El fogoso Milei es un enorme signo de pregunta
El líder de La Libertad Avanza alcanza el poder como la encarnación del hartazgo colectivo al cabo de cuatro años de una gestión desastrosa; ahora, el desafío de resolver los problemas
Pablo Mendelevich
En distintas épocas la Argentina tuvo como presidentes a políticos de alto vuelo y también a hombres (y mujeres) mediocres. Con mayor o menor experiencia partidaria, con más o con menos muñeca para la rosca política, todos –la mayoría abogados– eran políticos. Incluidos, desde luego, aquellos de formación militar, como Roca y Perón, verdaderos líderes de época.
Sin contar los gobiernos inconstitucionales surgidos de los seis golpes de Estado del siglo XX, por primera vez en la historia ahora gobernará la Argentina alguien que no es un político profesional: un outsider. Economista, panelista de televisión, Javier Milei llega al poder como la encarnación suprema del hartazgo colectivo premoldeado como corriente social subterránea en el sísmico 2001. Varias capas geológicas de fracasos y frustraciones, con especial grosor las del largo y resiliente ciclo kirchnerista, repujaron el fenómeno a imagen y semejanza de los outsiders que brotaron en otras latitudes. Nadie sabe qué desafíos se plantearán en esta nueva etapa que ayer se inauguró en la Argentina. Milei dijo anoche que se ha terminado una forma de hacer política y empieza otra. Es su promesa más verosímil.
Sin historia, sin un partido afianzado como no sea La Libertad Avanza, gestado ad hoc, con una doctrina libertaria particular, sin experiencia, sin un solo gobernador propio y con fuerzas parlamentarias tan minoritarias como novatas, el fogoso Milei es un enorme signo de pregunta. Lo que más se ignora de él involucra la campaña que acaba de terminar, la que lo convirtió en una figura mesiánica para vastos sectores sociales que antes no sabían quién era y que lo votaron para probar algo nuevo, algo distinto. ¿Gobernará aquel candidato iracundo de maneras y planteos extremos y baja tolerancia a la diferencia de ideas o el presidente electo que anoche esbozó una convocatoria abierta? ¿Lo sosegarán la cotidianeidad del poder y la necesidad de hacer acuerdos? ¿Podrá morigerarlo su flamante socio Mauricio Macri, cuya influencia real en el nuevo gobierno probablemente sea la segunda gran pregunta del momento?
Aclaración para extranjeros: en la Argentina está culturalmente muy aceptada la mentira en las campañas electorales. Carlos Menem, casualmente un modelo de estadista para Milei, al llegar al poder no solo se afeitó las patillas e hizo todo lo contrario de lo que había dicho o sugerido en la campaña, sino que justificó su conversión con un legendario sinceramiento: “Si decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie”. Su eficaz liderazgo, que le permitió unificar detrás de sí a casi todo el peronismo, elevó aquella confesión a la categoría de norma estructural.
Ese Milei perfilado como explosivo por la campaña, disruptivo, incluso dueño de un temperamento en apariencia inapropiado para conducir los destinos del país, potenció la interpretación de que no era un contrincante legítimo sino una amenaza para la democracia, algo que también se dijo desde el exterior. Pero no es esta la primera vez que llega al poder en elecciones libres alguien considerado una amenaza para la democracia. Es la segunda.
Sin que sea una comparación de aptitudes, hay que recordar que a Perón en 1945 le pasó igual. Tanto la oposición como los centros de poder en Europa y Estados Unidos lo consideraban una amenaza para la democracia. Milei, curiosamente, arrancó citando a Perón: “Dentro de la ley todo, fuera de la ley nada”.
Ayer, cuando el peronismo sufrió su tercera derrota presidencial en casi ocho décadas, Sergio Massa no mencionó ni a Perón ni al peronismo ni al kirchnerismo. Massa tampoco nombró al gobierno actual ni al Presidente ni a la vicepresidenta. Solo intentó responsabilizar a Milei por lo que ocurra con la economía desde mañana, algo que una hora después el presidente electo rechazó con acierto. Es el único anticipo concreto: la transición no será fácil.
