenés que tocar el algoritmo para entrar en el ámbito de la relevancia. Para mí es súper interesante ese momento en que me convierto en un virus. Obviamente, hay también un pensamiento civil. Yo me pienso como un soldado. Es una guerra de guerrillas, voy a jugar, voy a tirar una granada, voy a entrar agazapada… Es algo muy divertido porque es todo con palabras. Si fuera una cosa ERP con Montoneros, ya no me engancharía para nada. Si hubiera heridos, sangre… no. Pero si le estoy arruinando la tarde a una persona que es un enemigo, me encanta. Me divierto un montón. –Un plan para nada new age. –Pará, porque es new age. Vos podés apagar la computadora, ponerte a meditar, y nada de esto pasó. Eso es lo que es hermoso. Está en un universo en el que podés elegir entrar y podés elegir irte. Cuando cierro la computadora, me fui. Es así: si algo empieza a afectarte, cerrás la computadora y ya está. –¿Sos de las que nunca ponen candado a su cuenta? –Es que la idea de sufrir en las redes sociales no la entiendo. Si una red te hace sufrir, te vas. Y si una amiga la pasa mal, le digo: “andate de ahí”. No creo que todos debamos estar en las redes sociales. Tenemos que estar si nos divierte. El mundo que está mal es el mundo de la violencia política real, donde encarcelan gente. Lo que pasa en Nicaragua, lo que hizo el kirchnerismo. A mí me pasó que perdí amigos por no haber firmado una carta donde distintas personas ligadas a la cultura apoyaban a [Daniel] Scioli. Yo no obedezco la línea de ningún partido político. El punto es poder pensar de manera crítica, tener libertad para pensar de manera crítica. Escribo para eso. –¿Qué pasó cuando pasaste del terreno estrictamente literario al de los retratos políticos? ¿Sentiste que hubo ahí algún corte, algo así como pasar del mundo del siglo XIX –un universo que siempre te interesó– a una cosa más cruda, a la pelea en el barro? –Es que para mí es muy siglo XIX lo que hago. Porque cuando escribís una novela, le tenés que dar a los personajes un montón de formas para que el lector los pueda visualizar. Con Galería de celebridades argentinas hago lo contrario: a los personajes ya los ves, lo que no está es toda esa parte del narrador omnisciente del siglo XIX que te dice [cambia la voz, la vuelve más grave; actúa un personaje de otro tiempo]:“él la miró y ella en realidad pensaba…” –Sería un registro... –Algo así como el barroco psicológico del siglo XIX, donde en un párrafo está toda la tensión de una mujer que quiere, pero no, y el hombre, y entonces… A mí me divierte la prosa. Como lectora, me fascino con Henry James o [Vladimir] Nabokov, tipos que te hacen vivir en un párrafo. No soy muy lectora de trama. Lo lindo de las columnas es que la trama es lo que ya vemos: la trama política. Vienen las elecciones, uno le quiere ganar al otro. Ya está, la trama está resuelta. Entonces, puedo concentrarme en lo que me gusta a mí, que son los detalles, el personaje: qué está queriendo decir, por qué hace lo que hace, qué quiere esconder. Muchas veces ellos, los políticos, se construyen como personajes. Es algo que hacemos todos los seres humanos. Pienso en Charles Kinbote, [personaje] de Pálido fuego [novela de Nabokov], que es un tipo que está loco, está obsesionado con un poeta. Es un stalker, lo asedia; cree que es el único crítico que puede interpretar a ese poeta. Vos ves lo que el tipo piensa, pero también ves una transparencia, lo que le está pasando de verdad: ves que en realidad está loco, que se ríen de él. Para mí, eso es lo más sublime que puede pasar, cuando tenés ese espesor. Por eso es una tentación escribir perfiles políticos. La trama ya está hecha, lo que digo es que vayamos a ver los personajes. –¿Y encontrar el monstruo? ¿La ironía puede ser un camino productivo en este sentido? –En un mundo perfecto, la ironía sería nuestra arma secreta. Cuando pienso en un personaje, tengo presentes ciertas formas de la ironía rioplatense clásica. Para mí, organizada primero por El arte de injuriar, de Borges. Es hermoso lo que dice, que el arte es no tocar a ése de quien hablás, sino generar una especie de desprecio a su alrededor. Y no hay que dejar de lado la gran inspiración que nos dan estos personajes con las cosas que hacen. Son unas musas muy activas.
