García Márquez explica como nadie el caos del mundo actual
Con Cien años de soledad, el escritor colombiano creó una metáfora vigente
Por Miguel Ángel Caminos
Gabriel García Márquez en Cartagena, una de sus ciudades
Entre la vasta literatura universal, hay obras que son únicas. Se trata de clásicos que ameritan relecturas y que en algún punto encienden luces rojas para advertir sobre la neurosis de la humanidad. En esos casos, la amenaza no está asociada a lo distópico, sino a historias ligadas a la realidad a través de lo extraño. Las distopías juegan con el peligro del futuro, mientras que historias así no ponen el foco en el tiempo, aun cuando puedan pronosticar destinos aciagos.
Cien años de soledad es una novela que obedece a estas características. Gabriel García Márquez la escribió con enorme pasión. Casi en trance, le suplicó a su esposa, Mercedes Barcha, que soportara la pobreza en la que vivían hasta que lograra terminar el texto. Debía quedarse encerrado, horas enteras, para ordenar esa increíble historia de Macondo que lo desvelaba. Incluso bromeó diciéndole que él sabía, sin dudar, que ella no le haría más reproches cuando ganara el Nobel. Y lo ganó. El premio celebraba a un escritor fundamental, que asombró a lectores y a críticos. Paul Auster afirmó que Cien años de soledad le resultó uno de esos raros libros que le cambió el modo de mirar el mundo. Se refería, pues, a la irrupción de una novela que jaqueaba como pocas el orden establecido. Tal vez se insistió demasiado en la idiosincrasia del realismo mágico para explicar el fenómeno, en perjuicio del valor alegórico. La mayor virtud de García Márquez fue tejer un argumento de relojería cuya proyección muestra a un pueblo, el mítico Macondo, al que se llega después de comprender que la esencia de todo esta ahí. Y por decantación en la mente del lector, que reconstruye los pesares de la existencia.
Vale recordar que la fascinación de seguir el hilo conductor de los linajes de tantas generaciones, con el legado de la familia Buendía, permite indagar sobre el despropósito de vivir mal. No es otra cosa el secreto que esconde el libro: la humanidad naturalizó durante siglos el delirio colectivo
del poder, el odio, la violencia y la corrupción. El pesimismo y el optimismo son simplificaciones. La propuesta de García Márquez (o la de Cien años de soledad) es que en tales condiciones el mundo debería detener el paso. Los seres humanos, al unísono, tendrían que permanecer en vigilia hasta salir del laberinto. Que, en escala menor, es el que aísla a Macondo y al coronel Aureliano Buendía, cuya soledad lo abruma. Así es como García Márquez creó varios planos: el de la leyenda, el de lo fatídico y el de la realidad. En este sentido, el paroxismo del desorden del pueblo es que, de algún modo, se autodestruye. La tragedia se encuentra en la escasa reacción colectiva, pese a que es fácil percibir el increíble contraste entre los avances científicos y la guerra. Aquí cabe el mandato de que pintar la aldea propia es pintar el mundo. Pasa en Macondo y pasa en todas partes, ayer y hoy. Compulsar la falta de reacción, en pocas palabras, implica resignarse a la condición humana.
García Márquez sugiere en Cien años de soledad que el mundo colapsará si no supera su insania. Es oportuno recordar que el eje argumental gira en torno a la fundación de Macondo y a la familia Buendía, siempre en pugna, que carga con la mochila de un designio aterrador. La profecía de Melquíades, personaje inaudito, se basa en descifrar pergaminos esotéricos. Solo la alquimia le permitirá discernir el futuro. Apenas la punta del iceberg. Entre el nacimiento y la caída de Macondo, la saga de los Buendía enfrenta la odisea de salvarse y salvar la aldea.
Sin otra oportunidad
En eso se apoya la metáfora, es decir, en la necesidad de cambiar de raíz al ser humano para que haya otra oportunidad. Sin embargo, no la hay. La premonición de Melquíades se cumple, porque el caos triunfa sobre el orden. La novela cierra con la célebre expresión “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.