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Los políticos llegaron a la meta; la gente espera su turno
En distintas épocas la Argentina tuvo como presidentes a políticos de alto vuelo y también a hombres (y mujeres) mediocres. Con mayor o menor experiencia partidaria, con más o con menos muñeca para la rosca política, todos –la mayoría abogados– eran políticos. Incluidos, desde luego, aquellos de formación militar, como Roca y Perón, verdaderos líderes de época.
Sin contar los gobiernos inconstitucionales surgidos de los seis golpes de Estado del siglo XX, por primera vez en la historia ahora gobernará la Argentina alguien que no es un político profesional: un outsider. Economista, panelista de televisión, Javier Milei llega al poder como la encarnación suprema del hartazgo colectivo premoldeado como corriente social subterránea en el sísmico 2001. Varias capas geológicas de fracasos y frustraciones, con especial grosor las del largo y resiliente ciclo kirchnerista, repujaron el fenómeno a imagen y semejanza de los outsiders que brotaron en otras latitudes. Nadie sabe qué desafíos se plantearán en esta nueva etapa que ayer se inauguró en la Argentina. Milei dijo anoche que se ha terminado una forma de hacer política y empieza otra. Es su promesa más verosímil.
Sin historia, sin un partido afianzado como no sea La Libertad Avanza, gestado ad hoc, con una doctrina libertaria particular, sin experiencia, sin un solo gobernador propio y con fuerzas parlamentarias tan minoritarias como novatas, el fogoso Milei es un enorme signo de pregunta. Lo que más se ignora de él involucra la campaña que acaba de terminar, la que lo convirtió en una figura mesiánica para vastos sectores sociales que antes no sabían quién era y que lo votaron para probar algo nuevo, algo distinto. ¿Gobernará aquel candidato iracundo de maneras y planteos extremos y baja tolerancia a la diferencia de ideas o el presidente electo que anoche esbozó una convocatoria abierta? ¿Lo sosegarán la cotidianeidad del poder y la necesidad de hacer acuerdos? ¿Podrá morigerarlo su flamante socio Mauricio Macri, cuya influencia real en el nuevo gobierno probablemente sea la segunda gran pregunta del momento?
Aclaración para extranjeros: en la Argentina está culturalmente muy aceptada la mentira en las campañas electorales. Carlos Menem, casualmente un modelo de estadista para Milei, al llegar al poder no solo se afeitó las patillas e hizo todo lo contrario de lo que había dicho o sugerido en la campaña, sino que justificó su conversión con un legendario sinceramiento: “Si decía lo que iba a hacer, no me votaba nadie”. Su eficaz liderazgo, que le permitió unificar detrás de sí a casi todo el peronismo, elevó aquella confesión a la categoría de norma estructural.
Ese Milei perfilado como explosivo por la campaña, disruptivo, incluso dueño de un temperamento en apariencia inapropiado para conducir los destinos del país, potenció la interpretación de que no era un contrincante legítimo sino una amenaza para la democracia, algo que también se dijo desde el exterior. Pero no es esta la primera vez que llega al poder en elecciones libres alguien considerado una amenaza para la democracia. Es la segunda.
Sin que sea una comparación de aptitudes, hay que recordar que a Perón en 1945 le pasó igual. Tanto la oposición como los centros de poder en Europa y Estados Unidos lo consideraban una amenaza para la democracia. Milei, curiosamente, arrancó citando a Perón: “Dentro de la ley todo, fuera de la ley nada”.
Ayer, cuando el peronismo sufrió su tercera derrota presidencial en casi ocho décadas, Sergio Massa no mencionó ni a Perón ni al peronismo ni al kirchnerismo. Massa tampoco nombró al gobierno actual ni al Presidente ni a la vicepresidenta. Solo intentó responsabilizar a Milei por lo que ocurra con la economía desde mañana, algo que una hora después el presidente electo rechazó con acierto. Es el único anticipo concreto: la transición no será fácil.
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Los políticos llegaron a la meta; la gente espera su turno
Graciela Guadalupe
El resultado del balotaje pone en el mismo andarivel dos aspectos aparentemente contradictorios. Si bien hubo una definición –y con ello una certeza– al conocerse el triunfo de Javier Milei, con el cierre del conteo provisional se ha abierto una gran incertidumbre.