“Estoy segura de que las mujeres somos agresivas, violentas, sexualizadas. No paro de verlo. Y eso forma parte de lo que escribo”–Hace un rato hablabas de “guerra de guerrillas” en las redes, ¿cuál sería tu enemigo? –Mi enemigo es el autoritarismo. Estoy en contra de eso desde la escritura misma. Yo no bajo línea, no hago pedagogía, no le digo a nadie lo que tiene que hacer. Describo gente y trato de desnudar mecanismos, la forma en que los políticos quieren entrar en nuestra vida como personajes. Para mí el problema es que hay muchas formas autoritarias dando vueltas, de distintos signos, que son las que me parecen preocupantes. No escribo desde una posición apolítica, para nada. Lo hago en contra de las formas que para mí están más cercanas a cercenar las libertades de las personas. Mis enemigos: la falta de imaginación política y el autoritarismo. –¿Tenés un sistema para escribir? –Construyo un dispositivo. Creo que la literatura es eso: te tiene que tocar. A mí me parece un experimento interesante generar una lectura colectiva inmediata, que tenga un efecto político inmediato. Como escritora, me interesa. Es como un experimento con seres humanos, algo muy sci-fi: con lo que escribiste te convertiste en un virus, el virus infectó y movió esa mano para que escriba: [cambia la voz, gesticula, imita el gesto indignado de un anónimo tuitero] “¡¡¡No puede ser!!!”. Tiene su vértigo, yo observo esa situación, veo cómo todos estamos escribiendo. Es como un ensayo colectivo. La cosa es que hay algo de la literatura que te activó como lector, no te dio igual leer eso que leíste. Y eso es un diamante. No es que sea masoquista. Para nada. –Tus textos tienen una impronta atrevida, un modo de incorporar la sensualidad –y la sexualidad– que, me parece, no era frecuente entre las escritoras cuando salió tu primer libro. ¿Hubo un gesto belicoso ahí, en el mismo comienzo? –En mi primera novela, sí. Me interesan mucho los años 70 y Las teorías salvajes fue mi ajuste de cuentas con la generación de los 70, con Montoneros, con esa zona. Pero tenía una idea absolutamente fantasiosa de lo que tendría que ser un debate intelectual. Iba a la facultad, me agarraba con gente, pero bueno, estudiaba Filosofía, discutíamos sobre Heidegger. Es algo diferente: el control que tenés sobre la palabra cuando escribís no se compara con un debate oral. Pero sí tenía la fantasía de que había que hurgar en ese pasado, provocarlo. Es un libro sobre la guerra. Ahí fue cuando descubrí las redes sociales, porque me pidieron que me retracte de lo que decía en el libro, había una asociación trotskista que pidió que hiciera un desagravio a la universidad… Ellos hicieron un texto que era una dilapidación total de mi persona. Decían que lo que había escrito era una novela falocéntrica, sin amor. ¡Sin amor! [enfatiza la frase, la remarca] En ese momento, yo no entendía nada. Y si bien me di cuenta de que era algo bueno que un libro generara esa situación, no esperaba que hubiera novecientos comentarios en una red social, insultándome. Ahí la pasé mal. Pero la pasé mal en 2009, en ese momento. Ahora ya está. Ahora no la paso mal. En esos años las redes todavía eran algo novedoso, la circulación se daba en blogs, en Facebook; Twitter era reciente. Hoy encuentro ahí, en las redes, algo muy inspirador, como de literatura de contacto. No digo que busque un efecto, pero es una posición de desobediencia con lo que se supone que está bien hacer. Desobediencia frente al discurso que hay que tener sobre los años 70, frente al discurso que hay que tener como escritora mujer, argentina: no sé cuál es ese discurso. Para mí es muy estimulante buscar mi voz y hacer libros que no se hicieron antes. Yo quería hacer libros rutilantes, divertidos. Y es que si no… bueno, ya está el ChatGPT. –Hablás de “desobediencia”. ¿Podríamos pensar que esa palabra sugiere bastante más que la tan repetida “incorrección”? –¡Además, yo soy correctísima! Mi ortografía es correcta, respeto la