Frase final, taxativa, que termina por dejar al lector en silencio. Tras la historia aparece la reflexión. En paralelo, la literatura le abre las puertas al análisis de la realidad actual. Cien años de soledad nunca envejece. Ni siquiera se requiere dirigir los hechos hacia el ámbito del mensaje previsible, ya que García Márquez edificó una novela grandiosa, llena de guiños. Los efectos de su pletórica trama ingresan en algo profundo, como el sentido ontológico de la existencia y, a la par, el daño tangible de una sociedad que camina a ciegas. ¿Por qué no imaginar que los ríos de tinta que se escribieron sobre Cien años de soledad aún se reescriben? Ante todo, en el marco de la relación con zonas fértiles, cuyas máximas aristas se hallan en la filosofía y en los estudios transversales de las ciencias sociales.
Aun a riesgo de ser digresivos, la lectura de ensayos como Un mundo desbocado, de Anthony Giddens, sirve de ejemplo para trasladar Cien años de soledad al presente, lo que supone un ejercicio muy singular. “Nuestros intentos por controlar el futuro –dice Giddens– tienden a volver hacia nosotros, y nos obligan a buscar formas diferentes de acercarnos a la incertidumbre”. Un mundo desbocado se publicó en 1999. Pero, en una entrevista de 2016, el autor fue categórico: “Nunca el mundo estuvo en mayor peligro que en el presente”. Desde luego, a ojos de la sociedad, es debatible. Pero ¿a cuento de qué viene esto? A que, por fuera del género literario, la novela de García Márquez dialoga con libros nacidos de un axioma: el ser humano vive una crisis tan aguda que quizá no exista otra oportunidad. Sin adherir a visiones apocalípticas, lo cierto es que leer con atención Cien años de soledad conduce a observar la actualidad con recaudo. Que el ser humano siga generando guerras, que las catástrofes naturales azoten, que miles de migrantes sufran a diario, que el eco de la inquina sean las redes sociales, preanuncia un triste diagnóstico. Si a Cien años de soledad le quitáramos la pátina del éxito literario, y de ser la novela icónica del boom latinoamericano, veríamos el costado connotativo de un libro renovado. Parábola, a lo largo de muchas páginas, del presente crucial que atraviesa la humanidad.
Espejo del mundo actual
Por de pronto, persisten los problemas que arrastran consecuencias impredecibles. Eso sí, es curioso que la colosal ficción de García Márquez pueda unirse a la realidad más concreta.
Cuando solo se imponía la literatura tradicional, García Márquez confesó que su vocación por la escritura se potenció después de leer La metamorfosis, de Kafka. Era joven y, en la lista de sus lecturas predilectas, todavía no había asomado el autor checo. Lo deslumbró. Años después, creó el rompecabezas de Cien años de soledad sobre la base de gestar intrincadas relaciones entre personajes desquiciados. La cordura, la gran ausente, deja un marcado vacío. En relación a la falta de memoria y de inteligencia, cautiva que en Macondo la verdadera rebeldía sea la de una anciana lúcida, Úrsula, que pone bajo la lupa los errores del pueblo. Las mujeres de Cien años de soledad tienen un rol clave. Anticipan la sensación de ahogo que causa perder el rumbo. Angustia que refleja la situación de una población sin brújula. Desde la publicación de Cien años de soledad, en 1967, García Márquez pasó a ser una figura internacional. Su novela dio vueltas al mundo en la consagración del realismo mágico y, también, de un estilo lujoso. Más allá de las implicancias ideológicas, el panorama completo que ofrece la narrativa de García Márquez escapa a cualquier rótulo.
En la actualidad los conflictos individuales y colectivos crecen como hongos, y la vida se ha complejizado demasiado. Darse tiempo para leer Cien años de soledad, en el siglo XXI puede deparar sorpresas. Descubrir, de repente, que el caos que se desata en Macondo es el espejo del mundo actual. Asimismo, todas y cada una de las obras de García Márquez enseñan a pensar: El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera o El otoño del Patriarca, entre otros títulos.
Ya se anunció la novela póstuma de García Márquez, En agosto nos vemos, que saldrá en marzo de 2024. Año que, además, será el recordatorio de una década de su muerte. Por qué no recordarlo desde ahora con esa opinión laudatoria que para él significó como escritor el mayor elogio jamás recibido: “Cien años de soledad –dijo Pablo Neruda– es la mejor novela en lengua castellana, después del Quijote”.
