lunes, 8 de mayo de 2023

LA FRUSTRACIÓN DE LOS ARGENTINOS


Adictos a las crisis, estamos atrapados en la calesita del estancamiento
Temerosos del cambio, los argentinos nos aferramos a lo conocido, a pesar de que eso nos devuelve al pasado y a la frustración
Miguel Lagos Psicólogo
Los argentinos estamos inmersos, una vez más, en una película que conocemos demasiado: la negligencia, la crisis política y la debacle económica. La repetición de lo conocido, en la psicología de la neurosis, es siempre mejor que enfrentar la incertidumbre de lo nuevo. El dicho popular lo confirma: más vale malo conocido que bueno por conocer. Lo que ya dominamos es siempre un lugar seguro que nos tranquiliza y deja afuera el peligro de lo incierto. De lo que no controlamos. Desde el temor, elegimos lo que nos da seguridad. Kierkegaard advierte con una frase sabia: “El que no tiene miedo en la vida es porque no suele acercarse a ningún abismo”.
Los argentinos padecemos una adicción a las crisis, no como sacudidas de crecimiento que desestabilizan pero impulsan a avanzar, sino como un lugar conocido al que volvemos cíclicamente y que genera regresión, más que superación. Aferrados al pasado y anclados a la resistencia al cambio, las crisis no representan para nosotros oportunidades de transformación, sino cascarones protectores en los que nos refugiamos como quienes se resisten a crecer y pasar de una etapa de la vida a otra. ¿Nos hallamos todavía en una etapa uterina sin poder darnos a luz? ¿O padecemos una adolescencia eterna que nos permite seguir echándole la culpa a otros de nuestros fracasos?
Freud decía que en lo conocido y “familiar” podía haber algo sombrío e inquietantemente siniestro: la repetición morbosa de lo mismo, el callejón sin salida. La repetición de lo conocido tranquiliza pero desespera. Estanca. No encontramos la salida, no aprendemos nada nuevo, no cometemos errores ni superamos obstáculos. Permanecemos siempre en el mismo lugar. Lo más cercano a la muerte, a lo inerte, es la inercia. La vida es movimiento hacia adelante, cambio, novedad, transformación. La vida se mantiene viva viviéndola. Si se la “conserva”, muere.
Sólo lo desconocido es promesa. Augura futuro. Aunque haya que atravesar el “temor y temblor”, lo incómodo de la incertidumbre, en lo desconocido se abre el horizonte de lo nuevo, de lo posible, lo “por venir”. La inestabilidad puede dar lugar a la creatividad y el territorio desconocido puede convertirse en el escenario propicio del crecimiento. Allí existe la posibilidad de la exploración y del intento, del ensayo, de errar y acertar, equivocarse y aprender. El conocimiento, en cualquier campo, avanza cuando duda, cuando cuestiona lo establecido por la teoría anterior. Los paradigmas cambian cuando se ponen en crisis los viejos modelos ya caducos y aparece la posibilidad de la transformación.
Solemos decir que los argentinos estamos acostumbrados a la inestabilidad, las crisis y el caos. Pero “nuestra inestabilidad” no es creadora. Se ha vuelto inercia. No nos empuja a superar nuestros límites. Nos hace permanecer en la calesita del estancamiento.
Estamos enfermos de “repeticionismo”, devorados por la inercia de la eterna repetición de lo mismo, de los modelos archiconocidos que fracasan una y otra vez, de pensamientos únicos que no dan lugar a intentos nuevos, alternativas ni búsquedas de renovación. Encerrados en la rueda de hámster de una neurosis compulsiva, damos vueltas y vueltas sin ir a ningún lado, tropezando siempre con las mismas piedras y volviendo siempre a los mismos callejones sin salida. Estamos llenos de “planes” y ningún plan a largo plazo, mientras la deserción escolar, el hambre y la pobreza avanzan.
El país calesita genera dolor, falta de confianza y visión de futuro. Desesperanza. En la clase media, la pandemia dejó a muchos adolescentes deprimidos, desganados por el hartazgo de la virtualidad pero también por la dificultad para imaginarse en el futuro aplicando los conocimientos adquiridos. Son los jóvenes de ese sector los protagonistas del éxodo hacia otros países en busca de mejores oportunidades. En los sectores más carenciados no hay éxodo posible sino caída, abismo. Primero en el agujero negro de la deserción escolar y más tarde en la precariedad laboral de las changas, en el mejor de los casos, o en la marginalidad.
El país calesita nos pone una y otra vez frente a la misma película que miramos atónitos aunque paralizados y sin poder reaccionar.
¿Estaremos enfermos de un mal incurable y mortal que nos condena a resignarnos al eterno retorno de lo mismo o alguna vez podremos dar un golpe de timón que cambie nuestro destino?
La evolución, el crecimiento, no es lineal sino en espiral. Avanzamos pero encontramos dificultades y cometemos errores. A veces nos estancamos y necesitamos retroceder para desandar el camino y aprender, ver dónde nos atascamos y sortear los obstáculos de una manera nueva para volver a avanzar. Pero cuando no se aprende, la historia se repite.

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