gramática. Me baño, me pinté las uñas [muestra las manos, se ríe]. –En medio de tantas corrientes y discusiones al interior del feminismo, ¿dónde te estarías ubicando? –Mi feminismo está en ayudar a otras mujeres. Adhiero a un feminismo no autoritario, un feminismo liberal. Pido que las mujeres tengamos igualdad de oportunidades, que podamos decidir sobre nuestro cuerpo. Si una revista pone en tapa sólo tipos, es una revista que no me interesa, ¿entendés? Si dentro de todos los escritores que hay solamente se te ocurre que los interesantes pueden ser varones, ya no me interesás. Creo que todavía hay muchísimo machismo en la literatura, en la política. Todavía hay un montón de batallas por dar. Las seguiremos dando, no hay que arredrarse. Hay nuevas generaciones, chicas que quieren hacer un montón de cosas, y ojalá la tengan más fácil. Existe el machismo y hay que combatirlo. –¿Cómo se traducen este tipo de posiciones, esta manera de plantarte frente al mundo, en tu escritura? –Cuando salió Las teorías salvajes, uno de los elogios que me llegaban era que escribía como hombre. Yo me preguntaba: ¿qué quieren decir? En lo que hago debe haber algo que no es directamente asociable a lo que se suele pensar que es la escritura femenina. Quizás esa idea de que las mujeres no somos agresivas, no somos decididas, no somos violentas. Pero yo estoy segura de que somos agresivas, violentas, atrevidas, sexualizadas. No paro de verlo. Creo que no paré de verlo desde que soy chica. Y supongo que eso forma parte de la forma en que escribo. No sé, quizás hay modales de cómo debe escribir una mujer que a mí no me llegaron, no me bajó internet [sonríe]. Estudié Filosofía, lo que siempre me interesó fue cómo las argumentaciones se vuelven formas narrativas. Una demostración de la existencia de dios, ponele, es un argumento lógico. Me gustan las argumentaciones. Las mujeres recién estamos destapando la punta del iceberg de lo que podemos escribir y podemos publicar. Porque hasta hace poco tiempo no podíamos publicar. Tenés el caso de, por ejemplo, P.D. James o J. K. Rowling, que se pusieron iniciales porque con sus nombres no podían vender. Es muy reciente que haya tantas mujeres escribiendo y moviendo las cosas en el mundo editorial. Con estilos muy distintos, vamos ampliando el espacio de lo que se espera que escribas si sos una mujer. Lo que sé es que ya no me interesa leer un libro de un pibe que cuenta que le encanta tener citas en Tinder. Eso ya lo leí. –¿Se abrió el abanico de lo posible y ya no hay retorno? –Exacto, se abrió. A mí de chica me encantaba leer a [Charles] Bukowski, a Martin Amis, a Julian Barnes: era la gente que hablaba de sexo, que escribía con ínfulas de tener una vida estupenda, bohemia, que quería reinventar el mundo. Ahora estamos viendo cómo las mujeres hacen eso. Entonces, no podemos volver a transitar todo lo que ya leímos.
“En las redes encuentro algo de literatura de contacto”–Cambio un momento de eje: ¿es verdad que de chica te carteabas con la NASA?
–Te lo puedo mostrar [se levanta, lleva la computadora con ella; permite realice un tour virtual por su casa de Barcelona y muestra, colgadas sobre las paredes, las imágenes que tiempo atrás le llegaron desde la agencia de investigación espacial de los Estados Unidos]. Esa foto es de Marte, esa es de la sonda Viking; me las mandaron cuando yo tenía 8 años. Les había mandado una carta y no lo podía creer cuando me respondieron. Mirá, este es el sistema de Neptuno, ese es un atardecer en Marte. Acá está Saturno, una partecita de Venus [termina el recorrido, vuelve a sentarse]. Era la época de Reagan, había todo un tema con la imagen de los Estados Unidos en el mundo, la diplomacia cultural. Yo les escribí y me respondieron. Después, empecé a escribir a la Sociedad planetaria de Carl Sagan, que era mi ídolo. Ahí está: escribí algo y obtuve un efecto. Cuando eso pasa, te encariñás… Ya no querés volver atrás. Yo quiero escribir y obtener un efecto, que pase algo.