Entre la vasta literatura universal, hay obras que son únicas. Se trata de clásicos que ameritan relecturas y que en algún punto encienden luces rojas para advertir sobre la neurosis de la humanidad. En esos casos, la amenaza no está asociada a lo distópico, sino a historias ligadas a la realidad a través de lo extraño. Las distopías juegan con el peligro del futuro, mientras que historias así no ponen el foco en el tiempo, aun cuando puedan pronosticar destinos aciagos.
Cien años de soledad es una novela que obedece a estas características. Gabriel García Márquez la escribió con enorme pasión. Casi en trance, le suplicó a su esposa, Mercedes Barcha, que soportara la pobreza en la que vivían hasta que lograra terminar el texto. Debía quedarse encerrado, horas enteras, para ordenar esa increíble historia de Macondo que lo desvelaba. Incluso bromeó diciéndole que él sabía, sin dudar, que ella no le haría más reproches cuando ganara el Nobel. Y lo ganó. El premio celebraba a un escritor fundamental, que asombró a lectores y a críticos. Paul Auster afirmó que Cien años de soledad le resultó uno de esos raros libros que le cambió el modo de mirar el mundo. Se refería, pues, a la irrupción de una novela que jaqueaba como pocas el orden establecido. Tal vez se insistió demasiado en la idiosincrasia del realismo mágico para explicar el fenómeno, en perjuicio del valor alegórico. La mayor virtud de García Márquez fue tejer un argumento de relojería cuya proyección muestra a un pueblo, el mítico Macondo, al que se llega después de comprender que la esencia de todo esta ahí. Y por decantación en la mente del lector, que reconstruye los pesares de la existencia.
Vale recordar que la fascinación de seguir el hilo conductor de los linajes de tantas generaciones, con el legado de la familia Buendía, permite indagar sobre el despropósito de vivir mal. No es otra cosa el secreto que esconde el libro: la humanidad naturalizó durante siglos el delirio colectivo
del poder, el odio, la violencia y la corrupción. El pesimismo y el optimismo son simplificaciones. La propuesta de García Márquez (o la de Cien años de soledad) es que en tales condiciones el mundo debería detener el paso. Los seres humanos, al unísono, tendrían que permanecer en vigilia hasta salir del laberinto. Que, en escala menor, es el que aísla a Macondo y al coronel Aureliano Buendía, cuya soledad lo abruma. Así es como García Márquez creó varios planos: el de la leyenda, el de lo fatídico y el de la realidad. En este sentido, el paroxismo del desorden del pueblo es que, de algún modo, se autodestruye. La tragedia se encuentra en la escasa reacción colectiva, pese a que es fácil percibir el increíble contraste entre los avances científicos y la guerra. Aquí cabe el mandato de que pintar la aldea propia es pintar el mundo. Pasa en Macondo y pasa en todas partes, ayer y hoy. Compulsar la falta de reacción, en pocas palabras, implica resignarse a la condición humana.
García Márquez sugiere en Cien años de soledad que el mundo colapsará si no supera su insania. Es oportuno recordar que el eje argumental gira en torno a la fundación de Macondo y a la familia Buendía, siempre en pugna, que carga con la mochila de un designio aterrador. La profecía de Melquíades, personaje inaudito, se basa en descifrar pergaminos esotéricos. Solo la alquimia le permitirá discernir el futuro. Apenas la punta del iceberg. Entre el nacimiento y la caída de Macondo, la saga de los Buendía enfrenta la odisea de salvarse y salvar la aldea.
Sin otra oportunidad
En eso se apoya la metáfora, es decir, en la necesidad de cambiar de raíz al ser humano para que haya otra oportunidad. Sin embargo, no la hay. La premonición de Melquíades se cumple, porque el caos triunfa sobre el orden. La novela cierra con la célebre expresión “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”.