Lo que concluyó ayer es el principio de otra parte de lo desconocido. Estamos entrando en la fase dos de la angustia que nos trajo hasta aquí sin saber qué iba a pasar. Se ha arribado a la meta, pero, en el mismo momento en que rompimos la cinta del puesto de llegada, sonó el disparo de inicio de una nueva carrera. Si como suele decir el médico español Mario Alonso Puig, la ansiedad es una forma de miedo, es probable que ese desasosiego por saber quién iba a ganar la presidencia se mantenga entre nosotros un largo tiempo más.
Ya no se trata de quién se calzará la banda, sino de cuánto de lo que ha dicho el ganador está dispuesto a ejecutar y de qué grado de cooperación tendrá de sus rivales, pero también de sus aliados. Venimos de cuatro años de una gestión olvidable, con un presidente que, hace apenas unos meses y en medio del profundo abismo al que ha llevado al país, pretendía convencernos de que nuestros males eran producto de una crisis de crecimiento y no de sus yerros al frente de un Estado al que decidió lotear como si fuera una vieja tienda por departamentos.
La única forma de acordar con Alberto Fernández en que vivimos una crisis de crecimiento es equipararla a la que padecen los bebés cuando se muestran irritables, fastidiosos, duermen menos y lloran. Eso mismo le ocurrió a la mayoría de argentinos que decidieron su voto en el cuarto oscuro impulsados por el hartazgo que les produjo una dirigencia pendenciera y atormentadora que creyó que, infundiendo una cuota mayor al miedo cotidiano de no saber cómo sobrevivir, iba a ganarse el apoyo para resolver las cosas que ella misma produjo. Otros expresaron su protesta invalidando el voto. Y estuvieron los que, a pesar de la obligatoriedad de ir a las urnas, prefirieron no hacerlo. Tendrán su sanción económica que, por cierto, será mínima. Difícilmente les preocupe la sanción moral en vista de la escasez o la eterna demora de sanciones morales, éticas y penales para quienes cometieron delitos aberrantes usando las arcas públicas en su propio beneficio privado.
A partir de hoy comenzarán a conocerse los nombres de ministros, secretarios, subsecretarios, directores y un sinfín de autoridades que –se supone y espera que con pericia y buenas intenciones– intentarán reconstruir el derrumbado edificio comunitario del país. Se harán actos y se lanzarán proclamas. Se llamará a la unidad –una vez más– y se prometerán soluciones a cambioderenovadossacrificios.Próximamente se redactarán nuevos proyectos de ley con vistas a la enésima emergencia, se dictarán decretos acaso necesarios y urgentes y se conformarán comisiones con nombres estrafalarios. Todo lo habitual para los acostumbrados a alimentar la ya obscena estructura burocrática que, con sus menos y sus más, ha movido hasta acá los engranajes de la democracia argentina. Cambiar esa cultura del dispendio es más que una promesa electoral. Es un desafío y una necesidad.
En esta cuenta regresiva hacia 2027, muchos dirigentes se estarán jugando una suerte inexorablemente atada a la de quienes desde hace ya demasiado tiempo se vienen jugando el pellejo: los ciudadanos de a pie.
Un conocido consultor internacional que cobra sabrosos dividendos a sus clientes políticos suele afirmar que si la Argentina ha llegado al estado en que se encuentra hoy y no termina de caer es porque vivimos en una sociedad corporativista, donde priman los intereses de políticos, sindicatos, organizaciones empresariales, sociales, educativas y religiosas. “Mientras el gobierno no los fastidie y les permita enriquecerse, la sociedad funciona”, dice, pero advierte sobre el riesgo de seguir explotando ese modelo porque está convencido de que hoy a la gente no le importan los políticos ni los empresarios ni los economistas ni las encuestas ni los jueces. La gente quiere resolver la economía de su metro cuadrado: poder comprarle el helado al hijo, el asado del fin de semana y la salida al cine; quiere escuelas que funcionen, sentirse segura, tener trabajo y dónde curarse. Esa es la verdadera meta. Lo de ayer fue solo la campana de largada.
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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