–O sea, que ya sabemos qué fue lo que marcó todo lo que vino después. –¡Claro! Si la NASA no me respondía, por ahí me dedicaba a la Filosofía.
–Me tomo una licencia y me pongo en plan lectora de horóscopo... de chiquita te carteabas con la NASA y de adulta formaste familia con alguien que sube satélites al espacio [Emiliano Kargieman, fundador y CEO de Satellogic].
–Es verdad. ¡Todo conectado! [lanza una carcajada].
–¿Te está capturando tanto la política que no vas a volver a publicar nada ligado con la ficción?
–Estoy armando algo muy sci-fi.
–¿Tiene que ver con el proyecto con el que obtuviste el premio Eccles Centre & Hay Festival? [Una obra de no ficción llamada Atlas literario del Amazonas, que supone trabajar con las colecciones de la Biblioteca Británica y es similar al proyecto que lleva adelante la protagonista de Mona, su última novela].
–En realidad el Atlas del Amazonas lo estoy haciendo, pero es algo que lleva tiempo. Prefiero ir publicando otras cosas en el medio.
–El libreto de la ópera Hércules en el Mato Grosso incluye textos en portugués, quechua y alemán. ¿Cómo hiciste para moverte entre universos lingüísticos tan distintos entre sí?
–Bueno, soy como una lingüista frustrada, siempre estoy estudiando. Hablo las lenguas romances (portugués, francés, italiano, castellano), ahora aprendí catalán. Y estudié quechua, ruso, árabe. En un tiempo, también estudié hebreo bíblico. Son una fuente de fascinación, de inspiración. Si viviera en Paraguay hablaría el guaraní. Si me muevo a un lugar, trato de aprender la lengua que se habla ahí. Es una pasión. La lengua romance es un caudal muy grande, como una montaña. Bajás para un lado y tenés francés; para el otro, catalán, un poquito más allá el castellano y, en el medio, muchos acentos para delinear. En Cataluña está el acento de la costa, que es mucho más cerrado, el acento de Barcelona, que es distinto. Y la cuestión de las clases sociales, que es súper interesante con el catalán: se hablan distinto, según el sector que sea.
–Viviste en California, Las constelaciones oscuras la escribiste en Bariloche, ahora estás en Barcelona. ¿El movimiento ayuda a escribir?
–Yo me adapto. Pero a la vez, no inmigro más. Vivo en Barcelona, pero no soy inmigrante.
–¿Cómo es eso?
–No estoy esperando que me acepte la cultura de acá. Ya fui inmigrante en Estados Unidos. Ya inmigré allá, ya me fui, todo ese trabajo ahora no lo hago. Puedo viajar por todos lados y es como que soy más argentina y más porteña que nunca. Cuanto más viajo, más argentina me vuelvo. Qué se yo, ahora lo vivo así. Estoy en Barcelona, pero siento que estoy en Belgrano R.
–¿Realmente uno puede sentirse tan en casa en otro lado?
–Extraño a mis amigos, pero voy un montón a la Argentina. Y cuando quiero un poco de acción… tengo Twitter [risas]. Son todo ganancia, las redes sociales. Llevo California en mi corazón, es algo que se quedó en mí y que no se va más. Y a Buenos Aires la tengo muy mutada, en realidad. Una Buenos Aires utópica, porque desde 2010 que no vivo ahí todo el tiempo: voy, vuelvo. Pero bueno, todo esto me ayuda a vivir de una manera medio encantada. Encuentro acentos… Si alguien me habla en cordobés acá, me vuelvo loca. Es muy lindo, algo muy afectivo. Al mismo tiempo, está la manera en que vivimos en la red. Es raro: podemos estar, pero de una manera particular, medio como sin cuerpo. Podés estar en cualquier lado, qué sé yo, en la estación espacial, y da igual [hace una pausa, genera expectativa, se ríe]... porque vos estás en Twitter poniendo berenjena, berenjena.
Producción: Lucía Uriburu. Asistente de producción: Nina Capece. Make-up y pelo: Luli de la Vega. Agradecimientos: Ménage à Trois y Palladio Hotel Buenos Aires (Av. Callao 924)
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