Frase final, taxativa, que termina por dejar al lector en silencio. Tras la historia aparece la reflexión. En paralelo, la literatura le abre las puertas al análisis de la realidad actual. Cien años de soledad nunca envejece. Ni siquiera se requiere dirigir los hechos hacia el ámbito del mensaje previsible, ya que García Márquez edificó una novela grandiosa, llena de guiños. Los efectos de su pletórica trama ingresan en algo profundo, como el sentido ontológico de la existencia y, a la par, el daño tangible de una sociedad que camina a ciegas. ¿Por qué no imaginar que los ríos de tinta que se escribieron sobre Cien años de soledad aún se reescriben? Ante todo, en el marco de la relación con zonas fértiles, cuyas máximas aristas se hallan en la filosofía y en los estudios transversales de las ciencias sociales.
Aun a riesgo de ser digresivos, la lectura de ensayos como Un mundo desbocado, de Anthony Giddens, sirve de ejemplo para trasladar Cien años de soledad al presente, lo que supone un ejercicio muy singular. “Nuestros intentos por controlar el futuro –dice Giddens– tienden a volver hacia nosotros, y nos obligan a buscar formas diferentes de acercarnos a la incertidumbre”. Un mundo desbocado se publicó en 1999. Pero, en una entrevista de 2016, el autor fue categórico: “Nunca el mundo estuvo en mayor peligro que en el presente”. Desde luego, a ojos de la sociedad, es debatible. Pero ¿a cuento de qué viene esto? A que, por fuera del género literario, la novela de García Márquez dialoga con libros nacidos de un axioma: el ser humano vive una crisis tan aguda que quizá no exista otra oportunidad. Sin adherir a visiones apocalípticas, lo cierto es que leer con atención Cien años de soledad conduce a observar la actualidad con recaudo. Que el ser humano siga generando guerras, que las catástrofes naturales azoten, que miles de migrantes sufran a diario, que el eco de la inquina sean las redes sociales, preanuncia un triste diagnóstico. Si a Cien años de soledad le quitáramos la pátina del éxito literario, y de ser la novela icónica del boom latinoamericano, veríamos el costado connotativo de un libro renovado. Parábola, a lo largo de muchas páginas, del presente crucial que atraviesa la humanidad.
Espejo del mundo actual
Por de pronto, persisten los problemas que arrastran consecuencias impredecibles. Eso sí, es curioso que la colosal ficción de García Márquez pueda unirse a la realidad más concreta.
Cuando solo se imponía la literatura tradicional, García Márquez confesó que su vocación por la escritura se potenció después de leer La metamorfosis, de Kafka. Era joven y, en la lista de sus lecturas predilectas, todavía no había asomado el autor checo. Lo deslumbró. Años después, creó el rompecabezas de Cien años de soledad sobre la base de gestar intrincadas relaciones entre personajes desquiciados. La cordura, la gran ausente, deja un marcado vacío. En relación a la falta de memoria y de inteligencia, cautiva que en Macondo la verdadera rebeldía sea la de una anciana lúcida, Úrsula, que pone bajo la lupa los errores del pueblo. Las mujeres de Cien años de soledad tienen un rol clave. Anticipan la sensación de ahogo que causa perder el rumbo. Angustia que refleja la situación de una población sin brújula. Desde la publicación de Cien años de soledad, en 1967, García Márquez pasó a ser una figura internacional. Su novela dio vueltas al mundo en la consagración del realismo mágico y, también, de un estilo lujoso. Más allá de las implicancias ideológicas, el panorama completo que ofrece la narrativa de García Márquez escapa a cualquier rótulo.
En la actualidad los conflictos individuales y colectivos crecen como hongos, y la vida se ha complejizado demasiado. Darse tiempo para leer Cien años de soledad, en el siglo XXI puede deparar sorpresas. Descubrir, de repente, que el caos que se desata en Macondo es el espejo del mundo actual. Asimismo, todas y cada una de las obras de García Márquez enseñan a pensar: El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera o El otoño del Patriarca, entre otros títulos.
Ya se anunció la novela póstuma de García Márquez, En agosto nos vemos, que saldrá en marzo de 2024. Año que, además, será el recordatorio de una década de su muerte. Por qué no recordarlo desde ahora con esa opinión laudatoria que para él significó como escritor el mayor elogio jamás recibido: “Cien años de soledad –dijo Pablo Neruda– es la mejor novela en lengua castellana, después del Quijote”.
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